Pablo Mora
¿Es previsible el futuro del hombre? ¿En qué medida es previsible? Preguntas presentes en toda discusión de futurología, entre científicos, sociólogos, políticos, industriólogos y filósofos, sin que exista para todos una misma respuesta ni una misma significación. A los políticos industriales, a los tecnólogos, interesa obviamente el futuro del hombre a corto plazo, en cuanto responda a sus proyectos inmediatos y específicos. Para otros, en cambio, el futuro del hombre es algo mensurable a largo plazo, indefinido, y se relaciona estrechamente con la suerte misma del hombre, sus transformaciones eventuales, biológicas y mentales, es decir, con los modos de vida, los sistemas sociales, en fin, con la supervivencia o no del hombre mismo en el mundo.
Ciertamente el humano siempre ha deseado conocer su propio destino. Los antiguos creían en la “mántica”, en el arte de predecir el futuro, y todavía los astrólogos, adivinos, quirománticos, hacen su agosto tratando de responder a estos deseos. Pero cuando se discute sobre el futuro del hombre, no nos referimos a este ámbito solamente; sino a aquellas transformaciones que el género humano podrá completar y vivir en un futuro más o menos lejano, si ciertas tendencias, campeantes ya, continúan su empeño y su éxito a un ritmo acelerado.
En efecto, jamás la ciencia había tenido tan vertiginosa avanzada. Es en este sentido en el que el futuro del hombre es todo un problema contemporáneo. Y nos demuestra cómo el hombre es algo todavía —en parte al menos— por hacer. De ahí que esté evolucionando a diario. Su mérito principal lo constituye la cultura: el conjunto de instrumentos que él ha construido para responder a sus responsabilidades. Claro está que tales instrumentos no son sólo las máquinas y útiles para el trabajo o la producción, son también los medios de comunicación, las hipótesis y teorías científicas, las diversas doctrinas filosóficas, las nuevas tendencias morales y religiosas. Instrumentos estos en rápida transformación. Y es esto lo que inquieta, lo que hace presente la pregunta sobre el futuro del hombre.
Frente a un hombre que parece caminar a la extinción o autoextinción, sea que, en orden a las alternativas humanas, preveamos demasiado en forma optimista, dentro de “un destino aparente”; sea que no preveamos nada y nada dejemos al hombre para hacer a modo de nihilismo irracional; hemos de pensar seriamente en la responsabilidad de un auténtico humanismo tecnológico, entendiendo por humanismo “la doctrina que pone al hombre en el centro de la reflexión y la filosofía que asume al hombre como su preocupación fundamental... la doctrina en virtud de la cual se confiere al ser humano un lugar central en el universo.” (Josu Landa).
Es indudablemente cierto que toda transformación que se produce en un determinado campo de la actividad humana, tienda a modificar, en alguna medida, la mayoría de los otros. Las nuevas técnicas del trabajo y de la producción influyen en las maneras de vivir, en los usos y costumbres, en los comportamientos morales de los grupos humanos. Toda modificación en un cierto campo del saber no permanece en una sola área, sino que en un determinado lapso es utilizada en otras esferas; y así tiende a turbar o cambiar el equilibrio siempre inestable del ordenamiento general de la vida humana.
Es relativamente fácil para el hombre utilizar sus posibilidades y facultades para proyectar nuevos instrumentos mecánicos, nuevos medios de producción, de distribución y de comunicación, nuevas formas de organización social que respondan a tal o cual objetivo. Se trata en estos casos de servirse de las técnicas adaptadas por sus propias investigaciones científicas. Es decir, todo es producto de la selección adecuada de las combinaciones posibles. Sobre estas bases, el éxito o el fracaso de cualquier proyecto se puede prever con suficiente probabilidad. Lo que no se puede predecir con la misma probabilidad es el feedback, la retroacción o retroalimentación que tendrá el proyecto, no sólo en el campo mismo en el cual se ha realizado, sino en los otros campos más o menos conectados. Porque, en general, las técnicas que han hecho posible un determinado proyecto no están en grado de orientarnos sobre su retroacción. Así sucede que el logro de un nuevo plan influye en menor o mayor cuantía sobre los proyectos ya en acto, y de una manera imprevista o imprevisible sobre la vida del hombre.
Estando así las cosas, mientras pareciera que el futuro del hombre se tornase cada día menos previsible y más abrumador, tremenda es la tarea que le espera al científico hoy ante el futuro de la humanidad. Los avances tecnológicos obligan a reestructurar los pensa de las más calificadas disciplinas o facultades universitarias. Muchos de los problemas contemporáneos pueden hacer del Ingeniero —entre otros profesionales— un responsable inmediato. De donde se precisa una atención a los contenidos programáticos universitarios. En efecto, los más destacados estudiosos del asunto piensan en un nuevo tipo de Ingeniero: el Ingeniero Social, quien a través de una formación intertransdisciplinaria de lo más variada y eficaz logre diseñar mejor el cambiante mundo en que se desenvuelve.
Importante, entonces, en aras de un Humanismo tecnológico, humanizar la ciencia. Recae sobre el hombre la clara responsabilidad de asignarle a la ciencia definidas metas humanizantes. “Un saber comprometido con lo humano, en el que también deberíamos incluir una nueva manera de entender la ciencia, una ciencia comprometida con lo humano.” ( Josu Landa ).
miércoles, 10 de junio de 2009
Nuestra crisis de pueblo
Pablo Mora
Magister dixit
Sine ira et studio
“Por hábito de historiador, yo estudio siempre el pasado, pero es para buscar en el pasado el origen del presente y para encontrar en las tradiciones de mi país nuevas energías con que continuar la obra de preparar el porvenir.” (Gil Fortoul). “El primer desarrollo de una conciencia auténtica consistió en edificar una conciencia del pasado.” (Kahler). “Lo propio de la Historia está en los acontecimientos mismos, cada cual con su inconfundible fisonomía, en que se reflejan los acontecimientos pasados y se perfilan los del porvenir.” (Croce).
Arturo Uslar Pietri promovió una investigación acerca de una presunta crisis literaria en Venezuela... El Presidente López Contreras, en 1937, habló en forma más lata de una supuesta “crisis de hombres”... desgraciadamente, hay, sobre todas las crisis, una crisis de pueblo... Para el caso, más que el “pueblo político”, nos interesa el pueblo en función histórica. Y justamente no somos “pueblo” en estricta categoría política, por cuanto carecemos del común denominador histórico que nos dé densidad y continuidad de contenido espiritual del mismo modo que poseemos continuidad y unidad de contenido en el orden de la horizontalidad geográfica... A estas alturas de tiempo... ya deberíamos poseer un grupo vigoroso y uniforme de valores históricos, logrados como fruto de una comprensión integral —de sentido colectivo— de nuestro pasado nacional. A cambio de ellos, hemos aceptado pasivamente una serie de premisas de tipo sociológico – político, aparentemente fundamentadas en una filosofía pesimista, erigida sobre una supuesta insuficiencia vocacional del venezolano para ejercicios de la República.
Para que haya país político en su plenitud funcional, se necesita que además del Estado, exista una serie de formaciones morales, espirituales, que arranquen del suelo histórico e integren las normas que uniforman la vida de la colectividad... Se requiere la posesión de un piso interior donde descansen las líneas que dan fisonomía continua y resistencia de tiempo a los valores comunes de la nacionalidad... La fisonomía popular deriva de la capacidad que tenga la comunidad para asimilar los varios valores fundidos en el disparejo troquel de la Historia.
La anarquía indisciplinada y la degradación mental, que son reatos dolorosos de la sociedad venezolana, sumados a la carencia de vertebración moral ocasionada por nuestra imperfecta asimilación de la Historia, explican nuestra crisis de pueblo, causa y efecto de las otras crisis que tratan de investigar los críticos: responsabilidad, jerarquía, urbanidad, literatura, libertad, economía, institucionalismo.
Considero a la nación como fuerza humana que viene del fondo de la Historia y la cual nosotros debemos empujar hacia el futuro... el presente de los pueblos es apenas manera de puente o de calzada por donde es conducida la carga de futuro que gravita sobre nosotros como obra y representación de un pasado... Nos decimos ricos en divisas, porque así lo anuncian los balances bancarios; pero, lejos de aprovecharlas para fomento de lo permanente venezolano, las invertimos a locas en beneficio de la industria extranjera. Todo un proceso de dependencia económica que nos convierte en factoría de lucro forastero.
El sentido histórico del hombre no es para mirar únicamente al origen y a la formación de las sociedades, sino para imponer una voluntad de permanencia en el tiempo... Pueblo que no aspira a perpetuar sus signos a través de las generaciones futuras es pueblo todavía sin densidad histórica o colectividad ya en decadencia... Un pueblo es tanto más histórico cuanto mayor vigor y penetración en el espacio y en el tiempo han alcanzado los cánones que conforman y dan unidad al género colectivo... Pueblo lleno de excelentes cualidades primarias para la siembra de las más claras virtudes cívicas, el de Venezuela sólo ha reclamado una generosa dirección.
Debemos pensar en nosotros mismos con fe entusiasta y con empeño de salvación. Acontezca lo que aconteciere, la Historia seguirá su curso y habrá una generación que recordará nuestro dolor. A tantas crisis como azotan a nuestro pueblo no agreguemos la crisis de la desesperación y de la angustia, aunque sea ésta —como dice Kierkegaard— buen instrumento educativo de la posibilidad. Procuremos a todo trance que nuestra agonía no sea para morir, sino para salvar el irrenunciable derecho de nuestro pueblo a la Libertad y a la Justicia.
(Fragmentos de: Briceño-Iragorry, Mario: Mensaje sin destino y otros ensayos. Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1988. pp. 61-108).
Magister dixit
Sine ira et studio
“Por hábito de historiador, yo estudio siempre el pasado, pero es para buscar en el pasado el origen del presente y para encontrar en las tradiciones de mi país nuevas energías con que continuar la obra de preparar el porvenir.” (Gil Fortoul). “El primer desarrollo de una conciencia auténtica consistió en edificar una conciencia del pasado.” (Kahler). “Lo propio de la Historia está en los acontecimientos mismos, cada cual con su inconfundible fisonomía, en que se reflejan los acontecimientos pasados y se perfilan los del porvenir.” (Croce).
Arturo Uslar Pietri promovió una investigación acerca de una presunta crisis literaria en Venezuela... El Presidente López Contreras, en 1937, habló en forma más lata de una supuesta “crisis de hombres”... desgraciadamente, hay, sobre todas las crisis, una crisis de pueblo... Para el caso, más que el “pueblo político”, nos interesa el pueblo en función histórica. Y justamente no somos “pueblo” en estricta categoría política, por cuanto carecemos del común denominador histórico que nos dé densidad y continuidad de contenido espiritual del mismo modo que poseemos continuidad y unidad de contenido en el orden de la horizontalidad geográfica... A estas alturas de tiempo... ya deberíamos poseer un grupo vigoroso y uniforme de valores históricos, logrados como fruto de una comprensión integral —de sentido colectivo— de nuestro pasado nacional. A cambio de ellos, hemos aceptado pasivamente una serie de premisas de tipo sociológico – político, aparentemente fundamentadas en una filosofía pesimista, erigida sobre una supuesta insuficiencia vocacional del venezolano para ejercicios de la República.
Para que haya país político en su plenitud funcional, se necesita que además del Estado, exista una serie de formaciones morales, espirituales, que arranquen del suelo histórico e integren las normas que uniforman la vida de la colectividad... Se requiere la posesión de un piso interior donde descansen las líneas que dan fisonomía continua y resistencia de tiempo a los valores comunes de la nacionalidad... La fisonomía popular deriva de la capacidad que tenga la comunidad para asimilar los varios valores fundidos en el disparejo troquel de la Historia.
La anarquía indisciplinada y la degradación mental, que son reatos dolorosos de la sociedad venezolana, sumados a la carencia de vertebración moral ocasionada por nuestra imperfecta asimilación de la Historia, explican nuestra crisis de pueblo, causa y efecto de las otras crisis que tratan de investigar los críticos: responsabilidad, jerarquía, urbanidad, literatura, libertad, economía, institucionalismo.
Considero a la nación como fuerza humana que viene del fondo de la Historia y la cual nosotros debemos empujar hacia el futuro... el presente de los pueblos es apenas manera de puente o de calzada por donde es conducida la carga de futuro que gravita sobre nosotros como obra y representación de un pasado... Nos decimos ricos en divisas, porque así lo anuncian los balances bancarios; pero, lejos de aprovecharlas para fomento de lo permanente venezolano, las invertimos a locas en beneficio de la industria extranjera. Todo un proceso de dependencia económica que nos convierte en factoría de lucro forastero.
El sentido histórico del hombre no es para mirar únicamente al origen y a la formación de las sociedades, sino para imponer una voluntad de permanencia en el tiempo... Pueblo que no aspira a perpetuar sus signos a través de las generaciones futuras es pueblo todavía sin densidad histórica o colectividad ya en decadencia... Un pueblo es tanto más histórico cuanto mayor vigor y penetración en el espacio y en el tiempo han alcanzado los cánones que conforman y dan unidad al género colectivo... Pueblo lleno de excelentes cualidades primarias para la siembra de las más claras virtudes cívicas, el de Venezuela sólo ha reclamado una generosa dirección.
Debemos pensar en nosotros mismos con fe entusiasta y con empeño de salvación. Acontezca lo que aconteciere, la Historia seguirá su curso y habrá una generación que recordará nuestro dolor. A tantas crisis como azotan a nuestro pueblo no agreguemos la crisis de la desesperación y de la angustia, aunque sea ésta —como dice Kierkegaard— buen instrumento educativo de la posibilidad. Procuremos a todo trance que nuestra agonía no sea para morir, sino para salvar el irrenunciable derecho de nuestro pueblo a la Libertad y a la Justicia.
(Fragmentos de: Briceño-Iragorry, Mario: Mensaje sin destino y otros ensayos. Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1988. pp. 61-108).
Manifiesto
Pablo Mora
Porque queremos el pan de cada día,
flor de aliso y perenne ternura desgranada.
Federico García Lorca
En esta hora de escombros, cuya brújula parece enloquecida, desguarnecida, volvemos al hambre que cobija nuestra sombra desde este ruedo fantasmal del pobre. Como la pólvora en los cartuchos de los revólveres congelados, plantadores de árboles de humo en la floresta del incendio. Como la angustia de una espada y el puño del pan magro que tragan los muchachos sucios de sombra y de sueños, mineros de la muerte en la cantera de la aurora, y los harapos de las madres, higueras de los cielos abrasados.
Entre el pavoroso tesoro del hambriento, el eterno basural de los zamuros, boca buscando vida a dentelladas, buscando libertad, buscando aurora, hambre embistiendo en ciegas oleadas que sólo pan y soledad devora. Es la mano del hambre la que guía este sordo destino, esta aventura por donde el hombre asoma cada día como una indominable dentadura. En el ruedo del hambre y de la lluvia se agiganta la sombra de la muerte.
Pan, Libertad, Dios, paz, olvido, El hombre instinto de animal hambriento. Amor que es odio, paz que es turbia guerra, seco rencor que nunca olvida nada, Dios que desde su altura nos destierra. Cuanto tocan los dientes con su frío se vuelve masa de amargor y hastío. ¡Sólo comemos soledad y pena!
Pan pide la mano cerrada y la mano extendida, la que amenaza y la que codicia, la que acaricia, la que cocina, la proletaria y la paria. Seguimos con el hambre. Seguimos con el hambre todavía. El hambre es el primero de los mandamientos. Tener hambre es la cosa primera que se aprende. Por hambre vuelve el hombre sobre sus laberintos. Donde la vida habita siniestramente sola. Madre antigua y atroz de la incestuosa guerra, borrado sea tu nombre de todos los caminos.
Baja del cielo, Libertad sagrada, hazte carne en el seno de la huerta, y entre dolor y sangre un día hermoso nos nacerás entera. Día de redención, de amor, de gloria, será el día del parto, en primavera, y de sangre y dolor, de sol y vida, cuando tú te hagas nuestra. Por ti el despertar de la armonía, el sueño humano en pleno día, la paz, por ti, la paz sobre la tierra.
Salgamos a buscarla en la ladera, en el barranco, en la huerta, en el mercado, en el solar, en el potrero, la panadería, la vereda, la calleja. Gritemos que hay hambre en oleada atroz. Que hay hambre junta y a montones. Que sin moneda no se compra pan.
Tomemos el arma y elijamos un ejército. No es día de contar la historia. Es día de gestar. De empezar otra historia y otra patria. Es nuestra la canción que escuchamos. A crecer. A sembrar la tierra otra vez. Al agua. Al sol. Al viento. Y al camino. Otra vez a las armas. A la espiga. A hacer crecer la luz, la Espiga! Desde este cruce de sueños, de siglos y caminos. Desde estas lomas y estos vientos. Desde estas soledades severas de Los Andes. Encendidos de frío, de furia y de esperanza. En vasijas de barro, bebamos el agua, nuestro vino!
Podrá faltar el aire, el agua, el pan. La fe, jamás. Cuanto menos aire, más. Cuanto más sedientos, más. Ni más ni menos. Más. Al cantar el gallo. Al romper el día. Al abrir el sol. A filo de madrugada. Con propias armas. A sablazos y a tiros. Cuanto más a prisa, más. A puño. A sol y sombra. A asombro propio. Desde estas soledades severas desbocadas.
Así nos llamen simios, monos tropicales, lascivos seres, megalómanos incorregibles, niños malos, pendencieros, petulantes advenedizos, caciques motilones, hombres sin país o de levita gris. ¡La luna alumbra nuevas intenciones! Viaje admirable, viaje alucinado, para el viaje de sangre en rebeldía al borde de la trocha tempranera.
Veinte, cuarenta, sesenta hombres... hombres en fila, huellas en el polvo, rostros inconclusos, sombras... Cálidos, amargos, cándidos, furentes... Engranajes listos, entrecejo insomne, cenizas sueltas como briznas al viento, con lágrimas salobres... Cuarenta mil millardos de millas de hombres luz. Si nos diéramos las manos y formáramos la rueda, sin mirarnos la cara, sin saber quién es quién... sesenta, cien, mil, doscientas veces mil, doscientas cincuenta mil veces mil manos fueran... el perímetro exacto, con un poco de tierra, para vivir otra vez, para vivir a la vez.
Árbol de la Libertad. Aquí estamos. Sangre fresca! Contingente nuevo! Algún dinero! Tierra, pueblo y alarido! Siglo nuevo! Nuevo amanecer! Hombres libres! No más farsa, tiranía, opresión! A liberar! A restaurar! A madrugar! La luna alumbra nuevas intenciones! Desde esta noche diluvial del hombre! Desde este ruedo fantasmal del hambre!
Porque queremos el pan de cada día,
flor de aliso y perenne ternura desgranada.
Federico García Lorca
En esta hora de escombros, cuya brújula parece enloquecida, desguarnecida, volvemos al hambre que cobija nuestra sombra desde este ruedo fantasmal del pobre. Como la pólvora en los cartuchos de los revólveres congelados, plantadores de árboles de humo en la floresta del incendio. Como la angustia de una espada y el puño del pan magro que tragan los muchachos sucios de sombra y de sueños, mineros de la muerte en la cantera de la aurora, y los harapos de las madres, higueras de los cielos abrasados.
Entre el pavoroso tesoro del hambriento, el eterno basural de los zamuros, boca buscando vida a dentelladas, buscando libertad, buscando aurora, hambre embistiendo en ciegas oleadas que sólo pan y soledad devora. Es la mano del hambre la que guía este sordo destino, esta aventura por donde el hombre asoma cada día como una indominable dentadura. En el ruedo del hambre y de la lluvia se agiganta la sombra de la muerte.
Pan, Libertad, Dios, paz, olvido, El hombre instinto de animal hambriento. Amor que es odio, paz que es turbia guerra, seco rencor que nunca olvida nada, Dios que desde su altura nos destierra. Cuanto tocan los dientes con su frío se vuelve masa de amargor y hastío. ¡Sólo comemos soledad y pena!
Pan pide la mano cerrada y la mano extendida, la que amenaza y la que codicia, la que acaricia, la que cocina, la proletaria y la paria. Seguimos con el hambre. Seguimos con el hambre todavía. El hambre es el primero de los mandamientos. Tener hambre es la cosa primera que se aprende. Por hambre vuelve el hombre sobre sus laberintos. Donde la vida habita siniestramente sola. Madre antigua y atroz de la incestuosa guerra, borrado sea tu nombre de todos los caminos.
Baja del cielo, Libertad sagrada, hazte carne en el seno de la huerta, y entre dolor y sangre un día hermoso nos nacerás entera. Día de redención, de amor, de gloria, será el día del parto, en primavera, y de sangre y dolor, de sol y vida, cuando tú te hagas nuestra. Por ti el despertar de la armonía, el sueño humano en pleno día, la paz, por ti, la paz sobre la tierra.
Salgamos a buscarla en la ladera, en el barranco, en la huerta, en el mercado, en el solar, en el potrero, la panadería, la vereda, la calleja. Gritemos que hay hambre en oleada atroz. Que hay hambre junta y a montones. Que sin moneda no se compra pan.
Tomemos el arma y elijamos un ejército. No es día de contar la historia. Es día de gestar. De empezar otra historia y otra patria. Es nuestra la canción que escuchamos. A crecer. A sembrar la tierra otra vez. Al agua. Al sol. Al viento. Y al camino. Otra vez a las armas. A la espiga. A hacer crecer la luz, la Espiga! Desde este cruce de sueños, de siglos y caminos. Desde estas lomas y estos vientos. Desde estas soledades severas de Los Andes. Encendidos de frío, de furia y de esperanza. En vasijas de barro, bebamos el agua, nuestro vino!
Podrá faltar el aire, el agua, el pan. La fe, jamás. Cuanto menos aire, más. Cuanto más sedientos, más. Ni más ni menos. Más. Al cantar el gallo. Al romper el día. Al abrir el sol. A filo de madrugada. Con propias armas. A sablazos y a tiros. Cuanto más a prisa, más. A puño. A sol y sombra. A asombro propio. Desde estas soledades severas desbocadas.
Así nos llamen simios, monos tropicales, lascivos seres, megalómanos incorregibles, niños malos, pendencieros, petulantes advenedizos, caciques motilones, hombres sin país o de levita gris. ¡La luna alumbra nuevas intenciones! Viaje admirable, viaje alucinado, para el viaje de sangre en rebeldía al borde de la trocha tempranera.
Veinte, cuarenta, sesenta hombres... hombres en fila, huellas en el polvo, rostros inconclusos, sombras... Cálidos, amargos, cándidos, furentes... Engranajes listos, entrecejo insomne, cenizas sueltas como briznas al viento, con lágrimas salobres... Cuarenta mil millardos de millas de hombres luz. Si nos diéramos las manos y formáramos la rueda, sin mirarnos la cara, sin saber quién es quién... sesenta, cien, mil, doscientas veces mil, doscientas cincuenta mil veces mil manos fueran... el perímetro exacto, con un poco de tierra, para vivir otra vez, para vivir a la vez.
Árbol de la Libertad. Aquí estamos. Sangre fresca! Contingente nuevo! Algún dinero! Tierra, pueblo y alarido! Siglo nuevo! Nuevo amanecer! Hombres libres! No más farsa, tiranía, opresión! A liberar! A restaurar! A madrugar! La luna alumbra nuevas intenciones! Desde esta noche diluvial del hombre! Desde este ruedo fantasmal del hambre!
Juguemos a la patria
Pablo Mora
ay cuándo ay cuándo y cuándo despertaré en tus brazos
Pablo Neruda
Porque tu luz en las tinieblas resplandece. Porque clara luce tu sombra en la distancia o la noche de tu lumbre. Porque nunca te sentimos tan vecina a nuestro insomnio. Porque a diario nos compruebas que existe algo más acá de las estrellas, donde titilan las entrañas de tus hijos: el más acá poblado de miserias y de sueños. El más acá del horizonte. El más acá de tu entrecejo, de tu ira, desasosiego, tempestad y grito. Porque siguen los imperios velando tu riqueza, defendiendo a dentelladas, a mordiscos, su trono y lozanía, mientras la guerra se decreta; sigue, crece, se desborda y multiplica. Sigue arreciando cerca de los golfos, cerca de los mares, cerca del hombre y sus tormentos. Verdadero asalto a mano armada, arrebatando conciencias, minerales, alboradas; mundos y submundos ante la colosal supermandad del odio.
Porque comienzan a escasear los perfumes de oréganos, cardones, tunas, semerucos, damas de medianoche, andiduras, guayanas, falconías, frente a las viejas casas solariegas, el sol, el solaraje, la rabia, la llagadura, el desvelo, la ternura. Porque arrastramos muerte todavía. Porque combatimos con el caballo azul del amor, el blanco de la libertad y el rojo del combate. Porque persiste angustia, soledad, silencio, crispación y pálpito, aguijando, aguijoneando, arañando nuestro tiempo, circundando las voces desgarradas del barranco. Porque morimos de miseria cada tarde ante el viento huracanado de la larga letanía de este dolor definitivamente inhumano. Porque el pecho es un celaje que no puede contenerte.
Porque persiste el desgarramiento, la llamarada, la brasa, la hoguera, la hojarasca, la bazofia cotidiana. Porque hacen falta jinete, cabalgadura, lontananza, sabanas para la canción de la victoria. Porque bebemos nuestra agua a precio de sangre dolarada. Porque casi no alcanza el sudor para la leña. Porque el yugo se encarama en la cerviz y nuestra piel quema como un horno por el ardor del hambre. Porque seguimos con el hambre todavía, descalzos todavía, sedientos todavía. Carcomida la conciencia desde adentro, desde lejos, desde afuera, desde siempre, desde cerca, hasta las cejas.
Oigamos el clamor, el griterío, al hambre en su galope. Escondámosle los dados a los dioses. Cuidemos de quedarnos de pronto sin presente, sin futuro, sin fe, sin osadía. ¡Juguemos a la patria! Hijos del Mañana, escuchemos la melodía del futuro. Comencemos de nuevo. Acumulemos paz, previendo las luchas que le faltan al torrente. Acumulemos sueños y verdades, lo que importa es la luz de los caminos. ¡No más odio! ¡No más cólera! ¡Sólo el hombre! ¡Nuestra condición! ¡Sólo campos, huertas, sementeras! ¡Sólo arados para el hombre! ¡Sólo hogares para el hombre! ¡Sólo amor, el viril amor del hombre por su hermano, su llanto y esperanza!
¡Menos fuerza para la guerra! ¡Más valor para la paz! ¡A juego limpio! ¡Doblemos la parada! ¡A jugársela! ¡A jugárselas! ¡Soñemos con la paz! ¡Apostemos a la patria! ¡Juguemos a la patria!
ay cuándo ay cuándo y cuándo despertaré en tus brazos
Pablo Neruda
Porque tu luz en las tinieblas resplandece. Porque clara luce tu sombra en la distancia o la noche de tu lumbre. Porque nunca te sentimos tan vecina a nuestro insomnio. Porque a diario nos compruebas que existe algo más acá de las estrellas, donde titilan las entrañas de tus hijos: el más acá poblado de miserias y de sueños. El más acá del horizonte. El más acá de tu entrecejo, de tu ira, desasosiego, tempestad y grito. Porque siguen los imperios velando tu riqueza, defendiendo a dentelladas, a mordiscos, su trono y lozanía, mientras la guerra se decreta; sigue, crece, se desborda y multiplica. Sigue arreciando cerca de los golfos, cerca de los mares, cerca del hombre y sus tormentos. Verdadero asalto a mano armada, arrebatando conciencias, minerales, alboradas; mundos y submundos ante la colosal supermandad del odio.
Porque comienzan a escasear los perfumes de oréganos, cardones, tunas, semerucos, damas de medianoche, andiduras, guayanas, falconías, frente a las viejas casas solariegas, el sol, el solaraje, la rabia, la llagadura, el desvelo, la ternura. Porque arrastramos muerte todavía. Porque combatimos con el caballo azul del amor, el blanco de la libertad y el rojo del combate. Porque persiste angustia, soledad, silencio, crispación y pálpito, aguijando, aguijoneando, arañando nuestro tiempo, circundando las voces desgarradas del barranco. Porque morimos de miseria cada tarde ante el viento huracanado de la larga letanía de este dolor definitivamente inhumano. Porque el pecho es un celaje que no puede contenerte.
Porque persiste el desgarramiento, la llamarada, la brasa, la hoguera, la hojarasca, la bazofia cotidiana. Porque hacen falta jinete, cabalgadura, lontananza, sabanas para la canción de la victoria. Porque bebemos nuestra agua a precio de sangre dolarada. Porque casi no alcanza el sudor para la leña. Porque el yugo se encarama en la cerviz y nuestra piel quema como un horno por el ardor del hambre. Porque seguimos con el hambre todavía, descalzos todavía, sedientos todavía. Carcomida la conciencia desde adentro, desde lejos, desde afuera, desde siempre, desde cerca, hasta las cejas.
Oigamos el clamor, el griterío, al hambre en su galope. Escondámosle los dados a los dioses. Cuidemos de quedarnos de pronto sin presente, sin futuro, sin fe, sin osadía. ¡Juguemos a la patria! Hijos del Mañana, escuchemos la melodía del futuro. Comencemos de nuevo. Acumulemos paz, previendo las luchas que le faltan al torrente. Acumulemos sueños y verdades, lo que importa es la luz de los caminos. ¡No más odio! ¡No más cólera! ¡Sólo el hombre! ¡Nuestra condición! ¡Sólo campos, huertas, sementeras! ¡Sólo arados para el hombre! ¡Sólo hogares para el hombre! ¡Sólo amor, el viril amor del hombre por su hermano, su llanto y esperanza!
¡Menos fuerza para la guerra! ¡Más valor para la paz! ¡A juego limpio! ¡Doblemos la parada! ¡A jugársela! ¡A jugárselas! ¡Soñemos con la paz! ¡Apostemos a la patria! ¡Juguemos a la patria!
Eternidad de la belleza
Pablo Mora
Vino, primero, pura, / vestida de inocencia./ Y la amé como un niño.// Luego se fue vistiendo/ de no sé qué ropajes./ Y la fui odiando, sin saberlo.// Llegó a ser una reina, /fastuosa de tesoros... / ¡Qué iracundia de yel y sin sentido!// ...Mas se fue desnudando. / Y yo le sonreía.// Se quedó con la túnica / de su inocencia antigua. / Creí de nuevo en ella. // Y se quitó la túnica, / y apareció desnuda toda... / ¡Oh pasión de mi vida, poesía / desnuda, mía para siempre! ... ¡Hojita verde con sol / tú sintetizas mi afán; /afán de gozarlo todo, / de hacerme en todo inmortal! (Juan Ramón Jiménez).
De mano blanca en mano blanca, juntos. De mano libre en mano libre, fuimos un retrato del alma de la tierra. ¡Antes del Alma fue la Poesía! La imagen vegetal de la luciérnaga. La furia de un enorme juramento. Naufragio en el turbión de la Locura. La Causa Innumeral de la Armonía. Aquella vestidura de neblinas. La hora de la paz consigo mismo. Mi labor silenciosa y obstinada. La hora del almácigo, del surco. La hora del insomnio submarino. La habitación sexual de la belleza. La hora del asombro adolescente. El aletazo sepulcral del frío. La primordial esencia primitiva. El limo original de lo viviente. La eternidad de la belleza a pie. Azul de eternidad de la belleza.
Relámpago, torrente, sol, arrullo. El triunfo cenital de la alegría. La danza esplendorosa de la estrella. La noche medular de los hambrientos. Un modo de mostrar a Dios el hambre. El fuego azul de la tormenta en celo. El suave resonar de lo amarillo. La amarilla dulzura del poniente. El dulce copular de los arroyos. La lujuria del alba descubierta. Pitagórica música distante. La herida de la luz sobre la frente. Pensamiento revuelto, encabritado. La espectral compañía de la sombra. La loca sombra de la noche insomne. La negra sombra de un almendro en flor. Larga sombra de cópula y prodigio. La sombra insomne, trágica y eterna. El escuadrón compacto de las sombras. Paso del hombre a solas con su sombra. El gran conocimiento de la sombra.
Caída matinal del cielo al mundo. Limbo de descendida paz celeste. El árbol puro del amor eterno. Un florecer espiritual de lumbres. Abiertas copas de oro deslumbrado. De pronto un raro resplandor desnudo. Su desnudez y el mar esclarecidos. Imagen alta y tierna del consuelo. Pasión, amor, encuentro, reto, vino. Íntima comunión con la corriente. Hechicera amorosamente bella. Temblor del alma entre temblor de espuma. Sal que impide que el mundo en llanto pudra. Forma de vida, asombro deshojado. Estela, goce, infierno, barco, sueño. Ola, estrella, tormenta y huracán. Fluir inagotable del murmullo. Vigilia del asombro detenido. Subterránea fuente al descubierto. Vagabunda, nocturna, callejera. Hembra inmortal, jovial esencia, alumbra. El alma innumerable de la vida. Vida, lazo apretado hasta el final. La sílaba final de este preludio.
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Vino, primero, pura, / vestida de inocencia./ Y la amé como un niño.// Luego se fue vistiendo/ de no sé qué ropajes./ Y la fui odiando, sin saberlo.// Llegó a ser una reina, /fastuosa de tesoros... / ¡Qué iracundia de yel y sin sentido!// ...Mas se fue desnudando. / Y yo le sonreía.// Se quedó con la túnica / de su inocencia antigua. / Creí de nuevo en ella. // Y se quitó la túnica, / y apareció desnuda toda... / ¡Oh pasión de mi vida, poesía / desnuda, mía para siempre! ... ¡Hojita verde con sol / tú sintetizas mi afán; /afán de gozarlo todo, / de hacerme en todo inmortal! (Juan Ramón Jiménez).
De mano blanca en mano blanca, juntos. De mano libre en mano libre, fuimos un retrato del alma de la tierra. ¡Antes del Alma fue la Poesía! La imagen vegetal de la luciérnaga. La furia de un enorme juramento. Naufragio en el turbión de la Locura. La Causa Innumeral de la Armonía. Aquella vestidura de neblinas. La hora de la paz consigo mismo. Mi labor silenciosa y obstinada. La hora del almácigo, del surco. La hora del insomnio submarino. La habitación sexual de la belleza. La hora del asombro adolescente. El aletazo sepulcral del frío. La primordial esencia primitiva. El limo original de lo viviente. La eternidad de la belleza a pie. Azul de eternidad de la belleza.
Relámpago, torrente, sol, arrullo. El triunfo cenital de la alegría. La danza esplendorosa de la estrella. La noche medular de los hambrientos. Un modo de mostrar a Dios el hambre. El fuego azul de la tormenta en celo. El suave resonar de lo amarillo. La amarilla dulzura del poniente. El dulce copular de los arroyos. La lujuria del alba descubierta. Pitagórica música distante. La herida de la luz sobre la frente. Pensamiento revuelto, encabritado. La espectral compañía de la sombra. La loca sombra de la noche insomne. La negra sombra de un almendro en flor. Larga sombra de cópula y prodigio. La sombra insomne, trágica y eterna. El escuadrón compacto de las sombras. Paso del hombre a solas con su sombra. El gran conocimiento de la sombra.
Caída matinal del cielo al mundo. Limbo de descendida paz celeste. El árbol puro del amor eterno. Un florecer espiritual de lumbres. Abiertas copas de oro deslumbrado. De pronto un raro resplandor desnudo. Su desnudez y el mar esclarecidos. Imagen alta y tierna del consuelo. Pasión, amor, encuentro, reto, vino. Íntima comunión con la corriente. Hechicera amorosamente bella. Temblor del alma entre temblor de espuma. Sal que impide que el mundo en llanto pudra. Forma de vida, asombro deshojado. Estela, goce, infierno, barco, sueño. Ola, estrella, tormenta y huracán. Fluir inagotable del murmullo. Vigilia del asombro detenido. Subterránea fuente al descubierto. Vagabunda, nocturna, callejera. Hembra inmortal, jovial esencia, alumbra. El alma innumerable de la vida. Vida, lazo apretado hasta el final. La sílaba final de este preludio.
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La razón poética
Pablo Mora
Jirón de prado, nube pura, sol perfecto, casa y universo y clarinada. Jungla de sueños, jaspes arrojados. Jaula de cristal, hembra jadeante. Juego de garza, junco en la alborada. Jovial esencia. Jubiloso asombro. Hurganza sintiendo el chasquido de los pasos, el hambre, el pan, la soledad, la pena. Insomne noche rebelada. Magma imaginario. Alarido. Angustia, crispación y grito. Vacío pleno de inminencias, intersticios. Filos y fisuras del mundo y del lenguaje, hendiduras. Configuración del inacabamiento, ruptura momentánea, pasajera pregunta, ligereza de sílabas girando. Júbilo, alumbramiento, bienvenida. Ara en fulgor para el altar del tiempo, para elevarle al corazón sus bríos. Trino con que cantamos a la vida cuando la suerte nos ofrece el huerto para sembrar de estrellas el camino. Conjuro de la selva, compromiso, riesgo, desafío, soplo de aire, poder de creación. Agua clara, rayo, ciego asombro, sol, susurro de semilla, fluir inagotable del murmullo. Génesis, memoria vegetal, larga sombra de cópula y prodigio, fraternas potestades del insomnio. Apoyada sobre el puente, sola y de pie, en la larga noche insomne. Forma de vida, asombro deshojado, algún día oficio de los hombres.
Bandera del milagro, borde de la luz, torre de paz, lágrima del mar, espuma de la noche, temblor de espuma, piel de sol enfurecido, piedra de los dioses, sueño de la piedra, piedra de los sueños, fecunda entraña de la luz. Vasto rumor de plumas, adentro en la espesura. Andadura, pasturanza, festín de sombra y llama. Idilio, diosa aparejada, milagro del insomnio, azul tormenta desatada, en la nochumbre, a vista del rocío amanecido. Blanca palomica en soledad herida, en uno de los ojos de pronto reclinada. Flujo y reflujo en comunión altiva. Relámpagos de sombra, adelantándose a los designios. Crepúsculos desangrados al borde del ocio. Hondas navegaciones. Lumbre de la sombra insomne, brotada de la noche un día que la luna estaba distraída. Larga quemadura, pávida voz, diadema planetaria, hecha toda de cólera y ternura.
Gira, sube, baja, se detiene; estremece, vuela y vuelve. Viene de la nada. Viene del sueño. Toca tierra. Lleva sonidos de metales, de sangre, amor, huesos, nervios; de hambre, guerra, horror, pavura. Conoce el canto de las aves, el silencio del paraguas. La melancolía del guanábano. El sitio del silencio. Las alas de la noche y de la lluvia. El gemido de las nieves. Las voces de la sangre. El paso de los días. El regreso del sueño. El rastro del celaje. Sabe el tamaño exacto de la pena. Conoce el lado oscuro de la rosa y la terrible majestad del pan. Su grito de cigarra navega en la muerte y se cuida de lo vivo. Ronda en soledad por muchas albas. Sale de su envoltura para asombrarnos.
Un querer apoderarse de los sueños de las cosas, de las luces de los pájaros. Rebelarse contra la muerte bochornosa. Poner las cosas en su lugar, los signos en su lugar, las pausas en el suyo. Asombrarse de tanto ayuntamiento cósmico entre los seres, objetos y conceptos. Ir tras la polvareda del aire, las voces de la luna o de la lluvia, la flora del variado enigma. Llegar al interior del hombre, a la mejilla curtida de la tarde. Cambiar la historia. Amar la tierra y amar al hombre. Alumbrar los montes por las noches, alumbrar los montones de hambre a la intemperie. Preguntar por la alegría. Seguir preguntando. Rescatar todas las preguntas de los otros. Preguntar por la rosa sin subvertir la rosa. Preguntar por los juegos, por los niños, por sus risas. Salvar las preguntas de los niños para que el hombre no pierda jamás su asombro. Nombrar la libertad. Inventar la vida en lo alto de los árboles para salvar los pájaros de la tierra. Encender el fuego. Morir cantando. Vencer la muerte. Sacudir asombros. Esparcir los altos sueños, la fuerza de los ríos, el color de los pájaros, las canciones, las hierbas de las tardes.
Devolverle vida a la tierra, color al arcoiris, alegría bullanguera a la lluvia. Andar rompiendo cercas y levantar en su lugar enredaderas de jazmines que convoquen el aliento del hombre hacia su destino cósmico y vegetal. Dar con nuevos alumbrajes. Participar en la fiesta de la vida. Preparar un manjar que alcance para todos.
Ver morir a la gacela bajo los tamarindos. Vaticinar, profetizar, bucear en las tinieblas de los tiempos. Clamar contra la impiedad, la opresión, la codicia, la crueldad. Arrullar, despertar, mecer, golpear, gritar, empujar. Medir, valorar. Saber bien dónde hay barro, en qué lugar hay sangre, dónde queda la razón y dónde la justicia o la injusticia.
Ir al frente. Volver con la victoria. Invitar al sol. Encender la luz. Profetizar contra los explotadores, los bribones, los embaucadores. Interpretar los remolinos. Expresar al pueblo. Reflejar cabalmente los más íntimos, sutiles y misteriosos anhelos del alma. Implorar la clemencia de los cielos. Ir sobre la cresta de las olas. Avivar el fuego. Sumar la voz al coro. Fundir los versos en acero. Amarrar el viento viejo. Seguir al viento nuevo.
Construir la nueva levadura, el nuevo pan: la paz, el lauro, la memoria. Con la primavera, caminar al mercado entre panaderías y palomas. Dar socorro a nuestros sueños, más allá de cruces, lenguas, misterios, milagros o lejuras. Despertar la nueva madrugada. Entre dioses, manglares, árboles y piedras, con las enredaderas, los torrentes, las cerbatanas y todos los azules y caminos, agregarle estrellas a los cielos, añadir, por fin, algo al mundo, despiertos con el despertar del viento, a libertad por todos los caminos.
Expresar asombros y nochuras. Enterrar la muerte. Inventar la sombra. Abrirle los postigos a la noche. Cerrar los ojos a la luna. Dar con el árbol del primer camino. Con la vereda que nos vio salir. Tomarle el pulso al hambre. Saber del diapasón del pobre. De las creencias de Dios y sus costumbres. De los rituales del viento y sus cofrades. De la imagen horrenda del futuro. De la luciérnaga y su antiguo enigma. Saber de la escritura de las piedras. De la alta transparencia de los mudos. Del colosal silencio de los grillos. Tantearle a los sueños sus luceros. Conocer las entrañas de las hojas. El corazón del bosque y sus vitrales. El páramo, sus cuitas y plegarias. Desenterrar el misterio de la rosa. Ahuyentar la sombra y sus reveses. Escapar del ladrido de la calle. Del hosco muñón del peregrino. Del puñal que en la acera nos espera. O del barco que acecha nuestras costas.
Dar con el ámbar del primer arroyo. Traspapelar la terquedad del lunes. Aullar juntos delante de los cielos. Escucharle al pobre su alarido. Compartir esperanzas con el árbol. Esperar a que baile el arco iris. Oír todos los suspiros y proteger el pueblo con palabras. Dar la mano y enseñar el camino. Expulsar el despojo mutilado. Ser libres así el fuego nos cercene. Quitar algunas comas al crepúsculo. Ver la noche sin que nadie contradiga. Eludir la risa ensangrentada. Salvar la luz, sin la cual la tierra gemiría de espanto. Dar con una migaja de soledad marina. Capturar las mareas de la guerra. Atravesar, siempre a la intemperie, incertidumbres, agonías, interrogantes y tragedias.
Dar forma al vacío de modo que éste sea posible; ojos al poema para que pueda cruzar la calle; alas a Dios para que pueda llegar al hombre. Robarle sin que sepa una sonrisa al sol en la arboleda. Mirar el cielo solamente en el momento necesario. Cruzar, no la aurora, sino el alma en que ampara su soñar. Ventilar, aupar, asolear la eternidad cada día. Verse en el cielo gris, en la trémula víspera del júbilo. Escuchar a la soledad y dirigirle la palabra. Llegar con los ojos abiertos a la mirada final. Contar con la vigilia para el día. Con porvenir para fraguar enigmas. Defender el milagro de la vida. La fogata que lleve al alumbraje. A tiro limpio, la bondad del hombre.
Acercarnos a la vida, al parentesco que a las costas de la divina antigüedad nos ata. Pedir todo el corazón del mar para la paz. Pedirle a la luz que nos espere. Reprocharle al alba su tardanza. Correr el peligro de la vida. Abrazar el asombro de la muerte. Cantar, arder, huir, como un campanario en las manos de un loco. Sentir el golpe de agua dura y recogerlo en una taza eterna. Hablar consigo sin saber con quién, deshojando el silencio de la altura. De alguna manera decidir dónde plantar los árboles, de nuevo. Recibir en el alma las manos temblorosas de la lluvia a plena luz, camino de la sombra. Preguntar si la palabra sirve, si sirve para algo la alegría, si en el mundo no quieren a los tristes, si creen las espigas en el hombre, si tienen los milagros descendencia, si es cuestión de vivir contra morir.
Defender la luz del mundo. Ver los árboles. Oír los pájaros. Caminar entre la gente y saludar al sol profundo que brilla en el corazón de los humildes. Mirar el llanto oscuro que hay al fondo de todos los rincones. Verse en el que tiene más de mil años de pedir pan y sueño, en el que no tiene camino que seguir, en ese corazón asomado al espejo de sus enigmas. Detenerse a la orilla sangrante de una lágrima. Acercarse a los que sueñan o sollozan, o tienen hambre y sed bajo el cielo. Adentro de las pequeñas casas de cartón, escuchar el sonido de las lágrimas. Dar con la definitiva claridad del hombre. Saber cuándo, con qué fuerza, de qué modo asumir nuestro destino. Irse noche abajo perdido entre las piedras y las flores. entre las sombras y las nubes.
Sentir la muerte girando en los talones. Hacernos solidarios. Morir de asombros. Descargar nuestros almácigos. Dar con los sueños que inventamos. Vivir mientras el alma nos suene. Morir cuando la hora nos llegue. Ver regresar la primavera. Pasar a tiempo la palabra. Rebelarse contra la muerte. Florecer sobre la tumba. Celebrar la soledad, la lluvia, los caminos...
Querer hacer corpórea la nada —estupor encarnado, relámpago que te ladra y se apaga, furiosa pasión por lo tangible—. Ser a través del otro. Partirse y abrirse para el otro. Desgarrarse con y para el otro, ser. Hundirse, hurgarse, ser, sentirse, serse. Recoger la palabra. Reverenciar el silencio. Convocar la palabra del otro. Una palabra liberada, purificada, primordial, esencial, resolutiva, signo del ser, una palabra-ser. Indagar, buscar, inventarle explosiones a la palabra. Darle rienda suelta a la palabra. Que la palabra revele el porvenir.
Palabra por palabra, decir lo que pensamos, con la seguridad del sabio, la transparencia del niño o el alarido de los locos. Reconocernos al encontrarnos con la palabra. Sacarla del baúl de nuestras vidas para empezar a compartirla, adulta, fraternal, con el soldado, la patria y la arboleda. Rasgón, terrazgo, espada, triza, tajo; cópula, ramazón o ramalazo; las palabras compiten, competen y complotan. Únicas capaces de recuperar al hombre, aventar la noche, inventar el sol o convocar al vino.
A pesar de la miseria o la grandeza humanas, cañas pensantes todavía, crédulos o incrédulos, tímidos o temerarios, ángeles o bestias, antes que confesar nuestra impotencia, hablar de una vez para mañana. Pronunciar la palabra decisiva que la vida y la historia nos vayan enseñando. Envueltos en subversiones y versiones, marchas y contramarchas, dar con la palabra necesaria. Confirmar que la civilización no es más que una injusticia armada. Que la poesía es una insurrección. Que el poeta no se ofende porque le llaman subversivo, cuando le dicen insurgente.
Decidirnos por la libertad de la palabra, hasta hacerla timón en nuestras manos, frente al vendaval, la noche y los dioses que nos cruzan, confusos y ominosos. Enseñar la palabra al hombre que llora, hambriento, cabizbajo, en su bravura. Lugar por excelencia de lo humano, en la palabra vivimos, nos movemos y somos. Como la patria, en desdicha, en hechura o en deshonra, en ella gime, vive o sobrevive.
Hacer buena la palabra. Hacerla voz, viveza, arado; lengua, paz y pueblo; combate, libertad, salario; amor, vida y arte. Arte subversivo. Violación de límites y paciencia represiva. Rebasar lo permisible. Transgredir lo decible. Asumir la razón poética, en creación, asombro y maravilla. Concebir la magia de la estirpe o raza, su visión real, irreductible, ineludiblemente misteriosa, amarga, mortal o vengativa. Palabra en alto. Y la victoria crecerá despacio como siempre han crecido las victorias.
Videntes, alucinados, intermediar la fuerza oculta. Jugar a la paz con el soldado o con el niño que nos reta, vagabundo. Recobrar, antes que la pólvora, la palabra, su encanto germinal, su magma, su hermosura, su historia, su legendaria esquina, donde espera, acurrucada, el hambre, en miseria cobijada. Asistir al combatiente, en cárcel, en rincón, enfurecido. Hacerle conciencia conflictiva, desgarrada.
Empuñarla, fulgurante, solar y duradera. A favor de la apuesta, la batalla y la final victoria. Palabra en mano, volear la pródiga semilla sobre el campo, el hermano y la pradera, en sincera alianza, tras un despuntar de claras madrugadas, de gracia, paz y vida nueva. Palabras y más palabras, cataratas de palabras. En la distancia del futuro, el vuelo de las palabras, rebeldes en el tiempo y al olvido refractarias. Cuesta arriba, cuesta abajo, las cosechas de palabras, buidas y aceradas, por las sendas urticantes.
¿Hasta cuándo la calificación de las palabras? Alma arriba, alma abajo, meridiano esclarecido de nuestras ansias refulgentes. Lejos de tantas patochadas; lejos de perlas, monjes, molinos o castillos; de confundir caballo y hombre, pueblo y pólvora; lejos de diferenciar fusil de patria, vino, oficio, trago y trigo; vida, misterio, alma y poesía; dar palabra, corazón y mano; empeñarlos, cruzarlos con el hombre, sus asuntos y sus sueños, manteniéndolos en pie de guerra por la paz o el pan que hagan falta.
Frente a una palabra enmascarada, fantasiosa, una clave, articulada, lujuriosa, pertinente; una palabra activa, digna, apasionada, certera, cruda, furente, fehaciente, empuñada, insomne, verdadera. Una palabra que golpee al mundo y acompañe al hombre. Urgida, llameante, inextinguible. Adecuada al enigma universal y al majestuoso corazón del hombre. ¡A pulso de vinagre, vino y júbilo!
El corazón, los ojos de los hombres se llenaron de letras, de mensajes, de palabras. Letras que caminaron y encendieron, que navegaron y vencieron, que despertaron y subieron, letras que libertaron, letras en forma de paloma que volaron. Y el hombre fue otro y otra fue su palabra. El canto, el himno ardiente que reúne a los pueblos de una letra agregada a otra letra y a otra de pueblo a pueblo fue sobrellevando su autoridad sonora y creció en la garganta de los hombres hasta imponer la claridad del canto.
La palabra sólo es. Tenemos que fluir con ella. Entregarnos al momento. Dejar que como el vino ocurra. Escuchemos los relinchos de la noche, conozcamos las lluvias subterráneas y sepamos para lo que sirve una flor, una hamaca, una colina. Atisbemos un poco la rendija para ver cómo se asoma el hombre. Abramos la trocha que nos lleve al hombre, al mundo, a la muerte o a la vida. A proteger al pueblo con palabras. A presenciar todas las agonías. A ser labriegos de nuestra propia voz.
Somos la palabra que está naciendo, la misma que se detiene y volcará como campana su acero y su sonido hacia todas las mañanas. Basta un lucero para que haya noche. Basta un quejido para que haya día. Construyamos el porvenir y el amor telúrico desenfadado y sin banderas. Demos forma a lo invisible. Palabra sola, labra nuestra paz. Ordena el espesor de la tardanza. Amartilla tú sola nuestra espera. Sacando cuentas y después de todo, tú sola y para siempre la palabra. ¡Y si después de tántas palabras, no sobrevive la palabra! Entonces... ¡Claro!... Entonces... ¡ni palabra!
Jirón de prado, nube pura, sol perfecto, casa y universo y clarinada. Jungla de sueños, jaspes arrojados. Jaula de cristal, hembra jadeante. Juego de garza, junco en la alborada. Jovial esencia. Jubiloso asombro. Hurganza sintiendo el chasquido de los pasos, el hambre, el pan, la soledad, la pena. Insomne noche rebelada. Magma imaginario. Alarido. Angustia, crispación y grito. Vacío pleno de inminencias, intersticios. Filos y fisuras del mundo y del lenguaje, hendiduras. Configuración del inacabamiento, ruptura momentánea, pasajera pregunta, ligereza de sílabas girando. Júbilo, alumbramiento, bienvenida. Ara en fulgor para el altar del tiempo, para elevarle al corazón sus bríos. Trino con que cantamos a la vida cuando la suerte nos ofrece el huerto para sembrar de estrellas el camino. Conjuro de la selva, compromiso, riesgo, desafío, soplo de aire, poder de creación. Agua clara, rayo, ciego asombro, sol, susurro de semilla, fluir inagotable del murmullo. Génesis, memoria vegetal, larga sombra de cópula y prodigio, fraternas potestades del insomnio. Apoyada sobre el puente, sola y de pie, en la larga noche insomne. Forma de vida, asombro deshojado, algún día oficio de los hombres.
Bandera del milagro, borde de la luz, torre de paz, lágrima del mar, espuma de la noche, temblor de espuma, piel de sol enfurecido, piedra de los dioses, sueño de la piedra, piedra de los sueños, fecunda entraña de la luz. Vasto rumor de plumas, adentro en la espesura. Andadura, pasturanza, festín de sombra y llama. Idilio, diosa aparejada, milagro del insomnio, azul tormenta desatada, en la nochumbre, a vista del rocío amanecido. Blanca palomica en soledad herida, en uno de los ojos de pronto reclinada. Flujo y reflujo en comunión altiva. Relámpagos de sombra, adelantándose a los designios. Crepúsculos desangrados al borde del ocio. Hondas navegaciones. Lumbre de la sombra insomne, brotada de la noche un día que la luna estaba distraída. Larga quemadura, pávida voz, diadema planetaria, hecha toda de cólera y ternura.
Gira, sube, baja, se detiene; estremece, vuela y vuelve. Viene de la nada. Viene del sueño. Toca tierra. Lleva sonidos de metales, de sangre, amor, huesos, nervios; de hambre, guerra, horror, pavura. Conoce el canto de las aves, el silencio del paraguas. La melancolía del guanábano. El sitio del silencio. Las alas de la noche y de la lluvia. El gemido de las nieves. Las voces de la sangre. El paso de los días. El regreso del sueño. El rastro del celaje. Sabe el tamaño exacto de la pena. Conoce el lado oscuro de la rosa y la terrible majestad del pan. Su grito de cigarra navega en la muerte y se cuida de lo vivo. Ronda en soledad por muchas albas. Sale de su envoltura para asombrarnos.
Un querer apoderarse de los sueños de las cosas, de las luces de los pájaros. Rebelarse contra la muerte bochornosa. Poner las cosas en su lugar, los signos en su lugar, las pausas en el suyo. Asombrarse de tanto ayuntamiento cósmico entre los seres, objetos y conceptos. Ir tras la polvareda del aire, las voces de la luna o de la lluvia, la flora del variado enigma. Llegar al interior del hombre, a la mejilla curtida de la tarde. Cambiar la historia. Amar la tierra y amar al hombre. Alumbrar los montes por las noches, alumbrar los montones de hambre a la intemperie. Preguntar por la alegría. Seguir preguntando. Rescatar todas las preguntas de los otros. Preguntar por la rosa sin subvertir la rosa. Preguntar por los juegos, por los niños, por sus risas. Salvar las preguntas de los niños para que el hombre no pierda jamás su asombro. Nombrar la libertad. Inventar la vida en lo alto de los árboles para salvar los pájaros de la tierra. Encender el fuego. Morir cantando. Vencer la muerte. Sacudir asombros. Esparcir los altos sueños, la fuerza de los ríos, el color de los pájaros, las canciones, las hierbas de las tardes.
Devolverle vida a la tierra, color al arcoiris, alegría bullanguera a la lluvia. Andar rompiendo cercas y levantar en su lugar enredaderas de jazmines que convoquen el aliento del hombre hacia su destino cósmico y vegetal. Dar con nuevos alumbrajes. Participar en la fiesta de la vida. Preparar un manjar que alcance para todos.
Ver morir a la gacela bajo los tamarindos. Vaticinar, profetizar, bucear en las tinieblas de los tiempos. Clamar contra la impiedad, la opresión, la codicia, la crueldad. Arrullar, despertar, mecer, golpear, gritar, empujar. Medir, valorar. Saber bien dónde hay barro, en qué lugar hay sangre, dónde queda la razón y dónde la justicia o la injusticia.
Ir al frente. Volver con la victoria. Invitar al sol. Encender la luz. Profetizar contra los explotadores, los bribones, los embaucadores. Interpretar los remolinos. Expresar al pueblo. Reflejar cabalmente los más íntimos, sutiles y misteriosos anhelos del alma. Implorar la clemencia de los cielos. Ir sobre la cresta de las olas. Avivar el fuego. Sumar la voz al coro. Fundir los versos en acero. Amarrar el viento viejo. Seguir al viento nuevo.
Construir la nueva levadura, el nuevo pan: la paz, el lauro, la memoria. Con la primavera, caminar al mercado entre panaderías y palomas. Dar socorro a nuestros sueños, más allá de cruces, lenguas, misterios, milagros o lejuras. Despertar la nueva madrugada. Entre dioses, manglares, árboles y piedras, con las enredaderas, los torrentes, las cerbatanas y todos los azules y caminos, agregarle estrellas a los cielos, añadir, por fin, algo al mundo, despiertos con el despertar del viento, a libertad por todos los caminos.
Expresar asombros y nochuras. Enterrar la muerte. Inventar la sombra. Abrirle los postigos a la noche. Cerrar los ojos a la luna. Dar con el árbol del primer camino. Con la vereda que nos vio salir. Tomarle el pulso al hambre. Saber del diapasón del pobre. De las creencias de Dios y sus costumbres. De los rituales del viento y sus cofrades. De la imagen horrenda del futuro. De la luciérnaga y su antiguo enigma. Saber de la escritura de las piedras. De la alta transparencia de los mudos. Del colosal silencio de los grillos. Tantearle a los sueños sus luceros. Conocer las entrañas de las hojas. El corazón del bosque y sus vitrales. El páramo, sus cuitas y plegarias. Desenterrar el misterio de la rosa. Ahuyentar la sombra y sus reveses. Escapar del ladrido de la calle. Del hosco muñón del peregrino. Del puñal que en la acera nos espera. O del barco que acecha nuestras costas.
Dar con el ámbar del primer arroyo. Traspapelar la terquedad del lunes. Aullar juntos delante de los cielos. Escucharle al pobre su alarido. Compartir esperanzas con el árbol. Esperar a que baile el arco iris. Oír todos los suspiros y proteger el pueblo con palabras. Dar la mano y enseñar el camino. Expulsar el despojo mutilado. Ser libres así el fuego nos cercene. Quitar algunas comas al crepúsculo. Ver la noche sin que nadie contradiga. Eludir la risa ensangrentada. Salvar la luz, sin la cual la tierra gemiría de espanto. Dar con una migaja de soledad marina. Capturar las mareas de la guerra. Atravesar, siempre a la intemperie, incertidumbres, agonías, interrogantes y tragedias.
Dar forma al vacío de modo que éste sea posible; ojos al poema para que pueda cruzar la calle; alas a Dios para que pueda llegar al hombre. Robarle sin que sepa una sonrisa al sol en la arboleda. Mirar el cielo solamente en el momento necesario. Cruzar, no la aurora, sino el alma en que ampara su soñar. Ventilar, aupar, asolear la eternidad cada día. Verse en el cielo gris, en la trémula víspera del júbilo. Escuchar a la soledad y dirigirle la palabra. Llegar con los ojos abiertos a la mirada final. Contar con la vigilia para el día. Con porvenir para fraguar enigmas. Defender el milagro de la vida. La fogata que lleve al alumbraje. A tiro limpio, la bondad del hombre.
Acercarnos a la vida, al parentesco que a las costas de la divina antigüedad nos ata. Pedir todo el corazón del mar para la paz. Pedirle a la luz que nos espere. Reprocharle al alba su tardanza. Correr el peligro de la vida. Abrazar el asombro de la muerte. Cantar, arder, huir, como un campanario en las manos de un loco. Sentir el golpe de agua dura y recogerlo en una taza eterna. Hablar consigo sin saber con quién, deshojando el silencio de la altura. De alguna manera decidir dónde plantar los árboles, de nuevo. Recibir en el alma las manos temblorosas de la lluvia a plena luz, camino de la sombra. Preguntar si la palabra sirve, si sirve para algo la alegría, si en el mundo no quieren a los tristes, si creen las espigas en el hombre, si tienen los milagros descendencia, si es cuestión de vivir contra morir.
Defender la luz del mundo. Ver los árboles. Oír los pájaros. Caminar entre la gente y saludar al sol profundo que brilla en el corazón de los humildes. Mirar el llanto oscuro que hay al fondo de todos los rincones. Verse en el que tiene más de mil años de pedir pan y sueño, en el que no tiene camino que seguir, en ese corazón asomado al espejo de sus enigmas. Detenerse a la orilla sangrante de una lágrima. Acercarse a los que sueñan o sollozan, o tienen hambre y sed bajo el cielo. Adentro de las pequeñas casas de cartón, escuchar el sonido de las lágrimas. Dar con la definitiva claridad del hombre. Saber cuándo, con qué fuerza, de qué modo asumir nuestro destino. Irse noche abajo perdido entre las piedras y las flores. entre las sombras y las nubes.
Sentir la muerte girando en los talones. Hacernos solidarios. Morir de asombros. Descargar nuestros almácigos. Dar con los sueños que inventamos. Vivir mientras el alma nos suene. Morir cuando la hora nos llegue. Ver regresar la primavera. Pasar a tiempo la palabra. Rebelarse contra la muerte. Florecer sobre la tumba. Celebrar la soledad, la lluvia, los caminos...
Querer hacer corpórea la nada —estupor encarnado, relámpago que te ladra y se apaga, furiosa pasión por lo tangible—. Ser a través del otro. Partirse y abrirse para el otro. Desgarrarse con y para el otro, ser. Hundirse, hurgarse, ser, sentirse, serse. Recoger la palabra. Reverenciar el silencio. Convocar la palabra del otro. Una palabra liberada, purificada, primordial, esencial, resolutiva, signo del ser, una palabra-ser. Indagar, buscar, inventarle explosiones a la palabra. Darle rienda suelta a la palabra. Que la palabra revele el porvenir.
Palabra por palabra, decir lo que pensamos, con la seguridad del sabio, la transparencia del niño o el alarido de los locos. Reconocernos al encontrarnos con la palabra. Sacarla del baúl de nuestras vidas para empezar a compartirla, adulta, fraternal, con el soldado, la patria y la arboleda. Rasgón, terrazgo, espada, triza, tajo; cópula, ramazón o ramalazo; las palabras compiten, competen y complotan. Únicas capaces de recuperar al hombre, aventar la noche, inventar el sol o convocar al vino.
A pesar de la miseria o la grandeza humanas, cañas pensantes todavía, crédulos o incrédulos, tímidos o temerarios, ángeles o bestias, antes que confesar nuestra impotencia, hablar de una vez para mañana. Pronunciar la palabra decisiva que la vida y la historia nos vayan enseñando. Envueltos en subversiones y versiones, marchas y contramarchas, dar con la palabra necesaria. Confirmar que la civilización no es más que una injusticia armada. Que la poesía es una insurrección. Que el poeta no se ofende porque le llaman subversivo, cuando le dicen insurgente.
Decidirnos por la libertad de la palabra, hasta hacerla timón en nuestras manos, frente al vendaval, la noche y los dioses que nos cruzan, confusos y ominosos. Enseñar la palabra al hombre que llora, hambriento, cabizbajo, en su bravura. Lugar por excelencia de lo humano, en la palabra vivimos, nos movemos y somos. Como la patria, en desdicha, en hechura o en deshonra, en ella gime, vive o sobrevive.
Hacer buena la palabra. Hacerla voz, viveza, arado; lengua, paz y pueblo; combate, libertad, salario; amor, vida y arte. Arte subversivo. Violación de límites y paciencia represiva. Rebasar lo permisible. Transgredir lo decible. Asumir la razón poética, en creación, asombro y maravilla. Concebir la magia de la estirpe o raza, su visión real, irreductible, ineludiblemente misteriosa, amarga, mortal o vengativa. Palabra en alto. Y la victoria crecerá despacio como siempre han crecido las victorias.
Videntes, alucinados, intermediar la fuerza oculta. Jugar a la paz con el soldado o con el niño que nos reta, vagabundo. Recobrar, antes que la pólvora, la palabra, su encanto germinal, su magma, su hermosura, su historia, su legendaria esquina, donde espera, acurrucada, el hambre, en miseria cobijada. Asistir al combatiente, en cárcel, en rincón, enfurecido. Hacerle conciencia conflictiva, desgarrada.
Empuñarla, fulgurante, solar y duradera. A favor de la apuesta, la batalla y la final victoria. Palabra en mano, volear la pródiga semilla sobre el campo, el hermano y la pradera, en sincera alianza, tras un despuntar de claras madrugadas, de gracia, paz y vida nueva. Palabras y más palabras, cataratas de palabras. En la distancia del futuro, el vuelo de las palabras, rebeldes en el tiempo y al olvido refractarias. Cuesta arriba, cuesta abajo, las cosechas de palabras, buidas y aceradas, por las sendas urticantes.
¿Hasta cuándo la calificación de las palabras? Alma arriba, alma abajo, meridiano esclarecido de nuestras ansias refulgentes. Lejos de tantas patochadas; lejos de perlas, monjes, molinos o castillos; de confundir caballo y hombre, pueblo y pólvora; lejos de diferenciar fusil de patria, vino, oficio, trago y trigo; vida, misterio, alma y poesía; dar palabra, corazón y mano; empeñarlos, cruzarlos con el hombre, sus asuntos y sus sueños, manteniéndolos en pie de guerra por la paz o el pan que hagan falta.
Frente a una palabra enmascarada, fantasiosa, una clave, articulada, lujuriosa, pertinente; una palabra activa, digna, apasionada, certera, cruda, furente, fehaciente, empuñada, insomne, verdadera. Una palabra que golpee al mundo y acompañe al hombre. Urgida, llameante, inextinguible. Adecuada al enigma universal y al majestuoso corazón del hombre. ¡A pulso de vinagre, vino y júbilo!
El corazón, los ojos de los hombres se llenaron de letras, de mensajes, de palabras. Letras que caminaron y encendieron, que navegaron y vencieron, que despertaron y subieron, letras que libertaron, letras en forma de paloma que volaron. Y el hombre fue otro y otra fue su palabra. El canto, el himno ardiente que reúne a los pueblos de una letra agregada a otra letra y a otra de pueblo a pueblo fue sobrellevando su autoridad sonora y creció en la garganta de los hombres hasta imponer la claridad del canto.
La palabra sólo es. Tenemos que fluir con ella. Entregarnos al momento. Dejar que como el vino ocurra. Escuchemos los relinchos de la noche, conozcamos las lluvias subterráneas y sepamos para lo que sirve una flor, una hamaca, una colina. Atisbemos un poco la rendija para ver cómo se asoma el hombre. Abramos la trocha que nos lleve al hombre, al mundo, a la muerte o a la vida. A proteger al pueblo con palabras. A presenciar todas las agonías. A ser labriegos de nuestra propia voz.
Somos la palabra que está naciendo, la misma que se detiene y volcará como campana su acero y su sonido hacia todas las mañanas. Basta un lucero para que haya noche. Basta un quejido para que haya día. Construyamos el porvenir y el amor telúrico desenfadado y sin banderas. Demos forma a lo invisible. Palabra sola, labra nuestra paz. Ordena el espesor de la tardanza. Amartilla tú sola nuestra espera. Sacando cuentas y después de todo, tú sola y para siempre la palabra. ¡Y si después de tántas palabras, no sobrevive la palabra! Entonces... ¡Claro!... Entonces... ¡ni palabra!
En los 75 años del Che
Pablo Mora
Si el poeta eres tú, como dijo el poeta, y el que ha tumbado estrellas en mil noches de lluvias coloridas eres tú, qué tengo yo que hablarte, Comandante. Si el que asomó al futuro su perfil y lo estrenó con voces de fusil fuiste tú, guerrero para siempre, tiempo eterno, qué puedo yo cantarte, Comandante. (Pablo Milanés).
Estás en todas partes. En el indio hecho de sueño y cobre. Y en el negro revuelto en espumosa muchedumbre, y en el ser petrolero y salitrero, y en el terrible desamparo de la banana, y en la gran pampa de las pieles y en el azúcar y en la sal y en los cafetos, tú, móvil estatua de tu sangre como te derribaron, vivo, como no te querían, Che Comandante, amigo.
Cuba te sabe de memoria. Rostro de barbas que clarean. Y marfil y aceituna en la piel de santo joven. Firme la voz que ordena sin mandar, que manda compañera, ordena amiga, tierna y dura de jefe camarada. Te vemos cada día y puro como un niño o como un hombre puro, Che Comandante, amigo.
Pasas en tu descolorido, roto, agujereado traje de campaña. El de la selva, como antes fue el de la Sierra. Semidesnudo el poderoso pecho de fusil y palabra, de ardiente vendaval y lenta rosa. No hay descanso.
¡Salud, Guevara! O mejor todavía desde el hondón americano: Espéranos. Partiremos contigo. Queremos morir para vivir como tú has muerto, para vivir como tú vives, Che Comandante, amigo. (Nicolás Guillén)
Te han cubierto de afiches, de pancartas, de voces en los muros, de agravios retroactivos, de honores destiempo. Te han transformado en pieza de consumo, en memoria trivial, en ayer sin retorno, en rabia embalsamada. Y quizás han resuelto que la única forma de desprenderse de ti o dejarte al garete es vaciarte de lumbre, convertirte en héroe de mármol o de yeso y por lo tanto inmóvil o mejor como mito o silueta o fantasma del pasado pisado; sin embargo tus ojos interminables, Che, miran como si no pudieran mirar, asombrados tal vez de que el mundo no entienda que treinta y tres años después sigues bregando dulce y tenaz por la dicha del hombre. (Mario Benedetti)
Pudiste haber muerto en un terremoto cuando bebías unos tragos con los amigos de tu barrio, cuando fuiste declarado no apto para el servicio militar obligatorio, cuando tuviste tu primer desengaño amoroso y te fuiste a recorrer el mundo como un ferrocarrilero perdido. O sea noche. Cuando los muchachos del colegio se burlaban de ti porque no sabías bailar caminito que el tiempo ha borrado, y la soledad creció como un águila misteriosa en tus labios. Sí. Pudiste haber muerto en el cine o en la tranquilidad de la lluvia como cualquiera de nosotros: pensando en las musarañas, en carlitos gardel o en el cabro de borges. O en esa vecina que creía en la amistad como un árbol lleno de espejos. Pero jamás falleciste ni siquiera cerraste los ojos cuando te cortaron las manos y te dispararon un tiro en la nuca y otro en el pecho. Ni cuando escribías en la selva algunos breves poemas al pie de un tronco musgoso. Ni cuando amanecías buscando el sol en los bosques. Ni cuando mandaste al diablo a monje (del pc-boliviano) y te quedaste solo, besando con tus compañeros la soledad de la noche. Y menos cuando triunfó la revolución y los caracoles y retamas abrieron sus espumas de fuego.
Porque no morirás jamás "sabueso contemporáneo" de la historia. Pues solamente falleciste como tú querías: recordando la historia de los hombres y avanzando a gritos en el río y escupiéndole en el corazón a tu verdugo y haciéndole comprender a una humilde profesora las miserias de su patria y las sombras agujereadas de su vida. (Nicolás Guillén)
Yo tuve un hermano. No nos vimos nunca pero no importaba. Yo tuve un hermano que iba por los montes mientras yo dormía. Lo quise a mi modo, le tomé su voz libre como el agua, caminé de a ratos cerca de su sombra. No nos vimos nunca pero no importaba, mi hermano despierto mientras yo dormía, mi hermano mostrándome detrás de la noche su estrella elegida. (Julio Cortázar)
Tu mano gloriosa y fuerte desde la historia dispara cuando todo Santa Clara se despierta para verte. Aquí se queda la clara, la entrañable transparencia de tu querida presencia, Comandante Che Guevara. Seguiremos adelante, como junto a ti seguimos y con Fidel te decimos Hasta Siempre Comandante. (Carlos Puebla)
Así estamos, consternados, rabiosos, aunque esta muerte sea uno de los absurdos previsibles. Da avergüenza mirar los cuadros, los sillones, las alfombras; sacar una botella del refrigerador, teclear las tres letras mundiales de tu nombre en la rígida máquina que nunca nunca estuvo con la cinta tan pálida. Vergüenza tener frío y arrimarse a la estufa como siempre, tener hambre y comer esa cosa tan simple, abrir el tocadiscos y escuchar en silencio sobre todo si es un cuarteto de Mozart. Da vergüenza el confort y el asma da vergüenza, cuando tú comandante estás cayendo … ametrallado, fabuloso, nítido… eres nuestra conciencia acribillada. Dicen que te quemaron... con qué fuego van a quemar las buenas buenas nuevas, la irascible ternura que trajiste y llevaste con tu voz, con tu barro. Dicen que incineraron toda tu vocación menos un dedo… basta para mostrarnos el camino, para acusar al monstruo y sus tizones, para apretar de nuevo los gatillos.
Así estamos, consternados, rabiosos, claro que con el tiempo la plomiza consternación se nos irá pasando, la rabia quedará, se hará más limpia. Estás muerto, estás vivo, estás cayendo, estás nube, estás lluvia, estás estrella… Donde estés … si es que estás … si estás llegando… aprovecha por fin a respirar tranquilo, a llenarte de cielo los pulmones. Donde estés … si es que estás … si estás llegando … será una pena que no exista Dios. Pero habrá otros, claro que habrá otros dignos de recibirte comandante (Mario Benedetti)
Como si San Martín la mano pura a Martí familiar tendido hubiera, como si el Plata vegetal viniera con el Cauto a juntar agua y ternura, así Guevara, el gaucho de voz dura, brindó a Fidel su sangre guerrillera y su ancha mano fue más compañera cuando fue nuestra noche más oscura. Huyó la muerte. De su sombra impura, del puñal, del veneno, de la fiera, sólo el recuerdo bárbaro perdura. Hecha de dos un alma brilla entera, como si San Martín la mano pura a Martí familiar tendido hubiera. (Nicolás Guillén)
Prohibido llorar sobre los vivos a ochenta años de la augusta gesta, frente a los de Bolívar y Camilo, a treinta del viraje hacia la estrella. Al pie de tus treinta años te decimos: préstanos tu morral y tu escopeta, tus focos, tus Vietnams y tus caminos, tu esperanza, ternura y arrechera. Préstanos tu montaña, tus morteros, tu magia, soledad, naufragio y suerte, tus planos, tus trincheras, tus secretos. Préstanos tu escondite y taburete y tu diario y tus manos y portentos para empuñar fusiles nuevamente. (Pablo Mora)
¿Treinta y tres años ya? ¿O sea que pudimos seguir sobrando treinta y tres años en un mundo en que no estaba él? ¿O sea que hay una generación que ha podido nacer, crecer y engendrar en un mundo en que desde hace treinta y tres años falta él? ¿Cómo concebir el mundo treinta y tres años sin él? Lo dejamos solo comandante sin ejército… creyeron que había muerto y anunciaron "el fin de la historia" como si ya todos pensáramos igual con la indócil excepción de Chiapas y de Cuba, pero yo sé, sabemos que la historia sí puede terminar antes de que regrese el hombre nuevo que él anunció, trayendo consigo como la más bella utopía de América y por eso lo espero para poder seguir vivo y poder seguir esperando lo que viene entonces, Che. ¿Hasta la victoria siempre? (Jorge Enrique Adoum).
Guevara, como todos los soñadores, no triunfó. Lo mataron, como a todos los héroes desbocados. Quizás nadie sepa nunca hasta dónde pudo haber llegado su locura. Quizás por eso su tumba está en nuestro corazón. (Adriano González León). Como Anfiáreo, la muerte no interrumpe sus recuerdos. La aristía, la protección en el combate, la tuvo siempre a la hora de los gritos y la arreciada de cuello, pero también la areteia, el sacrificio, el afán de holocausto. El sacrificarse en la pirámide funeral, pero antes dio las pruebas terribles de su tamaño para la transfiguración. Donde quiera que hay una piedra, decía Nietzsche, hay una imagen. Y su imagen es uno de los comienzos de los prodigios, del sembradío en la piedra, es decir, el crecimiento tal como aparece en las primeras teogonías, depositando la región de la fuerza en el espacio vacío. (José Lezama Lima).
Ahora serán las palabras, las más inútiles o las más elocuentes, las que brotan de las lágrimas o de la cólera; ahora leeremos bellas imágenes sobre el Fénix que renace de las cenizas, en poemas y discursos de ira fijando para siempre la imagen del Che. También estas son palabras, pero no las quiero así, no quiero ser yo quien hable de él. Pido lo imposible, lo más inmerecido, lo que me atreví a hacer una vez, que sea su mano la que escriba estas líneas. (Julio Cortázar). Crezcan como buenos revolucionarios. Estudien mucho para poder dominar la técnica que permite dominar la naturaleza. Acuérdense que la Revolución es lo importante y que cada uno de nosotros, solo, no vale nada. Sobre todo, sean siempre capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquier parte del mundo. Es la cualidad más linda de un revolucionario. (Ernesto Che Guevara).
Ejemplo indestructible y que, aun destruido en la persona, en nada habrá de menguar la lucha que se lleva adelante para la liberación de la América nuestra – la auténtica, la que verdaderamente podemos llamar "nuestra" en tiempo presente. El mito, la leyenda, la conseja, la tradición transmitida de boca en boca, lleva, a lo ancho de las tierras, en el lomo de las cordilleras, a lo largo de los ríos, el nombre del Che. Nombre de un hombre por siempre inscrito en el gran martirologio de América, que se hizo uno con la idea misma de la revolución y, caído, habrá de levantar nuevas energías revolucionarias en el camino donde, según últimas palabras de su diario, el paso de sus hombres "había dejado huellas". Huellas que no se borran. Que jamás habrán de borrarse. Que quedan marcadas en el sueño del continente entero. (Alejo Carpentier).
El Che, como pocos hombres en nuestro hemisferio, entendió que la revolución es una gran aventura. Un desafío a la realidad y un compromiso feroz con la imaginación. Un ejército ético propio de una conciencia de titanes, donde se sabe de antemano y con lucidez que la libertad se inventa en la acción sublime de cada día. (Iván Darío Álvarez).
La figura del Comandante Che Guevara es hoy más que nunca para nosotros como un relámpago de oro en la conciencia. Su acción y su pensamiento, su increíble audacia histórica, constituyen una permanente advertencia para todos aquellos que pensamos, con Marx, que no basta con interpretar el mundo, sino que es preciso cambiarlo, transformarlo, alterarlo revolucionariamente. El Che Guevara hablaba constantemente de la necesidad de crear un hombre nuevo, que él llamaba "el hombre del siglo XXI", y advertía que esa era una tarea enormemente dificultosa; nosotros, aquí y ahora, tenemos el deber, al recordar hoy la figura del guerrillero asesinado, de meditar a fondo sobre ese principio revolucionario que, desgraciadamente, ha sido tomado muy poco en cuenta por los revolucionarios socialistas. (Ludovico Silva).
¿Dónde estás, caballero, el más puro, caballero, el mejor caballero? Encendiendo el hachón guerrillero en lo oscuro, señora, en lo oscuro. (Mirta Aguirre). Che recuerda lo que ya sabemos desde Espartaco y que a veces olvidamos: la Humanidad encuentra en la lucha contra la injusticia un escalón que la eleva, que la hace mejor, que la convierte en más humana. (Subcomandante Marcos).
Si el poeta eres tú, como dijo el poeta, y el que ha tumbado estrellas en mil noches de lluvias coloridas eres tú, qué tengo yo que hablarte, Comandante. Si el que asomó al futuro su perfil y lo estrenó con voces de fusil fuiste tú, guerrero para siempre, tiempo eterno, qué puedo yo cantarte, Comandante. (Pablo Milanés).
Estás en todas partes. En el indio hecho de sueño y cobre. Y en el negro revuelto en espumosa muchedumbre, y en el ser petrolero y salitrero, y en el terrible desamparo de la banana, y en la gran pampa de las pieles y en el azúcar y en la sal y en los cafetos, tú, móvil estatua de tu sangre como te derribaron, vivo, como no te querían, Che Comandante, amigo.
Cuba te sabe de memoria. Rostro de barbas que clarean. Y marfil y aceituna en la piel de santo joven. Firme la voz que ordena sin mandar, que manda compañera, ordena amiga, tierna y dura de jefe camarada. Te vemos cada día y puro como un niño o como un hombre puro, Che Comandante, amigo.
Pasas en tu descolorido, roto, agujereado traje de campaña. El de la selva, como antes fue el de la Sierra. Semidesnudo el poderoso pecho de fusil y palabra, de ardiente vendaval y lenta rosa. No hay descanso.
¡Salud, Guevara! O mejor todavía desde el hondón americano: Espéranos. Partiremos contigo. Queremos morir para vivir como tú has muerto, para vivir como tú vives, Che Comandante, amigo. (Nicolás Guillén)
Te han cubierto de afiches, de pancartas, de voces en los muros, de agravios retroactivos, de honores destiempo. Te han transformado en pieza de consumo, en memoria trivial, en ayer sin retorno, en rabia embalsamada. Y quizás han resuelto que la única forma de desprenderse de ti o dejarte al garete es vaciarte de lumbre, convertirte en héroe de mármol o de yeso y por lo tanto inmóvil o mejor como mito o silueta o fantasma del pasado pisado; sin embargo tus ojos interminables, Che, miran como si no pudieran mirar, asombrados tal vez de que el mundo no entienda que treinta y tres años después sigues bregando dulce y tenaz por la dicha del hombre. (Mario Benedetti)
Pudiste haber muerto en un terremoto cuando bebías unos tragos con los amigos de tu barrio, cuando fuiste declarado no apto para el servicio militar obligatorio, cuando tuviste tu primer desengaño amoroso y te fuiste a recorrer el mundo como un ferrocarrilero perdido. O sea noche. Cuando los muchachos del colegio se burlaban de ti porque no sabías bailar caminito que el tiempo ha borrado, y la soledad creció como un águila misteriosa en tus labios. Sí. Pudiste haber muerto en el cine o en la tranquilidad de la lluvia como cualquiera de nosotros: pensando en las musarañas, en carlitos gardel o en el cabro de borges. O en esa vecina que creía en la amistad como un árbol lleno de espejos. Pero jamás falleciste ni siquiera cerraste los ojos cuando te cortaron las manos y te dispararon un tiro en la nuca y otro en el pecho. Ni cuando escribías en la selva algunos breves poemas al pie de un tronco musgoso. Ni cuando amanecías buscando el sol en los bosques. Ni cuando mandaste al diablo a monje (del pc-boliviano) y te quedaste solo, besando con tus compañeros la soledad de la noche. Y menos cuando triunfó la revolución y los caracoles y retamas abrieron sus espumas de fuego.
Porque no morirás jamás "sabueso contemporáneo" de la historia. Pues solamente falleciste como tú querías: recordando la historia de los hombres y avanzando a gritos en el río y escupiéndole en el corazón a tu verdugo y haciéndole comprender a una humilde profesora las miserias de su patria y las sombras agujereadas de su vida. (Nicolás Guillén)
Yo tuve un hermano. No nos vimos nunca pero no importaba. Yo tuve un hermano que iba por los montes mientras yo dormía. Lo quise a mi modo, le tomé su voz libre como el agua, caminé de a ratos cerca de su sombra. No nos vimos nunca pero no importaba, mi hermano despierto mientras yo dormía, mi hermano mostrándome detrás de la noche su estrella elegida. (Julio Cortázar)
Tu mano gloriosa y fuerte desde la historia dispara cuando todo Santa Clara se despierta para verte. Aquí se queda la clara, la entrañable transparencia de tu querida presencia, Comandante Che Guevara. Seguiremos adelante, como junto a ti seguimos y con Fidel te decimos Hasta Siempre Comandante. (Carlos Puebla)
Así estamos, consternados, rabiosos, aunque esta muerte sea uno de los absurdos previsibles. Da avergüenza mirar los cuadros, los sillones, las alfombras; sacar una botella del refrigerador, teclear las tres letras mundiales de tu nombre en la rígida máquina que nunca nunca estuvo con la cinta tan pálida. Vergüenza tener frío y arrimarse a la estufa como siempre, tener hambre y comer esa cosa tan simple, abrir el tocadiscos y escuchar en silencio sobre todo si es un cuarteto de Mozart. Da vergüenza el confort y el asma da vergüenza, cuando tú comandante estás cayendo … ametrallado, fabuloso, nítido… eres nuestra conciencia acribillada. Dicen que te quemaron... con qué fuego van a quemar las buenas buenas nuevas, la irascible ternura que trajiste y llevaste con tu voz, con tu barro. Dicen que incineraron toda tu vocación menos un dedo… basta para mostrarnos el camino, para acusar al monstruo y sus tizones, para apretar de nuevo los gatillos.
Así estamos, consternados, rabiosos, claro que con el tiempo la plomiza consternación se nos irá pasando, la rabia quedará, se hará más limpia. Estás muerto, estás vivo, estás cayendo, estás nube, estás lluvia, estás estrella… Donde estés … si es que estás … si estás llegando… aprovecha por fin a respirar tranquilo, a llenarte de cielo los pulmones. Donde estés … si es que estás … si estás llegando … será una pena que no exista Dios. Pero habrá otros, claro que habrá otros dignos de recibirte comandante (Mario Benedetti)
Como si San Martín la mano pura a Martí familiar tendido hubiera, como si el Plata vegetal viniera con el Cauto a juntar agua y ternura, así Guevara, el gaucho de voz dura, brindó a Fidel su sangre guerrillera y su ancha mano fue más compañera cuando fue nuestra noche más oscura. Huyó la muerte. De su sombra impura, del puñal, del veneno, de la fiera, sólo el recuerdo bárbaro perdura. Hecha de dos un alma brilla entera, como si San Martín la mano pura a Martí familiar tendido hubiera. (Nicolás Guillén)
Prohibido llorar sobre los vivos a ochenta años de la augusta gesta, frente a los de Bolívar y Camilo, a treinta del viraje hacia la estrella. Al pie de tus treinta años te decimos: préstanos tu morral y tu escopeta, tus focos, tus Vietnams y tus caminos, tu esperanza, ternura y arrechera. Préstanos tu montaña, tus morteros, tu magia, soledad, naufragio y suerte, tus planos, tus trincheras, tus secretos. Préstanos tu escondite y taburete y tu diario y tus manos y portentos para empuñar fusiles nuevamente. (Pablo Mora)
¿Treinta y tres años ya? ¿O sea que pudimos seguir sobrando treinta y tres años en un mundo en que no estaba él? ¿O sea que hay una generación que ha podido nacer, crecer y engendrar en un mundo en que desde hace treinta y tres años falta él? ¿Cómo concebir el mundo treinta y tres años sin él? Lo dejamos solo comandante sin ejército… creyeron que había muerto y anunciaron "el fin de la historia" como si ya todos pensáramos igual con la indócil excepción de Chiapas y de Cuba, pero yo sé, sabemos que la historia sí puede terminar antes de que regrese el hombre nuevo que él anunció, trayendo consigo como la más bella utopía de América y por eso lo espero para poder seguir vivo y poder seguir esperando lo que viene entonces, Che. ¿Hasta la victoria siempre? (Jorge Enrique Adoum).
Guevara, como todos los soñadores, no triunfó. Lo mataron, como a todos los héroes desbocados. Quizás nadie sepa nunca hasta dónde pudo haber llegado su locura. Quizás por eso su tumba está en nuestro corazón. (Adriano González León). Como Anfiáreo, la muerte no interrumpe sus recuerdos. La aristía, la protección en el combate, la tuvo siempre a la hora de los gritos y la arreciada de cuello, pero también la areteia, el sacrificio, el afán de holocausto. El sacrificarse en la pirámide funeral, pero antes dio las pruebas terribles de su tamaño para la transfiguración. Donde quiera que hay una piedra, decía Nietzsche, hay una imagen. Y su imagen es uno de los comienzos de los prodigios, del sembradío en la piedra, es decir, el crecimiento tal como aparece en las primeras teogonías, depositando la región de la fuerza en el espacio vacío. (José Lezama Lima).
Ahora serán las palabras, las más inútiles o las más elocuentes, las que brotan de las lágrimas o de la cólera; ahora leeremos bellas imágenes sobre el Fénix que renace de las cenizas, en poemas y discursos de ira fijando para siempre la imagen del Che. También estas son palabras, pero no las quiero así, no quiero ser yo quien hable de él. Pido lo imposible, lo más inmerecido, lo que me atreví a hacer una vez, que sea su mano la que escriba estas líneas. (Julio Cortázar). Crezcan como buenos revolucionarios. Estudien mucho para poder dominar la técnica que permite dominar la naturaleza. Acuérdense que la Revolución es lo importante y que cada uno de nosotros, solo, no vale nada. Sobre todo, sean siempre capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquier parte del mundo. Es la cualidad más linda de un revolucionario. (Ernesto Che Guevara).
Ejemplo indestructible y que, aun destruido en la persona, en nada habrá de menguar la lucha que se lleva adelante para la liberación de la América nuestra – la auténtica, la que verdaderamente podemos llamar "nuestra" en tiempo presente. El mito, la leyenda, la conseja, la tradición transmitida de boca en boca, lleva, a lo ancho de las tierras, en el lomo de las cordilleras, a lo largo de los ríos, el nombre del Che. Nombre de un hombre por siempre inscrito en el gran martirologio de América, que se hizo uno con la idea misma de la revolución y, caído, habrá de levantar nuevas energías revolucionarias en el camino donde, según últimas palabras de su diario, el paso de sus hombres "había dejado huellas". Huellas que no se borran. Que jamás habrán de borrarse. Que quedan marcadas en el sueño del continente entero. (Alejo Carpentier).
El Che, como pocos hombres en nuestro hemisferio, entendió que la revolución es una gran aventura. Un desafío a la realidad y un compromiso feroz con la imaginación. Un ejército ético propio de una conciencia de titanes, donde se sabe de antemano y con lucidez que la libertad se inventa en la acción sublime de cada día. (Iván Darío Álvarez).
La figura del Comandante Che Guevara es hoy más que nunca para nosotros como un relámpago de oro en la conciencia. Su acción y su pensamiento, su increíble audacia histórica, constituyen una permanente advertencia para todos aquellos que pensamos, con Marx, que no basta con interpretar el mundo, sino que es preciso cambiarlo, transformarlo, alterarlo revolucionariamente. El Che Guevara hablaba constantemente de la necesidad de crear un hombre nuevo, que él llamaba "el hombre del siglo XXI", y advertía que esa era una tarea enormemente dificultosa; nosotros, aquí y ahora, tenemos el deber, al recordar hoy la figura del guerrillero asesinado, de meditar a fondo sobre ese principio revolucionario que, desgraciadamente, ha sido tomado muy poco en cuenta por los revolucionarios socialistas. (Ludovico Silva).
¿Dónde estás, caballero, el más puro, caballero, el mejor caballero? Encendiendo el hachón guerrillero en lo oscuro, señora, en lo oscuro. (Mirta Aguirre). Che recuerda lo que ya sabemos desde Espartaco y que a veces olvidamos: la Humanidad encuentra en la lucha contra la injusticia un escalón que la eleva, que la hace mejor, que la convierte en más humana. (Subcomandante Marcos).
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