jueves, 11 de junio de 2009

Tras un mundo mejor

“Los poetas convocados por el XIV Festival Internacional de Poesía de La Habana, a la luz de la tentativa de acercarnos a las grandes realizaciones de la poesía árabe y al examen de la responsabilidad social de los intelectuales para con los destinos de la humanidad y la preservación de la vida en la tierra, hemos concordado en que no bastan las palabras para cambiar la realidad aunque bien sabemos que es la palabra nuestro único instrumento para crear una sensibilidad planetaria para salvar nuestra especie del laberinto sombrío en que han sido enjaulados los valores más altos de la civilización humana: la verdad, la justicia, la belleza, la amistad, la solidaridad, la aceptación de la diferencia en cuanto a raza, cultura, sexo, tradiciones y credos políticos, filosóficos y religiosos.Es la hora de permanecer unidos frente al silencio y la incomunicación. No debemos permanecer indiferentes ante un mundo que literalmente se nos viene abajo.Como poetas podemos crear con nuestras palabras un mundo mejor y más humano, más justo y más solidario, y configurar un imaginario en el que sintamos el orgullo de compartir nuestras vidas en la tierra. Por esa razón debemos hacer nuestra toda acción solidaria dirigida a los pequeños y desposeídos del mundo.Extendamos nuestra solidaridad con los pueblos árabes que luchan contra la ocupación, en especial el heroico pueblo de Palestina, que cada día amasa con palabras y con sangre la posibilidad de construir, en las tierras ocupadas progresivamente durante sesenta años por Israel, una patria digna para sus hijos dispersos por el mundo, con su capital en Jerusalén Oriental.Respaldamos, por otro lado, la labor que en pos de la paz en su país ha desarrollado el Festival Internacional de Poesía de Medellín, la más grande fiesta de la poesía del planeta, y su contribución generosa al fortalecimiento de la red de festivales de poesía de Nuestra América.Ahora estamos en La Habana. Que en cada punto del planeta se alce la luz inmarchitable de la poesía y la figura del poeta señalando con su palabra y su acción el camino del amor y del bien, de la verdad y de la justicia.Cuba necesita que la dejen trabajar y vivir en paz. Cuba necesita que los cinco heroicos jóvenes presos en cárceles norteamericanas, entre ellos un destacado poeta, vuelvan a su patria. El mundo necesita de la Poesía. Los poetas necesitamos de un mundo más hermoso para trabajar y vivir. Si estuviera en peligro ese mundo-y lo está en grado sumo-habría que construirlo, habrá que construirlo, debemos crearlo con nuestras palabras y nuestros sueños y con nuestra acción ciudadana.”

(Declaración Final del 14 Festival Internacional de Poesía de La Habana, fechada en Jaimanitas, en La Habana, 30 de mayo de 2009).

Epistolario a Fidel

Pablo Mora




Fidel Amigo:


El mundo está con Usted y con su Cuba, nuestra Cuba, más bandera que nunca desplegada a la esperanza. A pesar de todas las interferencias en estos días de noche oscura, el mundo sintoniza, está pendiente del Territorio Libre de América. Quienes sabemos del camino, del viento, del Moncada, del Che, de la sierra, de la muerte y la arboleda - los mejores testigos de sus sueños -, rogamos para que Martí los acompañe y nos recuerde que la inteligencia se ha hecho para servir a la patria y que la libertad es la religión definitiva, mientras la poesía de la libertad el culto nuevo. La voz de Europa, la del mundo, la de América y América Latina esperan a cada instante por su voz, por la voz de Martí y la de Bolívar, las voces certeras del encuentro en Libertad. Porque nunca la tierra más firme ni más azul el mar que desde la garita de las islas.
Desde estos ventisqueros de Los Andes, de donde partiera el Héroe a liberar sus patrias, pedimos a la gallarda cubanía, empuñada entre sus manos, ilumine la noche que se cierne sobre América. Que la espada de su isla no cese en la trocha que nos falta por abrir. Que las manos de Bolívar fuljan en sus manos, hasta que América alcance su destino al fragor de sus hazañas, mientras vibre su espada en el camino. Que el ejército rojo, insomne, vele por nosotros en esta noche de América, al lado del barco mercenario que nos mira, nos apunta, nos vigila.
En esta suprema encrucijada de historia y liderazgos, donde cada quien quiere su imagen agigantar, decida Usted, Amigo, como los héroes, entre el destino y el poder. Usted que tiene la palabra, el destino y el poder, díganos: ¿Cómo subsanar el hambre en Libertad? ¿Cómo sobrevivir? ¿Cómo trascender en sobrevida? ¿Cómo grabar el sueño entre los árboles para que vaya andando en el aire, como ellos, hacia arriba? ¿Cómo compartir la luz del mundo al mismo tiempo que la noche oscura? ¿Cómo condenarnos juntos o salvarnos todos con las mismas manos y las mismas sombras?
Comandante Amigo: Cada uno tiene su Moncada, su encuentro con la historia. Ojalá, entre los reales dominios de la violencia, sepamos ajilar esta caña, abrir este camino entre los dioses y los lobos que asechan la esperanza. Salud, estrella de cinco puntas, estrella de todos los justos. Salud, Sol solitario, Sol de José Martí, Sol del 26 de Julio. Sol de América, Sol del Mundo que haremos, los que vamos a vivir le saludan. Prohibido llorar sobre los vivos. Préstenos su esperanza, ternura y arrechera; sus montañas, sus morteros: su magia, soledad, naufragio y suerte; sus planos, sus trincheras, sus secretos, para empuñar fusiles nuevamente.
Mientras tanto, al calor del merensón, de la música caribe en que se esconde el diapasón del Tiempo, señálenos Usted el rumbo, el ritmo, el paso, el viraje, el aire que nos falta, el necesario, para andar en alta mar, en alta vida. Sólo, entonces, el hombre peregrino, en medio de esta horrenda polvareda, marchará alegre y sin ningún sonrojo. Convencido de que roja será la rosa que recuerde su paso. De que roja será la rosa en el azul del sueño. Hasta que vuelva el fantasma a recorrer el mundo y nosotros le sigamos llamando Camarada.
¡Hasta la empuñadura! ¡Hasta la Victoria Siempre, Comandante! ¡Hacia la esperanza! ¡El laurel y la luz del ejército rojo a través de la noche de América con su mirada mira!
San Cristóbal, 26 de Julio de 1998.A 45 Años del Moncada.

Respuesta de Fidel Castro a Pablo Mora



Sr. Pablo Mora.
Estimado amigo:

Mucho agradezco su amable carta, que me fuera entregada durante la ceremonia de conmemoración del 26 de Julio; como usted sabe, el Protocolo constituye uno de los peores tormentos a que todo Jefe de Estado debe someterse. Su misiva, señor Mora, me permitió sustraerme durante un buen rato a la recepción ofrecida por nuestra Cancillería al Cuerpo Diplomático; con el pretexto de leerla - mis ayudantes la anunciaron como correspondencia de Estado - pude retirarme por largo rato a una discreta sala privada. Allí aproveché para descabezar un breve pero profundo sueño; es que los años pesan, señor Mora, y no puede pretenderse que el cuerpo de este septuagenario Comandante mantenga intacta la fortaleza física de aquel impetuoso abogadito que, hace hoy 45 años, dirigiera el casi suicida ataque contra el cuartel Moncada.
Debo y quiero ser cuidadoso en mi respuesta, señor Mora. Usted me es absolutamente desconocido; por tanto, estoy obligado a creerlo no sólo un compañero sino, además, un compañero bien intencionado. Por esa razón, no debo ni quiero dejar sin comentar algunas de sus expresiones, que me parecen peligrosamente equivocadas en un revolucionario. Me alegrará que estas modestas reflexiones atraigan su atención.
Dice usted, señor Mora, que el mundo está conmigo, y con "mi" Cuba. ¿Lo cree usted realmente? ¿Cree que en ese mundo dominado por las transnacionales de la desinformación, los pueblos tienen acceso a los datos reales del proceso que sigue nuestra isla? ¿Cree usted que continuamos viviendo bajo el manto de la mística, como ocurrió en la década de los sesenta? No se equivoque usted, señor Mora; no cometa el error de subvalorar al adversario: hoy por hoy, las más descarnadas apetencias del discurso liberal campean desde Fairbanks hasta El Cabo, desde Punta Arenas al Mar de Laptev. Y no serán los ruegos a ningún héroe los que nos ayudarán a sortear las dificultades del camino, por más que ese héroe se llame Martí, Bolívar o Espartaco. Nuestro objetivo, señor Mora, no se afinca en la implantación de ninguna religión definitiva, que eso pertenece a la conciencia libre y soberana de cada cual. No luchamos por religión alguna, sino por crear, paso a paso, un orden más justo, más libre, más pleno, que permita que cada cual, respetando la de los otros, pueda seguir su propia religión. Tampoco intentamos afirmar nuevos cultos; ya ve usted, nuestros propios ritos patrios siguen el esquema de los ritos nacionales burgueses. Eso no nos preocupa, naturalmente, porque en definitiva sabemos que los ritos no son más que herramientas que ayudan a mantener el entusiasmo y el fervor tan necesarios en los momentos duros que nos ha tocado vivir.
Las voces de América y del mundo, señor Mora, las voces de Bolívar, Martí, San Martín, Moreno, Túpac Amaru, Lumumba, Albizu Campos, Aquino, Durruti, Sandino, Artigas, Guevara y de tantos otros héroes no necesitan esperar por la voz de nadie, mucho menos por la mía. Los pueblos, téngalo por seguro, saben escucharlas. No para obedecerlas sin más, ni adherir a ellas como si fueran nuevas Tablas de la Ley; pero sí para escucharlas con espíritu crítico, desechando de ellas lo desechable, y aprovechando de ellas lo aprovechable. El mensaje del combatiente, señor Mora, deberá cumplirse un día y quedar, entonces, vacío de virtualidad creadora. El ejemplo de esos hombres, en cambio, nunca se agotará. Y en eso, nada tiene que ver mi voz.
Ha de saber, señor Mora, que esa "gallarda cubanía", como usted llama a mi pueblo, no admite ser empuñada por nadie. El pueblo cubano comenzó su revolución a fines del pasado siglo (lo de 1959 es, apenas, un jalón), y en ella continúa, por su propio impulso, por su propia fuerza. ¿Cree usted, señor Mora, que los pueblos admiten ser "empuñados"? La confianza en el pueblo, señor, es imprescindible en todo revolucionario. Porque de nada sirven los dirigentes si no son respaldados, seguidos y empujados por esas miles de anónimas personas, mujeres y hombres, que conforman eso que llamamos "pueblo".
Pero no corresponde a Cuba iluminar "la noche que se cierne sobre América". No corresponde a Cuba, mantener su espada en la trocha que a otros corresponde abrir. No es rojo nuestro Ejército Revolucionario, señor Mora, sino verde, muy verde, tan verde como nuestras palmas. Somos solidarios, sí, y hemos dado suficientes pruebas de serlo con todos los pueblos del mundo. Pero una cosa es la necesaria solidaridad que entre todos nos debemos, y otra es el creer que estamos para cumplir tareas que otros dejan de llevar a cabo. Más bien es Cuba la que debiera hoy reclamar ajenas solidaridades. No una solidaridad expresada en solemnes declaraciones o rimbombantes rimas; sino una solidaridad militante que contribuya a modificar la relación de fuerzas y nos facilite el camino. No escapará a su clara inteligencia, señor, que la mejor manera con que un revolucionario puede manifestarse hoy solidario con nuestra Revolución, es impulsar cambios progresistas en su propio país.
Se equivoca usted, señor Mora, cuando me asigna la "palabra, el destino y el poder". La primera la tengo, claro está, en todos aquellos foros en que me es dado expresarme, por mandato y autorización de mi pueblo. ¿Conoce usted, señor Mora, la hermosa frase con que un latinoamericano héroe de la gesta independentista interpeló a su propio pueblo? Permítame transcribirla: "Mi autoridad emana de vosotros, y ella cesa ante vuestra presencia soberana. Porque yo ofendería gravemente vuestro carácter y el mío, vulnerando vuestros derechos más sagrados, si pasase a decidir por mí un asunto reservado sólo a vosotros". Esto, señor Mora, fue dicho en abril de 1813, por alguien a quien su pueblo había conferido entonces la máxima autoridad; hoy, a 185 años de pronunciada, esa frase sigue siendo un mandato para todo revolucionario. Yo tengo la palabra de mi pueblo, por mandato expreso de éste, y la tendré hasta que los cubanos no decidan otra cosa. Pero sólo soy su dirigente máximo; no tengo más poder ni más destino que el que tal nombramiento me ha asignado. Ni tampoco quiero otro. Que, como dijo Martí, "toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz". Y como escribiera Steinbeck, "cuando el pueblo necesita líderes, los líderes crecen como setas".
No me formule, entonces, esas sus interesantes preguntas sobre "cómo sobrevivir", ni como "trascender en sobrevida", ni cómo "subsanar el hambre en Libertad", "cómo grabar el sueño entre los árboles", o "cómo condenarnos juntos o salvarnos todos con las mismas manos y las mismas sombras". Interrogue usted a su pueblo. "Vete a mirar los mineros, los hombres en el trigal, y cántale a los que luchan por un pedazo de pan", pedía don Atahualpa Yupanqui. A ellos debe usted interrogar, no a mí. En ellos, encontrará usted todas las respuestas. Como dijo en cierta ocasión el Che: "Recurrimos --quizás demasiado seguido-- al pueblo. A veces en asambleas, a veces en diálogos directos en las fábricas, con los obreros, con estudiantes, pero siempre tratando de que nuestra voz y la voz de la gente puedan intercambiarse y que las ideas se intercambien así, que no haya limitación de categoría, limitación de estrados, ni ningún tipo de limitación, para que las ideas vayan y vengan entre todo el pueblo y nosotros".
Sí, buena cosa es que saludemos todos al Sol. Bueno es que compartamos esperanzas, ternuras y arrecheras. ¿Pero por qué habla usted de "empuñar fusiles nuevamente"? Los fusiles, señor Mora, se toman y se cargan y se disparan cuando ello es necesario, cuando no queda otra salida, cuando morir o matar es la única alternativa que resta para reconquistar la dignidad. Pero la Revolución ha de hacerse, señor Mora, para poder enterrar los fusiles, de una vez y para siempre. La Revolución es Paz, y por eso cuesta tanto, justamente. Permítame usted que recurra a otro concepto del Ché: "La fuerza --decía él-- es el recurso definitivo que queda a los pueblos. Nunca un pueblo puede renunciar a la fuerza, pero la fuerza sólo se utiliza para luchar contra el que la ejerce en forma indiscriminada. Nosotros (y podrá parecer extraño que hablemos así, pero es totalmente cierto), nosotros iniciamos el camino de la lucha armada, un camino muy triste, muy doloroso, que sembró de muertos todo el territorio nacional, cuando no se pudo hacer otra cosa (...) Hay algo que debe cuidarse; que es, precisamente, la posibilidad de expresar las ideas; la posibilidad de avanzar por cauces democráticos hasta donde se pueda ir; la posibilidad, en fin, de ir creando esas condiciones que todos esperamos se logren algún día en América (...) Porque si esas aspiraciones del desarrollo económico –que son, en definitiva, las aspiraciones de bienestar en cualquier forma que sea y como quiera llamársele-- la aspiración del pueblo a su bienestar se puede lograr por medios pacíficos, eso es lo ideal y eso es por lo que hay que luchar.
No seríamos revolucionarios, si pretendiéramos señalar "el rumbo, el ritmo, el paso, el viraje, el aire", como usted nos requiere. La Revolución, señor Mora, pretende que cada uno piense con cabeza propia, enriqueciendo con sus ideas el patrimonio colectivo. Sabemos que es éste un proceso que exige muchísimo tiempo; "sabemos que no hay tierra ni estrella prometidas", que todo ha de ser aprendido y vuelto a aprender, que debemos rectificar una y otra vez nuestras ideas, para amoldarlas a la dinámica de un mundo que cambia aceleradamente ante nuestros ojos. ¿Pero acaso el marxismo no nos señala, justamente, que el desarrollo de las fuerzas productivas conlleva la transformación acelerada de los marcos sociales? ¿Y qué es este cambio tecnológico al que asistimos, sino un desarrollo sin precedentes de las fuerzas productivas?
Quizá convenga olvidar el viejo fantasma que hasta hace poco andaba recorriendo el mundo. ¿Puede sostenerse, hoy por hoy, la existencia de una clase obrera en ascenso, sobre la que caería la hermosa tarea de hacer parir una nueva sociedad? ¿No alcanzan los datos económicos para comprender que esa clase obrera --en el sentido marxista del término-- tiende a desaparecer, para ceder su sitio a otro sector social? ¿No será ese innumerable conjunto de marginados y desempleados cada vez más lejos del circuito económico, hundiéndose cada día más en la miseria, el llamado a convertirse en la nueva clase revolucionaria? No me pida respuestas, señor Mora; soy apenas un revolucionario que tuvo la suerte de estar en el lugar apropiado, en el momento apropiado y en las circunstancias apropiadas; no soy un teórico. Confíe en el pueblo, y busque en él los nuevos marcos teóricos ajustados a las nuevas realidades. Conocerá usted muchos fracasos, pero no desespere; antes o después, los pueblos siempre encuentran su camino.
Y nada de laureles, señor mío; nada de empuñaduras, ni de ejércitos rojos. Si ha de haber laureles, será para honrar la memoria de nuestros muertos; mientras deba haber ejército, entre nosotros su color será verde olivo (y que cada pueblo elija el suyo); si ha de haber empuñaduras, será en las manceras de los arados.
Y ya que estamos, ¿qué tal si mientras avanzamos, vamos dejando por el camino el lastre de tanto rimbombante adjetivo?

San Cristóbal de La Habana, 26 de Julio de 1998.

miércoles, 10 de junio de 2009

Palabra de Sábato

Pablo Mora



Yo he visto muchas cosas en mi larga vida, y he pasado muchísimos peligros, pero también he tenido mucha suerte, porque estoy vivo. Hay días en que me levanto con una esperanza demencial, momentos en los que siento que las posibilidades de una vida más humana están al alcance de nuestras manos. Tengo una esperanza demencial de que algo grande pueda consagrarnos a cuidar afanosamente la tierra en la que vivimos. Creo que lo esencial de la vida es la fidelidad a lo que uno cree su destino, que se revela en esos momentos decisivos, esos cruces de camino que son difíciles de soportar pero que nos abren a las grandes opciones.
Unidos en la entrega a los demás y en el deseo absoluto de un mundo más humano, resistamos. Ésta es una hora decisiva no para este o aquel país, sino para la tierra toda. Sobre nuestra generación pesa el destino, es ésta nuestra responsabilidad histórica. Frente a la más grande encrucijada de la historia, ya no se puede avanzar más por el mismo camino. Importante que nuestra cultura termine de deshojarse.
Creo que hay que resistir. Hundirse en experiencias hondas como el amor o la solidaridad. Hacer de los obstáculos nuevos caminos porque a la vida le basta el espacio de una grieta para renacer. El mundo nada puede contra un hombre que canta en la miseria. Cada uno de nosotros es culpable ante todos, por todos y por todo. (F. Dostoievski). Como centinela, todo hombre ha de permanecer en vela. No hay otra manera de alcanzar la eternidad que ahondando en el instante, ni otra forma de llegar a la universalidad que a través de la propia circunstancia: el hoy y aquí.
Lo humano del hombre es desvivirse por el otro hombre (E. Levinas). El hermoso consuelo de encontrar el mundo en un alma, de abrazar a mi especie en una criatura amiga. (F. Hölderlin). Cuando nos hagamos responsables del dolor del otro, nuestro compromiso nos dará un sentido que nos colocará por encima de la fatalidad de la Historia. Creo en los cafés, en el diálogo, creo en la dignidad de la persona, en la libertad, siento nostalgia, casi ansiedad de un Infinito, pero humano, a nuestra medida.
No sabemos adónde nos llevarán los actos que vemos. Estamos a tiempo de revertir este abandono y esta masacre. Esta convicción ha de poseernos hasta el compromiso. Hay hombres y mujeres que sostienen su condición humana en medio de la precariedad. Ellos han comenzado a generar un cambio basado en el amor y la solidaridad, pero antes debemos aceptar que hemos fracasado. Hay algo que nos falla y es la convicción de que únicamente los valores del espíritu pueden salvarnos de este gran terremoto que amenaza a la humanidad entera.
Infatigablemente, siempre gana la vida, con el coraje de seguir luchando. Sólo quienes sean capaces de encarnar la utopía serán aptos para el combate decisivo, el de recuperar cuanto de humanidad hayamos perdido. Abracémonos en un compromiso: salgamos a los espacios abiertos, arriesguémonos por el otro, esperemos, con quien extiende sus brazos, que una nueva ola de la historia nos levante.

Fondo Humanitario Internacional

Pablo Mora



¿Seremos víctimas de nuestros propios inventos? ¿Será la tierra víctima de sus propios hijos? ¿Habrá desembocadura posible? Ciertamente aquello que es imprevisible encierra siempre una amenaza latente y potencial. En este orden de ideas, se nos presentan tres alternativas. La primera consiste en creer que el destino del hombre está infaliblemente garantizado por la evolución cósmica o por el progreso tecnológico. Bergson sostenía que el mundo está construido como “una máquina para hacer dioses”. Teilhard de Chardin, que el hombre es como una flecha que indica la dirección inevitable de su desarrollo biológico hacia una Unidad de Pensamiento de Dimensiones Planetarias; es decir, una comunidad espiritual que acoja a todos los hombres de la tierra. Otros científicos creen que las máquinas mismas terminarán por ocuparse atentamente del hombre y harán para él toda clase de proyectos, hasta resolverle sus propios problemas.
La segunda alternativa es aquella de la protesta permanente o endémica, de la denuncia indiscriminada de todas las estructuras del saber y de la sociedad, y de la renuncia a todo proyecto o proyección, porque no se puede confiar en los datos existentes ni utilizar sus posibilidades efectivas a mediano ni largo plazo. La tercera, la de la responsabilidad. Así como el hombre ha creado técnicas instrumentales, mecánicas y organizativas, puede crear las que le permitan la previsión probable de los efectos colaterales o indirectos de todas sus iniciativas o proyecciones logradas en cualquier campo. A través de nuevas técnicas interdisciplinarias el hombre podría controlar su incesante proceso de proyección, pararlo en un momento dado, extenderlo en otro, coordinarlo de manera de poder evitar los peligros que representan para la supervivencia o la dignidad humana. En este caso, sus selecciones —responsables—, en el campo del saber y de la actividad práctica, estarían preventivamente orientadas por el cálculo, al menos aproximado, de las ventajas y desventajas que ellas podrían ocasionar.
Si se lograse disponer de tales técnicas, el futuro del hombre podría ser previsto a corto plazo con una cierta probabilidad, y los peligros más graves e inminentes no nos encontrarían desarmados o impreparados. Es de esperar que esta última postura, la única adaptada a las dimensiones humanas, acabe por prevalecer. Su predominio sobre las demás no puede ser producto de la autoridad o de la violencia, sino de la libre búsqueda y decisión de la gran mayoría de los hombres. Antes que esclavitud, hemos de exigir "un desarrollo ético y moral por encima de la innovación tecnológica" (Davis, Gregory H.). Con Ricardo Fernández Muñoz, Miguel Ángel Davara y tantos otros, compartimos “la esperanza de un humanismo tecnológico donde el hombre acierte a utilizar la técnica y la tecnología al servicio del hombre”; donde “el desarrollo tecnológico debe ir así avanzando, en paralelo, haciendo siempre referencia al bien del género humano.” Entonces, se podría hablar de una Democracia Universal a medida de hombre. De un Fondo Humanitario Internacional. Retomando el camino del humanismo, ante la desbocada violencia global.

Humanismo tecnológico

Pablo Mora



¿Es previsible el futuro del hombre? ¿En qué medida es previsible? Preguntas presentes en toda discusión de futurología, entre científicos, sociólogos, políticos, industriólogos y filósofos, sin que exista para todos una misma respuesta ni una misma significación. A los políticos industriales, a los tecnólogos, interesa obviamente el futuro del hombre a corto plazo, en cuanto responda a sus proyectos inmediatos y específicos. Para otros, en cambio, el futuro del hombre es algo mensurable a largo plazo, indefinido, y se relaciona estrechamente con la suerte misma del hombre, sus transformaciones eventuales, biológicas y mentales, es decir, con los modos de vida, los sistemas sociales, en fin, con la supervivencia o no del hombre mismo en el mundo.
Ciertamente el humano siempre ha deseado conocer su propio destino. Los antiguos creían en la “mántica”, en el arte de predecir el futuro, y todavía los astrólogos, adivinos, quirománticos, hacen su agosto tratando de responder a estos deseos. Pero cuando se discute sobre el futuro del hombre, no nos referimos a este ámbito solamente; sino a aquellas transformaciones que el género humano podrá completar y vivir en un futuro más o menos lejano, si ciertas tendencias, campeantes ya, continúan su empeño y su éxito a un ritmo acelerado.
En efecto, jamás la ciencia había tenido tan vertiginosa avanzada. Es en este sentido en el que el futuro del hombre es todo un problema contemporáneo. Y nos demuestra cómo el hombre es algo todavía —en parte al menos— por hacer. De ahí que esté evolucionando a diario. Su mérito principal lo constituye la cultura: el conjunto de instrumentos que él ha construido para responder a sus responsabilidades. Claro está que tales instrumentos no son sólo las máquinas y útiles para el trabajo o la producción, son también los medios de comunicación, las hipótesis y teorías científicas, las diversas doctrinas filosóficas, las nuevas tendencias morales y religiosas. Instrumentos estos en rápida transformación. Y es esto lo que inquieta, lo que hace presente la pregunta sobre el futuro del hombre.
Frente a un hombre que parece caminar a la extinción o autoextinción, sea que, en orden a las alternativas humanas, preveamos demasiado en forma optimista, dentro de “un destino aparente”; sea que no preveamos nada y nada dejemos al hombre para hacer a modo de nihilismo irracional; hemos de pensar seriamente en la responsabilidad de un auténtico humanismo tecnológico, entendiendo por humanismo “la doctrina que pone al hombre en el centro de la reflexión y la filosofía que asume al hombre como su preocupación fundamental... la doctrina en virtud de la cual se confiere al ser humano un lugar central en el universo.” (Josu Landa).
Es indudablemente cierto que toda transformación que se produce en un determinado campo de la actividad humana, tienda a modificar, en alguna medida, la mayoría de los otros. Las nuevas técnicas del trabajo y de la producción influyen en las maneras de vivir, en los usos y costumbres, en los comportamientos morales de los grupos humanos. Toda modificación en un cierto campo del saber no permanece en una sola área, sino que en un determinado lapso es utilizada en otras esferas; y así tiende a turbar o cambiar el equilibrio siempre inestable del ordenamiento general de la vida humana.
Es relativamente fácil para el hombre utilizar sus posibilidades y facultades para proyectar nuevos instrumentos mecánicos, nuevos medios de producción, de distribución y de comunicación, nuevas formas de organización social que respondan a tal o cual objetivo. Se trata en estos casos de servirse de las técnicas adaptadas por sus propias investigaciones científicas. Es decir, todo es producto de la selección adecuada de las combinaciones posibles. Sobre estas bases, el éxito o el fracaso de cualquier proyecto se puede prever con suficiente probabilidad. Lo que no se puede predecir con la misma probabilidad es el feedback, la retroacción o retroalimentación que tendrá el proyecto, no sólo en el campo mismo en el cual se ha realizado, sino en los otros campos más o menos conectados. Porque, en general, las técnicas que han hecho posible un determinado proyecto no están en grado de orientarnos sobre su retroacción. Así sucede que el logro de un nuevo plan influye en menor o mayor cuantía sobre los proyectos ya en acto, y de una manera imprevista o imprevisible sobre la vida del hombre.
Estando así las cosas, mientras pareciera que el futuro del hombre se tornase cada día menos previsible y más abrumador, tremenda es la tarea que le espera al científico hoy ante el futuro de la humanidad. Los avances tecnológicos obligan a reestructurar los pensa de las más calificadas disciplinas o facultades universitarias. Muchos de los problemas contemporáneos pueden hacer del Ingeniero —entre otros profesionales— un responsable inmediato. De donde se precisa una atención a los contenidos programáticos universitarios. En efecto, los más destacados estudiosos del asunto piensan en un nuevo tipo de Ingeniero: el Ingeniero Social, quien a través de una formación intertransdisciplinaria de lo más variada y eficaz logre diseñar mejor el cambiante mundo en que se desenvuelve.
Importante, entonces, en aras de un Humanismo tecnológico, humanizar la ciencia. Recae sobre el hombre la clara responsabilidad de asignarle a la ciencia definidas metas humanizantes. “Un saber comprometido con lo humano, en el que también deberíamos incluir una nueva manera de entender la ciencia, una ciencia comprometida con lo humano.” ( Josu Landa ).

Nuestra crisis de pueblo

Pablo Mora

Magister dixit
Sine ira et studio


“Por hábito de historiador, yo estudio siempre el pasado, pero es para buscar en el pasado el origen del presente y para encontrar en las tradiciones de mi país nuevas energías con que continuar la obra de preparar el porvenir.” (Gil Fortoul). “El primer desarrollo de una conciencia auténtica consistió en edificar una conciencia del pasado.” (Kahler). “Lo propio de la Historia está en los acontecimientos mismos, cada cual con su inconfundible fisonomía, en que se reflejan los acontecimientos pasados y se perfilan los del porvenir.” (Croce).
Arturo Uslar Pietri promovió una investigación acerca de una presunta crisis literaria en Venezuela... El Presidente López Contreras, en 1937, habló en forma más lata de una supuesta “crisis de hombres”... desgraciadamente, hay, sobre todas las crisis, una crisis de pueblo... Para el caso, más que el “pueblo político”, nos interesa el pueblo en función histórica. Y justamente no somos “pueblo” en estricta categoría política, por cuanto carecemos del común denominador histórico que nos dé densidad y continuidad de contenido espiritual del mismo modo que poseemos continuidad y unidad de contenido en el orden de la horizontalidad geográfica... A estas alturas de tiempo... ya deberíamos poseer un grupo vigoroso y uniforme de valores históricos, logrados como fruto de una comprensión integral —de sentido colectivo— de nuestro pasado nacional. A cambio de ellos, hemos aceptado pasivamente una serie de premisas de tipo sociológico – político, aparentemente fundamentadas en una filosofía pesimista, erigida sobre una supuesta insuficiencia vocacional del venezolano para ejercicios de la República.
Para que haya país político en su plenitud funcional, se necesita que además del Estado, exista una serie de formaciones morales, espirituales, que arranquen del suelo histórico e integren las normas que uniforman la vida de la colectividad... Se requiere la posesión de un piso interior donde descansen las líneas que dan fisonomía continua y resistencia de tiempo a los valores comunes de la nacionalidad... La fisonomía popular deriva de la capacidad que tenga la comunidad para asimilar los varios valores fundidos en el disparejo troquel de la Historia.
La anarquía indisciplinada y la degradación mental, que son reatos dolorosos de la sociedad venezolana, sumados a la carencia de vertebración moral ocasionada por nuestra imperfecta asimilación de la Historia, explican nuestra crisis de pueblo, causa y efecto de las otras crisis que tratan de investigar los críticos: responsabilidad, jerarquía, urbanidad, literatura, libertad, economía, institucionalismo.
Considero a la nación como fuerza humana que viene del fondo de la Historia y la cual nosotros debemos empujar hacia el futuro... el presente de los pueblos es apenas manera de puente o de calzada por donde es conducida la carga de futuro que gravita sobre nosotros como obra y representación de un pasado... Nos decimos ricos en divisas, porque así lo anuncian los balances bancarios; pero, lejos de aprovecharlas para fomento de lo permanente venezolano, las invertimos a locas en beneficio de la industria extranjera. Todo un proceso de dependencia económica que nos convierte en factoría de lucro forastero.
El sentido histórico del hombre no es para mirar únicamente al origen y a la formación de las sociedades, sino para imponer una voluntad de permanencia en el tiempo... Pueblo que no aspira a perpetuar sus signos a través de las generaciones futuras es pueblo todavía sin densidad histórica o colectividad ya en decadencia... Un pueblo es tanto más histórico cuanto mayor vigor y penetración en el espacio y en el tiempo han alcanzado los cánones que conforman y dan unidad al género colectivo... Pueblo lleno de excelentes cualidades primarias para la siembra de las más claras virtudes cívicas, el de Venezuela sólo ha reclamado una generosa dirección.
Debemos pensar en nosotros mismos con fe entusiasta y con empeño de salvación. Acontezca lo que aconteciere, la Historia seguirá su curso y habrá una generación que recordará nuestro dolor. A tantas crisis como azotan a nuestro pueblo no agreguemos la crisis de la desesperación y de la angustia, aunque sea ésta —como dice Kierkegaard— buen instrumento educativo de la posibilidad. Procuremos a todo trance que nuestra agonía no sea para morir, sino para salvar el irrenunciable derecho de nuestro pueblo a la Libertad y a la Justicia.
(Fragmentos de: Briceño-Iragorry, Mario: Mensaje sin destino y otros ensayos. Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1988. pp. 61-108).

Manifiesto

Pablo Mora



Porque queremos el pan de cada día,
flor de aliso y perenne ternura desgranada.
Federico García Lorca


En esta hora de escombros, cuya brújula parece enloquecida, desguarnecida, volvemos al hambre que cobija nuestra sombra desde este ruedo fantasmal del pobre. Como la pólvora en los cartuchos de los revólveres congelados, plantadores de árboles de humo en la floresta del incendio. Como la angustia de una espada y el puño del pan magro que tragan los muchachos sucios de sombra y de sueños, mineros de la muerte en la cantera de la aurora, y los harapos de las madres, higueras de los cielos abrasados.
Entre el pavoroso tesoro del hambriento, el eterno basural de los zamuros, boca buscando vida a dentelladas, buscando libertad, buscando aurora, hambre embistiendo en ciegas oleadas que sólo pan y soledad devora. Es la mano del hambre la que guía este sordo destino, esta aventura por donde el hombre asoma cada día como una indominable dentadura. En el ruedo del hambre y de la lluvia se agiganta la sombra de la muerte.
Pan, Libertad, Dios, paz, olvido, El hombre instinto de animal hambriento. Amor que es odio, paz que es turbia guerra, seco rencor que nunca olvida nada, Dios que desde su altura nos destierra. Cuanto tocan los dientes con su frío se vuelve masa de amargor y hastío. ¡Sólo comemos soledad y pena!
Pan pide la mano cerrada y la mano extendida, la que amenaza y la que codicia, la que acaricia, la que cocina, la proletaria y la paria. Seguimos con el hambre. Seguimos con el hambre todavía. El hambre es el primero de los mandamientos. Tener hambre es la cosa primera que se aprende. Por hambre vuelve el hombre sobre sus laberintos. Donde la vida habita siniestramente sola. Madre antigua y atroz de la incestuosa guerra, borrado sea tu nombre de todos los caminos.
Baja del cielo, Libertad sagrada, hazte carne en el seno de la huerta, y entre dolor y sangre un día hermoso nos nacerás entera. Día de redención, de amor, de gloria, será el día del parto, en primavera, y de sangre y dolor, de sol y vida, cuando tú te hagas nuestra. Por ti el despertar de la armonía, el sueño humano en pleno día, la paz, por ti, la paz sobre la tierra.
Salgamos a buscarla en la ladera, en el barranco, en la huerta, en el mercado, en el solar, en el potrero, la panadería, la vereda, la calleja. Gritemos que hay hambre en oleada atroz. Que hay hambre junta y a montones. Que sin moneda no se compra pan.
Tomemos el arma y elijamos un ejército. No es día de contar la historia. Es día de gestar. De empezar otra historia y otra patria. Es nuestra la canción que escuchamos. A crecer. A sembrar la tierra otra vez. Al agua. Al sol. Al viento. Y al camino. Otra vez a las armas. A la espiga. A hacer crecer la luz, la Espiga! Desde este cruce de sueños, de siglos y caminos. Desde estas lomas y estos vientos. Desde estas soledades severas de Los Andes. Encendidos de frío, de furia y de esperanza. En vasijas de barro, bebamos el agua, nuestro vino!
Podrá faltar el aire, el agua, el pan. La fe, jamás. Cuanto menos aire, más. Cuanto más sedientos, más. Ni más ni menos. Más. Al cantar el gallo. Al romper el día. Al abrir el sol. A filo de madrugada. Con propias armas. A sablazos y a tiros. Cuanto más a prisa, más. A puño. A sol y sombra. A asombro propio. Desde estas soledades severas desbocadas.
Así nos llamen simios, monos tropicales, lascivos seres, megalómanos incorregibles, niños malos, pendencieros, petulantes advenedizos, caciques motilones, hombres sin país o de levita gris. ¡La luna alumbra nuevas intenciones! Viaje admirable, viaje alucinado, para el viaje de sangre en rebeldía al borde de la trocha tempranera.
Veinte, cuarenta, sesenta hombres... hombres en fila, huellas en el polvo, rostros inconclusos, sombras... Cálidos, amargos, cándidos, furentes... Engranajes listos, entrecejo insomne, cenizas sueltas como briznas al viento, con lágrimas salobres... Cuarenta mil millardos de millas de hombres luz. Si nos diéramos las manos y formáramos la rueda, sin mirarnos la cara, sin saber quién es quién... sesenta, cien, mil, doscientas veces mil, doscientas cincuenta mil veces mil manos fueran... el perímetro exacto, con un poco de tierra, para vivir otra vez, para vivir a la vez.
Árbol de la Libertad. Aquí estamos. Sangre fresca! Contingente nuevo! Algún dinero! Tierra, pueblo y alarido! Siglo nuevo! Nuevo amanecer! Hombres libres! No más farsa, tiranía, opresión! A liberar! A restaurar! A madrugar! La luna alumbra nuevas intenciones! Desde esta noche diluvial del hombre! Desde este ruedo fantasmal del hambre!