jueves, 10 de diciembre de 2009

MIRADLA CON UN HIJO EN PIE DE GUERRA





MIRADLA CON UN HIJO EN PIE DE GUERRA


Dedicado a Yorky Lorena Bello
Ante la pérdida de su hijo Jesús Eduardo Ramírez Bello



Vino quizás de la loma o del aljibe nomás; del llano largo hacia adentro, de la montaña hacia el cielo o del viento en descontento. Un día alcanzó la luz; otro, alargó misterios; desde muy de madrugada, amasa el pan en la casa. Camino de la quebrada, se empeña en lavar tristezas. Las chamizas de la aldea dejaron huella en sus piernas: amor ardiente en recelo, le da por mecer los sueños. Cosechó cafetos, extendió atarrayas, bailó entre los maizales y hasta el barbasco se acuerda de ella. Enlazaba potros, calentaba eneldos. Primera en saludar el día, última en cerrar la noche. Libro sin índice siquiera. Agenda sin líneas vacías. Copla sin queja y sin letra. Llama en asombrado vuelo.
Miradla llena de honor y de ceniza. Miradla en los collados del amor delirante junto al lirio de tallo celestial, junto a los grandes bueyes de la tierra. Miradla naciendo desde un vientre de espigas misteriosas, desde un túnel de cálidas penumbras. La misma, la tremenda, la del mohín en los labios; la guaricha, la pícara, la Imelda, Cecilia, Gaudencia, Yorky o Lorena, Florinda, Lucrecia, Rosenda o Emeteria. La que se entendió con las flores, el luto, el llanto y el gozo. La simple, la cotidiana, la del humo de leña. La que ara el amor y cosecha su trigo, la que sabe el lenguaje de las cosas y el tierno frío del amanecer. La que se va con la neblina, apacentando sueños detrás de los rebaños. La oliente a piso de tierra, a musgosas tejas. La pobre, la grande, la hermosa; milenaria, aventurera del tiempo y del espacio; heredera del río y del relámpago, millonaria de lumbres y tristezas. La que de espaldas a la noche, vela con la estrella. La que entre barricadas de miseria, desgarra el corazón a la amargura o la amargura le desgarra el corazón. Miradla con un hijo en pie de guerra.
Miradla, yacente sobre páramos helados, tendida en la soledad de la cascada, en la llanura implacable de la vida, con una rosa turbia en la mirada; a veces victoriosa, a veces en la esquina, sentando lagrimón en la maleta, camino de la guerra, con la sordina de la retirada. Miradla con un hijo en pie de guerra.
Miradla, llama entre las llamas, lámpara, estrella, para la angustia del hombre. Va por el mundo porque existe el hombre antes del grito de su eterna entraña. Vela callada el fuego de la vida, madre la llaman por llamarla hermana. Hermana de la lumbre en su ternura, desmorona la angustia de los hombres y mantiene su pulso en plena llama ante la dura ramazón del odio. Compañera del hombre, jornalera, únicamente necesita él vida, para llamarla siempre compañera. Miradla, nacida en algún barrio triste del pueblo oscuro o la ciudad remota. Miradla, camino de su trabajo, la pobre piensa y piensa. Desde la calle de la melancolía, lluvia cantando de la sonrisa a los pies. Miradla con un hijo en pie de guerra.
Miradla. La estrella, la ventisca, la llama, la silencia. La danza, la puntada, la aurora, la almada. La sabia, la guitarra, la madre, la entraña. La tristeza, la dulce, la cicatriz, la calandria. La alondra, la paloma, la partera, la garza. La vieja, la princesa, la niña, la abeja, la calma. El llanto, la inocencia, la olla, la gracia. La fragancia, la muerte, la pasión, la espera. La soledad, la patria, la mujer, la amaranta. La amazona, el ahora, la tierra, el hallazgo. Miradla con un hijo en pie de guerra.
Miradla, cuando niña, alrededor del fogón, cargando sobre la cabeza haces de chamiza; sobre los cuadriles, a los muchachos pequeños; pronto, unos pechos naranja brotan de su seno; entonces, los hombres comienzan a rondarla. Al fin, cuando los grillos chillan ensordecedoramente y el viento hace crujir las ramazones, se la posee. Miradla con un hijo en pie de guerra.
Miradla, como a esta tierra, se la lleva en el corazón cuando uno se aleja de ella, y a flor de la pupila cuando se marcha en pos de ella por veredas y caminos. Después que el hombre la roza, se le mete por los sentidos y sensualmente lo amarra a sus árboles. Se la quiere en las sementeras, y se encariña uno con ella, abrazada al invierno de los retoños y al verano de las flores cuajadas. Eduvigis, Gumersinda, Críspula o como te llames, mujer de nombre infeliz que te puso el almanaque; india color de la tierra que se ha chupado tu sangre, siempre callada y humilde, concubina, bestia o madre. Flor de anónimo heroísmo, todo el color de esta tierra en el corazón te cabe con fe que no tuvo nadie. Hembra, menuda y cetrina de mis anchas soledades perdida en el triste olvido de un rancho cualquiera. Tu nombre no importa; da lo mismo si eslavo, sajón, latino o el que fuere. Miradla con un hijo en pie de guerra.
Miradla, a la orilla de las parvas consumiendo su cigarro; junto a la cerca de piedra, cabizbaja; frente al hierático pino, solitaria. A la orilla de las parvas, como naciendo de nuevo. Miradla, miradla naciendo bajo la luz que la espera. Miradla con un hijo en pie de guerra.
Vino quizás de la loma, de las uvas, de la montaña hacia adentro y se fue en ascuas metiendo, ensortijada en el sueño; fondo de llanto al acecho, bajo la luz redimida, bajo la luz de la pena; farallón de madrugada, despertador de su pueblo. Miradla con un hijo en pie de guerra.
Pablo Mora
pablumbre@hotmail.com



domingo, 6 de diciembre de 2009

Diciembre






Diciembre
Por: Pablo Mora


/09


I


Alto para fijar el horizonte, para otear la plenitud del día. Campanada de garza aleteando en la cresta de algún ciprés dormido, en busca del anafre o del camino. Un par de sueños despertando auroras. Un par de ojos descubriendo estrellas. Alma escarbando abrojos, serranías. Dos luceros velando en fogarada. La Luna vigilando, bien despierta, al hombre entretejiendo sus jornadas. Un modo de mirar, mirar despacio las sombras infinitas de los árboles, sus quejas, sus lamentos, sus latidos. Compás para medir la lontananza, la distancia entre el sueño y el olvido.Hallazgo de la vida, dentro, fuera. Atinar con el próximo jalón. Inventar nuevas rutas, nuevas eras, el viraje que a diario nos aguarda. Hurgarse, hundirse, ser sentirse, serse. Llegar a enero vivos todavía. Dar con la vena justa de la gracia o con el alma de la patria en ascuas. Paso de lluvia en torrencial suspiro mientras la madre su bocado implora. Un niño que en harapos llanto apaña. Una manera de sabernos vivos mientras cruzamos noche, tempestad, neblina, vendaval y cangilón, pena, chaparrón, vida o sobrevida.Diciembre: villancicos, serenatas, cuando bajan los ángeles a tierra para sentirle al hombre su quejido. Diciembre: lumbre, diapasón y canto. El abrazo temprano a nuestra madre que empieza, que prosigue, que culmina. Diciembre: el timbre con que el viento invita a seguirle los pasos a la vida, envueltos en rastrojos de la muerte. Remanso suspendido en la jornada para tomarle el pulso al ventisquero, a la tormenta, al rayo, al huracán.Sabor a trigo, a leche a miel, a rosas, a durazno, que como un corazón recién nacido al despuntar el día palpita entre los dedos de las hojas por su sola dulzura sostenido. Himno con que cantamos a la vida en busca de una humanidad en paz tras un amanecer de cara al hombre, de espaldas a la noche que nos cruza. Tras un amanecer que al fin alumbre un día con la noche esclarecida de azul mañana que la fe vislumbre.


II


La luz en lontananza que nos mira. Infinito fulgor acurrucado en nuestros pies, en nuestras vagas sombras. Los árboles, la noche, entre los nidos. Un duendecillo en medio de la fronda. Los hombres tras la tierra prometida. Soplo de brisas, canto, resplandor. Fabuloso recuerdo alborozado. El hombre, tierno niño, desenfunda la alegría escondida entre la infancia. Pasos del viento, chispas de luciérnagas. Paso del Tiempo, paso de la gloria con que engañamos a las propias penas.El hombre encandilado por sus sueños. El hombre a solas con su propia sombra. Noche de luces, noche iluminada. Para un Dios que ría como un niño. Para un hombre que ría como un Dios. Silencio y soledad, clara ternura, añoranza sutil sin aspaviento, hacia la luz total de nuestras cosas, hacia la luz total de la esperanza.La dulce sombra del común destino mientras murmura alrededor la noche, arrodillada en los fogones yertos. Oscuridad de noche confundida en medio de la lumbre peregrina, encima del estruendo del misterio. Fragancia matutina, gloria breve. La clara majestad de los caminos. El tiempo fatigado de infinitos, el que a la muerte sin cesar nos lleva.Una luz, un candil intermitente, soledad de un ligero arrobamiento, sólo de asombros infinitos llena, la vida es una gloria suspendida. Descubrirse, encontrarse, hallarse, abrirse, desencerrar la pauta que nos falta. Vivir sin miedo, en libertad, de veras. Toparnos con el corazón silente que nos oye, nos sigue y nos conoce. Dar con el lagrimón de la vereda, latigazo que a todos atribula.Gozo, bondad y sobre todo paz para la buena voluntad del hombre. Tras esta oscuridad que nos circunda. La cresta de un lucero que nos mira, por el postigo corazón mirando. Pausa para mejores madrugadas. Una pregunta en pie para los hombres. Para el pobre que nunca tiene nada. Para el triste que llora su amargura.


III


Júbilo, alumbramiento, bienvenida. Ara en fulgor para el altar del tiempo. Luz en la voz y luz en las miradas. Gloria en la luz y en el amor del día. Llamarada de paz para la nave colmada de borrascas en la noche. Algo mejor para el mañana incierto. De nuevo niños con asombro puro.Aire de claridad en la amargura. Cósmica fuerza sobre el mundo alzada. Los pájaros, los árboles, la tarde, al habla con la brisa y con los hombres. Victoria de la noche de luceros saturada, victoria de la vida. La sangre universal cuando concilia la Tierra con los seres y la Nada.Dios acicateando resplandores. La ternura del hombre florecida. Paz, goce, amor, en yunta con la vida, para una humanidad en pie de guerra. Latido de corderos y de ángeles anunciando la paz a los pastores. Paso del tiempo, paso de las cosas. Paso del hombre a solas con su sombra.Estrella en el camino de los magos. Estrella para el hambre de los pobres. Lumbre para escaparnos de la muerte cuando la noche necia nos persigue. Manera de decir que Dios existe sin que nadie conozca sus resabios. Vieja costumbre de jugar a Paz entretanto la tierra se desangra.Deseo de partir al infinito. De cara hacia el misterio. Para siempre. Luz de la luz, en gozo reverente, deslumbrando los tránsitos finales. Balcón por donde un niño al mundo asombra con sus hombros cargados de juguetes. La noche fulgural donde nacemos cuando a morir apenas comenzamos.


IV


Un niño con nosotros de la mano la puerta del misterio nos descubre. La sombra de la aldea galopando auroras, portachuelos, madrugadas. Definitivamente encandilados frente al día en que el odio no amanezca, seguimos puntualmente el paso al sol, esquivando las garras de la guerra.Hurgándole el pavor a la jauría, ceñido el hombre de esperanza, sigue hacia la luz fugaz de sus fogones, hacia las cumbres donde duerme en paz. Calienta el pan, la claridad calienta. Apura el vino, la piedad apura. Bendice el fuego, la bondad bendice. Santigua el día, su morral santigua.De viaje hacia el confín del vuelo, el hombre confía plenamente en su destino, pregunta por la noche al mediodía, al tilín por la suerte de su infancia. Tilín, tilín, tilín, la campanada anuncia la llegada de la aurora, el transparente gozo de la luz, el esplendor triunfal de la alegría.¡Ay del que viva lejos de su infancia, del que no sepa de ningún lucero, del que ignore el color de las ovejas y del que ausente de su ser delire! ¡Feliz quien con Francisco, atento, asista al canto matinal de los turpiales! ¡Feliz el simple labrador que sueña en ver crecer la flor en sus plantíos!Diciembre altivo en las fulgentes eras. Diciembre en el fulgor de la alegría. En los ojos azules de los ángeles y en el hambre del pobre y su quebranto. Diciembre, alumbramiento, bienvenida. Diciembre, asombro, arrobo y fogonazo. Diciembre, claridad en la amargura, para el pobre que duerme en el barranco.




jueves, 26 de noviembre de 2009

Sleepless Night Photomarathon



Sleepless Night Photomarathon


During the most talked about event taking place on Miami Beach, participants were assigned three topics to photograph during Sleepless Night; Indoor Activity, Outdoor Activity and Crowd Scene. The winning entries listed below will be exhibited in Miami Beach City Hall's 4th Floor Gallery during Art Basel/Miami Beach, 2009.Award JudgmentSleepless Night PhotomarathonNovember 7-8, 2009On Monday, November 16, 2009 the judges of the Sleepless Night Photomarathon met to review the submitted photographs.The judge’s panel was comprised by Scott Weber - Associate Professor of Photography Barry University, Chendo Pérez - President of Fotomission and Pavlova M. Greber - Executive Director of Fotomission. Present on behalf of the City of Miami Beach were Mary Heaton - Grants and Operations Administrator and Gary Farmer - Cultural Affairs Program Manager.After a careful and rigorous consideration of each of the participants’ images the judges disqualified Zone One – North Beach in the first round of judging. Very few participants registered in Zone One, and of those, none met the criteria requirements of the contest.The images that remained for competition were those of:Zone Two-Collins ParkZone Three-City Center, Lincoln Road, Espanola WayZone Four-Ocean Drive & Washington AvenueThe judges considered the artistic and aesthetic values of the images as well as the technical aspects of the image capture. Based on these criteria the award of the jury is as follows:


BEST OF SHOW

Luis MoraAwarded for the criteria expressed above and the unique and creative sensibility of his image.


Zone 2
1st: Mireya Alfonso2nd: Marlon Richardson3rd: Anaely Delgado
Zone 3
1st: Anthony Jordon Jr.2nd: Yulie Reutovich3rd: Laury Garcia


Zone 4
1st: Levi Schulze2nd: Richard Benitez3rd: Nikos SboukisThe judge's decision is final and irrevocable.PRIZES:


Best in Show - $400 + Their winning photograph professionally mounted using PlexiFoto courtesy of Tropicolor (value of $1,235.00, an official INSOMNIAC Sleepless Night T-shirt, a Special Edition "Sounds of Sleepless Night" CD, and a Bustelo Espresso Coffee Brick1st Place (Zones 2-4) - $200 (ea.) + Their winning photograph professionally mounted using PlexiFoto courtesy of Tropicolor (value of $715.00), an official INSOMNIAC Sleepless Night T-shirt, a Special Edition "Sounds of Sleepless Night" CD, and a Bustelo Espresso Coffee Brick2nd Place (Zones 2-4) - 1 Voucher (ea.) for 1 night's stay at a fabulous hotel on Miami Beach (TBD) + Their winning photograph professionally mounted using PlexiFoto courtesy of Tropicolor (value of $330.00), an official INSOMNIAC Sleepless Night T-shirt, a Special Edition "Sounds of Sleepless Night" CD, and a Bustelo Espresso Coffee Brick3rd Place (Zones 2-4) - 1 Voucher (ea.) for dinner for two at a special Miami Beach restaurant (TBD) + Their winning photograph professionally mounted using PlexiFoto courtesy of Tropicolor (value of $230.00), an official INSOMNIAC Sleepless Night T-shirt, a Special Edition "Sounds of Sleepless Night" CD, and a Bustelo Espresso Coffee BrickWe thank all who participated and hope to see you again next year







martes, 24 de noviembre de 2009

HICIMOS LA MOCHILA





La Blinda Rosada


PABLO MORA

Poeta venezolano, finalista de la Primera Marathon Electrónica de Poesía 1988 organizada por la Fundación de Poetas. A continuación, su trabajo premiado.


HICIMOS LA MOCHILA


y nos volvimos vagabundos

Apoyamos las palabras sobre la sangre

Cargamos los dados en la apuesta

Arrestamos al viento al sol las mariposas

Supimos del alma del silencio

de la piedra que alguna vez fue estrella

del sagrado terror de la locura


Fuimos un retrato del alma de la tierra

Dejamos pasar la noche por encima de nosotros

mientras las islas no se cansaban de bañarse


Nos hicimos a la lluvia

Matamos la tristumbre

Rompimos alfileres paraguas y repisas

Inventamos ratos penas alegrías y tardanzas

Echamos un vistazo al mundo


Nos provocó quedarnos solos en la tierra


Faltó ponerle trampas a la muerte


Pablo Mora




domingo, 22 de noviembre de 2009

Testamento






Testamento



Habiendo llegado al tiempo en que

la penumbra ya no me consuela más

y me apocan los presagios pequeños;


habiendo llegado a este tiempo;


y como las heces del café

abren de pronto ahora para mí

sus redondas bocas amargas;


habiendo llegado a este tiempo;


y perdida ya toda esperanza de

algún merecido ascenso, de

ver el manar sereno de la sombra;


y no poseyendo más que este tiempo;


no poseyendo más, en fin,

que mi memoria de las noches y

su vibrante delicadeza enorme;


no poseyendo más

entre cielo y tierra que

mi memoria, que este tiempo;


decido hacer mi testamento.


Es este:

les dejo

el tiempo, todo el tiempo.





Eliseo Diego


jueves, 19 de noviembre de 2009

El poeta es un estorbo





El poeta es un estorbo
Pablo Mora

A propósito del Encuentro con el Poeta Juan Calzadilla en Aragua

El poeta es un estorbo, ya lo sé. Lo mejor que llega a expresar de sí no da pie para que se le considere un ciudadano de provecho. Lo que dice no es por cierto lo más edificante que de un buen ciudadano pueda oírse. Ni será tan divertido su tono como para que se le aplauda por eso. Y si fuera próspero. Y si llegara a expresarse bien, sin miedo ni remordimiento tampoco ganará puntos para que le asignen por eso una butaca de primera fila en el Congreso. Ni la audacia de su discurso conmoverá tanto como para esperar de él que tome las riendas saltando al coso de los asuntos públicos armado de una flor y una metralleta. Nada brillante se encontrará así pues en su discurso para que yo, tomado en trance, ponga por él mis manos sobre el fuego. Pues ni el alma del peor virus de mala muerte estará ausente cuando para juzgarlo al lector le toque apretar el gatillo. (Juan Calzadilla).

Los poetas, en la posmodernidad, escasean. Y, sin embargo, los seudopoetas abundan.El verdadero poeta, ese que si le quitan la posibilidad de escribir prefiere la muerte a la vida; ese que escribe por necesidad; ese que penetra el ser de las cosas y que es profeta porque ve “lo abierto”, lo verdadero, lo que subyace; ese que no se queda con la mera contingencia, sino que habita lo formal; ese hombre (antes que estorbo) — ¡temo! — está en peligro de extinción. (Chester Thomas C.).

La creencia de que en la tradición literaria española existe una profunda riqueza que ha de saber aprovechar sabiamente nuestra actual poesía, es un tremendo estorbo. (Enrique Falcón). Los poemas de Pablo Neruda no alcanzan a explicarse sin el estorbo de su figura de poeta militante. Así los de San Juan sin el estorbo de su mística gracia. Como ningún Cantar de los Cantares sin el leve estorbo de su esplendoroso amor. Y menos al Vallejo sin el hosco muñón de su lluviaje.

La poesía siempre es acción, del sentimiento, de la sensación, del acto creativo, nunca resultado definitivo, porque todo poema es una pieza de un engranaje y de un proceso nunca acabado. El poeta observa siempre la realidad con detenimiento, después trabaja una traza, y otra, con esmero, para cosechar el poema con la atmósfera necesaria que nos sumerja en el universo que quiere construir. Al mismo tiempo, dosifica los elementos y les busca su función, clara, precisa y adecuada. La actividad de cualquier poeta, como la de todo artista, consiste en percibir las cosas con más claridad que el resto de los mortales, con lo que es fácil comprender cómo, para muchos, el vate resulta un estorbo, aunque al mismo tiempo se le mire con envidia, como si fuera un alma delicada, capaz de sentirse herido por cualquier realidad. La poesía, entonces, es una forma de percibir las cosas y convertirlas en lenguaje, porque todo arte es un lenguaje especial. (Silvano Andrés de la Morena).

Vulgar estorbo, pálido follaje… vivo dentro de cuatro paredes matemáticas alineadas a metro. Me rodean apáticas almillas que no saben ni un ápice siquiera de esta fiebre azulada que nutre mi quimera. Uso una piel postiza que me la rayo en gris. Cuervo que bajo el ala guarda una flor de lis. Me causa cierta risa mi pico fiero y torvo que yo misma me creo pura farsa y estorbo. (Alfonsina Storni).

“Temido, odiado, amado, el escritor posee el deseo de ser a la vez un estorbo para el mundo que es y un creador del mundo que puede ser”, subrayó Fuentes. El poeta almacena estorbos, esconde tesoros, guarda nombres que no fueron, alfabetos violetas y palabras ocres de una tinta ponzoñosa. Ejerce el pasatiempo de todo desahuciado: asusta a los niños y llora de martes a viernes. (Gabriel Fuster).

Al poeta, al soñador, al sueño amigo de los años, como a un estorbo nos apartan, enmudecen y destruyen… “Sólo estamos de estorbo aquí en la tierra.” (Mario Andrés Campa Landeros).

pablumbre@hotmail.com









Doña Bárbara revisitada: una aproximación desde el presente
Roger Vilain


Centro de Investigaciones y Estudios en Literatura y Artes (CIELA)Universidad Nacional Experimental de Guayana (Venezuela)rvil35@hotmail.com


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Resumen: La obra de Rómulo Gallegos da un golpe sobre la mesa en tanto arte narrativo. Junto con la urdimbre novelesca, que implica el quehacer de un escritor maduro, supuso además un modo de aproximarse, literariamente, al vasto y complejo abanico de lo hispanoamericano. En líneas generales la praxis regionalista intentó vislumbrar el carácter local, la simbología propia que desde el plano de la literatura es posible crear sobre la base de nuestras realidades, de nuestras condiciones de vida, de nuestros valores y características, tanto geográficas como sociales. En función de su formación positivista, Gallegos pretendió llevar a cabo el mandato según el cual resulta imperativo sobreponerse a cierto determinismo geográfico, es decir, luchar contra las adversidades de la selva o el llano, empinarse y sortear dificultades marcadas por la naturaleza a la que pertenecemos. Sólo así sería posible progresar. Únicamente de esta manera la luz de la civilización vencería a las tinieblas de la ignorancia, hondamente representadas en la dupla dicotómica barbarie-civilización. Lo auténtico, lo propio, lo “nuestro”, es necesario considerarlo pero partiendo del hecho ineludible de que asimismo lo reconocemos para doblegarlo. El medio agreste, la condición salvaje e indómita del paisaje venezolano están ahí para reexaminarlos, para revalorizarlos por vía doble: 1.- afirmando y percibiendo su fuerza, su reciedumbre, su influencia en nosotros, y 2.- batallando contra ellos en afán civilizatorio. Tales elementos se hallan en la novela que nos toca. Sin duda, el condicionamiento ambiental juega rol preponderante en la psicología y el carácter de los personajes. Doña Bárbara, Marisela, Santos Luzardo, evidencian un claro paralelismo con las fuerzas de la naturaleza, con la avasallante energía telúrica, para bien o para mal, de los llanos venezolanos. Se trata de una característica fundamental que circunscribe la narrativa galleguiana al ámbito del regionalismo hispanoamericano. Sin embargo, en este trabajo partimos de la hipótesis de que en Doña Bárbara existen otros elementos, quizá poco estudiados, probablemente menos tomados en cuenta a la hora de leer la novela. Y es que en Doña Bárbara podrían manifestarse algunos rasgos conductuales de la sociedad venezolana que encontramos hondamente instaurados en el presente, asunto propiciador de otro elemento de peso si indagamos sobre su actualidad, que es indudable: el hecho de que probablemente no se han dejado atrás ciertas conductas, atinentes a la ciudadanía, reñidas con la civilidad.Palabras clave: Doña Bárbara, regionalismo, ciudadanía, civilidad.

La obra de Rómulo Gallegos da un golpe sobre la mesa en tanto arte narrativo. Junto con la urdimbre novelesca, que implica el quehacer de un escritor maduro, supuso además un modo de aproximarse, literariamente, al vasto y complejo abanico de lo hispanoamericano.
En líneas generales la praxis regionalista intentó vislumbrar el carácter local, la simbología propia que desde el plano de la literatura es posible crear sobre la base de nuestras realidades, de nuestras condiciones de vida, de nuestros valores y características, tanto geográficas como sociales. En función de su formación positivista, Gallegos pretendió llevar a cabo el mandato según el cual resulta imperativo sobreponerse a cierto determinismo geográfico, es decir, luchar contra las adversidades de la selva o el llano, empinarse y sortear dificultades marcadas por la naturaleza a la que pertenecemos. Sólo así sería posible progresar. Únicamente de esta manera la luz de la civilización vencería a las tinieblas de la ignorancia, hondamente representadas en la dupla dicotómica barbarie-civilización.
Lo auténtico, lo propio, lo “nuestro”, es necesario considerarlo pero partiendo del hecho ineludible de que asimismo lo reconocemos para doblegarlo. El medio agreste, la condición salvaje e indómita del paisaje venezolano están ahí para reexaminarlos, para revalorizarlos por vía doble: 1.- afirmando y percibiendo su fuerza, su reciedumbre, su influencia en nosotros, y 2.- batallando contra ellos en afán civilizatorio.
Tales elementos se hallan en la novela que nos toca. Sin duda, el condicionamiento ambiental juega rol preponderante en la psicología y el carácter de los personajes. Doña Bárbara, Marisela, Santos Luzardo, evidencian un claro paralelismo con las fuerzas de la naturaleza, con la avasallante energía telúrica, para bien o para mal, de los llanos venezolanos. Se trata de una característica fundamental que circunscribe la narrativa galleguiana al ámbito del regionalismo hispanoamericano.
Sin embargo, en este trabajo partimos de la hipótesis de que en Doña Bárbara existen otros elementos, quizá poco estudiados, probablemente menos tomados en cuenta a la hora de leer la novela. Y es que en Doña Bárbara podrían manifestarse ciertos rasgos conductuales de la sociedad venezolana que encontramos hondamente instaurados en el presente, asunto propiciador de otro elemento de peso si indagamos sobre su actualidad, que es indudable. Ante el conjunto de hechos originadores de un perfil ético circunscrito a cierta idea de justicia en la que el imperio de la ley juega un papel principal, ante un código moral en el que prevalece la noción de respeto al otro y a las instituciones, ante el valor de la educación como fuente primordial para hacerse de las herramientas indispensables con las que construir una república próspera, cuyos ciudadanos son los responsables del porvenir tanto propio como colectivo, frente a semejante propuesta, típicamente galleguiana, es posible observar cómo en la Venezuela de la época se configura sin cortapisas el personaje acomodaticio, el que desde el poder pretende transgredir, violentar, cambiar a su antojo la reglas de juego -es decir la ley- el que, haciendo las veces del pícaro, aprovecha cuantas oportunidades se le presentan para sacar partido a determinadas situaciones echando a un lado el orden legal, la condición de ciudadanía, esgrimiendo engaños y embaucando a quienes se convierten en víctimas de su hacer. Cabe entonces preguntarse, a la luz de lo dicho hasta ahora, si en la Venezuela del presente habremos dejado atrás ciertas conductas reñidas con la civilidad.
La preocupación de Gallegos por la educación para sobre sus hombros fraguar un mejor país es manifiesta. Sambrano Urdaneta y Domingo Miliani (1991: 18)) sostienen al respecto lo siguiente:
Gallegos comienza a publicar en La Alborada y en El Cojo Ilustrado. En la primera inserta varios ensayos, con los cuales quiere contribuir al enrumbamiento de aquella Venezuela que suponían en alborada. Particular énfasis pone en los problemas educacionales del país. En cinco artículos analiza factores que inciden sobre el hecho educativo (…) Su primer artículo lo inicia con esta reflexión, que va a ser una de las claves de su vida intelectual: “El cultivo de los hombres es el único método viable de avigorar con energías de savias puras el organismo desmedrado de un pueblo. Enriqueciendo las unidades, ciudadanos, se enriquece la cifra total: Estado”.
Yace aquí una muestra de cómo el novelista concibe el país en relación con las coordenadas necesarias para trazar la ruta en función de su desarrollo, de su acceso a la modernización. En Doña Bárbara (1973: 18) lo podemos leer con claridad:
Días después Doña Asunción abandonaba definitivamente el Llano para trasladarse a Caracas con Santos, único superviviente de la hecatombe. Quería salvarlo educándolo en otro medio, a centenares de leguas de aquellos trágicos sitios.
En un libro intitulado La picardía del venezolano o el triunfo de Tío Conejo (2008), Axel Capriles da cuenta de la viveza criolla como forma de vida enquistada en nuestra sociedad. Más allá de que tal condición se presenta con mayor o menor arraigo en ciertos estamentos sociales y en ciertas individualidades, el pícaro, el vivo, el águila, el lince, el avispado, la metralla, el avión, el de las espuelas afiladas o el zorro viejo, atraviesan la “venezolanidad” y forman parte importante de ella a la hora de llevar adelante cualquier intento por aproximársele.
El mito del héroe tiene mucho que ver aquí, continúa explicando Capriles: “Nacemos y crecemos bajo la luz de una consciencia épica” (2008: 39). Y en efecto, terminamos siendo quienes al mirarse al espejo, por ejemplo, encontramos la huella profunda de las gestas inigualables de la independencia. A falta de celebrar la heroicidad de los civiles, de manera permanente recordamos y hacemos nuestras, cargándolas como propias, las hazañas de los héroes militares que vencieron nada menos que al imperio español.
La coexistencia en nuestra sociedad del héroe y el pícaro es notoria. De alguna manera vive en nosotros el primero, sumergido en un código de honor lleno de virtuosismo, y el pícaro, alejado de éste como quien se deshace de una pesada carga. En relación con el héroe y el pícaro que habita en nosotros, sostiene Capriles (2008: 50) que ambos enarbolan
Una forma idiosicrásica de disociación producto de la operación inconsciente de una de las más antiguas leyes de la dinámica psíquica: el balance entre los opuestos, las inevitables compensaciones que ocurren cuando una actitud se hace extrema y monopoliza la consciencia, hecho que paradójicamente activa la aparición de su contrario y lo obliga a llevar una vida autónoma y a actuar anárquicamente desde el inconsciente.
El pícaro, íntimamente asociado con el personaje socarrón que se hace patente en nuestros días, tiene su cuota de presencia en Doña Bárbara. Gallegos, probablemente sin proponérselo, realiza un fresco de la sociedad venezolana del momento en el que trascendiendo la condición antagónica civilización-barbarie, tan referida y harto señalada en los manuales y textos escolares de literatura hispanoamericana, muestra un país donde el vivo, el avispado, el transgresor (en el sentido menos virtuoso del término), el que se acomoda a las circunstancias y se aprovecha de ellas bien sea a través del engaño, del fraude o de otro ardid afín a su causa, pretende alcanzar cierto estatus o mantenerse en posición privilegiada.
La mujerona es hasta cierto punto ejemplo de ello. En la obra, en algún momento el narrador dice de ella que “doña Bárbara resultaba incapaz de concebir un verdadero plan. Su habilidad estaba únicamente en saber sacarle enseguida el mayor provecho a los resultados aleatorios de sus impulsos. Pero esta vez no acudieron en su ayuda las circunstancias”. (D.B.: 99), con lo cual se manifiesta una característica fundamental del personaje, no otra que su incapacidad para organizar, sistemáticamente, un plan racional que llevar adelante y, sobre la base de su desarrollo ulterior, obtener el beneficio producto del trabajo, del esfuerzo, del quehacer previsto en el esquema realizado. Es necesario apelar a las circunstancias, improvisar en función del aquí y el ahora ante lo que se presenta como una suerte de vivencia susceptible de aprovecharse echando mano de actitudes y actuaciones producto de la inspiración momentánea.
Para los venezolanos del presente resulta muy negativo el hecho de que los tilden, o lo que es peor, el hecho de que ellos mismos puedan creerse ingenuos, tontos, presas fáciles de la viveza ajena. La contraparte de semejante condición es sumamente valorada, implica sentirse protegido por la sagacidad, ser capaz de repeler trampas, evitar trácalas en detrimento de sus intereses. En esta descripción relativa a doña Bárbara aparece reflejado lo anterior:
Entretanto, doña Bárbara, sin mezclarse en la querella, había demostrado un interés creciente a medida que Santos hablaba. Ya bien impresionada -y muy a pesar suyo- desde que lo vio aparecer en la puerta de la jefatura, acabó de hacérselo simpático la habilidad con que él le había arrancado al extranjero despreciativo la confesión que necesitaba. En parte, por la astucia misma, que era lo que más podía admirar en alguien doña Bárbara (…). (D.B.: 106).
Notemos que la astucia, la habilidad de Santos Luzardo impresiona a la mujer. Tales son los elementos que admira primeramente. Asimismo, su carácter se perfila mejor cuando, en lo atinente a sus afanes de vincularse con poderes sobrenaturales, se dice a propósito de ella: “Era, en efecto, una de las innumerables trácalas de que solía valerse doña Bárbara para administrar su fama de bruja y el temor que con ello inspiraba en los demás”. (D.B.: 49). La astucia, las mañas, las habilidades para desenvolverse en el seno de la vida social, las trácalas, todo este conjunto de cualidades anidan en nuestro personaje. Arturo Úslar Pietri (1992: 371) lo perfiló muy bien cuando escribió: “Es la viveza la condición más admirada y es el triunfo de la astucia contra la fuerza lo que más se aprecia”.
La “legalidad conveniente”, de igual modo, es un elemento que marca de manera contundente las acciones en la novela de Gallegos. Esa es una característica que en nuestro país se mantiene intacta, es un hecho extrapolable que pareciera estar presente a lo largo de nuestra historia, incluidos los días que corren. También es posible toparse con lo que Capriles (2008: 114-115) llama “el espíritu del desorden”, es decir,
El pícaro (…) es sólo una cara del arquetipo (…) Si nos acercamos al consejo de los dioses de la mitología teutónica nos dirá que su nombre es Loki y, enseguida, su mente, su inventiva, su duplicidad, sus trucos, sus bellaquerías, su humor, sus chistes y su mofa sarcástica nos sonarán en el oído como algo conocido. Para Karl Kerényi “Loki es el bribón divino, el fomentador del desorden, un elemento indispensable en todo orden, no absolutamente diabólico pero por ningún respecto moral” (…) ¿Cuánto hay de Loki en nuestros pícaros que no poseen valores definidos, no conocen el principio del orden y marchan a la deriva regidos por sus instintos y apetitos? Ciertamente, mucho.
En efecto, las reglas de juego en Venezuela funcionan grandemente como “cercas” móviles manipulables por el pícaro en cuestión, cofrade del poder, empinado por encima de la legalidad. Tal desorden, dentro de la aparente rutina, dentro de lo que es transgresión asociada a la viveza, a la capacidad acomodaticia o a la picaresca social que nos engulle, es consustancial con cierto comportamiento en sociedad, en el presente y desde hace mucho tiempo. Leamos al respecto un fragmento de la novela:
Artera fue la táctica empleada por doña Bárbara cuando recibió aquella carta donde Luzardo le participaba su determinación de cercar Altamira. Nada podía agradarle menos que esta noticia de un límite a quien, cuando se le ponderaba su ambición de dominio, solía replicar socarronamente:
-Pero si yo no soy tan ambiciosa como me pintan…(D.B.:97).
En nuestra cultura, tradicionalmente imbuida en la noción del pícaro, las normas, las leyes, el orden legal no son herramientas lo suficientemente apreciadas en su funcionalidad. Lo anterior supone un estado de cosas donde importan mucho más las formas que permitirán violar reglas sin ser descubiertos, o burlar estamentos que nos obligan a comportarnos de determinada manera, sin que por ello opere el sentimiento o concepción de que realizamos un acto que merece castigo, o cuando menos el repudio moral, generalizado, es decir, la sanción que le es concomitante.
Así, se tiende a confundir el Estado con el individuo, con el poderoso, que también es el vivo, quien transgrede a propósito lo establecido para estar un paso adelante cuando las circunstancias lo ameritan para dar el zarpazo. Doña Bárbara lo ilustra muy bien al exclamar: “¡Que este papel, este pedazo de papel que yo puedo arrugar y volver trizas, tenga fuerza para obligarme a hacer lo que no me da la gana!” (D.B.: 108). De esta manera se sabe consciente de que, sin mayores obstáculos, puede triturar lo que la ley exige en tanto palabra escrita, en tanto condición de obligatorio acatamiento para todos.
La democracia, la modernización que implica pensar en un país con instituciones sólidas, con un sistema político administrativo eficaz, lleva a consideraciones que suponen el poder siempre en función de la justicia y la legalidad, siempre subordinados a ésta. Pero la Venezuela del presente, así como lo vislumbrable en Doña Bárbara, refieren un personalismo que hace dependientes el mando y el cargo del coyuntural carácter empático con quienes gobiernan en un momento dado. Mujiquita lo ilustra muy bien: “-¡Ah, caramba, chico!- exclamó Mujiquita, y en seguida-: Mira: el general no es malo; pero, aquí entre nos, en todo quiere llevar la batuta. Tanto en lo civil como en lo judicial, aquí no se hace sino lo que él dispone”. (D.B.: 196). Y además, continúa luego argumentando, explicando a Santos Luzardo cómo debe comportarse si desea que sus diligencias prosperen:
-(…) Como comprenderás, en el caso de tu peón, o tus peones, mejor dicho, yo no he dejado de pasearme por la presunción del asesinato; pero en estos momentos, acaba de salir la hoja, es impolítico decir que se trata de un crimen y…
-Y como tú estás aquí para complacer a Ño Pernalete y no para administrar justicia…-atajó Santos.
Y Mujiquita, encogiéndose de hombros:
-Yo estoy aquí para completarles la arepa a mis hijos, que la pulpería no me la da completa (…) Aguárdame un momento. Todavía no se ha perdido todo. Déjame ir a torear a mi toro (…)
-¿No te lo dije? Yo conozco muy bien a mi tercio. Al general no le ha gustado que te hayas dirigido a mí y no a él. De modo que te aconsejo que vayas allá y te le metas bajo el ala. Así es como se consiguen las cosas con él. (D.B.: 196).
Es que en la novela, para la contraparte de la civilización -la barbarie-, hacer a un lado la norma general, desechar lo consensuado, burlar las leyes e intentar ubicarse más allá de ellas es aplaudido, juzgado de la mejor manera, equivale a obtener un plus de salvaguarda a favor de los intereses de un particular. Si las reglas no funcionan para algunos, si existen sólo para dar la impresión de organización, de competencia jurídica y desarrollo institucional, entonces -y esto es válido, notémoslo, incluso para el presente- se vive al borde de la barbarie, o al borde de la modernidad democrática, siempre abrazados con el hecho incierto de que la incertidumbre puede más que la tranquilidad, reflejada aquélla en las normas de obligatorio acatamiento para todos.
Adherirse a la autoridad del Estado es una condición sine qua non que los valores ciudadanos y el país, como un todo, exigen sin cortapisas. No hacerlo implica una concepción del poder que se aleja de la modernidad aludida anteriormente. Con razón Capriles (2008: 146) explica que
Los recién llegados al poder, como resultado de sus proezas de guerra, fueron incapaces de crear un sistema de derecho que tuviera prestigio y reconocimiento en sí mismo. Ese vacío fue llenado con la filiación y los vínculos personales del caudillismo.
Y asimismo, Úslar Pietri (1992: 393) nos recuerda algo parecido:
El mal de la viveza debió extenderse y fijarse en las propicias condiciones de pobreza e inestabilidad de nuestro siglo XIX. En la guerra civil endémica y la constante mudanza de situaciones.
Ya desde el siglo XVII se habían señalado los venezolanos por un rasgo que las gentes de la época llamaban “viveza de ingenio”. Oviedo y Baños, en su encendido elogio de Caracas, dice: “sus criollos son de agudos y prontos ingenios, corteses, afables y políticos”.
El “mal de la viveza”, como lo llama Úslar Pietri, es de vieja data en nuestras geografías. Ha sido reportado, comentado, referido, a veces a modo de chiste, en ocasiones para criticarlo con severidad, pero lo cierto es que atraviesa por completo la identidad -permítanme utilizar esta expresión- venezolana. Minimizar la importancia o majestad de un cargo, saltarse a la torera ciertas normas con carácter de ley, pretender la obtención de beneficios, cualquiera sean éstos, en función de simpatías, de lazos amistosos, de constantes acomodos y entendimientos ocultos con quienes detentan el poder circunstancial, aprovechar la “chispa” propia, el ingenio agudo, el hecho de ser un “avispado” para llegar a las metas por una vía más corta, finalmente produce una perversión generalizada donde debería existir la conducta recta y vertical ante la autoridad, es decir, el reconocimiento del Estado.
Como las normas y leyes de alguna manera suponen el control parcial de ese salvaje que anida en nosotros, que aflora y crece desmesuradamente si no tiene límites y contrapesos, si no se “cerca” a través del orden legal, tal y como pretendía hacer Santos Luzardo con los linderos propios y ajenos a fin de frenar el robo de sus tierras, entonces es necesario recordar que las leyes, antes que punitivas, se orientan al prescriptivismo, suponen, como bien nos lo dice Capriles (2008: 149), “la internalización de la sociedad en nosotros mismos”. Tal condición prescriptiva hace pensar en una sociedad moderna, una en cuyo seno los ciudadanos acatan, sin distingo de cualquier índole, el mandato legal y, es más, son capaces, en tanto ciudadanos, de valorar, defender y enaltecer las leyes y sus principios como parte irrenunciable, fundamental, del entramado político, económico, social que les posibilita una mejor forma de vida en convivencia. Tomando en cuenta lo anterior, ¿hasta dónde hemos llegado? ¿Cuánto tendremos aún que recorrer? La novela de Gallegos puede ayudarnos a pensar la respuesta.

Nota:
[1] En adelante, las referencias textuales tomadas de la novela serán señaladas con sus iniciales (D.B.) y a continuación el número de página respectivo.

Referencias bibliográficas
Capriles, Axel (2008). La picardía del venezolano o el triunfo de Tío Conejo. Caracas: Santillana.
Gallegos, Rómulo (1973). Doña Bárbara. Buenos Aires: Espasa Calpe.
Sambrano Urdaneta, Óscar y Domingo Miliani (1991). Literatura hispanoamericana. Tomo II. Caracas: Monte Ávila.
Úslar Pietri, Arturo (1992). Medio milenio de Venezuela. Caracas: Monte Ávila.

© Roger Vilain 2009
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid
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