viernes, 19 de marzo de 2010






Pablo Mora

por J J Villamizar Molina


Jueves, 2 de julio de 2009


Estamos frente a un gran poeta venezolano con respetable personalidad en Europa y la América Latina. Es tachirense, de la talla de Manuel Felipe Rugeles, de Juan Beroes, de Dionisio Aymará y de Pedro Pablo Paredes. La suerte se extiende a Santa Ana, donde nació el año 1942. Siempre, cuando voy a San Joaquín, me detengo a contemplar la casa del bardo así como cuando voy a Alcalá de Henares me detengo allí para adquirir un ejemplar del Quijote, o cuando voy a Florencia hago escala en la casa natal del Dante Alighieri para hacerme a un ejemplar de "Tutte le opere". Para algo soy Cronista de la ciudad de Santa Ana.
En sus 25 años de vida artística se me designó para que yo hiciera su presentación en el Ateneo. Hoy, Pablo Mora no necesita presentaciones ni en Venezuela ni en la América Latina. Sintetizo la obra suya en tres palabras "Almácigo", "Asombro" e "Insomnio". Estos tres vocablos se armonizan como en un deslumbrante remolino, como en la más completa trilogía de la concepción lírica. Ellos son el prisma expositivo de todo su pensamiento, de toda su percepción y sensibilidad, de todo el juicio que de la existencia hace el incesante trovador. Almácigo recuerda la semilla, la raíz, el feliz tallo conductor, las ramazones en multiplicación infinita, las hojas que son "Les feuilles d` automne" de Víctor Hugo, las flores y los frutos, dádivas ofrecidas desde un rosal de nuestros jardines hasta un corpulento cedro del Líbano. Apreciamos aquí almácigos de seres vivos y sensitivos en su sombra y en su generosidad. Así son los árboles. Y por eso son los símbolos de Pablo Mora. El árbol da vida, confianza, sombra y deleite de vivir. Él centuplica las recompensas en el ramillete de sus flores y en su cesta de pomas. Jesús dijo que ni Salomón en medio de sus pompas se vistió como un lirio del campo. Pablo Mora dice que las ramas de su almácigo pretenden abrazar los espacios de los cielos.
Asombro es un elemento vivencial. Los seres vivos están dotados de la percepción dada por los órganos de sus sentidos, regidos por el portento prodigioso de la creación que es el cerebro humano. En este caso, parece que el poeta detuviera el ciclo existencial para embelesarse en todas las impresiones, en todos los sonidos, en todas las ensoñaciones de que es capaz un ser viviente. Asombro es detener las fuerzas de la vida para lograr un impacto estremecido, un trémulo de contemplaciones, un improntus de transportación, un adagio cantabilis de amores. Por ello, Pablo Mora se extasía en este coro estupefacto. Si el asombro es estático, el insomnio es dinámico. El insomnio no detiene ni un momento el curso de la vida. No lo interrumpe para que la inspiración lírica pueda seguir el curso en su carruaje de vivencias, de ensoñaciones, de triunfos, de dolores, de obnibulaciones. El insomnio en este caso es un regalo de los dioses. Para él no se hicieron los hipnóticos de la farmacología.
Pablo Mora se graduó en Letras en la Ucab. Luego se doctoró en Psicopedagogía y Periodismo en la Universidad Degli Studi de Torino y en la Universitá Cattolica del Sacro Quore de Milán. Profesor jubilado de la Unet, fue su Director de Cultura y es el autor de la letra de su himno. Es hermano de Rugeles en la pureza de la harina, en la caricia de la neblina y en el prodigio de los cántaros. Laureó su poesía en Nueva Esparta. Constantemente, a más de sus numerosos libros de poesía y ensayos, nos está extasiando con sus poemas en prosa, que son, como decía Pedro Pablo Paredes, "una gavilla de lumbres". Siempre está transitando en las innovaciones literarias. Porque si Rubén Darío dijo "yo soy aquél que ayer no más decía", Pablo Mora nos confiesa jubiloso en el mismo endecasílabo: "Yo soy el que ahora está cantando". * Decano de los cronistas de Venezuela.




miércoles, 17 de marzo de 2010

RETO BOLIVARIANO





RETO BOLIVARIANO
Pablo Mora


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Created Dec 21, 2009 by Cesar Omaña


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¡Creo en ti, perenne Hijo de la Gloria!
¡Inmarcesible Rayo de la Guerra!
¡Comandante invencible de Los Andes!
¡Espada vencedora de los Dioses!
Creo en el Ávila, fanal primero
donde irradió el fulgor de tu existencia.
En el vientre que arrulló tu gloria
y en el maestro que templó tu mente.
En el pueblo que siguió tus pasos
y en la nodriza negra de tu infancia.

Creo en la Roma en que juraste un día
dar tu sangre por nuestra Libertad.
En el mar en que acampaste cuando
la Patria te confió el primer mandado.
En la ternura que le diste a Fanny
con el aliento de tu amor a prisa.
Creo en la flama de amor de Manuelita,
en la fulguración de tus soldados
y en la estampida de palomos briosos
en busca del Jinete redivivo.

Creo en la nívea pila bautismal
al fraguarte inmortal Libertador,
en la pila sagrada de Los Andes.
En el Llano que se fue contigo,
erguido fiel por nuestra libertad.
En la lealtad del corazón
del negro en llamas que inmoló la Patria.
Creo en el Mariscal en que creíste
y en la desgarradura de Berruecos.
Creo en tu arrojo que envidiaste a Piar
y en el Piar que tuviera que morir
para abrir paso a tu esperanza egregia
en medio de la lucha sin cuartel.













Creo en Petión, el de la noble mano,
al enjugar la lágrima al esclavo.
En la furiosa huracandad de Pisba,
acicate feroz de tus soldados,
en el alumbramiento de la helada,
hijo de aquél que se quedó en la cuesta.
Creo en la majestad del Chimborazo
donde de pie entendiste al viejo Tiempo.
En tu rostro desafiando el mar
cuando, lejos, clamabas por la Patria.
En los ásperos callos de tus manos
para el hambre de América harapienta.

Creo en tus brazos y en tus puños creo
desde la eternidad encabritados.
En el samán que te albergara creo,
en tus noches, tus selvas, tus caminos.
Creo en el tamarindo de Angostura
donde amarraras tu esperanza al río.
En el entrecejo de tus iras
y en el crispado acento de tu verbo.
Creo en tu hamaca, compañera fiel
en cada escaramuza libertaria.
En la orfandad de tus monturas viejas,
añorándote a ti, ¡Oh Padre Nuestro!

Creo en las plateadas herraduras,
hechizos del galope redentor.
En tu espada que atizó la gloria,
sembrando sobre sombras libertad.
Creo en Palomo y su inmortal relincho
cuando, gozoso, te sabía campal.
También en los secretos que confiabas
a tu mula Orejona y obediente.
Creo en el tremedal de Casacoima:
regazo en el delirio de tus sueños.
Creo en Pichincha y creo en Boyacá
y en Junín, Carabobo y Ayacucho.













Creo en la cruenta imagen que tenías
de aquella América rapaz del Norte.
En el recio camarada Rooke
quien a la noche le ofrendó su brazo.
En la Gran Colombia que fundaste
y en el sueño de América, la Patria.
Creo en tu pensamiento, fulminante
hoguera de visiones sempiternas.
Creo en Jamaica y creo en Angostura
donde fijaste el rumbo a nuestra América.

En la América tuya tan dolida,
ágora ayer: la comunión del mundo.
En Tinjacá y en tu Nevado perro,
en tu pobreza y tu camisa rota
para la desnudez de Santa Marta.
En el fulgurar de tu relámpago
perdido en la hondonada del vacío.
En el alarido de la noche
con la última proclama de la unión.
Creo en la redención de nuestro suelo
por tus huestes apenas comenzada.

En nuestra soledad iluminada
por tu ejército ahora clandestino.
En la reciedumbre de tu furia
amparada en melífera ternura.
Creo en tu sangre guaicaipura y éuscara,
hermana de la sangre de Lautaro,
¡Oh Fénix trashumante, la esperanza
de los partos solares por venir!


















Creo en la Guerra de Tupac Amaru,
la Guerra a Muerte que empuñara el Ande.
En Martí cuando corrió a buscarte
en la noche sangrienta de tu América
y en la montaña que soñó tribuna,
entre relámpago y furente rayo,
y un manojo de pueblos en tu puño,
rendidos los tiranos a tus pies.
Creo en el Che, en Camilo y en Sandino
para tu valentía encarnaduras.
Creo en todos los hijos de la Tierra
capaces de fraguar la nueva aurora.

En la hospitalidad de estas neblinas
creo, remanso de tu luengo insomnio.
Definitivamente creo en Ti,
¡Omnipotente Padre de la Patria!
Y aunque tú ya una Patria nos dejaste,
creo en la Patria que nos falta hacer.
Creo en ti, ¡Adalid de Libertad!
Desde estos ventisqueros de los Andes,
donde una América de pie te espera
para salir a libertar más patrias
así tengamos que retar a Dios
con tal de no seguir arando el mar.




Rubén Darío Becerra, Poeta Sideral






Rubén Darío Becerra, Poeta Sideral
Pablo Mora

En ocasión del Foro del Artista, del Poeta Rubén Darío Becerra, hoy miércoles 17 de marzo, a partir de las cinco de la tarde, en el Museo de Artes Visuales y del Espacio del Táchira (MAVET).


En 1962, 63… tropecé contigo, cuando caíamos a La Plaza Sucre por caminos distintos, a la carrera diez con calle siete de esta Villa de San Cristóbal, con nuestras mismas alboradas. Tú, con tus insistentes permanencias en la Araucanía; yo, recién salido de la fidelísima abstinencia de un Seminario… Al momento, junto con Juan Michelangeli, José Campos Biscardi, Jesús Alviárez Hurtado, Freddy Pereyra, Myriam González, Ulacio Sandoval, Hugo Mendoza, Luis Castro Medina, Agustín Guerrero Marciales, Salvador Weg, Luis Rafael Olivera, Elio Jerez Valero… y nuestro Comandante Carlos Guerin o Rafael Guerrero, nos dimos todos a la sombraluz de aquella memorable CUEVA PICTOLÍRICA a revisar la “Balada del Preso Insomne” de Leoncio Martínez, magistral en la historia de nuestra lírica, por su sobriedad, por la eficacia estética con que fue elaborada. Resumen de viril amargura; testimonio supremo de pasión por la patria. Grito de protesta contra la permanente violencia antepuesta a la realización de nuestro destino colectivo. Máximo poema civil venezolano, cédula de eternidad del autor.

El que comenzaba:

Estoy pensando en exilarme,
en marcharme lejos de aquí,
a tierra extraña donde goce
las libertades de vivir.



El mismo que finalizaba:

¡Ah, quién sabe si para entonces,
ya cerca del año 2000,
esté alumbrando libertades
el claro sol de mi país!

Lo cierto fue que en cuanto Movimiento Cultural, Literario, el de la CUEVA PICTOLÍRICA fue real testimonio poético encarnado en el suelo tachirense, signado por la sobresaliente vivencia y la fraternidad entre sus miembros, a diferencia de los movimientos posteriores, que contaron con una mayor producción y disciplina en nuestro medio. Como un solo hombre nos lanzamos, ensimismados, como quien recibe la tremenda revelación astral, la misma de la que haces alarde al sentirte y calificarte Poeta Sideral.

Homo-Tractores como acostumbrabas llamar al Grupo, tenías todo el acierto en la nominación dentro de nuestras BOHEMIADAS —como llamamos a alguna de las Páginas Literarias por las que respondimos—.

Homo-Tractores en cuanto a que quizás como pocos intentos culturales en nuestra región, el nuestro se encargó de hurgar en la Poesía y la Verdad, en la Literatura y el Compromiso, en el Pedir la Palabra, fieles intérpretes del momento y del mundo que cayó en nuestras manos.

Nos interesaba ante todo responder por el binomio Poesía y Pueblo. La poesía que va al entorno, al pueblo, sin necesidad de que el poeta se lo proponga. Sin forzar la barrera, ella tarde o temprano irá a todo el mundo. Y, así, se explican manifestaciones como La Peña Manuel Felipe Rugeles, contemporánea a la Cueva, con la que tuvimos feliz y fraterna confrontación. El Grupo El Parnasillo y más recientemente ZARANDA de felicísima memoria y mayor fruto, suscrito por sus Quince Pletóricos Volúmenes.

En una y otra faena, en una y otra vivencia, convivencia, evento cultural de estos cincuenta años transcurridos, Rubén Darío, como el astro de Nicaragua, siempre anduvo y anda entre nosotros, con nosotros. Amigo del Arte y la Poesía, Amigo del Hombre, como lo ratifica Freddy Omar Durán, tiene toda la razón de afirmar ante los tantos vientos y las innúmeras galaxias celestiales en que mora: “La historia de mi vida es la historia de los artistas y la historia de los artistas es la historia de mi vida; ninguna de las dos se puede desligar, siempre existirá esa reciprocidad”.

Ciertamente, su experiencia vivencial, existencial, en tierras del Sur, de Chile propiamente, le convenció de que la Poesía es Subversiva —como lo pensaba el Gran Neruda— en tanto arremete, en todos los órdenes, contra las convenciones estatuidas por una determinada sociedad.

Como lo sustentaba Sartre —quien sí sabía para qué sirve la poesía— Poesía para el compromiso, porque quien escribe debería ser un soldado armado para protegerse de la muerte con pistolas cargadas, capaces de hacer que cada hombre tuviese que inventar cada día su propio día.

Todo, bajo el granado trigal de la noche insomne, rumorosa de viento alto y de luceros, la misma que a las costas de la divina antigüedad nos ata.

En fin, si para alguno de nosotros sembrar la nieve a la luz de un apamate ha sido su mejor poema o asistir a la desembotonadura de una rosa a media noche allá en la Cueva, para nuestro Rubén Darío, sumergido entre libros, caminos y días entre la plástica y la vida —vivo todavía— quien se prepara para dar con su poema de madurez, pensamos que la cosecha del pan diario ha sido su poema victorioso, su obra maestra.

Para el prototipo de todo camarada. La camaradería en pie de amigo. Orgullosamente tímido, reciamente orgulloso, quien anda entre nosotros todavía, quien llora de alegría por la vida: ¡Un vaso de bon vino!

¡Ruge, ruge, Rubén! ¡Que Rafael está aquí con nosotros y contigo!

Sabedor de que su compromiso era con su tiempo, con los hombres y con el mundo, estaba seguro de vivir en “este país que no tiene punto fijo sino los cuatro horizontes del cielo para perderse o salvarse.” Sin saber si su claro sol alumbre libertades, como lo dudaba aquél en su viril amargura.

Al fervor de una taza de té como aquellas de las cinco de la tarde allá en la Cueva al compás de la Carmen de Bizet, parece nos dijera Rafael ahora: “Llegará el tiempo en que se acabe el ‘estiércol del demonio’ y entonces la poesía venezolana su venganza.”

Porque no somos sino un poco de sueño, de luz… ascendiendo como la niebla para humedecer el día. A pesar de que sólo la soledad asolee nuestra sombra sola, solitaria.

Con todo y todo, la rueda sigue andando y el molino no deja de moler… con la misma novedad de ayer, de hoy, con la misma novedad con que mañana, después del olvido que ahora nos espera, nos demos el asombro de otro encuentro.

Las Acacias, 17 de marzo de 2010.
pablumbre@hotmail.com




domingo, 14 de febrero de 2010

Acheropita






Acheropita,

¿Te recuerdas? Estaba yo en las calles de Turín, mirándome en la niebla, de pronto entre las simples, joven de mucha gracia ibas tal vez camino de tu casa, laderando sueños detrás de los albos rebaños de la tarde. Acheropita, dijiste, te llamabas, mientras dulce, tierna, verde panterita, acampabas en la nieve. Después de siglos, deletreo tu nombre: No pintada de mano = Non dipinta da mano —me decías— Es decir, ¡Por los dioses! Por eso vas conmigo de mano de los sueños de tus ojos. Nunca el Café Bottini más azul o más alegremente torinés que cuando mi tristumbre dio con tu donaire. Si acaso algún día algún duende pasa por Vercelli —donde supe que vivías— y lo encuentra despierto, iluminado, es porque vives todavía.
Ahora mi impaciente corazón prorrumpe desesperado a gritos... no cesa de enviar e-mails, correos electrónicos a los cuatro costados de la Red:

Cari amici,

vorrei avere notizie di Acheropita Lombisani. Nel’ 67 studiava a Torino. Sebbene il suo indirizzo era: V. Carrozzino 32. 5262, Vercelli. Da quel anno, non ho saputo più nulla di lei. La bella, cara Acheropita rimane viva ancora nel mio cuore. L’ ho cercata invano... c’è un posto speciale nel mio cuore che solo Acheropita puo riempire. Oggi soltanto dico: buona giornata amore mio... Buon San Valentino. Per carità fammi sapere qualcosa al più presto. Grazie mille.

Saulo
14 febbraio 2010




TÉRMINO





TÉRMINO


Finalmente el amor se hace cercanose escapa corre va regresa viene nos hala como niños Nos perdemos con las cosas No importa cuáles sean nubes cerros lágrimas el mar Siempre cosas y ellas tierra son Regresos Azules asoleados los del cielo los del mar Gris todo Sangre por el cielo Con lágrimas de mar tierra y cieloVengándonos del mar ya vengados del cielo y de la tierra



Pablo Mora

martes, 9 de febrero de 2010

La trocha de la paz





La trocha de la paz
Pablo Mora

Nubes juntas, sueños juntos, barrio humilde, barrio cerca, desnudo, recio, original; tiempo viejo, sueño pronto, incansable, vieja copa, calle empinada, solitaria; siempre más lejos, más cerca, la tierra, la niebla, la tristeza, el asombro, el odio, el enigma; el desencuentro, el desagravio, la tregua; el otro, el pueblo, su fuerza, su razón.
Quedan la vigilia, el amor, la angustia espiralada; el héroe en su paso, la sangre, la huida; el rezo, las preguntas, el miedo, la seña, la orfandad. Quedan alta nube, alto desconsuelo, alto sol; campo, campana, campanario, campesino; grito, bala, presente eterno en lo fractal. Quedan la conciencia, el rito, el brazo, las cantinas, la pena, la salida. Quedan ansias, trizas, lucero, llanto, desvarío; embriaguez, juramento, soledad. Quedan sueño, noche, amanecer; la pobreza, el camino, la consigna, la canción. Queda el firme clamor hacia la fe.
Locura necesaria al horizonte de frente al paso, a la mañana; al engaño, la lumbre, el huracán. Año nuevo, mochila nueva, calle nueva, trepando eternidad. Sonrisa en mano, sin mentira, sin miedo, sin tardanza, al abierto, al rompe, a lo mejor. Multitud, fuego, árbol, clarín y claridad; caminante, marinero, alforja plena, sin cortar la luz, sin dejar la sombra; sin horario, sin retorno, con razón; sin bajar la guardia, sin bajar la alegría; en nombre del pan, del pobre y de la cena santa
Buscaremos el rincón de Dios, la guarida de las sombras, la escarcha del jardín; calendarios, repisas, relojes, enramadas; carpinterías, fogones, horizontes; poemas enraizados, viejas lluvias, clarinadas. Buscaremos madrugadas, insomnios rotos, infantes llantos, tempestades; nidos solos, silencios desbocados, aguas frescas, subversiones; patrullas, trincheras, rabias; luces, truenos, mayos; caprichos, persistencias, claridades. Buscaremos claveles y jazmines, voces, verdades y canciones; proyectos y bandejas, arados y charapos; locuras tempraneras, calles, plazas; semerucos, portachuelos, pancartas, esperanzas; presentes infinitos, aspavientos, macundales; vientos, sueños recios, contras, azabaches, persistencias, bendiciones.
Sabremos de arrebatos; del columpio de la rabia, del camino que lleva al desespero; de las edades del grito y la asechanza; de la vagina, de la pereza, de las prisas; del hambre, del ladrido imperial, de los bribones. Sabremos del instante, del naufragio, de las amargas grietas del roble; de los burdeles del aire, de las esquinas del sueño; de los apellidos del árbol, de las arenas del mal; de los basurales del pobre, de los molinos sin viento, de las entrañas del daño. Sabremos de las distintas caras cristianas; de los entierros sin hombros; de los suburbios sin santos; de los jirones de sueldo; de los retazos del agua; de las gargantas sin voz; de los charcos del dólar; de los gemidos del banco; de la señal del centavo.
Armaremos salones, cajas, calles, plazas; armaremos casonas, sueños, soles, tardes; milagros, camerinos y tarimas; aceras, consignas, faroles y banderas. Armaremos de acero los cantos. Hasta de dos en dos armarnos y amarnos hasta el fin. Echaremos las sombras al viento, a las espaldas los arroyos del tiempo, las barricadas sin paz. Revisaremos listas nóminas, retratos. Contrataremos, solicitaremos, inscribiremos a Dios.
Perdonaremos a la cizaña, a la ortiga, a los zancudos, a los cables, a la luz, a los técnicos, a su trabajo subliminal. Volveremos al sitio, al encuentro, al abrazo, con la frente en el cielo y el arma sin voz. Caminaremos despacio jardines, arrebol, sabana, aldea, alba, barrio, luna, madrugada, ciudad. Juntaremos casa, avío, diapasón, resabios, fincas y razones; víveres, dinero, el aceite, los garbanzos, el carriel. Cuenta rendiremos. Ajustaremos tragos, brindis, trasnochos, alegrías. Tornaremos al cimiento, a los caminos, a las ruanas, al cuatro, al arpa, los tiples, las maracas. Contaremos con el voto de los pájaros, con el aplauso de la tarde, con la confianza del vino, con las señas de la luz. Alistaremos las mesas, las jarras, las cafeteras, los manteles. Iremos a la marcha de los árboles. Al murciélago trizas volveremos. Echaremos el resto, apañaremos el sol. Daremos nuestra vida por un arma en paz.
Contemos con la vida. Cantémosle a la tierra, al bahareque, al oro, al riesgo, al desafío. Salgámosle al paso al superpoder. Inspeccionemos armas, demonios, insignias, santidades; andanzas, amenazas, mensajes, bodegas, secretos y arsenales químicos, biológicos, nucleares. Desenterremos el mal y sus secuaces. Reunamos tantos inspectores como sea posible. Crucemos las fronteras del imperio. Ingresemos en sus antros, en el fondo de sus cajas negras. Desarmemos sus desvergonzadas locuras belicistas, con la fuerza de la paz. Vigilar mientras todos duermen. Unir lo posible con lo imposible. Mantener abierta la palabra. Sacar la flor de las cenizas. Llevar el infinito a cuestas. Salirle al paso a la mirada. Alentar todas las formas. Alumbrar la maravilla. Encender relámpagos. Asombrar al tiempo. Descubrir el secreto. Sentir las sombras. Fundar los sueños. Salvar al hombre. Amar al viento. Decir verdad. Seguir puntualmente al sol. Sentarse en el lugar del hambre. Acordarse del viaje hacia la sombra. Dar tiempo al camino a que regrese. Despertar a latigazos el silencio. Mantenerse como un latido. Llevar a peso las palabras. Reinar sobre la muerte. Revivir cada día. Salvarse juntos. Festejar la vida. Cambiar la vida. Transformar la vida. Asolear la eternidad. Hacer más vivo el vivir. Llegar vivos a la muerte. Hacer buena la palabra. Hacerla arado, paz, combate, furente, empuñada, inextinguible. Dar con la antigua trocha de la paz. Salvaguardar al hombre que florece, la lumbre lubricante de la piedra, la huella que nos lleve al alumbraje.



domingo, 7 de febrero de 2010

Jorge Luis Borges: palabra universal






Jorge Luis Borges: la palabra universal

Cristina Castello Argenpress




«Sentí en el pecho un doloroso latido, sentí que me abrazaba la sed» J. L. Borges, de «El Inmortal» Jorge Luis Borges es una metáfora de sí mismo. Es uno de los escritores más destacados del siglo XX y un emblema de su patria argentina, donde todos lo nombran pero pocos lo leyeron. Niño prodigio, vivió su infancia vestido de niña por su madre, quien lo llamaba «inútil» e «infeliz». Su erudición tiene pocos parangones. ¿Fue tan lúcido para descubrir la sacralidad de la vida, como para escribir? ¿O la lucidez dañó esa parte del espíritu donde está escrito que nada de lo humano debería ser extraño? Pocos artistas son tan amados y aborrecidos. Y se comprende: los versos de Borges son sagrados, pero su boca fue incontinente. C alificó a Federico García Lorca, como un «poeta menor», y de la misma forma honró a los vates de la Generación del XXVII española; no se privó de críticas a Julio Cortázar; de Cien años de soledad, de García Márquez dijo: «Lindo título, ¿no?». Fue implacable con Charles Baudelaire, se ensañó con Pierre Corneille –autor de «El Cid» – y con Isidore Ducasse (el Comte de Lautréamont). Más: al ritmo de cada sorbo de su té inglés calificó a Arthur Rimbaud como «un artista en busca de experiencias que nunca logró», y criticó salvajemente a André Breton, potencia de imaginación y poesía; y, aunque nacido en las pampas, su anglofilia era tan fuerte como su franco fobia (Juan José Saer dixit). Demasiado, Mister George. Su sed, su sed eterna. Este 24 de agosto, se cumplen 110 años de su nacimiento, y la pregunta de siempre sigue en pie: ¿Tuvo sed de poesía, o, también – y sobre todo – de sentirse amado por una mujer? Él, la pluma universal, tuvo amores imposibles y sufrió como los personajes de las novelas más vulgares, que despreciaba. Hasta que llegó su cauce: María Kodama, con quien tuvo una unión en el misterio. Mente prodigiosa, en « El jardín de los senderos que se bifurcan » , propuso –sin saberlo­­­­– una repuesta a un problema de la física cuántica. Y toda su vasta obra fue un hito, como disparador de la fantasía de lectores y gentes de letras. A la par, si bien en su momento condenó a Adolfo Hitler y a Benito Mussolini, después hizo loas de autores de crímenes de lesa humanidad: Francisco Franco, Jorge Rafael Videla y Pinochet, entre otros. Asesinos, condenados en tal condición por la Justicia. Más que por otros poetas, se sintió marcado por el enorme Walt Whitman. Pero, ¿qué asimiló de él? La palabra de Whitman se batía por la libertad de los pueblos y la dignidad humana; la palabra hablada de Borges defendía –también– la invasión-masacre norteamericana en Vietnam. Su obra de ficción, plena de ironía, es sobria y precisa pero, en general, tiene una gran distancia con la vida viviente, como si lo que escribía hubiera pasado por su cerebro y no por su sangre; está plena de símbolos, de metáforas tan ricas como poco comprensibles para la mayoría; tiene un sentido metafísico, y muchas veces intensamente lúdico. «Historia universal de la infamia» y «El Aleph», entre otras, son piezas maestras del siglo XX. Borges fue uno de sus espejos de tinta. Un acertijo. Una suerte de estatua de sí mismo, un monumento, un ser sin piel, por cuyos poros asomaba su inteligencia. Pero en la poesía que escribió asoman sus venas terrenales, irremediablemente: [...] Sin que nadie lo supiera, ni el espejo, /ha llorado unas lágrimas humanas. /No puede sospechar que conmemoran /todas las cosas que merecen lágrimas (de « La cifra » ). La poesía es una voz: la vida viva. Ni siquiera este hombre de la esquina rosada, pudo esconderse tras los muros de cristal del poema. El poema no tiene tapias: es revelador. La hora de la espada: Borges, Pinochet y Videla Amaba la música de Pink Floyd, de Los Beatles, de los Rolling Stones y de Brahms. Adoraba a «Bepo», su gato. Mientras, aplaudía al gobierno que hizo desaparecer a 30.000 personas –luego de torturas satánicas–, durante el golpe de Estado de 1976 en Argentina. Abrazado a su gato, Borges reclamó públicamente «cien años de dictadura militar». « Le agradecí personalmente el golpe del 24 de marzo, que salvó al país de la ignominia, y le manifesté mi simpatía por haber enfrentado las responsabilidades del gobierno », dijo en mayo de aquel año. Se refería a la reunión que mantuvo con el genocida Jorge Rafael Videla, primer presidente de facto de aquella etapa; había asistido, presuroso, con Ernesto Sábato, quien fue después defensor de los derechos humanos: los rictus de la vida. El tiempo hizo su juego y en1980, con o sin el gato «Bepo», recibió a las Madres y a las Abuelas de Plaza de Mayo, gesto en el cual –aunque ella lo niega, discreta– hay una influencia evidente de María Kodama. Entonces se mostró conmovido, y hasta indignado con los militares asesinos; y reiteró esa conducta cuando, ya en democracia, se juzgó a los desaparecedores de seres humanos: recién en ese momento quiso enterarse de los suplicios y muertes sufridos por sus congéneres, y escribió una crónica para la agencia EFE. ¿Había despertado por fin su lucidez para la fraternidad? Ojalá. Pero las palabras son una suelta de pájaros: imposible remontarlas cuando vuelan a voluntad del viento. ¿En cuántas personas influyeron sus primeras declaraciones? ¿Cuántas, sin pensamiento propio, repitieron los conceptos del poeta sólo porque «lo dijo Borges»? Paseó entre laberintos, espejos, libros de arena, ruinas circulares y bibliotecas de Babel. Cultivadísimo –es una de las más grandes glorias mundiales de la literatura– se fue de este planeta el 14 de junio de 1986, siempre en espera del Nobel. La condecoración que, orgulloso, había recibido de las manos con sangre de Augusto Pinochet, fue un escollo insalvable para el premio. Aquel día se alborozó con su flamante doctorado Honoris Causa de la Universidad de Chile, y enarboló la hora de la espada. La hora de la espada, el discurso reaccionario de Leopoldo Lugones, quien –con esas palabras– avalaba la siembra de muerte de los futuros golpes de Estado. Borges fue Borges, ni más ni menos, a pesar de haberse definido como anarquista. A los 17 había sido tildado de comunista, con la prohibición de entrar a Norteamérica. En realidad, sólo había tenido un enamoramiento adolescente de la Revolución Rusa, fuente de inspiración para el poemario «Los salmos rojos» , que destruyó tres años después. Sólo se publicaron los versos de la poesía que da título al libro, en la revista « Grecia » , en un periódico de España y en otro de Ginebra. De su pecado de juventud sólo queda esa huella, y las cenizas de tantas estrofas incendiadas. En 1983 anunció su suicidio en el diario La Nación, en el relato «Agosto 25, 1983». Por cierto que no se quitó la vida; y justificó haber jugado con las palabras y con la opinión pública, en su cobardía para auto inmolarse. ¿Buscaba con sus actitudes, la fama y el espacio que su país le negaba como escritor? ¿Era un exquisito provocador? Lúdico, me dijo en una entrevista que el deporte que más le gustaba era la riña de gallos; y con su proverbial ironía bajo el aspecto de ingenuidad, se preguntaba por qué en el fútbol 22 hombres corren detrás de una pelota, en lugar de comprar 22 pelotas. Se jactaba de haber tomado mescalina y cocaína en su juventud. Pero aquello no duró más que un instante: su droga dura fueron los caramelos de menta, y su devoción, la merluza hervida. Travieso, guardaba billetes de 10, 50 y 100 dólares entre los libros de su Paraíso: la biblioteca. A pesar de no haber creído en ningún dios, antes de morir rezó el «Padre Nuestro», porque así lo había dictaminado muchos años antes, su madre. Doña Leonor Acevedo seguía rigiendo el destino del hijo –el «inútil» e «infeliz» – , obediente hasta el último soplo, que exhaló el 14 de junio del ’86. « Me duele una mujer en todo el cuerpo » (Borges, en «El oro de los tigres») Su padre lo llevó a un prostíbulo en Ginebra, para que ejerciera por primera vez como varón; y desde entonces, el amor le fue una frustración. Muy amigo de Adolfo Bioy Casares, escritor y caballero excelso y de una personalidad fuertemente seductora, Borges vivía a través suyo, lo que la vida no le daba: la pasión de una dama. Se sentía el patito feo. El nombre de una mujer recorrió el mundo en los versos borgianos: «Yo que he sido todos los hombres, no he sido aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach». Matilde no existió jamás: era el personaje de una novela ignota y de baja calidad, a quien él dio entidad universal con su estrofa. La soledad puede ser una telaraña. A Elsa Astete Millán, su primera esposa, la conoció en 1931, cuando él tenía 32. La relación fue terrible: sin amor, sin pasión, sin interés de ninguno de los dos por el otro. Ella se enamoró de Ricardo Albarracín Sarmiento, dejó al poeta ciego y amante de las espadas, y se casó con el candidato nuevo. Sólo después de decenios, Elsa relató aquel fracaso, sin mucha elocuencia: «No se dio», contó, apenas. «Sólo la esperaba a ella», gimió el poeta a modo de narración. Para mitigar la espera, Borges se enamoró de Estela Canto –quien jamás lo amó–, de Silvina Bullrich, de María Esther Vásquez, y más. Y llegó 1965 –habían pasado más de treinta años– y el reencuentro con Elsa. Él ya estaba casi ciego, tenía 68 años y ella 57. Sin que le importara su agnosticismo, se casaron por iglesia: por amor, todo podía sacrificarse. Al menos eso creyó. Doña Leonor Acevedo había influido una vez más: ― «¿Cada noche de su vida, antes de acostarse, miraba tu foto», dijo a su futura nuera. El matrimonio se terminó después de tres años, en 1970. Georgie se cansó: sin una palabra, salió de la casa conyugal y no volvió jamás. Unos meses después, mientras paseaba con su sobrino por la calle Florida de Buenos Aires, Elsa Astete Millán se cruzó con el escritor y lo saludó: «¿Quién es? », preguntó el poeta, ya totalmente ciego. ― «Es Elsa, tío», fue la respuesta «¿Y quién es Elsa?», repreguntó Borges. Enterraba el amor, ¿el amor? ¿Fue Millán la pasión que le hizo escribir me duele una mujer en todo el cuerpo? Todo hace pensar que no, pero... Qui sait? Alcanzó la fama recién en la antesala de la vejez, a pesar de haber comenzado su vida literaria como un superdotado. A los siete años había escrito en inglés un resumen de la mitología griega ; a los ocho, el cuento «La visera fatal » , inspirado en un episodio del Quijote ; y a los nueve tradujo del inglés «El príncipe feliz » de Oscar Wilde. Su obra incluye cuentos, ensayos y poesía. Fue un innovador, abrió senderos. No hay que olvidar que d os de las grandes revoluciones de la lengua castellana, tuvieron su origen en la América morena: una fue la de Rubén Darío y el modernismo; y la otra, la de Borges, a partir del cambio que impuso a la narrativa. Además, hizo guiones de cine, crítica literaria y prólogos; escribió en colaboración con otros escritores, y tradujo obras del inglés, francés, alemán, anglosajón y escandinavo antiguo. Era como Leonardo da Vinci, complejísimo y lleno de matices, con inteligencia fascinante e imaginación enorme. ¿Era como el genio da Vinci? Así lo siente María Kodama. Cultivadísima, escritora e incansable cancerbero de la obra del Maestro, ella amaba tanto «su rostro de conejo» como verlo reír tal «un cachorro de tigre al sol». «Ulrica», según él la llamaba –nombre nórdico que quiere decir «Osita»–, escuchó por primera vez un poema del que sería su esposo, cuando tenía cinco años; lo conoció a los 12 y la relación amorosa empezó a finales de los’60, pero se hizo exclusiva, desde el adiós a Elsa. «Osita» fue también un gran soporte de la actividad literaria y personal de Borges, lo ayudó en la dirección de su colección «Biblioteca personal»; y escribieron juntos, en colaboración, «Breve antología anglosajona» y «Atlas». Fue desenfadada, fresca y espontánea con el Maestro: a pesar de su juventud, le discutía cosas que podrían haber parecido una insolencia y que, sin embargo, a Georgie le gustaban y divertían. Y así la disfrutó: libre como un animal en la selva, según ella se define, a costa de ser prisionera de su libertad. María fue los ojos a través de los cuales Borges descubrió geografías, amaneceres y obras de arte presentidas pero vedadas para sus pupilas en penumbras. Hoy, el poeta descansa – por su elección – en el cementerio Plainpalais (Ginebra), cerca de donde había tenido su primera experiencia sexual, en aquel prostíbulo. Vaya coincidencia. Y tantos amores frustrados, y tantos versos, y dos esposas, tan diferentes. Elsa le había dicho: «Georgie, aprovecha tu cuarto de hora; hoy estás en el candelero, pero dentro de dos o tres años nadie se acordará de vos». María lo acompañó hasta el final y hoy recorre el mundo, para mantener vigente y hacer crecer la obra del poeta. Y no le debe de ser fácil: no es sencillo tener talento y ser la viuda de un grande, en un país como Argentina, donde tantos quieren apropiarse del alma del Maestro. ¿La amó? Nadie puede saberlo, el corazón del hombre es insondable, aún para sí mismo. «Yo pronuncio ahora su nombre, María Kodama. / Cuántas mañanas, cuántos mares, cuántos jardines de Oriente y de Occidente, cuánto Virgilio», le escribió, entre tantos versos. Es como el ojo del huracán: serenidad y silencio cuando todo se arremolina a su alrededor, dijo de su mujer. «Y que nadie temiera», está grabado en la tumba de Jorge Luis Borges, un grande de las letras y un poeta sin compromiso con la vida humana. Sediento, lúdico, incontinente verbal, brillante, desamparado, a veces un niño. En los días anteriores a su muerte, contaba a su esposa de los caramelos «toffie» que le compraba su abuela, hablaban de literatura y estudiaban árabe. ¿Fue un hombre ciego pero con la lucidez a flor de alma, o la luz del conocimiento lo encegueció? «Debo justificar lo que me hiere. /No importa mi ventura o mi desventura. /Soy el poeta», había escrito. Quizás sea la mejor sentencia y la única conclusión. Cristina Castello es poeta y periodista, bilingüe (español-francés) y vive entre Buenos Aires y París. http://www.cristinacastello.com/ http://les-risques-du-journalisme.over-blog.com/ Este artículo es de libre de reproducción, a condición de respetar su integralidad y de mencionar a la autora. http://www.rebelion.org/noticia.php?id=89478