sábado, 20 de marzo de 2010

MEMORIA PARA UN TIEMPO SIN CARTAS





MEMORIA PARA UN TIEMPO SIN CARTAS



A ella, cuyas pausas entre uno y otro
silencio me entregaron el río de palabras
con las cuales intento inútilmente
socavar la tristeza




Un nuevo marzo llega con sus silencios. Y yo decido otra vez, al filo de una noche de media luna, escribir una carta para la memoria de lo que aún es sólo conjetura y desolada predicción de porvenires.


Después de todo, sólo dispongo de palabras quebradas, hechas de una tristeza que no logra derramarse en filamentos de agua, sino que se queda detenida al borde de algún precipicio, a punto de convertirse en espejo. ¿Lograré con ellas alcanzar el horizonte ardido de sus soledades?


Ante el acantilado de un papel que persiste en su oficio de desarticular las palabras hasta deshacerse de ellas: ¿qué carta habré de escribir ahora, si ya todas las he escrito y enviado?


Desde aquellas cartas primeras escritas en una letra diminuta, agolpadas en estrechas veredas, en aquel futil intento de que cupiera el universo entero entre sus tremores, hasta las que nunca consigné, ¿cuántas cartas han escrito mis desmedidas ganas de ser repartidora de florerías en este mundo oscurecido?


Recuerdo aquel transeúnte que, sentado siempre en el mismo banco, aguardó durante años el día de su despedida, o a aquella mujer que se asomaba todas las mañanas a su balcón a poner al sol una amargura que le surcaba su rostro sin sonrisas. O el panadero que festejaba el aroma de las hogazas calientes que servían sin prisa sus manos generosas,


¿Habrán soltado sus esporas en los sitios en los cuales arribaron? ¿Habrá recogido alguien, en alguna parte, los acordes de que estaban hechas?


¿Habrán logrado, alguna vez, redimir el dolor, saciar la sed, iluminar los días desprovistos de todo resplandor? ¿Dejarían salir sus duendes para adherirse a los sitios donde el llanto borra una sonrisa?


No lo sé. Las he dejado allí, consignadas en un sobre sin escritura, colocadas en algún buzón imaginario, entregadas amorosamente a manos que no las aguardaban, introducidas clandestinamente entre las hojas de un libro para que pasaran las requisas, dobladas nerviosamente para que no se les escapara el amor que contenían al dejarlas a ras de un huerto o una sepultura.


Enviadas a móviles estafetas para que alcanzaran a los compañeros que entre los ríos y las montañas sólo tenían la ilusión de ser piedra pequeña de una nueva historia, y que nunca regresaron.


Escondidas en anaqueles y armarios para que alguien, en alguna hora, las tomara y devolviera al estanque del parque. Las que custodiaban la rosa que nadie supo hacer suya.


Las que nunca obtuvieron respuesta porque fueron etiquetadas antes de leerlas sin advertir que contenían itinerarios comunes.


Las que le escribí a mi padre para que fuera más leve su mirada sobre mis desaciertos. Las innumerables que escribo a los hijos para dibujarles amaneceres resplandecientes a sus días de agobio.


Las que le sigo inventando a la risa de mis chipilines, en el intento de sembrarles en sus manitos la noción de alegría que es capaz de descifrar intacta la pupila que discierne, más allá de los cristales, las claves más hondas del vivir.


Las que redacto silenciosa y obstinadamente en mi maquinaria de hacer inutilidades. Las que coloqué en las ventanitas de un ruiseñor.


Las que inscribí con estambres de fósforo en aquel tejado delirante de guayabas, o en el árbol de uva de playa que miraba hacia el porche de los regazos.


Todas son memorias para hacer barquitos de inocencia que siempre están en las travesías de los sueños y aventuras de los niños. O para trazarle el vuelo a la ilusión del pichoncito que aún no hace monte del viento.


Y las sigo escribiendo, como si de tanto esparcirlas por las oscuras veredas de mi casa y por lejanos continentes, por entre las rejas de los cercados y los rostros sin nombre, alguna de ellas pudiera prenderse del oleaje, de las tormentas, y alcanzar la mano del otro que, como yo, dejó de encontrarle sentido a las palabras que no comunican.


Y las escribo en nombre de quienes llevan la escritura dibujada en las pupilas, en la nervadura de los brazos, en la frágil envoltura de la que están hechos, para que mi tristeza hable por las suyas.


Para que la ausencia de todo, menos el suspiro, colme los alfabetos que aún no hemos creado, redima el canto que aún no resuena, cautive el odio y lo trasmute en abrazo.


Qué ilusoria vanidad pretender todo eso, con una simple y rota carta. Pero no tengo otra cosa que dar, ni amparo que entregar.


Sólo dispongo de estas letras deshilvanadas, que cada día trato inútilmente de ordenar. No tengo otro equipaje.


En mis alforjas apenas cargo tréboles de cuatro hojas, pétalos de crisantemos, la tintura roja de una rosa única, pedacitos de lumbre que se desprendieron de una estrella, espigas que llevan en su envés atrapada la lluvia y una piedra de cuarzo de cuyo interior salen talismanes para todos los rituales.


Los besos se escaparon un día de marzo. Pero queda la memoria de un tiempo de chicharras, del regazo de una abuela que destila confiterías.


Queda una madre que se quedó aposentada en un menguante, atrapada en el filo de una luna tan tenue como su canto. De un padre cuyo sombrero móvil pasa interminablemente sobre el eje de sus manos.


La memoria de un árbol de nísperos del japón que llenó mi infancia con su acidito. De un solar tan pequeñito que no cabían en él los sueños. De los regazos en los que no alcancé a refugiarme.


De las altas colinas que circundan el valle a las que nunca he dejado de ascender para luego hacer el camino a la inversa en diminutos cauces de agua, vuelta limo, musgo o neblina.


Queda la risa de los niños estampada en mis huesos como si de pronto girara el mundo y pudieran convertirse las palabras en las manivelas de un organillero que nunca ha cesado de sonar.


Queda la sal que esparzo de todos los linos, hasta que regrese al mar de donde partió y allí haga nido en el corazón de los cangrejos.


Queda el adagio que después de todo no es sino el preámbulo de un allegro que mis ojos no verán, pero en cuya desenvoltura, cada palabra dejada a la voluptuosidad del viento, reencontrará su cauce enamorado, en un tiempo sin cartas pero de una humanidad oferente aposentada en la casa abierta del planeta.


mery sananes
08 de marzo del 2010

http://embusteria.blogspot.com/2010/03/memoria-para-un-tiempo-sin-cartas.html

viernes, 19 de marzo de 2010

HICIMOS LA MOCHILA






HICIMOS LA MOCHILA
y nos volvimos vagabundos
Apoyamos las palabras sobre la sangre
Cargamos los dados en la apuesta
Arrestamos al viento al sol las mariposas

Supimos del alma del silencio
de la piedra que alguna vez fue estrella
del sagrado terror de la locura

Fuimos un retrato del alma de la tierra
Dejamos pasar la noche por encima de nosotros
mientras las islas no se cansaban de bañarse

Nos hicimos a la lluvia
Matamos la tristumbre
Rompimos alfileres paraguas y repisas
Inventamos ratos penas alegrías y tardanzas
Echamos un vistazo al mundo

Nos provocó quedarnos solos en la tierra

Faltó ponerle trampas a la muerte


PABLO MORA
VENEZUELA
http://www.poiesologia.com/









Pablo Mora

por J J Villamizar Molina


Jueves, 2 de julio de 2009


Estamos frente a un gran poeta venezolano con respetable personalidad en Europa y la América Latina. Es tachirense, de la talla de Manuel Felipe Rugeles, de Juan Beroes, de Dionisio Aymará y de Pedro Pablo Paredes. La suerte se extiende a Santa Ana, donde nació el año 1942. Siempre, cuando voy a San Joaquín, me detengo a contemplar la casa del bardo así como cuando voy a Alcalá de Henares me detengo allí para adquirir un ejemplar del Quijote, o cuando voy a Florencia hago escala en la casa natal del Dante Alighieri para hacerme a un ejemplar de "Tutte le opere". Para algo soy Cronista de la ciudad de Santa Ana.
En sus 25 años de vida artística se me designó para que yo hiciera su presentación en el Ateneo. Hoy, Pablo Mora no necesita presentaciones ni en Venezuela ni en la América Latina. Sintetizo la obra suya en tres palabras "Almácigo", "Asombro" e "Insomnio". Estos tres vocablos se armonizan como en un deslumbrante remolino, como en la más completa trilogía de la concepción lírica. Ellos son el prisma expositivo de todo su pensamiento, de toda su percepción y sensibilidad, de todo el juicio que de la existencia hace el incesante trovador. Almácigo recuerda la semilla, la raíz, el feliz tallo conductor, las ramazones en multiplicación infinita, las hojas que son "Les feuilles d` automne" de Víctor Hugo, las flores y los frutos, dádivas ofrecidas desde un rosal de nuestros jardines hasta un corpulento cedro del Líbano. Apreciamos aquí almácigos de seres vivos y sensitivos en su sombra y en su generosidad. Así son los árboles. Y por eso son los símbolos de Pablo Mora. El árbol da vida, confianza, sombra y deleite de vivir. Él centuplica las recompensas en el ramillete de sus flores y en su cesta de pomas. Jesús dijo que ni Salomón en medio de sus pompas se vistió como un lirio del campo. Pablo Mora dice que las ramas de su almácigo pretenden abrazar los espacios de los cielos.
Asombro es un elemento vivencial. Los seres vivos están dotados de la percepción dada por los órganos de sus sentidos, regidos por el portento prodigioso de la creación que es el cerebro humano. En este caso, parece que el poeta detuviera el ciclo existencial para embelesarse en todas las impresiones, en todos los sonidos, en todas las ensoñaciones de que es capaz un ser viviente. Asombro es detener las fuerzas de la vida para lograr un impacto estremecido, un trémulo de contemplaciones, un improntus de transportación, un adagio cantabilis de amores. Por ello, Pablo Mora se extasía en este coro estupefacto. Si el asombro es estático, el insomnio es dinámico. El insomnio no detiene ni un momento el curso de la vida. No lo interrumpe para que la inspiración lírica pueda seguir el curso en su carruaje de vivencias, de ensoñaciones, de triunfos, de dolores, de obnibulaciones. El insomnio en este caso es un regalo de los dioses. Para él no se hicieron los hipnóticos de la farmacología.
Pablo Mora se graduó en Letras en la Ucab. Luego se doctoró en Psicopedagogía y Periodismo en la Universidad Degli Studi de Torino y en la Universitá Cattolica del Sacro Quore de Milán. Profesor jubilado de la Unet, fue su Director de Cultura y es el autor de la letra de su himno. Es hermano de Rugeles en la pureza de la harina, en la caricia de la neblina y en el prodigio de los cántaros. Laureó su poesía en Nueva Esparta. Constantemente, a más de sus numerosos libros de poesía y ensayos, nos está extasiando con sus poemas en prosa, que son, como decía Pedro Pablo Paredes, "una gavilla de lumbres". Siempre está transitando en las innovaciones literarias. Porque si Rubén Darío dijo "yo soy aquél que ayer no más decía", Pablo Mora nos confiesa jubiloso en el mismo endecasílabo: "Yo soy el que ahora está cantando". * Decano de los cronistas de Venezuela.




miércoles, 17 de marzo de 2010

RETO BOLIVARIANO





RETO BOLIVARIANO
Pablo Mora


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Created Dec 21, 2009 by Cesar Omaña


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¡Creo en ti, perenne Hijo de la Gloria!
¡Inmarcesible Rayo de la Guerra!
¡Comandante invencible de Los Andes!
¡Espada vencedora de los Dioses!
Creo en el Ávila, fanal primero
donde irradió el fulgor de tu existencia.
En el vientre que arrulló tu gloria
y en el maestro que templó tu mente.
En el pueblo que siguió tus pasos
y en la nodriza negra de tu infancia.

Creo en la Roma en que juraste un día
dar tu sangre por nuestra Libertad.
En el mar en que acampaste cuando
la Patria te confió el primer mandado.
En la ternura que le diste a Fanny
con el aliento de tu amor a prisa.
Creo en la flama de amor de Manuelita,
en la fulguración de tus soldados
y en la estampida de palomos briosos
en busca del Jinete redivivo.

Creo en la nívea pila bautismal
al fraguarte inmortal Libertador,
en la pila sagrada de Los Andes.
En el Llano que se fue contigo,
erguido fiel por nuestra libertad.
En la lealtad del corazón
del negro en llamas que inmoló la Patria.
Creo en el Mariscal en que creíste
y en la desgarradura de Berruecos.
Creo en tu arrojo que envidiaste a Piar
y en el Piar que tuviera que morir
para abrir paso a tu esperanza egregia
en medio de la lucha sin cuartel.













Creo en Petión, el de la noble mano,
al enjugar la lágrima al esclavo.
En la furiosa huracandad de Pisba,
acicate feroz de tus soldados,
en el alumbramiento de la helada,
hijo de aquél que se quedó en la cuesta.
Creo en la majestad del Chimborazo
donde de pie entendiste al viejo Tiempo.
En tu rostro desafiando el mar
cuando, lejos, clamabas por la Patria.
En los ásperos callos de tus manos
para el hambre de América harapienta.

Creo en tus brazos y en tus puños creo
desde la eternidad encabritados.
En el samán que te albergara creo,
en tus noches, tus selvas, tus caminos.
Creo en el tamarindo de Angostura
donde amarraras tu esperanza al río.
En el entrecejo de tus iras
y en el crispado acento de tu verbo.
Creo en tu hamaca, compañera fiel
en cada escaramuza libertaria.
En la orfandad de tus monturas viejas,
añorándote a ti, ¡Oh Padre Nuestro!

Creo en las plateadas herraduras,
hechizos del galope redentor.
En tu espada que atizó la gloria,
sembrando sobre sombras libertad.
Creo en Palomo y su inmortal relincho
cuando, gozoso, te sabía campal.
También en los secretos que confiabas
a tu mula Orejona y obediente.
Creo en el tremedal de Casacoima:
regazo en el delirio de tus sueños.
Creo en Pichincha y creo en Boyacá
y en Junín, Carabobo y Ayacucho.













Creo en la cruenta imagen que tenías
de aquella América rapaz del Norte.
En el recio camarada Rooke
quien a la noche le ofrendó su brazo.
En la Gran Colombia que fundaste
y en el sueño de América, la Patria.
Creo en tu pensamiento, fulminante
hoguera de visiones sempiternas.
Creo en Jamaica y creo en Angostura
donde fijaste el rumbo a nuestra América.

En la América tuya tan dolida,
ágora ayer: la comunión del mundo.
En Tinjacá y en tu Nevado perro,
en tu pobreza y tu camisa rota
para la desnudez de Santa Marta.
En el fulgurar de tu relámpago
perdido en la hondonada del vacío.
En el alarido de la noche
con la última proclama de la unión.
Creo en la redención de nuestro suelo
por tus huestes apenas comenzada.

En nuestra soledad iluminada
por tu ejército ahora clandestino.
En la reciedumbre de tu furia
amparada en melífera ternura.
Creo en tu sangre guaicaipura y éuscara,
hermana de la sangre de Lautaro,
¡Oh Fénix trashumante, la esperanza
de los partos solares por venir!


















Creo en la Guerra de Tupac Amaru,
la Guerra a Muerte que empuñara el Ande.
En Martí cuando corrió a buscarte
en la noche sangrienta de tu América
y en la montaña que soñó tribuna,
entre relámpago y furente rayo,
y un manojo de pueblos en tu puño,
rendidos los tiranos a tus pies.
Creo en el Che, en Camilo y en Sandino
para tu valentía encarnaduras.
Creo en todos los hijos de la Tierra
capaces de fraguar la nueva aurora.

En la hospitalidad de estas neblinas
creo, remanso de tu luengo insomnio.
Definitivamente creo en Ti,
¡Omnipotente Padre de la Patria!
Y aunque tú ya una Patria nos dejaste,
creo en la Patria que nos falta hacer.
Creo en ti, ¡Adalid de Libertad!
Desde estos ventisqueros de los Andes,
donde una América de pie te espera
para salir a libertar más patrias
así tengamos que retar a Dios
con tal de no seguir arando el mar.




Rubén Darío Becerra, Poeta Sideral






Rubén Darío Becerra, Poeta Sideral
Pablo Mora

En ocasión del Foro del Artista, del Poeta Rubén Darío Becerra, hoy miércoles 17 de marzo, a partir de las cinco de la tarde, en el Museo de Artes Visuales y del Espacio del Táchira (MAVET).


En 1962, 63… tropecé contigo, cuando caíamos a La Plaza Sucre por caminos distintos, a la carrera diez con calle siete de esta Villa de San Cristóbal, con nuestras mismas alboradas. Tú, con tus insistentes permanencias en la Araucanía; yo, recién salido de la fidelísima abstinencia de un Seminario… Al momento, junto con Juan Michelangeli, José Campos Biscardi, Jesús Alviárez Hurtado, Freddy Pereyra, Myriam González, Ulacio Sandoval, Hugo Mendoza, Luis Castro Medina, Agustín Guerrero Marciales, Salvador Weg, Luis Rafael Olivera, Elio Jerez Valero… y nuestro Comandante Carlos Guerin o Rafael Guerrero, nos dimos todos a la sombraluz de aquella memorable CUEVA PICTOLÍRICA a revisar la “Balada del Preso Insomne” de Leoncio Martínez, magistral en la historia de nuestra lírica, por su sobriedad, por la eficacia estética con que fue elaborada. Resumen de viril amargura; testimonio supremo de pasión por la patria. Grito de protesta contra la permanente violencia antepuesta a la realización de nuestro destino colectivo. Máximo poema civil venezolano, cédula de eternidad del autor.

El que comenzaba:

Estoy pensando en exilarme,
en marcharme lejos de aquí,
a tierra extraña donde goce
las libertades de vivir.



El mismo que finalizaba:

¡Ah, quién sabe si para entonces,
ya cerca del año 2000,
esté alumbrando libertades
el claro sol de mi país!

Lo cierto fue que en cuanto Movimiento Cultural, Literario, el de la CUEVA PICTOLÍRICA fue real testimonio poético encarnado en el suelo tachirense, signado por la sobresaliente vivencia y la fraternidad entre sus miembros, a diferencia de los movimientos posteriores, que contaron con una mayor producción y disciplina en nuestro medio. Como un solo hombre nos lanzamos, ensimismados, como quien recibe la tremenda revelación astral, la misma de la que haces alarde al sentirte y calificarte Poeta Sideral.

Homo-Tractores como acostumbrabas llamar al Grupo, tenías todo el acierto en la nominación dentro de nuestras BOHEMIADAS —como llamamos a alguna de las Páginas Literarias por las que respondimos—.

Homo-Tractores en cuanto a que quizás como pocos intentos culturales en nuestra región, el nuestro se encargó de hurgar en la Poesía y la Verdad, en la Literatura y el Compromiso, en el Pedir la Palabra, fieles intérpretes del momento y del mundo que cayó en nuestras manos.

Nos interesaba ante todo responder por el binomio Poesía y Pueblo. La poesía que va al entorno, al pueblo, sin necesidad de que el poeta se lo proponga. Sin forzar la barrera, ella tarde o temprano irá a todo el mundo. Y, así, se explican manifestaciones como La Peña Manuel Felipe Rugeles, contemporánea a la Cueva, con la que tuvimos feliz y fraterna confrontación. El Grupo El Parnasillo y más recientemente ZARANDA de felicísima memoria y mayor fruto, suscrito por sus Quince Pletóricos Volúmenes.

En una y otra faena, en una y otra vivencia, convivencia, evento cultural de estos cincuenta años transcurridos, Rubén Darío, como el astro de Nicaragua, siempre anduvo y anda entre nosotros, con nosotros. Amigo del Arte y la Poesía, Amigo del Hombre, como lo ratifica Freddy Omar Durán, tiene toda la razón de afirmar ante los tantos vientos y las innúmeras galaxias celestiales en que mora: “La historia de mi vida es la historia de los artistas y la historia de los artistas es la historia de mi vida; ninguna de las dos se puede desligar, siempre existirá esa reciprocidad”.

Ciertamente, su experiencia vivencial, existencial, en tierras del Sur, de Chile propiamente, le convenció de que la Poesía es Subversiva —como lo pensaba el Gran Neruda— en tanto arremete, en todos los órdenes, contra las convenciones estatuidas por una determinada sociedad.

Como lo sustentaba Sartre —quien sí sabía para qué sirve la poesía— Poesía para el compromiso, porque quien escribe debería ser un soldado armado para protegerse de la muerte con pistolas cargadas, capaces de hacer que cada hombre tuviese que inventar cada día su propio día.

Todo, bajo el granado trigal de la noche insomne, rumorosa de viento alto y de luceros, la misma que a las costas de la divina antigüedad nos ata.

En fin, si para alguno de nosotros sembrar la nieve a la luz de un apamate ha sido su mejor poema o asistir a la desembotonadura de una rosa a media noche allá en la Cueva, para nuestro Rubén Darío, sumergido entre libros, caminos y días entre la plástica y la vida —vivo todavía— quien se prepara para dar con su poema de madurez, pensamos que la cosecha del pan diario ha sido su poema victorioso, su obra maestra.

Para el prototipo de todo camarada. La camaradería en pie de amigo. Orgullosamente tímido, reciamente orgulloso, quien anda entre nosotros todavía, quien llora de alegría por la vida: ¡Un vaso de bon vino!

¡Ruge, ruge, Rubén! ¡Que Rafael está aquí con nosotros y contigo!

Sabedor de que su compromiso era con su tiempo, con los hombres y con el mundo, estaba seguro de vivir en “este país que no tiene punto fijo sino los cuatro horizontes del cielo para perderse o salvarse.” Sin saber si su claro sol alumbre libertades, como lo dudaba aquél en su viril amargura.

Al fervor de una taza de té como aquellas de las cinco de la tarde allá en la Cueva al compás de la Carmen de Bizet, parece nos dijera Rafael ahora: “Llegará el tiempo en que se acabe el ‘estiércol del demonio’ y entonces la poesía venezolana su venganza.”

Porque no somos sino un poco de sueño, de luz… ascendiendo como la niebla para humedecer el día. A pesar de que sólo la soledad asolee nuestra sombra sola, solitaria.

Con todo y todo, la rueda sigue andando y el molino no deja de moler… con la misma novedad de ayer, de hoy, con la misma novedad con que mañana, después del olvido que ahora nos espera, nos demos el asombro de otro encuentro.

Las Acacias, 17 de marzo de 2010.
pablumbre@hotmail.com




domingo, 14 de febrero de 2010

Acheropita






Acheropita,

¿Te recuerdas? Estaba yo en las calles de Turín, mirándome en la niebla, de pronto entre las simples, joven de mucha gracia ibas tal vez camino de tu casa, laderando sueños detrás de los albos rebaños de la tarde. Acheropita, dijiste, te llamabas, mientras dulce, tierna, verde panterita, acampabas en la nieve. Después de siglos, deletreo tu nombre: No pintada de mano = Non dipinta da mano —me decías— Es decir, ¡Por los dioses! Por eso vas conmigo de mano de los sueños de tus ojos. Nunca el Café Bottini más azul o más alegremente torinés que cuando mi tristumbre dio con tu donaire. Si acaso algún día algún duende pasa por Vercelli —donde supe que vivías— y lo encuentra despierto, iluminado, es porque vives todavía.
Ahora mi impaciente corazón prorrumpe desesperado a gritos... no cesa de enviar e-mails, correos electrónicos a los cuatro costados de la Red:

Cari amici,

vorrei avere notizie di Acheropita Lombisani. Nel’ 67 studiava a Torino. Sebbene il suo indirizzo era: V. Carrozzino 32. 5262, Vercelli. Da quel anno, non ho saputo più nulla di lei. La bella, cara Acheropita rimane viva ancora nel mio cuore. L’ ho cercata invano... c’è un posto speciale nel mio cuore che solo Acheropita puo riempire. Oggi soltanto dico: buona giornata amore mio... Buon San Valentino. Per carità fammi sapere qualcosa al più presto. Grazie mille.

Saulo
14 febbraio 2010




TÉRMINO





TÉRMINO


Finalmente el amor se hace cercanose escapa corre va regresa viene nos hala como niños Nos perdemos con las cosas No importa cuáles sean nubes cerros lágrimas el mar Siempre cosas y ellas tierra son Regresos Azules asoleados los del cielo los del mar Gris todo Sangre por el cielo Con lágrimas de mar tierra y cieloVengándonos del mar ya vengados del cielo y de la tierra



Pablo Mora