sábado, 20 de marzo de 2010

A cuarenta años del Che






A cuarenta años del Che
Ante la trascendencia de su gesta
Guitarra en canto mayor
(1967-2007)

Pablo Mora
Profesor Titular, JubiladoUNET San Cristóbal, Táchira, Venezuelapablumbre@hotmail.com


Resumen: “A cuarenta años del Che – Guitarra en canto mayor” al alimón de Pablo Mora y Rafael Armas en la Sesión Solemne del Consejo Legislativo del Estado Táchira en Conmemoración de los 40 años del asesinato del Comandante Dr. Ernesto Guevara “El Che”. San Cristóbal, Estado, Táchira, Venezuela, Martes, 09 de octubre de 2007
Palabras clave: San Cristóbal, historia, Ernesto Che Guevara, Credo, Patria Grande, Poemas.




Es la hora de los hornos y no ha de verse más que la luz.
José Martí

I
El Che en San Cristóbal
amoroso allegro

Un día de no sé qué año del Caribe, conocimos al Che, dimos con el Che, con Ernesto Che Guevara. Tal como la niebla y el Torbes de esta villa, también lo cobijaron. Supimos que integró la lista del “Granma”. Inmerso en la lucha, en el hormigón de la historia, al amparo de la Revolución, vigilante y ceñudo, calzadas las botas de campaña, el Che siempre con nosotros, haciendo lo que quedó sin hacerse, por hacer.
En esta mañana, el orbe entero, Madrid, París, Estambul, Ginebra; Argentina, Bolivia, Cuba, Chile, el Congo, Argelia; Europa, Asia, África, América, así nosotros, desde estas severas soledades de los Andes, donde, en sus pasos venezolanos, el Che alcanzara a acariciar nuestro sol que no quema, nos reunimos no para conmemorar su muerte y sí la gloria de su vida. La vida de quien un día le dio por tomarle el pulso a nuestra América junto con su amigo Alberto Granado, en 1952, convencido de que antes que sanar tan sólo enfermos más valía intentar curar a un continente de sus pandemias sociales, (Francisco González Navarro).
Mochila al hombro, venciendo ríos, crecidas, torrentes, inclemencias, selvas, farallones e imprevistos, curando pueblos, tuvo ocasión de percatarse de los infinitos problemas que nos agobian. Como él confiesa: de entrar en estrecho contacto con la miseria, con el hambre, con las enfermedades, con la incapacidad de curar a un hijo por la falta de medios, con el embrutecimiento que provoca el hambre y el castigo continuo… Sombrío, escabroso escenario que le bastó para apuntalar sus más hondas inquietudes, su postura resueltamente revolucionaria.
“Atravesamos, sostiene Alberto Granado, el Puente Internacional que une Cúcuta con la ciudad de San Cristóbal de Venezuela, el 14 de julio de 1952, aniversario de la toma de la Bastilla”.
Definitivamente, San Cristóbal conoció a Guevara, simple visitante, aparentemente anónimo, el 14 de julio de 1952 tal como lo reseña el itinerario de su primer viaje por América Latina; aunque se sabe, por fuentes fidedignas, de otras dos visitas clandestinas o que de incógnito Guevara hiciera a San Cristóbal por motivos estrictamente estratégicos, políticos, en una de las cuales se decidió su destino o muerte-vida, entre Venezuela y Bolivia.
El poeta argentino, Eduardo Dalter, recuerda haber leído que cuando Ernesto —son sus palabras— estuvo en San Cristóbal escribió un texto de unas quince líneas acerca del Torbes, muy sorprendido por su color y por su fuerza. Talvez el río enrojeció de más ante el delirio de aquel viajero enardecido de futuro — joven Cristo que acortaba camino hacia el calvario— En contraparte, al Che — el gigante nuestro, que crece, y no deja de crecer por toda nuestra respiración soñante, que nunca dice basta, y sueña más—no le quedó sino grabar en la palabra el presentimiento, el asombro, el escalofrío que la escena le deparó.

Mientras entre almendros, apamates, bucares, pomarrosos y guanábanos, entre veredas, lomas y laderas, capoteando lunas y luciérnagas, tratábamos de reconstruir aquel texto perdido entre la niebla y los caminos, nos sorprendió una narración libre, atribuida justamente al poeta Eduardo Dalter —bardo singular, emérito compatriota del Che—, escrita, puede observarse, sobre la base de los diarios y textos de juventud del mítico revolucionario, donde refiere su paso por la frontera en San Antonio, su estadía en San Cristóbal y sus impresiones acerca del río Torbes. La aparición de cierto niño, como interlocutor o compañía, que da punto de partida y extensión al texto, no sería otra, es de suponer que la de algún precoz bardo, quien precisamente contase con los años que se mencionan cuando el joven Ernesto Guevara se detuvo en el Táchira, julio de 1952, en camino de Caracas.

Convencidos de que nunca estamos solos, transcribimos esta oportuna e ingeniosa narración emanada de la pampa fraternal y próxima y lejana como el viento.


Recuerdo a aquel muchacho
andante

“Recuerdo a aquel muchacho alto y flaco, que tendría como 9 o 10 años, que no cesaba de hablar y de reír. No sé cómo me dijo se llamaba, a pesar que en el camino, orillando el Torbes, me lo repitió como tres veces, mientras me decía, lugar por lugar, de toda la bajada de esas aguas rojas, de tanta fuerza, que aún hoy me sorprenden, porque parecen como brotadas de un lugar aún innombrable de alguna historia dolorosa (como tantas de este continente). Quería ser médico, creo me dijo, tal vez para afirmar una mayor cercanía en ese diálogo, que por momentos y en su voz parecía un monólogo. Pero más allá de eso, éste es un continente, nación por nación de un largo rosario empobrecido, donde todos los niños quieren ser, y ése es el juego más intenso y palpitante, que he observado. Hasta los flacos niños en harapos, que ofrecen empanadillas o tortillas o dulces a un costado de las polvosas carreteras, o en las estaciones terminales, quieren ser, quieren ser; desde los primeros años quieren ser, hasta que los va sorprendiendo la tarde, hora a hora, y todo se va yendo cuesta abajo en la amargura. Quieren ser ingenieros, que hacen falta para tantas construcciones que aún no existen; o médicos, para curar tantos dolores en las carnes y en los huesos; y hasta abogados suponen que serán, y sería bueno que lo fueran para que la justicia de una vez por todas sea justa, sea sensata, y tenga piel humana. Lo sé, lo sé; algunos, no sé cuáles, o muchos, terminarán siendo, por el peso de la tarde, como ese suboficial que en el cruce de la frontera, en San Antonio, me exigió, para darme paso, 20 bolívares, que por entonces no eran poco. Mientras recuerdo todo esto, en medio de este desierto de pastizales duros y acechos, pienso, me digo, que alguna vez esta historia va a cambiar. Ya los mismos niños, o pimpollos de este continente, lo proclaman: quieren ser, quieren ser; falta el comienzo, comenzar, augurados por la fertilidad y el sueño de estas tierras fértiles. Recuerdo a menudo el Torbes, que se me hace tiene el color y la fuerza de la historia, y hasta la vivacidad encendida de nuestros corazones, entre las palabras y las palabras y risas entrecortadas de aquel vivaz muchacho ¿Dónde estará hoy?, ¿con cuáles sueños?, ¿seguirá hablando así, y aún soñando así? Yo sigo de pie, como ven, a la entrada del camino, esperando el día, despierto, o como empujando al día. Y, para terminar, otra confidencia honda, breve y para siempre: nunca estuve solo”.

Donde le tocó nacer
gaudioso

Tornando al hilo del camino, entre los escasos testimonios en torno a las peripecias o vivencias del Che en San Cristóbal, es Francisco González Navarro, corresponsal de Prensa Latina en Venezuela, quien nos confirma:
“Recién cumplidos los 24 años, el estudiante de medicina argentino Ernesto Guevara llegó a Venezuela, donde vivió la segunda quincena de julio de 1952, última etapa de su periplo por Suramérica en compañía del compatriota Alberto Granado.
Carlos Edsel, un profesor de historia venezolano que ha dedicado casi cuatro décadas a rastrear las huellas venezolanas de quien al poco tiempo sería el Comandante Che Guevara, compartió sus pesquisas con Prensa Latina.
El 14 de julio de 1952, Guevara y Granado cruzaron la frontera colombiano-venezolana por el puente internacional de San Antonio de Táchira, en la cordillera de Los Andes, e iniciaron la última singladura del viaje emprendido en Buenos Aires a lomo de dos motocicletas.
La travesía de San Cristóbal, capital del estado Táchira, a Caracas por el camino de tierra que las unía entonces, duró más de 48 horas a bordo de un destartalado autobús, cuyos neumáticos sufrieron varios pinchazos durante la extenuante travesía, agravada por el asma de Ernesto.
Escasos de recursos económicos, los dos jóvenes argentinos agradecieron el desayuno que les pagó el chofer del ómnibus, el cual Edsel investiga aún si pertenecía a Transportes Primavera o Expreso Occidente, las dos líneas que operaban en ese tramo.
El joven Guevara contaría en algún documento que, en medio de aquella odisea terrestre, tuvo tiempo para hacer unas fotos en el monumento al Cóndor y a Bolívar en el Pico del Águila, el punto culminante de la Carretera Trasandina, en el estado de Mérida”.
El Gobierno de la República Bolivariana de Venezuela acaba de develar una hermosa estela en memoria del Che Guevara, en el Collado del Cóndor, la cima del Pico El Águila de Mérida, al “hombre que quiso conocer con sus propios ojos, oídos y su propia sensibilidad cómo era el lugar del mundo donde le tocó nacer. A partir de ese momento, todos los viajeros se detendrán unos minutos junto al monumento y refrescarán en sus corazones la imagen eterna del Che” según lo manifiestó Francisco Sesto Novás, Ministro del Poder Popular para la Cultura.

Paso por la historia
gaudioso


Igual que acá en San Cristóbal el Che velara armas, nos consta, cómo en los Alpes, en Turín, hace exactamente cuarenta años, con ardiente júbilo latinoamericano, en el Centro Genti e Culture, —en solemne vigilia en su memoria, en pluralismo ideológico-cultural, adheridos a los principios inspiradores de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, implicados en una visión de utopía concreta y en acciones abiertas a la mundalidad, imantados en un único dolor, hermanados en el común empeño por el tercer mundo, por las luchas sociales y políticas, por los problemas del desarrollo, del hambre y de la paz—, velamos armas y esperanzas, dando cuchilladas en la noche, para irnos en pos de la aventura a punta de herejías a fabricar el mundo o nuestras patrias.
Inmensa la emoción al constatar, entonces, la fibra universal de nuestro extraordinario camarada, el Che, al encabezar su retrato la protesta de aquel Mayo Francés de 1968 extendido en toda Europa, y en las múltiples manifestaciones en todos los continentes.
Corroboramos como en la cerca del mundo, en el alambre cósmico, la grandeza de la gloria descollar puede en la menuda desnudez de un nombre: Che… Ernesto, José, Simón, Manuela, María del Carmen, Tania, Argimiro, Jesús, Augusto, Ezequiel, Camilo... — perpetua, victoriosa ligadura, alcurnia sempiterna, cadena de eslabón seguro, verdaderos nudos de la humana estirpe en eterna subversión—.

Genuinamente revolucionario, con su eterna compañera, el asma, soldado decidido, inigualable, de combate en combate, despliega entre París, Argel, el Alpe y Roma y más allá del tiempo, su proeza singular, en la que la muerte no contaba y sí la madrugada en guerra de su brillo y gloria.

Che vuelve a ganar otro combate
lugubre grandioso

El Comandante Ernesto Che Guevara, médico, político, heroico guerrillero argentino-cubano-universal, quien naciera el 14 de junio de 1928 en Rosario, Provincia de Santa Fe, Argentina, herido en el combate de Quebrada del Yuro, muere asesinado en una pequeña escuela de “La Higuera”, Bolivia, a la una y diez minutos de la tarde del domingo 9 de octubre de 1967, habiendo ejecutado la orden el suboficial Mario Terán, un hombre educado en la idea de matar, que vuelve a ver gracias a los médicos seguidores de las ideas de su víctima, pero que jamás será capaz de ver la diferencia entre las ideas que lo llevaron a asesinar a un hombre a sangre fría y las de este hombre de amor, amigo de a pobre. A cuatro décadas del intento de destruir un sueño y una idea, Che vuelve a ganar otro combate. Y continúa en campaña… (Héctor Arturo, Diario Granma).



terriblemente manso humilde y bueno
humanamente ángel fieramente humano
un hombre en el que Dios sigue creyendo

luchando cuerpo a cuerpo con la muerte
San Ernesto Che nace en La Higuera
de donde salió a la eternidad
una mañana sanguinaria fiera

al darse entero en arma y cuerpo y sangre
eternamente en pan se da a querer

en hora de hornos no ha de verse más que luz
luz luz luz luz fuera de la luz la muerte

grabar el sueño entre los árboles
desentrañar los secretos al asombro
tener mucha imaginación para ver la realidad
asumir absurdos enigmas laberintos y zozobras
perpetuar la gloria del mundo en un grano de maíz
mantener la espada en la trocha que corresponda abrir
compartir la luz al mismo tiempo que la noche oscura
encender lámparas en el túnel de la infamia enloquecida
empuñar las manceras del arado en el lugar apropiado
en el momento apropiado en la circunstancia apropiada



Régis Debray al enterarse de la muerte del Che, escribió. “El Che Guevara no es de los que mueren; ejemplo y guía, él es propiamente inmortal, porque va a vivir en cada uno de los revolucionarios. Un Che murió. Otros están por nacer, surgiendo de la acción, otros están en acción o entrarán mañana mismo en escena, aquí y en otros puntos del continente”.
Igualmente, ante el cercenamiento de sus manos, Julio Cortázar le ofreció sus propias manos, para que con ellas pudiera seguir escribiendo: “Ahora serán las palabras, las más inútiles o las más elocuentes, las que brotan de las lágrimas o de la cólera; ahora leeremos bellas imágenes sobre el fénix que renace de las cenizas, en poemas y discursos se irá fijando para siempre la imagen del Che. También éstas son palabras, pero no las quiero así, no quiero ser yo quien hable de él. Pido lo imposible, lo más inmerecido, lo que me atreví a hacer una vez, cuando él vivía: pido que sea su voz la que se asome aquí, que sea su mano la que escriba estas líneas. Sé que es absurdo y que es imposible, y por eso mismo creo que él escribe esto conmigo, porque nadie supo mejor hasta qué punto lo absurdo y lo imposible serán un día la realidad de los hombres, el futuro por cuya conquista dio su joven, su maravillosa vida. Usa entonces mi mano una vez más, hermano mío, de nada les habrá valido cortarte los dedos, de nada les habrá valido matarte y esconderte con sus torpes astucias. Toma, escribe: lo que me quede por decir y por hacer lo diré y lo haré siempre contigo a mi lado. Solo así tendrá sentido seguir viviendo”.

Enfatico

Porque Ernesto Che Guevara, codo a codo, junto al revolucionario de cualquier rincón del mundo, es disposición inmediata, instantánea, en la que bulle el sueño implacable de los pueblos y los hombres, en constante riesgo, entrega y altruismo. Desde la Sierra Maestra, Comandante, su prestigio, su fama, crecen al lado de la guerra en uno y otro continente.




A la marcha de la historia
marziale

Maestro de la guerra, jefe extraordinario, genial artífice de la lucha guerrillera, Guevara sabía de la clave de toda superior empresa liberadora: la fe en el hombre, en las ideas, en el pueblo, en la obra. Confiaba en que su grito de guerra en caso de su muerte, debía ser la bienvenida para la mano que empuñara de nuevo el arma.
Cuando en Nuestra Patria, en Nuestra América, se instaura, erige la segunda y definitiva independencia, su aporte es fundamental, en defensa de los valores humanos para los seres más humildes en su justiciero afán de libertad, consecuencia legítima de la genuina utopía concreta, perfeccionando el respeto y la comunicación con el pueblo de modo participativo, en la convicción de que la revolución, el proceso social revolucionario, radica en la capacidad del hombre para transformarse, transformando su entorno.
Reconocía el Che que la Revolución es paz. Que la fuerza, los fusiles se toman y se cargan y se disparan cuando ello es necesario, cuando no queda otra salida, cuando morir o matar es la única alternativa para reconquistar la dignidad, pues la fuerza solo se utiliza para luchar contra quien la ejerce en forma indiscriminada.
Comprobó en su vida que cada uno tiene su encuentro con la historia. Cada quien tiene su Moncada. Antes o después, los pueblos encuentran su camino. La revolución es una necesidad histórica, un hecho inevitable. De pueblo en pueblo, la revolución un día llegará. Podrá el día estar lejano, pero signado; y ninguna circunstancia, artificio, ninguna represión podrá evitar su adviento.
“El Che –afirma Iván Darío Álvarez–, como pocos hombres en nuestro hemisferio, entendió que la revolución es una gran aventura. Un desafío a la realidad y un compromiso feroz con la imaginación. Un ejército ético propio de una conciencia de titanes, donde se sabe de antemano y con lucidez que la libertad se inventa en la acción sublime de cada día.”


Carta de despedida del Che a sus hijos
dolcissimo affettuoso appassionato

Les dice, conmovido:
“Si alguna vez tienen que leer esta carta, será porque yo no esté entre Uds.
Casi no se acordarán de mí y los más chiquitos no recordarán nada.
Su padre ha sido un hombre que actúa como piensa y, seguro, ha sido leal a sus convicciones.
Crezcan como buenos revolucionarios. Estudien mucho para poder dominar la técnica que permite dominar la naturaleza. Acuérdense que la revolución es lo importante y que cada uno de nosotros, solo, no vale nada. Sobre todo, sean siempre capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo. Es la cualidad más linda de un revolucionario.”


Credo
omaggio energico

Su credo no otro que el luchar por crear, paso a paso, un orden más justo, más libre, más pleno, que permita que cada cual, respetando a los otros, pueda expresar su propio pensamiento, sus propias ideas, avanzando por cauces democráticos hasta donde sea posible. Puesto que la paz consiste en el fomento de un orden nuevo mediante la acción solidaria de los hombres. La paz pasa a través de la revolución —la revolución humana integral— en aras de una humanidad nueva. Es cuestión de crear la tierra nueva, asumiendo personal y comunitariamente el riesgo de la aventura humana. Giulio Girardi nos recuerda: “Sólo una tierra distinta hará menos increíble el cielo”.
Comprometidos con el Che, con el presente y el futuro de la humanidad, en una auténtica ética de la responsabilidad, de la solidaridad, según Franz J. Hinkelammert, se ha de establecer el deslinde entre los derechos humanos y la globalidad del mundo. Lejos del pensamiento único global, frente a la estrategia de globalización, el ser humano como sujeto, el retorno del sujeto humano reprimido, el derecho de los pueblos a ser diversos, a defender sus tradiciones culturales en todos los sentidos. Distinguir entre plenitud y escasez como orientaciones de la acción. La libertad frente al cálculo de utilidad. “Quien no quiere el cielo en la tierra, produce el infierno”. “¡Haz de la tierra un cielo!” Cuanto mejor calculemos nuestra utilidad, tanto más nos acercamos a la utilidad para todos, dentro del marco de una acción solidaria.
Para Alejo Carpentier, el Che es “ejemplo indestructible y que, aun destruido en la persona, en nada habrá de menguar la lucha que se lleva adelante para la liberación de la América nuestra —la auténtica, la que verdaderamente podemos llamar “nuestra” en tiempo presente…—. Según Ludovico Silva, “la figura del Comandante Che Guevara es hoy más que nunca para nosotros como un relámpago de oro en la conciencia. El Che Guevara hablaba constantemente de la necesidad de crear un hombre nuevo, que él llamaba “el hombre del siglo XXI”, y advertía que esa era una tarea enormemente dificultosa; nosotros, aquí y ahora, tenemos el deber, al recordar hoy la figura del guerrillero asesinado, de meditar a fondo sobre ese principio revolucionario que, desgraciadamente, ha sido tomado muy poco en cuenta por los revolucionarios socialistas”.

Tras el socialismo encontrado
accentato accelerando allargando

Gonzalo Arango nos recuerda: “La civilización no es más que una injusticia armada, y una desorganización sistematizada por la ley y la costumbre… Sólo donde hay amor hay socialismo: Comunidad de comunión”. Entonces, hemos de decirnos, pesebricemos lo que sea preciso. O con Roger Garaudy: “La última utopía optimista nos evoca un porvenir socialista, en el que cada hombre será un creador, un poeta, o no será”. No entre quien no crea en la dura batalla necesaria para convertirse en un hombre nuevo, en el hombre del siglo XXI. Quien no dé importancia al desarrollo pleno del individuo y su conciencia. Tenemos porvenires por hacer. “El porvenir será socialista” vaticinó Arthur Rimbaud. El futuro no un por-venir, sino un por-hacer. Un mundo que ganar.
En el ensayo “El socialismo y el hombre en Cuba”, sostiene Guevara: “El hombre del siglo XXI es el que debemos crear, aunque todavía es una aspiración subjetiva y no sistematizada. Precisamente éste es uno de los puntos fundamentales de nuestro estudio y de nuestro trabajo y en la medida en que logremos éxitos concretos sobre una base teórica o, viceversa, extraigamos conclusiones teóricas de carácter amplio sobre la base de nuestra investigación concreta, habremos hecho un aporte valioso al marxismo-leninismo, a la causa de la humanidad”.

Necesitamos, pues, un viraje a medida de hombre, de ciencia, técnica, tecnología, creación. A partir de un Humanismo Científico Creador que apunte hacia un equilibrio entre lo utilitario, lo pragmático y lo teórico; lo social, lo productivo y lo ideológico, la Triple Representatividad propuesta por el mundo oriental. Humanismo Científico Creador derivado de uno Positivo tras un Humanismo Socialista Integral, donde se reconozca derecho a las exigencias de la persona; donde cada hombre logre convertir las fuerzas del mundo físico en instrumentos de su libertad; donde toda capacidad encuentre el mejor cauce en sus propios esfuerzos, perspectivas y proyectos; donde toda humana virtualidad se plasme en contextualización creadora, donde unos y otros se objetiven actores-creadores al amparo de la dignidad humana. En suma, Estado Naciente, rebelión, combate, fin del miedo. Otro modo de ser, vivir, sobrevivir. Subversión de un orden natural, toma de conciencia colectiva.
Si somos capaces de temblar de indignación cada vez que se cometa una injusticia, somos, seremos camaradas, enfatiza el Che.

Patria Grande Misión Che Guevara
enfatico deciso

Entre tanto, el Che vive en la lucha de los pueblos por la Patria Grande liberada. En cada injusticia, en cada aldea del mundo, relampaguea su rostro. Empuja nuestro socialismo. Está en la conciencia y el sentimiento de cada luchador antiimperialista; en el amor a la humanidad y el odio invencible que todo oprime. Con nosotros, construye la Patria Grande Latinoamericana, la que nos alcanzará la verdadera redención.
En nuestro proceso nacional de liberación, enmarcada dentro del Plan Nacional Estratégico Simón Bolívar 2007-2013, haciendo honor a la trascendencia de su gesta, la Misión Che Guevara aplica un novedoso sistema educativo, encargado de crear una conciencia ético-moral mediante un módulo ético-teórico a tono con el proyecto socio-productivo, impulsando la transformación del sistema económico capitalista actual por uno socialista. Un proceso de formación integral para el trabajo productivo que, como el propio Guevara lo mencionase, favorecerá la formación del nuevo venezolano y de la nueva venezolana requeridos por el socialismo del siglo XXI.
La universidad latinoamericana del siglo XXI
vivace con brio

En esta histórica encrucijada, delante de los procesos de cambio, de los nuevos desafíos, de las posibilidades abiertas por la democratización, de la redefinición de las relaciones estado-universidad y del replanteamiento de las relaciones universidad-sociedad, se ha de desembocar en la proyección e instauración de la Universidad Latinoamericana del siglo XXI. En la obligación universitaria de proporcionar una formación que permita procesos de adaptación permanente a las exigencias que imperan en el mundo del trabajo, concordante con los avances de la ciencia, la tecnología y el pensamiento crítico sobre la sociedad y la cultura.


Discurso de Fidel Castro Ruz
a cappella


A la luz de esta esclarecida visión del mundo, Fidel Castro declaró al Comandante Ernesto Che Guevara “Guerrillero Heroico”, modelo revolucionario de combatiente, bandera, guía, símbolo del mundo. En discurso pronunciado en su memoria en la Plaza de la Revolución, el 18 de octubre de 1967, tajantemente sostiene:
“Che era un jefe militar extraordinariamente capaz... Che reunía, en su extraordinaria personalidad, virtudes que rara vez aparecen juntas. Él descolló como hombre de acción insuperable, pero Che no solo era un hombre de acción insuperable: Che era un hombre de pensamiento profundo, de inteligencia visionaria, un hombre de profunda cultura. Es decir que reunía en su persona al hombre de ideas y al hombre de acción… ¡Era un hombre extraordinariamente humano, extraordinariamente sensible!”
“Muchas cosas pensó, desarrolló y escribió. Y hay algo que debe decirse un día como hoy, y es que los escritos del Che, el pensamiento político y revolucionario del Che tendrán un valor permanente en el proceso revolucionario cubano y en el proceso revolucionario en América Latina. Y no dudamos que el valor de sus ideas, de sus ideas tanto como hombre de acción, como hombre de pensamiento, como hombre de acrisoladas virtudes morales, como hombre de insuperable sensibilidad humana, como hombre de conducta intachable, tienen y tendrán un valor universal”.
Y concluye el Gran Revolucionario de Cuba: “… elevemos nuestro pensamiento y, con optimismo en el futuro, con optimismo absoluto en la victoria definitiva de los pueblos, digamos al Che, y con él a los héroes que combatieron y cayeron junto a él: ¡Hasta la victoria siempre! ¡Patria o Muerte! ¡Venceremos!”

Yo conocí al Comandante…
Yo conocí al Che una mañana larga… Padre —le dije— eres o no eres o quién eres?Y, mirando el Cuartel de la montaña, dijo: Despierto cada cien años cuando despierta el Pueblo. (P. Neruda).

Yo conocí al Comandante
Guantanamera
Letra: Pedro Alcídez
Música: Rafael Armas


… que la lucha no se muere aunque a los hombres los maten…


II
Consternados, rabiosos
lamentoso lacrimoso

Así estamos, consternados, rabiosos. Aunque esta muerte sea uno de los absurdos previsibles.
Da vergüenza mirar los cuadros, los sillones, las alfombras. Sacar una botella del refrigerador. Teclear las tres letras mundiales de tu nombre en la rígida máquina que nunca, nunca, estuvo con la cinta tan pálida.
Vergüenza tener frío y arrimarse a la estufa como siempre. Tener hambre y comer, esa cosa tan simple. Abrir el tocadiscos y escuchar en silencio sobre todo si es un cuarteto de Mozart.
Da vergüenza el confort y el asma da vergüenza.
Cuando tú, Comandante, estás cayendo, ametrallado, fabuloso, nítido, eres nuestra conciencia acribillada. Dicen que te quemaron. Con qué fuego van a quemar las buenas, buenas nuevas. La irascible ternura que trajiste y llevaste con tu tos, con tu barro. Dicen que incineraron toda tu vocación, menos un dedo. Basta para mostrarnos el camino, para acusar al monstruo y sus tizones, para apretar de nuevo los gatillos.
Así estamos, consternados, rabiosos. Claro que con el tiempo la plomiza consternación se nos irá pasando. La rabia quedará, se hará más limpia. Estás muerto, estás vivo, estás cayendo, estás nube, estás lluvia, estás estrella.
Donde estés si es que estás, si estás llegando, aprovecha por fin a respirar tranquilo, a llenarte de cielo los pulmones. Donde estés, si es que estás, si estás llegando, será una pena que no exista Dios, pero habrá otros, claro que habrá otros, dignos de recibirte, Comandante.
Mario Benedetti


Che Comandante
vivace

… Estás en todas partes. En el indio
hecho de sueño y cobre. Y en el negro
revuelto en espumosa muchedumbre,
y en el ser petrolero y salitrero,
y en el terrible desamparo
de la banana, y en la gran pampa de las pieles y
en el azúcar y en la sal y en los cafetos,
tú, móvil estatua de tu sangre como te derribaron,
vivo, como no te querían,
Che Comandante,
amigo.

Cuba te sabe de memoria. Rostro
de barbas que clarean. Y marfil
y aceituna en la piel de santo joven.
Firme la voz que ordena sin mandar,
tierna y dura de jefe camarada.
Y puro como un niño
o como un hombre puro,
Che Comandante,
amigo.

Pasas en tu descolorido, roto,
agujereado traje de campaña.
El de la selva, como antes
fue el de la Sierra. Semidesnudo
el poderoso pecho de fusil y palabra,
de ardiente vendaval y lenta rosa.
No hay descanso.
¡Salud, Guevara!
O mejor todavía desde el hondón americano:
Espéranos. Partiremos contigo. Queremos
morir para vivir como tú has muerto,
para vivir como tú vives,
Che Comandante,
amigo.

Nicolás Guillén

CHE
crescendo staccato

Para saber que está completamente prohibido llorar sobre los vivos y menos aún sobre los muertos.
Para abrazarnos a la Paz desde las barricadas de la guerra. Para prestarle al Comandante su montaña, su sierra, sus morteros; su soledad, su naufragio, sus planos, sus trincheras, sus secretos; su escondite, sus manos y portentos; para empuñar fusiles nuevamente.
Para prestarle su mochila, su escopeta, su carabina, su boina, su barba, su estrella, su bandera o arrechera; su revólver, su camisa, guayabera y documentos.
Sus botas, su pistola, su dolor, su ternura, su sonrisa, su tormento y recovecos; su frente, su fusil y sus morteros; su fuerza, su foco, su asma, su garganta y su pañuelo.
Su morral, su memoria, sus veredas; su nobleza, su magia y suerte y comunión y poesía y espera; el tiempo que le falte para una Nueva Era.
Pablo Mora

CREDO DEL CHE
cantabile religioso-furioso
El Che Jesucristo fue hecho prisionero después de concluir su sermón en la montaña (con fondo de tableteo de ametralladoras) por rangers bolivianos y judíos comandados por jefes yankees-romanos. Lo condenaron los escribas y fariseos revisionistas cuyo portavoz fue Caifás Monge mientras Poncio Barrientos trataba de lavarse las manos hablando en inglés militar sobre las espaldas del pueblo que mascaba hojas de coca sin siquiera tener la alternativa de un Barrabás (Judas Iscariote fue de los que desertaron de la guerrilla y enseñaron el camino a los rangers) Después le colocaron a Cristo Guevara una corona de espinas y una túnica de loco y le colgaron un rótulo del pescuezo en son de burla INRI: Instigador Natural de la Rebelión de los Infelices Luego lo hicieron cargar su cruz encima de su asma y lo crucificaron con ráfagas de M-2 y le cortaron la cabeza y las manos y quemaron todo lo demás para que la ceniza desapareciera con el viento En vista de lo cual no le ha quedado al Che otro camino que el de resucitar y quedarse a la izquierda de los hombres exigiéndoles que apresuren el paso por los siglos de los siglos Amén.Roque Dalton
Cuando la corriente del Gran Paraná no tenga agua, quizás, quizás, para entonces, Comandante Amigo, tú te nos vayas…

Comandante
Letra y música: Alí Primera




III
Carta Abierta a Ernesto Che Guevara
a cappella

Querido Che:
Ya han pasado cuarenta años desde que la CIA te asesinó en la selva de Bolivia, el 8 de octubre de 1967. Tenías entonces 39 años. Pensaban tus verdugos que, al meterte balas en tu cuerpo, después de haberte capturado vivo, condenarían al olvido tu memoria. Ignoraban que, al contrario de los egoístas, los altruistas nunca mueren. Los sueños libertarios no quedan confinados en jaulas cual pájaros domesticados.
La estrella de tu boina brilla más fuerte, la fuerza de tus ojos guía a generaciones por las rutas de la justicia, tu semblante sereno y firme inspira confianza a quienes combaten por la libertad. Tu espíritu trasciende las fronteras de Argentina, de Cuba y de Bolivia y, cual llama ardiente, inflama aún hoy el corazón de muchos revolucionarios.
Quién sabe si la historia del socialismo no sería distinta hoy si hubieran prestado oído a tus palabras…
Algunos de nosotros, Che, abandonaron el amor a los pobres, que hoy se multiplican en la Patria Grande latinoamericana y en el mundo. Permanecieron sordos a los clamores del pueblo, perdieron la humildad del trabajo de base y ahora cambian utopías por votos.
A pesar de tantas derrotas y errores, hemos tenido conquistas importantes a lo largo de estos cuarenta años. Entre los cristianos, una parte significativa ha optado por los pobres y engendró la Teología de la Liberación. Hemos sacado considerables lecciones de las guerrillas urbanas de los años 60; de la breve gestión popular de Salvador Allende; del gobierno democrático de Maurice Bishop, en Granada, masacrado por las tropas de los Estados Unidos; de la ascensión y la caída de la Revolución Sandinista; de la lucha del pueblo de El Salvador. En México los zapatistas de Chiapas ponen al desnudo la política neoliberal y se propaga por América Latina la primavera democrática, con los electores repudiando a las viejas oligarquías y eligiendo a aquellos que son a su imagen y semejanza: Lula, Chávez, Morales, Correa, Ortega, etc.
Desde donde estás, Che, bendícenos a todos nosotros los que comulgamos con tus ideales y tus esperanzas. Bendice también a los que se cansaron, se aburguesaron o hicieron de la lucha una profesión en su propio beneficio. Bendice a los que tienen vergüenza de confesarse de izquierda y de declararse socialistas. Bendice a los dirigentes políticos que, una vez destituidos de sus cargos, nunca más visitaron una favela ni apoyaron una movilización. Bendice a las mujeres que, en casa, descubrieron que sus compañeros eran lo contrario de lo que ostentaban fuera, y también a los hombres que luchan por vencer el machismo que los domina.
Bendícenos a todos nosotros los que, ante tanta miseria que siega vidas humanas, sabemos que no nos queda otra vocación más que la de convertir corazones y mentes, revolucionar sociedades y continentes. Sobre todo bendícenos para que, todos los días, estemos motivados por grandes sentimientos de amor, de modo que podamos recoger el fruto del hombre y la mujer nuevos.
Frei Betto
(Traducción de J. L. Burguet)

Si pudiéramos jugar con el tiempo ¿daríamos un día con Bolívar?


Si pudiera jugar con el tiempo
Letra: Rafael Armas, Pedro Alcídez
Música: Rafael Armas




IV

Guitarra en duelo mayor
ad libitum
Soldadito de Bolivia, soldadito boliviano, armado vas con tu rifle, que es un rifle americano, soldadito de Bolivia, que es un rifle americano. Te lo dio el señor Barrientos, soldadito boliviano, regalo de mister Johnson, para matar a tu hermano, para matar a tu hermano, soldadito de Bolivia, para matar a tu hermano. ¿No sabes quién es el muerto, soldadito boliviano? El muerto es el Che Guevara, y era argentino y cubano, soldadito de Bolivia, y era argentino y cubano. El fue tu mejor amigo, soldadito boliviano, el fue tu amigo de a pobre del Oriente al altiplano, del Oriente al altiplano, soldadito de Bolivia, del Oriente al altiplano. Está mi guitarra entera, soldadito boliviano, de luto, pero no llora, aunque llorar es humano, aunque llorar es humano, soldadito de Bolivia, aunque llorar es humano. No llora porque la hora, soldadito boliviano, no es de lágrima y pañuelo, sino de machete en mano, sino de machete en mano, soldadito de Bolivia, sino de machete en mano. Con el cobre que te paga, soldadito boliviano, que te vendes, que te compra, es lo que piensa el tirano, es lo que piensa el tirano, soldadito de Bolivia, es lo que piensa el tirano. Despierta, que ya es de día, soldadito boliviano, está en pie ya todo mundo, porque el sol salió temprano, porque el sol salió temprano, soldadito de Bolivia, porque el sol salió temprano. Coge el camino derecho, soldadito boliviano; no es siempre camino fácil, no es fácil siempre ni llano, no es fácil siempre ni llano, soldadito de Bolivia, no es fácil siempre ni llano. Pero aprenderás seguro, soldadito boliviano, que a un hermano no se mata, que no se mata a un hermano, que no se mata a un hermano, soldadito de Bolivia, que no se mata a un hermano.
Nicolás Guillén


CHE
...la entrañable transparencia



Desde todas las respiraciones
y desolaciones,
desde todas las turbulencias
y soles
orbitados, o desorbitados,
de la sangre,
creció en el aire terreno, entre
los vientos
terrenos, cada vez más cierto,
inconmovible,
como un abrazo universal
y un sueño
medular que jamás cesó en
lo más profundo
--así crece su altiva, íntima,
continental figura--,
contra la infamia, contra la
esclavitud
de siempre
y contra el imperio en caída
de los bárbaros.

Eduardo Dalter


Che
omaggio

Che, tú lo sabes todo,los recovecos de la Sierra,el asma sobre la yerba fríala tribuna el oleaje en la nochey hasta de qué se hacenlos frutos y las yuntas

No es que yo quiera dartepluma por pistolapero el poeta eres tú.
Miguel Barnet


Si el poeta eres tú
amoroso

Si el poeta eres tú, como dijo el poeta, y el que ha tumbado estrellas en mil noches de lluvias coloridas eres tú, ¿qué tengo yo que hablarte, Comandante?
Si el que asomó al futuro su perfil y lo estrenó con voces de fusil fuiste tú, guerrero para siempre, tiempo eterno, ¿qué puedo yo cantarte, Comandante?
¿Qué puedo yo dejarte, Comandante, que no sea cambiar mi guitarra por tu suerte?
¿Qué tengo yo que hablarte, Comandante?
Pablo Milanés



Con paso sereno de estantigua sigue ardiendo
affettuosamente

Lanza en ristre, en sentimiento de común heredad, Antonio Ruiz Sánchez, de nuestro patio, cosido con nosotros, nos dice:
“Por todos conocido como “EL CHE”, sigue siendo un ejemplar humano extraordinario. Revolucionario, quería redimir al mundo de la silueta de los males agudos que han marcado a la gente de la huella de todas las melancolías, como si al anca de un animal se errara el ardor de la tristeza sin tregua. Hace cuarenta años ofrendó su vida. El modo de hacerlo, en algunos espacios religiosos, le hubiese servido para consagrarlo en altares. Los católicos consideran que sus fieles son místicos cuando tienen un desprenderse total de los quereres, para entregarse a las altas causas. Así, tal la definición de San Juan de la Cruz, el más limpio y armonioso poeta del amor místico de la letra castellana. Guevara se aconteció de místico, renunciando a todo, vida incluida, para seguir su camino de sueños, cabalgando el Rocinante del costillar desnudo. Una vez asesinado en una escuela acosada por los vientos helados de las montañas andinas bolivianas, su rostro pasó a ser consumido por una sociedad que devora hasta lo mejor del tuétano honrado y limpio. Él fue el representante del hombre nuevo y dejó la lección exacta de su entrega. Ahora, pasado el tiempo, reconstituida a lugar conocido, en Santa Clara, su osamenta, el Che Guevara sigue ardiendo en el ánimo, a modo de lección. Dentro, en lo más oculto de la selva personal, en el territorio donde están agitadas siempre las aguas de las iras enteras, de los juveniles bríos, de las tormentas inolvidables, de las pasiones irredentas y de la más profunda e inagotable sed, vive, sin fábula y afeite, la figura de Guevara, con paso sereno de estantigua anda levemente por los aires evocativos, en la galería de los que nos hacen sentir vivos, aun en el último suspiro. Esos que nos permiten entender que en el talante de muchos palpita el miserable corazón de las serpientes.”

De pie junto a la estrella de tu gloria
staccato


más allá de la paz y de la gloria
de pie en el cielo de su fiera América
bien calzadas las botas de batalla
Ernesto con los pies sobre la tierra

con timbre de sudor y de combate
furente empuñadura de guerrero
símbolo vivo va regresa viene
redoblado terrestre solidario

ciclópeo fusil amanecido
raíz tormenta cumbre sol y bruma
fecunda abrasa asombra triunfa calma

asoma arenga ataca arroba acuerda
fogata y fogonazo y fogonero
relámpago su temple al infinito



tenaz y trashumante y peregrino
ferviente guardador de la trinchera
voz de poder y magna valentía
espumas de tu rostro redivivo

la miel y el agua pura y solidaria
en la magia infinida de tu sombra
tu rabia y tu ternura y continentes
coronas que tejiste al firmamento

la música que escondes en tus odios
tus asaltos tus vuelos tus acechos
dejástela en la furia de los pobres

de verde oliva en vestimenta alzada
de alegre fuego de apacible frente
de pie junto a la estrella de tu gloria

¡Hasta la Victoria Siempre, Comandante!

Rabia y ternura
Letra y Música: Rafael Armas





Sesión Solemne del Consejo Legislativo del Estado Táchira
Conmemoración de los 40 años del asesinato
del Comandante Dr. Ernesto Guevara “El Che”
Martes, 09 de octubre de 2007

Nuestro agradecimiento por el honor singular que nos depara el Distinguido Consejo Legislativo Estadal al permitirnos participar en la Sesión Especial con motivo de conmemorarse los 40 años del asesinato del Comandante Dr. Ernesto Guevara “El Che”. Se suma, así, este organismo al reconocimiento que el orbe entero rinde a la trascendente gesta de este ilustre latinoamericano universal.





PALABRA INSOMNE





PALABRA INSOMNE


Pablo Mora




Jirón de prado, nube pura, sol perfecto, casa y universo y clarinada. Jungla de sueños, jaspes arrojados. Jaula de cristal, hembra jadeante. Juego de garza, junco en la alborada. Jovial esencia. Jubiloso asombro. Hurganza sintiendo el chasquido de los pasos. Insomne noche rebelada. Magma imaginario. Alarido. Angustia, crispación y grito. Vacío pleno de inminencias, intersticios. Filos y fisuras del mundo y del lenguaje, hendiduras. Configuración del inacabamiento, ruptura momentánea, pasajera pregunta, ligereza de sílabas girando. Conjuro de la selva, compromiso, riesgo, desafío, soplo de aire, poder de creación. Agua clara, rayo, ciego asombro, sol, susurro de semilla, fluir inagotable del murmullo. Génesis, memoria vegetal, larga sombra de cópula y prodigio, fraternas potestades del insomnio. Apoyada sobre el puente, sola y de pie, en la larga noche insomne. Forma de vida, asombro deshojado, algún día oficio de los hombres. Bandera del milagro, borde de la luz, torre de paz, lágrima del mar, espuma de la noche, temblor de espuma, piel de sol enfurecido, piedra de los dioses, sueño de la piedra, piedra de los sueños, fecunda entraña de la luz. Vasto rumor de plumas, adentro en la espesura. Andadura, pasturanza, festín de sombra y llama. Plato de aromada miel. Idilio, diosa aparejada, milagro del insomnio, azul tormenta desatada, en la nochumbre, a vista del rocío amanecido. Blanca palomica en soledad herida, en uno de los ojos de pronto reclinada. Flujo y reflujo en comunión altiva. Relámpagos de sombra, adelantándose a los designios. Crepúsculos desangrados al borde del ocio.


Hondas navegaciones. Larga quemadura, pávida voz, diadema planetaria, hecha toda de cólera y ternura. Gira, sube, baja, se detiene; estremece, vuela y vuelve. Viene de la nada. Viene del sueño. Toca tierra. Lleva sonidos de metales, de sangre, amor, huesos, nervios; de hambre, guerra, horror, pavura. Conoce el canto de las aves, el silencio del paraguas. La melancolía del guanábano. El sitio del silencio. Las alas de la noche y de la lluvia. El gemido de las nieves. Las voces de la sangre. El paso de los días. El regreso del sueño. El rastro del celaje. Sabe el tamaño exacto de la pena. Conoce el lado oscuro de la rosa y la terrible majestad del pan. Su grito de cigarra navega en la muerte y se cuida de lo vivo. Ronda en soledad por muchas albas. Sale de su envoltura para asombrarnos. Un querer apoderarse de los sueños de las cosas, de las luces de los pájaros. Rebelarse contra la muerte bochornosa. Poner las cosas en su lugar, los signos en su lugar, las pausas en el suyo. Asombrarse de tanto ayuntamiento cósmico entre los seres, objetos y conceptos. Ir tras la polvareda del aire, las voces de la luna o de la lluvia, la flora del variado enigma. Llegar al interior del hombre, a la mejilla curtida de la tarde. Cambiar la historia. Amar la tierra y amar al hombre. Alumbrar los montes por las noches, alumbrar los montones de hambre a la intemperie. Preguntar por la alegría. Seguir preguntando. Rescatar todas las preguntas de los otros. Preguntar por la rosa sin subvertir la rosa. Preguntar por los juegos, por los niños, por sus risas.


Salvar las preguntas de los niños para que el hombre no pierda jamás su asombro. Nombrar la libertad. Inventar la vida en lo alto de los árboles para salvar los pájaros de la tierra. Encender el fuego. Morir cantando. Vencer la muerte. Sacudir asombros. Esparcir los altos sueños, la fuerza de los ríos, el color de los pájaros, las canciones, las hierbas de las tardes. Devolverle vida a la tierra, color al arco iris, alegría bullanguera a la lluvia. Andar rompiendo cercas y levantar en su lugar enredaderas de jazmines que convoquen el aliento del hombre hacia su destino cósmico y vegetal. Dar con nuevos alumbrajes. Participar en la fiesta de la vida. Preparar un manjar que alcance para todos. Ver morir a la gacela bajo los tamarindos. Vaticinar, profetizar, bucear en las tinieblas de los tiempos. Clamar contra la impiedad, la opresión, la codicia, la crueldad. Arrullar, despertar, mecer, golpear, gritar, empujar. Medir, valorar. Saber bien dónde hay barro, en qué lugar hay sangre, dónde queda la razón y dónde la justicia o la injusticia. Invitar al sol. Encender la luz. Profetizar contra los explotadores, los embaucadores. Interpretar los remolinos. Expresar al pueblo. Avivar el fuego. Sumar la voz al coro. Fundir los versos en acero. Amarrar el viento viejo. Construir la nueva levadura, el nuevo pan: la paz, el lauro, la memoria. Con la primavera, caminar al mercado entre panaderías y palomas. Dar socorro a nuestros sueños, más allá de cruces, lenguas, misterios, milagros o lejuras.


Despertar la nueva madrugada. Entre dioses, manglares, árboles y piedras, con las enredaderas, los torrentes, las cerbatanas y todos los azules y caminos, agregarle estrellas a los cielos, despiertos con el despertar del viento, a libertad por todos los caminos. Enterrar la muerte. Inventar la sombra. Abrirle los postigos a la noche. Cerrar los ojos a la luna. Dar con el árbol del primer camino. Con la vereda que nos vio salir. Tomarle el pulso al hambre. Saber del diapasón del pobre. De las creencias de Dios y sus costumbres. De los rituales del viento y sus cofrades. De la imagen horrenda del futuro. De la luciérnaga y su antiguo enigma. Saber de la escritura de las piedras. De la alta transparencia de los mudos. Del colosal silencio de los grillos. Tantearle a los sueños sus luceros. Conocer las entrañas de las hojas. El corazón del bosque y sus vitrales. El páramo, sus cuitas y plegarias. Desenterrar el misterio de la rosa. Ahuyentar la sombra y sus reveses. Escapar del ladrido de la calle. Del hosco muñón del peregrino. Del puñal que en la acera nos espera. O del barco que acecha nuestras costas. Dar con el ámbar del primer arroyo. Traspapelar la terquedad del lunes. Aullar juntos delante de los cielos. Escucharle al pobre su alarido. Compartir esperanzas con el árbol. Expulsar el despojo mutilado. Ser libres así el fuego nos cercene. Quitar algunas comas al crepúsculo. Ver la noche sin que nadie contradiga. Eludir la risa ensangrentada. Dar con una migaja de soledad marina. Atravesar, siempre a la intemperie, incertidumbres, agonías, interrogantes y tragedias.


Dar forma al vacío de modo que éste sea posible; ojos al poema para que pueda cruzar la calle; alas a Dios para que pueda llegar al hombre. Robarle sin que sepa una sonrisa al sol en la arboleda. Cruzar, no la aurora, sino el alma en que ampara su soñar. Ventilar, aupar, asolear la eternidad cada día. Verse en el cielo gris, en la trémula víspera del júbilo. Escuchar a la soledad y dirigirle la palabra. Llegar con los ojos abiertos a la mirada final. Contar con la vigilia para el día. Con porvenir para fraguar enigmas. Pedirle a la luz que nos espere. Reprocharle al alba su tardanza. Correr el peligro de la vida. Abrazar el asombro de la muerte. Cantar, arder, huir, como un campanario en las manos de un loco. Sentir el golpe de agua dura y recogerlo en una taza eterna. Hablar consigo sin saber con quién, deshojando el silencio de la altura. De alguna manera decidir dónde plantar los árboles, de nuevo. Recibir en el alma las manos temblorosas de la lluvia a plena luz, camino de la sombra. Defender la luz del mundo. Ver los árboles. Oír los pájaros. Caminar entre la gente y saludar al sol profundo que brilla en el corazón de los humildes. Mirar el llanto oscuro que hay al fondo de todos los rincones. Verse en el que tiene más de mil años de pedir pan y sueño, en el que no tiene camino que seguir, en ese corazón asomado al espejo de sus enigmas. Detenerse a la orilla sangrante de una lágrima. Acercarse a los que sueñan o sollozan, o tienen hambre y sed bajo el cielo. Adentro de las pequeñas casas de cartón, escuchar el sonido de las lágrimas.


Dar con la definitiva claridad del hombre. Saber cuándo, con qué fuerza, de qué modo asumir nuestro destino. Irse noche abajo perdido entre las piedras y las flores, entre las sombras y las nubes. Limpiar el poder cuando corrompa. Vigilar mientras todos duermen. Unir lo posible con lo imposible. Mantener abierta la palabra. Sacar la flor de las cenizas. Llevar el infinito a cuestas. Salirle al paso a la mirada. Alentar todas las formas. Alumbrar la maravilla. Encender relámpagos. Asombrar al tiempo. Descubrir el secreto. Sentir las sombras. Fundar los sueños. Salvar al hombre. Amar al viento. Decir verdad. Seguir puntualmente al sol. Sentarse en el lugar del hambre. Acordarse del viaje hacia la sombra. Despertar a latigazos el silencio. Mantenerse como un latido. Llevar a peso las palabras. Reinar sobre la muerte. Revivir cada día. Salvarse juntos. Festejar la vida. Cambiar la vida. Transformar la vida. Hacer más vivo el vivir. Llegar vivos a la muerte. Dar con la antigua trocha de la paz. Salvaguardar al hombre que florece, la lumbre lubricante de la piedra, la huella que nos lleve. Sentir la muerte girando en los talones. Sentirla girando en los Guantánamos. Sentirla cagando en los hambrones. Hacernos solidarios. Morir de asombros. Descargar nuestros almácigos. Dar con los sueños que inventamos. Vivir mientras el alma nos suene. Morir cuando la hora nos llegue. Ver regresar la primavera. Pasar a tiempo la palabra. Rebelarse contra la muerte. Florecer sobre la tumba. Querer hacer corpórea la nada —estupor encarnado, relámpago que te ladra y se apaga, furiosa pasión por lo tangible—. Ser a través del otro. Partirse y abrirse para el otro. Desgarrarse con y para el otro, ser. Hundirse, hurgarse, ser, sentirse, serse.


Recoger la palabra. Reverenciar el silencio. Convocar la palabra del otro. Una palabra liberada, purificada, primordial, esencial, resolutiva, signo del ser, una palabra-ser. Indagar, buscar, inventarle explosiones a la palabra. Darle rienda suelta a la palabra. Que la palabra revele el porvenir. Palabra por palabra, decir lo que pensamos, con la seguridad del sabio, la transparencia del niño o el alarido de los locos. Reconocernos al encontrarnos con la palabra. Sacarla del baúl de nuestras vidas para empezar a compartirla, adulta, fraternal, con el soldado, la patria y la arboleda. Rasgón, terrazgo, espada, triza, tajo; cópula, ramazón o ramalazo; las palabras compiten, competen y complotan. Únicas capaces de recuperar al hombre, aventar la noche, inventar el sol o convocar al vino. A pesar de la miseria o la grandeza humanas, cañas pensantes todavía, crédulos o incrédulos, tímidos o temerarios, ángeles o bestias, antes que confesar nuestra impotencia, hablar de una vez para mañana. Pronunciar la palabra decisiva que la vida y la historia nos vayan enseñando. Envueltos en subversiones y versiones, marchas y contramarchas, dar con la palabra necesaria. Confirmar que la civilización no es más que una injusticia armada. Que la poesía es una insurrección. Que el poeta no se ofende porque le llaman subversivo, cuando le dicen insurgente. Decidirnos por la libertad de la palabra, hasta hacerla timón en nuestras manos, frente al vendaval, la noche y los dioses que nos cruzan, confusos y ominosos. Enseñar la palabra al hombre que llora, hambriento, cabizbajo, en su bravura.


Lugar por excelencia de lo humano, en la palabra vivimos, nos movemos y somos. Como la patria, en desdicha, en hechura o en deshonra, en ella gime, vive o sobrevive. Hacer buena la palabra. Hacerla voz, viveza, arado; lengua, paz y pueblo; combate, libertad, salario; amor, vida y arte. Arte subversivo. Violación de límites y paciencia represiva. Rebasar lo permisible. Transgredir lo decible. Asumir la razón poética, en creación, asombro y maravilla. Concebir la magia de la estirpe o raza, su visión real, irreductible, ineludiblemente misteriosa, amarga, mortal o vengativa. Palabra en alto. Y la victoria crecerá despacio como siempre han crecido las victorias. Videntes, alucinados, intermediar la fuerza oculta. Jugar a la paz con el soldado o con el niño que nos reta, vagabundo. Recobrar, antes que la pólvora, la palabra, su encanto germinal, su magma, su hermosura, su historia, su legendaria esquina, donde espera, acurrucada, el hambre, en miseria cobijada. Asistir al combatiente, en cárcel, en rincón, enfurecido. Hacerle conciencia conflictiva, desgarrada. Empuñarla, fulgurante, solar y duradera. A favor de la apuesta, la batalla y la final victoria. Palabra en mano, volear la pródiga semilla sobre el campo, el hermano y la pradera, en sincera alianza, tras un despuntar de claras madrugadas, de gracia, paz y vida nueva. Palabras y más palabras, cataratas de palabras. En la distancia del futuro, el vuelo de las palabras, rebeldes en el tiempo y al olvido refractarias. Cuesta arriba, cuesta abajo, las cosechas de palabras, buidas y aceradas, por las sendas urticantes. ¿Hasta cuándo la calificación de las palabras?


Alma arriba, alma abajo, meridiano esclarecido de nuestras ansias refulgentes. Lejos de tantas patochadas; lejos de perlas, monjes, molinos o castillos; de confundir caballo y hombre, pueblo y pólvora; lejos de diferenciar fusil de patria, vino, oficio, trago y trigo; vida, misterio, alma y poesía; dar palabra, corazón y mano; empeñarlos, cruzarlos con el hombre, sus asuntos y sus sueños, manteniéndolos en pie de guerra por la paz o el pan que hagan falta. Frente a una palabra enmascarada, fantasiosa, una clave, articulada, lujuriosa, pertinente; una palabra activa, digna, apasionada, certera, cruda, furente, fehaciente, empuñada, insomne, verdadera. Una palabra que golpee al mundo y acompañe al hombre. Urgida, llameante, inextinguible. Adecuada al enigma universal y al majestuoso corazón del hombre. ¡A pulso de vinagre, vino y júbilo! La palabra sólo es. Tenemos que fluir con ella. Entregarnos al momento. Dejar que como el vino ocurra. Escuchemos los relinchos de la noche, conozcamos las lluvias subterráneas y sepamos para lo que sirve una flor, una hamaca, una colina. Atisbemos un poco la rendija para ver cómo se asoma el hombre. Abramos la trocha que nos lleve al hombre, al mundo, a la muerte o a la vida. A proteger al pueblo con palabras. A presenciar todas las agonías. A ser labriegos de nuestra propia voz. Somos la palabra que está naciendo, la misma que se detiene y volcará como campana su acero y su sonido hacia todas las mañanas. Basta un lucero para que haya noche. Basta un quejido para que haya día. Construyamos el porvenir y el amor telúrico desenfadado y sin banderas. Demos forma a lo invisible. Palabra sola, labra nuestra paz. Ordena el espesor de la tardanza. Amartilla tú sola nuestra espera. Sacando cuentas y después de todo, tú sola y para siempre la palabra.






MEMORIA PARA UN TIEMPO SIN CARTAS





MEMORIA PARA UN TIEMPO SIN CARTAS



A ella, cuyas pausas entre uno y otro
silencio me entregaron el río de palabras
con las cuales intento inútilmente
socavar la tristeza




Un nuevo marzo llega con sus silencios. Y yo decido otra vez, al filo de una noche de media luna, escribir una carta para la memoria de lo que aún es sólo conjetura y desolada predicción de porvenires.


Después de todo, sólo dispongo de palabras quebradas, hechas de una tristeza que no logra derramarse en filamentos de agua, sino que se queda detenida al borde de algún precipicio, a punto de convertirse en espejo. ¿Lograré con ellas alcanzar el horizonte ardido de sus soledades?


Ante el acantilado de un papel que persiste en su oficio de desarticular las palabras hasta deshacerse de ellas: ¿qué carta habré de escribir ahora, si ya todas las he escrito y enviado?


Desde aquellas cartas primeras escritas en una letra diminuta, agolpadas en estrechas veredas, en aquel futil intento de que cupiera el universo entero entre sus tremores, hasta las que nunca consigné, ¿cuántas cartas han escrito mis desmedidas ganas de ser repartidora de florerías en este mundo oscurecido?


Recuerdo aquel transeúnte que, sentado siempre en el mismo banco, aguardó durante años el día de su despedida, o a aquella mujer que se asomaba todas las mañanas a su balcón a poner al sol una amargura que le surcaba su rostro sin sonrisas. O el panadero que festejaba el aroma de las hogazas calientes que servían sin prisa sus manos generosas,


¿Habrán soltado sus esporas en los sitios en los cuales arribaron? ¿Habrá recogido alguien, en alguna parte, los acordes de que estaban hechas?


¿Habrán logrado, alguna vez, redimir el dolor, saciar la sed, iluminar los días desprovistos de todo resplandor? ¿Dejarían salir sus duendes para adherirse a los sitios donde el llanto borra una sonrisa?


No lo sé. Las he dejado allí, consignadas en un sobre sin escritura, colocadas en algún buzón imaginario, entregadas amorosamente a manos que no las aguardaban, introducidas clandestinamente entre las hojas de un libro para que pasaran las requisas, dobladas nerviosamente para que no se les escapara el amor que contenían al dejarlas a ras de un huerto o una sepultura.


Enviadas a móviles estafetas para que alcanzaran a los compañeros que entre los ríos y las montañas sólo tenían la ilusión de ser piedra pequeña de una nueva historia, y que nunca regresaron.


Escondidas en anaqueles y armarios para que alguien, en alguna hora, las tomara y devolviera al estanque del parque. Las que custodiaban la rosa que nadie supo hacer suya.


Las que nunca obtuvieron respuesta porque fueron etiquetadas antes de leerlas sin advertir que contenían itinerarios comunes.


Las que le escribí a mi padre para que fuera más leve su mirada sobre mis desaciertos. Las innumerables que escribo a los hijos para dibujarles amaneceres resplandecientes a sus días de agobio.


Las que le sigo inventando a la risa de mis chipilines, en el intento de sembrarles en sus manitos la noción de alegría que es capaz de descifrar intacta la pupila que discierne, más allá de los cristales, las claves más hondas del vivir.


Las que redacto silenciosa y obstinadamente en mi maquinaria de hacer inutilidades. Las que coloqué en las ventanitas de un ruiseñor.


Las que inscribí con estambres de fósforo en aquel tejado delirante de guayabas, o en el árbol de uva de playa que miraba hacia el porche de los regazos.


Todas son memorias para hacer barquitos de inocencia que siempre están en las travesías de los sueños y aventuras de los niños. O para trazarle el vuelo a la ilusión del pichoncito que aún no hace monte del viento.


Y las sigo escribiendo, como si de tanto esparcirlas por las oscuras veredas de mi casa y por lejanos continentes, por entre las rejas de los cercados y los rostros sin nombre, alguna de ellas pudiera prenderse del oleaje, de las tormentas, y alcanzar la mano del otro que, como yo, dejó de encontrarle sentido a las palabras que no comunican.


Y las escribo en nombre de quienes llevan la escritura dibujada en las pupilas, en la nervadura de los brazos, en la frágil envoltura de la que están hechos, para que mi tristeza hable por las suyas.


Para que la ausencia de todo, menos el suspiro, colme los alfabetos que aún no hemos creado, redima el canto que aún no resuena, cautive el odio y lo trasmute en abrazo.


Qué ilusoria vanidad pretender todo eso, con una simple y rota carta. Pero no tengo otra cosa que dar, ni amparo que entregar.


Sólo dispongo de estas letras deshilvanadas, que cada día trato inútilmente de ordenar. No tengo otro equipaje.


En mis alforjas apenas cargo tréboles de cuatro hojas, pétalos de crisantemos, la tintura roja de una rosa única, pedacitos de lumbre que se desprendieron de una estrella, espigas que llevan en su envés atrapada la lluvia y una piedra de cuarzo de cuyo interior salen talismanes para todos los rituales.


Los besos se escaparon un día de marzo. Pero queda la memoria de un tiempo de chicharras, del regazo de una abuela que destila confiterías.


Queda una madre que se quedó aposentada en un menguante, atrapada en el filo de una luna tan tenue como su canto. De un padre cuyo sombrero móvil pasa interminablemente sobre el eje de sus manos.


La memoria de un árbol de nísperos del japón que llenó mi infancia con su acidito. De un solar tan pequeñito que no cabían en él los sueños. De los regazos en los que no alcancé a refugiarme.


De las altas colinas que circundan el valle a las que nunca he dejado de ascender para luego hacer el camino a la inversa en diminutos cauces de agua, vuelta limo, musgo o neblina.


Queda la risa de los niños estampada en mis huesos como si de pronto girara el mundo y pudieran convertirse las palabras en las manivelas de un organillero que nunca ha cesado de sonar.


Queda la sal que esparzo de todos los linos, hasta que regrese al mar de donde partió y allí haga nido en el corazón de los cangrejos.


Queda el adagio que después de todo no es sino el preámbulo de un allegro que mis ojos no verán, pero en cuya desenvoltura, cada palabra dejada a la voluptuosidad del viento, reencontrará su cauce enamorado, en un tiempo sin cartas pero de una humanidad oferente aposentada en la casa abierta del planeta.


mery sananes
08 de marzo del 2010

http://embusteria.blogspot.com/2010/03/memoria-para-un-tiempo-sin-cartas.html

viernes, 19 de marzo de 2010

HICIMOS LA MOCHILA






HICIMOS LA MOCHILA
y nos volvimos vagabundos
Apoyamos las palabras sobre la sangre
Cargamos los dados en la apuesta
Arrestamos al viento al sol las mariposas

Supimos del alma del silencio
de la piedra que alguna vez fue estrella
del sagrado terror de la locura

Fuimos un retrato del alma de la tierra
Dejamos pasar la noche por encima de nosotros
mientras las islas no se cansaban de bañarse

Nos hicimos a la lluvia
Matamos la tristumbre
Rompimos alfileres paraguas y repisas
Inventamos ratos penas alegrías y tardanzas
Echamos un vistazo al mundo

Nos provocó quedarnos solos en la tierra

Faltó ponerle trampas a la muerte


PABLO MORA
VENEZUELA
http://www.poiesologia.com/









Pablo Mora

por J J Villamizar Molina


Jueves, 2 de julio de 2009


Estamos frente a un gran poeta venezolano con respetable personalidad en Europa y la América Latina. Es tachirense, de la talla de Manuel Felipe Rugeles, de Juan Beroes, de Dionisio Aymará y de Pedro Pablo Paredes. La suerte se extiende a Santa Ana, donde nació el año 1942. Siempre, cuando voy a San Joaquín, me detengo a contemplar la casa del bardo así como cuando voy a Alcalá de Henares me detengo allí para adquirir un ejemplar del Quijote, o cuando voy a Florencia hago escala en la casa natal del Dante Alighieri para hacerme a un ejemplar de "Tutte le opere". Para algo soy Cronista de la ciudad de Santa Ana.
En sus 25 años de vida artística se me designó para que yo hiciera su presentación en el Ateneo. Hoy, Pablo Mora no necesita presentaciones ni en Venezuela ni en la América Latina. Sintetizo la obra suya en tres palabras "Almácigo", "Asombro" e "Insomnio". Estos tres vocablos se armonizan como en un deslumbrante remolino, como en la más completa trilogía de la concepción lírica. Ellos son el prisma expositivo de todo su pensamiento, de toda su percepción y sensibilidad, de todo el juicio que de la existencia hace el incesante trovador. Almácigo recuerda la semilla, la raíz, el feliz tallo conductor, las ramazones en multiplicación infinita, las hojas que son "Les feuilles d` automne" de Víctor Hugo, las flores y los frutos, dádivas ofrecidas desde un rosal de nuestros jardines hasta un corpulento cedro del Líbano. Apreciamos aquí almácigos de seres vivos y sensitivos en su sombra y en su generosidad. Así son los árboles. Y por eso son los símbolos de Pablo Mora. El árbol da vida, confianza, sombra y deleite de vivir. Él centuplica las recompensas en el ramillete de sus flores y en su cesta de pomas. Jesús dijo que ni Salomón en medio de sus pompas se vistió como un lirio del campo. Pablo Mora dice que las ramas de su almácigo pretenden abrazar los espacios de los cielos.
Asombro es un elemento vivencial. Los seres vivos están dotados de la percepción dada por los órganos de sus sentidos, regidos por el portento prodigioso de la creación que es el cerebro humano. En este caso, parece que el poeta detuviera el ciclo existencial para embelesarse en todas las impresiones, en todos los sonidos, en todas las ensoñaciones de que es capaz un ser viviente. Asombro es detener las fuerzas de la vida para lograr un impacto estremecido, un trémulo de contemplaciones, un improntus de transportación, un adagio cantabilis de amores. Por ello, Pablo Mora se extasía en este coro estupefacto. Si el asombro es estático, el insomnio es dinámico. El insomnio no detiene ni un momento el curso de la vida. No lo interrumpe para que la inspiración lírica pueda seguir el curso en su carruaje de vivencias, de ensoñaciones, de triunfos, de dolores, de obnibulaciones. El insomnio en este caso es un regalo de los dioses. Para él no se hicieron los hipnóticos de la farmacología.
Pablo Mora se graduó en Letras en la Ucab. Luego se doctoró en Psicopedagogía y Periodismo en la Universidad Degli Studi de Torino y en la Universitá Cattolica del Sacro Quore de Milán. Profesor jubilado de la Unet, fue su Director de Cultura y es el autor de la letra de su himno. Es hermano de Rugeles en la pureza de la harina, en la caricia de la neblina y en el prodigio de los cántaros. Laureó su poesía en Nueva Esparta. Constantemente, a más de sus numerosos libros de poesía y ensayos, nos está extasiando con sus poemas en prosa, que son, como decía Pedro Pablo Paredes, "una gavilla de lumbres". Siempre está transitando en las innovaciones literarias. Porque si Rubén Darío dijo "yo soy aquél que ayer no más decía", Pablo Mora nos confiesa jubiloso en el mismo endecasílabo: "Yo soy el que ahora está cantando". * Decano de los cronistas de Venezuela.




miércoles, 17 de marzo de 2010

RETO BOLIVARIANO





RETO BOLIVARIANO
Pablo Mora


Reto_Bolivariano_Pablo_Mora.mp3
Created Dec 21, 2009 by Cesar Omaña


http://www.box.net/shared/s6mocy8o67



¡Creo en ti, perenne Hijo de la Gloria!
¡Inmarcesible Rayo de la Guerra!
¡Comandante invencible de Los Andes!
¡Espada vencedora de los Dioses!
Creo en el Ávila, fanal primero
donde irradió el fulgor de tu existencia.
En el vientre que arrulló tu gloria
y en el maestro que templó tu mente.
En el pueblo que siguió tus pasos
y en la nodriza negra de tu infancia.

Creo en la Roma en que juraste un día
dar tu sangre por nuestra Libertad.
En el mar en que acampaste cuando
la Patria te confió el primer mandado.
En la ternura que le diste a Fanny
con el aliento de tu amor a prisa.
Creo en la flama de amor de Manuelita,
en la fulguración de tus soldados
y en la estampida de palomos briosos
en busca del Jinete redivivo.

Creo en la nívea pila bautismal
al fraguarte inmortal Libertador,
en la pila sagrada de Los Andes.
En el Llano que se fue contigo,
erguido fiel por nuestra libertad.
En la lealtad del corazón
del negro en llamas que inmoló la Patria.
Creo en el Mariscal en que creíste
y en la desgarradura de Berruecos.
Creo en tu arrojo que envidiaste a Piar
y en el Piar que tuviera que morir
para abrir paso a tu esperanza egregia
en medio de la lucha sin cuartel.













Creo en Petión, el de la noble mano,
al enjugar la lágrima al esclavo.
En la furiosa huracandad de Pisba,
acicate feroz de tus soldados,
en el alumbramiento de la helada,
hijo de aquél que se quedó en la cuesta.
Creo en la majestad del Chimborazo
donde de pie entendiste al viejo Tiempo.
En tu rostro desafiando el mar
cuando, lejos, clamabas por la Patria.
En los ásperos callos de tus manos
para el hambre de América harapienta.

Creo en tus brazos y en tus puños creo
desde la eternidad encabritados.
En el samán que te albergara creo,
en tus noches, tus selvas, tus caminos.
Creo en el tamarindo de Angostura
donde amarraras tu esperanza al río.
En el entrecejo de tus iras
y en el crispado acento de tu verbo.
Creo en tu hamaca, compañera fiel
en cada escaramuza libertaria.
En la orfandad de tus monturas viejas,
añorándote a ti, ¡Oh Padre Nuestro!

Creo en las plateadas herraduras,
hechizos del galope redentor.
En tu espada que atizó la gloria,
sembrando sobre sombras libertad.
Creo en Palomo y su inmortal relincho
cuando, gozoso, te sabía campal.
También en los secretos que confiabas
a tu mula Orejona y obediente.
Creo en el tremedal de Casacoima:
regazo en el delirio de tus sueños.
Creo en Pichincha y creo en Boyacá
y en Junín, Carabobo y Ayacucho.













Creo en la cruenta imagen que tenías
de aquella América rapaz del Norte.
En el recio camarada Rooke
quien a la noche le ofrendó su brazo.
En la Gran Colombia que fundaste
y en el sueño de América, la Patria.
Creo en tu pensamiento, fulminante
hoguera de visiones sempiternas.
Creo en Jamaica y creo en Angostura
donde fijaste el rumbo a nuestra América.

En la América tuya tan dolida,
ágora ayer: la comunión del mundo.
En Tinjacá y en tu Nevado perro,
en tu pobreza y tu camisa rota
para la desnudez de Santa Marta.
En el fulgurar de tu relámpago
perdido en la hondonada del vacío.
En el alarido de la noche
con la última proclama de la unión.
Creo en la redención de nuestro suelo
por tus huestes apenas comenzada.

En nuestra soledad iluminada
por tu ejército ahora clandestino.
En la reciedumbre de tu furia
amparada en melífera ternura.
Creo en tu sangre guaicaipura y éuscara,
hermana de la sangre de Lautaro,
¡Oh Fénix trashumante, la esperanza
de los partos solares por venir!


















Creo en la Guerra de Tupac Amaru,
la Guerra a Muerte que empuñara el Ande.
En Martí cuando corrió a buscarte
en la noche sangrienta de tu América
y en la montaña que soñó tribuna,
entre relámpago y furente rayo,
y un manojo de pueblos en tu puño,
rendidos los tiranos a tus pies.
Creo en el Che, en Camilo y en Sandino
para tu valentía encarnaduras.
Creo en todos los hijos de la Tierra
capaces de fraguar la nueva aurora.

En la hospitalidad de estas neblinas
creo, remanso de tu luengo insomnio.
Definitivamente creo en Ti,
¡Omnipotente Padre de la Patria!
Y aunque tú ya una Patria nos dejaste,
creo en la Patria que nos falta hacer.
Creo en ti, ¡Adalid de Libertad!
Desde estos ventisqueros de los Andes,
donde una América de pie te espera
para salir a libertar más patrias
así tengamos que retar a Dios
con tal de no seguir arando el mar.




Rubén Darío Becerra, Poeta Sideral






Rubén Darío Becerra, Poeta Sideral
Pablo Mora

En ocasión del Foro del Artista, del Poeta Rubén Darío Becerra, hoy miércoles 17 de marzo, a partir de las cinco de la tarde, en el Museo de Artes Visuales y del Espacio del Táchira (MAVET).


En 1962, 63… tropecé contigo, cuando caíamos a La Plaza Sucre por caminos distintos, a la carrera diez con calle siete de esta Villa de San Cristóbal, con nuestras mismas alboradas. Tú, con tus insistentes permanencias en la Araucanía; yo, recién salido de la fidelísima abstinencia de un Seminario… Al momento, junto con Juan Michelangeli, José Campos Biscardi, Jesús Alviárez Hurtado, Freddy Pereyra, Myriam González, Ulacio Sandoval, Hugo Mendoza, Luis Castro Medina, Agustín Guerrero Marciales, Salvador Weg, Luis Rafael Olivera, Elio Jerez Valero… y nuestro Comandante Carlos Guerin o Rafael Guerrero, nos dimos todos a la sombraluz de aquella memorable CUEVA PICTOLÍRICA a revisar la “Balada del Preso Insomne” de Leoncio Martínez, magistral en la historia de nuestra lírica, por su sobriedad, por la eficacia estética con que fue elaborada. Resumen de viril amargura; testimonio supremo de pasión por la patria. Grito de protesta contra la permanente violencia antepuesta a la realización de nuestro destino colectivo. Máximo poema civil venezolano, cédula de eternidad del autor.

El que comenzaba:

Estoy pensando en exilarme,
en marcharme lejos de aquí,
a tierra extraña donde goce
las libertades de vivir.



El mismo que finalizaba:

¡Ah, quién sabe si para entonces,
ya cerca del año 2000,
esté alumbrando libertades
el claro sol de mi país!

Lo cierto fue que en cuanto Movimiento Cultural, Literario, el de la CUEVA PICTOLÍRICA fue real testimonio poético encarnado en el suelo tachirense, signado por la sobresaliente vivencia y la fraternidad entre sus miembros, a diferencia de los movimientos posteriores, que contaron con una mayor producción y disciplina en nuestro medio. Como un solo hombre nos lanzamos, ensimismados, como quien recibe la tremenda revelación astral, la misma de la que haces alarde al sentirte y calificarte Poeta Sideral.

Homo-Tractores como acostumbrabas llamar al Grupo, tenías todo el acierto en la nominación dentro de nuestras BOHEMIADAS —como llamamos a alguna de las Páginas Literarias por las que respondimos—.

Homo-Tractores en cuanto a que quizás como pocos intentos culturales en nuestra región, el nuestro se encargó de hurgar en la Poesía y la Verdad, en la Literatura y el Compromiso, en el Pedir la Palabra, fieles intérpretes del momento y del mundo que cayó en nuestras manos.

Nos interesaba ante todo responder por el binomio Poesía y Pueblo. La poesía que va al entorno, al pueblo, sin necesidad de que el poeta se lo proponga. Sin forzar la barrera, ella tarde o temprano irá a todo el mundo. Y, así, se explican manifestaciones como La Peña Manuel Felipe Rugeles, contemporánea a la Cueva, con la que tuvimos feliz y fraterna confrontación. El Grupo El Parnasillo y más recientemente ZARANDA de felicísima memoria y mayor fruto, suscrito por sus Quince Pletóricos Volúmenes.

En una y otra faena, en una y otra vivencia, convivencia, evento cultural de estos cincuenta años transcurridos, Rubén Darío, como el astro de Nicaragua, siempre anduvo y anda entre nosotros, con nosotros. Amigo del Arte y la Poesía, Amigo del Hombre, como lo ratifica Freddy Omar Durán, tiene toda la razón de afirmar ante los tantos vientos y las innúmeras galaxias celestiales en que mora: “La historia de mi vida es la historia de los artistas y la historia de los artistas es la historia de mi vida; ninguna de las dos se puede desligar, siempre existirá esa reciprocidad”.

Ciertamente, su experiencia vivencial, existencial, en tierras del Sur, de Chile propiamente, le convenció de que la Poesía es Subversiva —como lo pensaba el Gran Neruda— en tanto arremete, en todos los órdenes, contra las convenciones estatuidas por una determinada sociedad.

Como lo sustentaba Sartre —quien sí sabía para qué sirve la poesía— Poesía para el compromiso, porque quien escribe debería ser un soldado armado para protegerse de la muerte con pistolas cargadas, capaces de hacer que cada hombre tuviese que inventar cada día su propio día.

Todo, bajo el granado trigal de la noche insomne, rumorosa de viento alto y de luceros, la misma que a las costas de la divina antigüedad nos ata.

En fin, si para alguno de nosotros sembrar la nieve a la luz de un apamate ha sido su mejor poema o asistir a la desembotonadura de una rosa a media noche allá en la Cueva, para nuestro Rubén Darío, sumergido entre libros, caminos y días entre la plástica y la vida —vivo todavía— quien se prepara para dar con su poema de madurez, pensamos que la cosecha del pan diario ha sido su poema victorioso, su obra maestra.

Para el prototipo de todo camarada. La camaradería en pie de amigo. Orgullosamente tímido, reciamente orgulloso, quien anda entre nosotros todavía, quien llora de alegría por la vida: ¡Un vaso de bon vino!

¡Ruge, ruge, Rubén! ¡Que Rafael está aquí con nosotros y contigo!

Sabedor de que su compromiso era con su tiempo, con los hombres y con el mundo, estaba seguro de vivir en “este país que no tiene punto fijo sino los cuatro horizontes del cielo para perderse o salvarse.” Sin saber si su claro sol alumbre libertades, como lo dudaba aquél en su viril amargura.

Al fervor de una taza de té como aquellas de las cinco de la tarde allá en la Cueva al compás de la Carmen de Bizet, parece nos dijera Rafael ahora: “Llegará el tiempo en que se acabe el ‘estiércol del demonio’ y entonces la poesía venezolana su venganza.”

Porque no somos sino un poco de sueño, de luz… ascendiendo como la niebla para humedecer el día. A pesar de que sólo la soledad asolee nuestra sombra sola, solitaria.

Con todo y todo, la rueda sigue andando y el molino no deja de moler… con la misma novedad de ayer, de hoy, con la misma novedad con que mañana, después del olvido que ahora nos espera, nos demos el asombro de otro encuentro.

Las Acacias, 17 de marzo de 2010.
pablumbre@hotmail.com