jueves, 1 de abril de 2010

MEDITACIÓN DE LAS SIETE PALABRAS







2010
AÑO SACERDOTAL



SEMANA SANTA




+MARIO MORONTA R.
Obispo de San Cristóbal.








MEDITACION DE LAS SIETE PALABRAS

1. INTRODUCCIÓN.

En la Cruz se realizó la mayor ofrenda sacerdotal de la historia. Allí, con sus brazos clavados pero abiertos en un gran abrazo a la humanidad, el Sumo Sacerdote de la Nueva Alianza estaba ofreciéndose, a la vez, como víctima propiciatoria. Con su sangre derramada hasta la última gota, cual Cordero Pascual, estaba sellando la nueva alianza: esa que transformaba el corazón de piedra en el corazón de carne, donde se escribiría la ley definitiva, la del amor y de la salvación de cada ser humano.

El sacerdocio sumo y eterno de Cristo, nos enseña la carta a los Hebreos, es causa de nuestra salvación. El pecado y la muerte son derrotados. Surge así la victoria de la nueva creación, que con la resurrección, tres días después, hará explosión de luz y de vida para siempre. Horas antes, en el cenáculo, el ahora Crucificado instituyó el sacramento de la nueva alianza, el de su cuerpo y de su sangre, vínculo de unidad y de amor. Con él, en tradición transmitida de generación en generación, el pueblo de la nueva alianza podría seguir haciendo memoria viva del evento pascual. Para ello, como lo hemos meditado el pasado jueves santo, también el Señor instituye el sacramento del orden sacerdotal. Así se aseguraba en el tiempo de la humanidad y de la Iglesia que todos pudieran celebrar y participar del banquete del amor eucarístico.

El que había sido reconocido como profeta y maestro por excelencia, que además se había auto presentado como la Palabra reveladora del Padre Dios, ahora cumplía todo lo que se había anunciado en el antiguo testamento. Por eso será siempre reconocido como el verdadero profeta, pues su Palabra se cumplió de verdad al realizar la voluntad salvífica de su Padre Dios. Y lo hace ejerciendo el Sacerdocio definitivo: el que ofrecía una víctima especial –su propia vida- para conseguir la salvación de la humanidad.

Quien se había dado a conocer como el Pastor Bueno, ahora estaba demostrando que su amor era auténtico y sin límites, al dar la vida por sus ovejas. Es el pastor que no huye ante el enemigo, ya que no era un mercenario: es el pastor herido de muerte para que todos puedan tener vida en abundancia. Es el pastor que ofrece, como Abel, lo mejor que tiene, para rendir el mayor culto de alabanza a Dios.

Es el Crucificado, quien actuaba como un verdadero santificador de los suyos: fruto de su entrega es precisamente conseguir que los seres humanos pudieran ser de verdad santificados. De allí que con su entrega redentora lograra convertir a los seres humanos en hijos del Padre Dios. El mismo que había pedido al Padre horas antes que consagrara a los suyos en la verdad, derribaba el muro de división creado por el diablo, para hacer de los seres humanos auténticos hombres nuevos.

En la Cruz, Cristo se muestra verdadero sacerdote. No es un episodio anecdótico de un gran hombre. Es la prueba final y radical del amor del pastor-profeta-santificador que cumple con la misión redentora que ha recibido del Padre. En la Cruz, Cristo se manifiesta como el testigo fiel del Padre Dios: delante del Padre entrega junto con su vida a toda la humanidad, para que empiece a disfrutar del fruto de la salvación. Delante de la humanidad, Cristo aparece como el mediador que consigue derribar muros para convertirse en el Pontífice que tiende el puente de su mediación; con él logra restablecer la comunión de la humanidad con el Padre.

Desde la Cruz, Jesús se nos muestra como el verdadero servidor: no el que vino a servir, sino a dar la vida por todos. Es el siervo sufriente que consigue la consolación de la humanidad… Y todo por amor. Es su amor de sacerdote, de pastor bueno, de maestro de la verdad, el que se impone… Y lo hace como ofrenda sacerdotal.

En la Cruz, Jesús pronuncia pocas palabras. En parte, debido al cansancio y el dolor… en parte porque tiene pocos oyentes… en parte porque ya está llegando al fin… en parte porque es su mismo sacrificio la mejor predicación como profeta. Pero son palabras que nos pueden y deben inspirar luces para el camino a seguir. En este AÑO SACERDOTAL, convocado por el Papa Benedicto XVI, les invito a que las meditemos precisamente en clave sacerdotal: son palabras sacerdotales pronunciadas por quien se mostró en la Cruz como el Sacerdote de la nueva alianza. Son palabras para ser escuchadas con sencillez y fe. Son palabras del Señor en la Cruz…















2. PALABRAS DE ENTREGA SACERDOTAL.

A.
Todas las palabras de Cristo en la Cruz son importantes. Pero las más definitorias de su misión son las últimas. Con ellas se sellaba el cumplimiento de la voluntad salvífica del Padre y la realización de las promesas ofrecidas desde antiguo. Son palabras de donación plena. Por eso, son palabras de entrega sacerdotal. Era el momento supremo, el de la donación de la propia vida como el pastor bueno por sus ovejas, toda la humanidad.

En un gesto final, el moribundo de la Cruz coloca en las manos del Padre la víctima que ofrece el Sumo y Eterno Sacerdote: su propia vida por la salvación del mundo. Son las palabras de quien confía que la donación será recibida por el Padre Dios: En tus manos, Padre, encomiendo mi espíritu.

Cualquiera podría afirmar que se trata de unas palabras que finalizan una historia como buscando no quedar en el olvido. Sin embargo, son las palabras de quien ha realizado el ofertorio más importante como sacerdote; la víctima propiciatoria que es su propia vida. Lo más hermoso es que el Padre, ante el cual había sentido la soledad y el abandono, recibe en sus manos amorosas, las manos creadoras del universo, la ofrenda sacerdotal que busca ser una mediación para salvar y rescatar a la humanidad. Aquellas manos creadoras del Padre reciben la vida de su Hijo para comenzar la nueva creación. El fruto de esa donación se empezará a comprobar: con la sangre que está derramando desde la Cruz se sella la nueva alianza, y los seres humanos pueden llegar a ser hijos de Dios.

En tus manos encomiendo mi espíritu… Son palabras que sintetizan toda una existencia terrena del Hijo de Dios. Vienen a recordar el amor extremo del Padre quien lo envió para que pudiera salvar a todos los seres humanos. A lo largo de su existencia y ministerio terreno, el Hijo fue preparando este momento. Por eso, fue llamando a quienes estaban con Él, por eso se fue acercando a los más pequeños y pecadores, por eso fue dando a conocer al Padre, por eso está ahora en la Cruz. Aparentemente vencido, pero definitivamente vencedor ante el pecado, el mal y el maligno.

En tus manos encomiendo mi espíritu… El espíritu es la Persona misma de Cristo. De allí que está poniendo en las manos del Padre, representada en la ofrenda sacerdotal, en la víctima del sacrificio, la historia y la vida de toda la humanidad. Ya no hay necesidad de otros mediadores. El auténtico Sacerdote, Jesucristo, pone en las manos del Padre a todos los hombres y mujeres para que sean revestidos de una nueva condición recuperando así la condición perdida por el pecado. En esas palabras también se siente la fuerza de la encarnación del Hijo de Dios: se hizo hombre igual a todos menos en el pecado, para ofrecerse por todos y representarlos en su entrega sacerdotal de la cruz.

Es el momento decisivo para Él y para la humanidad. Por eso, cuando aparentemente ya no hay más nada qué hacer, exclama: Todo está cumplido, todo está consumado. En la entrega de la ofrenda se consigue de una vez el fruto esperado que permite la comunión más estrecha del oferente –la humanidad representada en el hombre Dios- con Dios. Es el momento en que se cumple definitivamente la promesa de los inicios de la historia de salvación. A partir de este instante, no se necesitan más promesas de salvación, pues todo está cumplido, todo está consumado…

Sí, todo está cumplido… entonces, como nos enseña el autor de la carta a los Hebreos, el sumo sacerdote por excelencia se convierte en la causa de la salvación de la humanidad. El que es perfecto nos introduce en el camino de la perfección. Así se nos abre el camino de la novedad de vida que, con la fuerza del Espíritu, la humanidad ha de transitar si quiere alcanzar la plenitud.

Sí, todo está cumplido… a partir de ese instante redentor, cada uno de nosotros ha podido convertirse en el hombre nuevo –mujer nueva- identificado con Cristo. Así adquirimos una nueva condición, la de los hijos de Dios y ciudadanos del cielo. Como nos enseña Pablo, nos sumergimos en su muerte para luego resucitar con Él y así participar de la plenitud de la misericordia del Padre Dios.

Sí, todo está cumplido… para eso ha venido el Salvador al mundo. Para eso, la esperanza alentada por los profetas del antiguo testamento iluminaba el camino del pueblo de Dios… sencillamente para disfrutar de ese cumplimiento por parte del sacerdote eterno, Jesucristo. En su ofrenda y entrega sacerdotal, esta Palabra viene a indicarnos que ya se dio, de una vez por todas, la salvación de la humanidad. Incluso se ha recibido el fruto de esa mediación y entrega sacerdotal.

El todo está cumplido… se consigue con la entrega de Cristo al Padre… De allí que esta palabra de Cristo en la Cruz se conjugue con la otra en tus manos encomiendo mi espíritu. Cumplimiento en la entrega de las manos del Padre que recibe generosamente la víctima sacrificada y cuya sangre sella la nueva alianza.

B.
Al darnos la nueva vida, gracias a su entrega sacerdotal, comenzamos a participar de una realidad también nueva: formamos parte del pueblo de Dios, pueblo sacerdotal. Este pueblo se identifica con el sumo y eterno sacerdote, y sus miembros, gracias al bautismo, se convierten en hostias vivas, sacrificio agradable a Dios. Cada uno de los creyentes discípulos de Jesús son miembros de la Iglesia, que ha recibido de su Señor la misión de evangelizar y realizar el verdadero culto en espíritu y verdad.

En esta línea, al pueblo sacerdotal de la nueva alianza le ha correspondido no sólo anunciar, sino también conmemorar en la cotidianidad de la vida la ofrenda sacerdotal de Jesús, así como los frutos de l dicha entrega sacerdotal. No en vano, el Concilio Vaticano II identificó a la Iglesia como sacramento de salvación. Todo lo que hace la Iglesia es proyección de la acción pascual de Cristo, y como pueblo sacerdotal celebra y proclama con entusiasmo los frutos de la acción sacerdotal de Cristo en la Cruz y con la resurrección.

Por medio del testimonio decidido y entusiasta de los discípulos de Jesús, es posible que muchos comiencen a decidirse por la salvación. Como hostias vivas que se ofrecen continuamente al Padre, los cristianos logran que también tanto ellos como los destinatarios de su misión gocen de los beneficios de la redención. Para ello, por supuesto cuentan con la gracia y el don del Espíritu Santo.

En todas partes y en todo momento, por el compromiso bautismal, los discípulos de Jesús tienen el deber evangelizador de anunciar que todo está cumplido… Y, a la vez, con su decisión y valentía en el testimonio, ayudan a no pocos a conseguir que entren en las sendas de la plenitud, fruto de ese cumplimiento aclamado por Cristo en la Cruz. Es por la caridad y la acción apostólica de los cristianos en comunión dentro de la Iglesia como se va extendiendo las consecuencias del todo está cumplido…

Son muchas las formas de hacerlo, son muchos los métodos que se pueden emplear, pero es con la acción del Espíritu como se logrará todo ello. Por ser fieles a Cristo que los ha asociado a Sí y los ha incorporado en el pueblo sacerdotal, los cristianos cooperan de manera variada para que se siga haciendo sentir la Nueva Creación en el mundo contemporáneo a ellos. El compromiso por la justicia y la paz, así como la continua renovación moral de la sociedad y la promoción de un desarrollo integral, son expresiones de la acción sacerdotal del pueblo de Dios. Pues no sólo permiten que se siga ofreciendo a Dios el fruto de la tierra y del trabajo de los hombres, sino que también se hace sentir en ellos los frutos conseguidos mediante el Sacerdocio de Cristo Redentor. Es una manera concreta de hacer partícipes a toda la humanidad del todo está cumplido.

Por otra parte, en el ejercicio del sacerdocio común de los fieles, como miembros del pueblo de Dios, les corresponde a los creyentes y discípulos de Jesús seguir encomendando y poniendo en las manos del Padre a toda la humanidad. La identificación con Cristo es tal, que los creyentes encomiendan su espíritu al Padre Dios, y así llevan a las manos misericordiosas de Dios las angustias, las esperanzas, los dolores, los anhelos, las dificultades de los seres humanos. Y puestas en las manos de Dios, se afina más y mejor el compromiso de los miembros del pueblo sacerdotal con aquellos más necesitados, los pequeños, los pobres y excluidos, los oprimidos por el pecado del mundo. No es otra cosa sino una consecuencia de aquella palabra de Cristo en la cruz: en tus manos encomiendo mi espíritu.

Por otra parte, así se pone en práctica aquello anunciado por los profetas y asumido por Jesús: misericordia quiero y no sacrificios… Es con el amor actuante de los cristianos, con el que se identifican a Cristo, como se ejerce el sacerdocio del pueblo de Dios. Y hoy, de manera particular, ésta es una asignatura pendiente en la sociedad. Ante el egoísmo y la exclusión de tantísimas personas, frente a la descomposición moral existente y que conduce a muchos a la degradación personal, y que se manifiesta en cantidad de hechos contrarios al designio de Dios, la acción de los cristianos debe ser la misma que el Señor asumió en la sinagoga de Nazaret: dar vista a los ciegos, liberar a los oprimidos, dar libertad a los cautivos, anunciar el evangelio a los pobres y, sobre todo, hacer sentir que vivimos en el tiempo de la gracia, en el tiempo de la salvación.

Para eso, los creyentes se identifican con Jesús y, como hostias vivas que se ofrecen al Padre, encomiendan a sus divinas manos a todos aquellos que buscan la salvación; los que quieren vivir con el ideal de las bienaventuranzas, los que se saben necesitados del perdón y de la misericordia, los que como Zaqueo han conseguido que la salvación llegue a sus vidas y a sus casas, los que como la pecadora arrepentida se deciden a no pecar más… Para ellos y muchos más, el pueblo sacerdotal les ofrece caminos que conducen a las manos amorosas del Padre. Así se cumplen hoy las palabras de Cristo en la cruz: en tus manos encomiendo mi espíritu.

Hoy somos testigos de aquel cumplimiento de la misión y entrega sacerdotal de Cristo en la cruz. Más aún, Él nos ha encomendado la misión de hacerlo sentir en todo momento y lugar. Por eso, para nosotros, como para los cristianos de siempre, cual pueblo sacerdotal que formamos, esas palabras encierran parte de nuestra identidad como discípulos de Jesús. Por medio de nosotros, por nuestro trabajo evangelizador, hacemos sentir al mundo que todo está cumplido… y encomendamos el espíritu de la humanidad en las manos del Padre Dios.




3. PALABRAS DE COMPASION SACERDOTAL.

Por ser mediador entre Dios y los hombres, y por actuar como Pastor bueno que conoce y se identifica con sus ovejas, el Sumo Sacerdote asume los riesgos y las dificultades propias de la humanidad. El Sacerdote, si se identifica con los suyos, conoce no sólo por su nombre a las ovejas, sino que también sabe de sus angustias y esperanzas, de sus dolores y regocijos…

En el momento supremo y sacerdotal de la Cruz, Jesús siente el dolor, fruto del pecado, como nos lo atestigua el libro del Génesis. Dos de sus palabras sintetizan ese dolor que siente el agonizante de la cruz, fuertemente golpeado por sus torturadores y abandonado por los suyos: siente sed de todo lo que pueda darle un consuelo; y experimenta la angustia y el vacío de la soledad. Son palabras que podríamos definir como de compasión sacerdotal: no sólo expresan un sentimiento humano de quien está en la Cruz, sino también muestran su solidaridad con tantos sufrientes de todos los tiempos… precisamente por quienes está entregando su vida.

Tengo sed, exclama el Redentor. Se han acabado sus fuerzas. Ha perdido mucha sangre. No ha comido desde que salió del Cenáculo y el sol es fuerte a esa hora… Pide un poco de agua para tener un poco más de fuerza y soportar mejor el dolor de la cruz. La respuesta no se hace esperar. Pero en vez de agua le dan una pócima amarga, más bien para quemar su garganta y para que no vuelva a pedir nada más…

Tengo sed, exclama quien convirtiera el agua en vino para mantener la alegría de aquellos esposos de Caná. Ahora no hay nadie que le pueda dar unas gotas para calmar sus dolores. Pareciera que es el premio de parte de aquellos que nunca entendieron lo que Él había venido a realizar. Pareciera que es la cuota que debe pagar por atreverse a hacer el bien nen medio de los suyos.

Tengo sed, exclama aquel que le habló del agua que salta hasta la vida eterna a la samaritana. Ahora no la tiene cerca para que le saque agua del pozo. ¿Quién sabe dónde estará? Minutos más tarde, luego de que el soldado romano le hunda la lanza en su costado, manará lo poco que le queda de sangre y agua en su cuerpo: de allí nacerán los sacramentos y la misma Iglesia a la que pertenecemos… Lo curioso es que quien pide agua, dará el agua necesaria para alcanzar la salvación.

Desde el sentimiento profundo de su cuerpo que pide se le calme la sed, el Redentor experimenta otro sentimiento no menos fuerte: la soledad. Ha sido abandonado. Los suyos huyeron, por miedo o por vergüenza. Solo quedan algunas mujeres en torno a la Madre y el consecuente Juan. La soledad es tan grande que le llega a reclamar a su Padre ante quien siente también abandono: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Mucha gente lo siguió porque era capaz de multiplicar los panes, o porque disfrutaban oyéndolo en sus enseñanzas… mucha gente lo buscó para que les sanara o les diera un consuelo. En todo momento, el mismo Maestro les hablaba de su Padre… incluso llegó a decir que verlo a Él era ver a su Padre, con quien formaba una misma cosa… Ahora está solo ante la muerte que le acosa. Aquellos que lo seguían y buscaban no estaban allí. Y diera la impresión que el Padre Dios también se olvidó de Él. Por eso exclama: Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?

Sin embargo, a pesar de la extrema soledad, como la de todo moribundo a minutos de su paso a la eternidad, el Padre no lo ha abandonado. La angustia que le había sobrecogido en el huerto de los Olivos parecía volver ante Él… Y aunque se sienta solo, sabe que está cumpliendo la voluntad del Padre Dios, es decir la salvación de la humanidad. El sabe bien que debe entregarse como víctima; Él bien sabe que su Padre la está recibiendo en sus manos; Él sabe bien que allí está entregando en soledad y pobreza de ese momento su propia vida para salvar a la humanidad; Él bien sabe que está llegando al momento más supremo de su vida terrena, precisamente rebajándose y perdiendo todo privilegio, para enriquecer con su entrega la pobreza de una humanidad necesitada de redención… al experimentar todo esto le recuerda al Padre que toda su vida la entrega para cumplir su voluntad. Es lo que quiere decir cuando exclama Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?

Sed y soledad son, para Jesús, unos sentimientos con los que puede experimentar la compasión con los suyos. En esas palabras y en esos sentimientos, asocia la sed, el hambre, los dolores y la soledad de tantos hombres y mujeres que sufren o experimentan los embates del mal y del pecado. Jesús se hace solidario y aún en medio de la soledad, se identifica con todos al pedir sed y al reclamarle a su Padre que no lo abandone…

B.
Tanto los miembros del pueblo sacerdotal como los que han sido elegidos para el ministerio sacerdotal dentro de la Iglesia, al identificarse con Cristo hacen suyas estas palabras de compasión sacerdotal. Por eso, cada sacerdote y cada creyente debe exclamar tengo sed. Sí, hay una sed inmensa de justicia. No hay sino que ver a nuestro alrededor todo lo que sucede: presos sin sentencias, asesinatos por encargo, pobreza moral que crece, niños y jóvenes atrapados en las redes de la droga y del vicio… Es la sed de justicia que reclama tanto nuestra sociedad, ante la cual se le dan pócimas amargas que lejos de calmar alargan la necesidad de atención.

Frente a todo esto, amplios sectores de la humanidad, quizás muchos de ellos cercanos a nosotros, se sienten solos. Quizás obnubilados por las candilejas del consumismo o del materialismo, o por la propuesta de falsos paraísos… Hay una soledad por todo lo alto. No valen los medios de comunicación social que, lejos de unirnos, llegan a dividirnos por criterios y opiniones, por propuestas de violencia e inmoralidad en sus programaciones… Todo sacerdote y todo miembro del pueblo sacerdotal, si de verdad está identificado con la gente a la que está llamada a ofrecer sus propias vidas como hostias agradables a Dios, sencillamente tiene que sentir el clamor de todos los que dicen Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?

Tengo sed, exclaman los niños abandonados por sus padres, las madres que ven perderse a sus hijos en la droga, el sicariato y la violencia, los jóvenes que pierden la ilusión de un futuro próspero, los ciudadanos golpeados por una delincuencia sin freno… Lo mismo exclaman tantos hombres y mujeres honestos que no encuentran respuesta cierta a sus esperanzas, sencillamente porque predomina el deseo de venganza y de odio, o la corrupción que se hace presente en todos los ámbitos públicos y privados… Lo mismo exclaman los hijos que no logran nacer porque son abortados; los que son secuestrados y vendidos al mejor postor; o los que son corrompidos envenenados por propuestas inmorales que conducen a la prostitución a la homosexualidad y a la descomposición moral…

Todos ellos deben encontrar en la Iglesia, pueblo sacerdotal, el eco de sus clamores. Y aunque sientan abandono y soledad, debe recibir la caricia de la solidaridad y de la compasión para que puedan levantar su cara con dignidad. En los momentos difíciles que atraviesa la humanidad, sencillamente, la Iglesia y los sacerdotes, dentro de ella, deben ser como luces que iluminan el camino. Con su compromiso de comunión y con su responsabilidad evangelizadora, deben hacer sentir la fuerza del amor misericordioso de Dios… así podrán exclamar con la certeza de tener a Dos cerca Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?

El pueblo sacerdotal –identificado a Cristo Sumo y Eterno sacerdote- y en él, los ministros del Señor, deben tener los mismos sentimientos de Cristo. De estas palabras en la Cruz han de aprender que se debe tener compasión sacerdotal. Tener compasión no es sentir lástima. Esta no es una actitud ni humana ni cristiana. Tener compasión es compartir el sufrimiento, el dolor… pero no como si se soportara una carga inútil. Todo lo contrario, más bien con el sentido de fuerza que da el actuar en el nombre del Señor. Tener compasión es compartir el dolor, pero para superarlo. Es asumir las soledades de los demás, pero para convertirlas en comunión y en solidaridad.

Entonces, cuando la gente exclame tengo sed, ese pueblo sacerdotal hace suya la sed… para saciarla y no con vinagre, sino con el agua que salta hasta la vida eterna. Entonces, cuando la gente siente la soledad y no encuentra a Dios por ninguna parte, ese pueblo sacerdotal hace suya la exclamación Dios míos, Dios mío ¿por qué me has abandonado? no para hundirnos en la desesperanza, sino para buscar juntos al Dios de la vida y del amor que todo lo puede y que es capaz de seguir liberando a su pueblo del yugo del egoísmo y del pecado del mundo.

Tengo sed… Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?... lejos de ser un quejido, constituyen el proyecto de vida de todo sacerdote y del pueblo sacerdotal: el del Buen Pastor que salió en la búsqueda de la oveja perdida y cansada… para conducirla a los pastos seguros de la salvación… Constituyen el desafío de estar comprometidos con la construcción de la comunión entre los hombres y, particularmente la Iglesia… así podremos afirmar lo que decían los primeros cristianos: que nadie pasaba necesidad pues todo lo tenían en común… Ambas palabras, de compasión sacerdotal, nos retan… La garantía que poseemos para asumir ese reto ha sido el triunfo sacerdotal de Cristo en la Cruz.

























4. PALABRAS CON FRUTOS SACERDOTALES.

No se es sacerdote para cumplir con un oficio secular o una profesión, aunque pueda tener caracteres religiosos. Se es sacerdote para cumplir con lo que ello significa: ser profeta-pastor-santificador. Desde esta perspectiva, entonces, el sacerdote ejerce un ministerio con unas consecuencias muy concretas. El autor de la carta a los Hebreos habla del Sumo Sacerdote que se dedica a las cosas de Dios en medio de los suyos y para ser causa de salvación. En esto último se sintetiza la acción sacerdotal.

Desde la Cruz, el Señor ejerce la mayor muestra de su ser sacerdotal: como mediador entre Dios y la humanidad, ofreciendo una Víctima especial, que es su propia persona; para así, obtener un fruto: la salvación-liberación de los seres humanos. En la Cruz, algunas de las palabras que pronuncia el Señor hacen referencia a esos frutos sacerdotales que tienen que ver con la misma salvación. Son palabras sacerdotales, como las otras que pronuncia.

De hecho, la primera palabra que pronuncia Jesús en la Cruz habla de uno de los fines de la redención y ya indica el primer fruto de su misión sacerdotal: Padre, perdónales porque no saben lo que hacen… Frente a quienes le han acusado y torturado y que en ese momento lo retan porque está clavado en la cruz indefenso e inmovilizado, el Señor no manifiesta ni odio ni rencor; todo lo contrario, pues pide perdón de parte del Padre. Y hasta los justifica: porque no saben lo que hacen… Quien predicó el perdón y el amor incluso a los enemigos no podía hacer menos. Por otra parte una de las consecuencias de su ejercicio sacerdotal de Buen Pastor era precisamente conseguir el perdón de los pecados. No en vano el Bautista lo presentó como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Al cumplir la voluntad del Padre, a su vez, estaba consiguiendo lo que el Padre había prometido desde antiguo: la reconciliación con la humanidad. Desde la Cruz, el sacerote y Víctima estaba consiguiendo uno de los frutos de su ministerio, expresado en esas palabras llenas de amor y compasión: Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen…

Minutos más tarde, enfrenta el reto de uno de sus compañeros de suplicio, quien le increpa pidiéndole que haga venir sus huestes para liberarlo a Él y a ellos. Pero el otro compañero, a quien conocemos como el buen ladrón, le dice otra cosa. Quizás porque ha descubierto quién era aquel extraño compañero que estaba crucificado junto con ellos… entonces le hace una petición muy precisa: Acuérdate de mí cuando estés en tu Reino. La respuesta no se hizo esperar y está en sintonía con la primera palabra de perdón: es la palabra del premio, para lo cual se ha ofrecido como víctima suprema en el sacrificio de la Cruz. Son palabras sacerdotales que hablan de una consecuencia clara y directa: Hoy estarás conmigo en el Paraíso… Palabras que hablan de la consecuencia y del fruto de la entrega de Jesús. Todo sacrificio sacerdotal, que es un acto de mediación, quiere conseguir un fruto, una consecuencia. En sintonía con la promesa de Dios Padre, con lo que había anunciado Jesús, esta palabra está indicándonos que es cierto todo eso ofrecido por Jesús. El se había presentado como el Camino y la Verdad que conducen a la vida eterna, como la Palabra de vida eterna y el Pan también de vida eterna… No hay que esperar mucho más: en el hoy de la cruz se le ofrece al ladrón bueno y arrepentido que entrará en el paraíso, es decir en la vida eterna. Para cada uno de nosotros, esa palabra es una garantía. Jesús no tuvo que esperar siglos para que se diera lo que había ofrecido y presentado como meta. No, sino que en el mismo momento de su entrega se cumplía todo y se hacía realidad la voluntad del Padre que quería la salvación de todos. Así lo subraya la palabra sacerdotal de Cristo en la Cruz: Hoy estarás conmigo en el Paraíso…

La otra palabra de Cristo, llena de inmensa ternura y de la cual podemos sacar muchísimas reflexiones, nos habla de otro fruto sacerdotal. Jesús ve a su madre y la entrega al cuidado de Juan, el discípulo amado; y a Juan lo entrega como hijo de la Madre. Entre muchas consecuencias, esta palabra nos habla de la preocupación de Jesús por la humanidad y por eso crea un vínculo de comunión. La entrega de María a Juan como Madre y del discípulo como hijo habla de comunión en el amor. Es una figura de la comunión eclesial. La Iglesia, misterio de comunión, es fruto de la víctima sacerdotal al Padre Dios. Es lo que encierran esas palabras sacerdotales y hermosas: Mujer, he ahí a tu hijo; hijo he ahí a tu madre. Un fruto cierto de la mediación sacerdotal e la comunión entre Dios y la humanidad. Pero, en la visión de Cristo, que cambia toda perspectiva antigua, no se puede dar comunión con Dios si no hay una comunión efectiva entre los seguidores del Señor, y de ellos con los demás, seres humanos. No en vano, Jesús nos consigue la gracia de ser hijos de Dios… y como tales, somos hermanos nacidos de la Cruz. Al pedirle a Juan que cuide de su Madre, y a su Madre que lo reciba como hijo, además de todo lo que ello significa humanamente, está abriendo la nueva dimensión de la vida de los creyentes. La comunión entre todos es fruto de ese sacerdocio supremo que en la Cruz nos dio la vida nueva. Nos lo indican esas palabras pronunciadas sacerdotalmente: Mujer, he ahí a tu hijo; hijo, he ahí a tu madre.

B.
El pueblo sacerdotal que ha sido convocado para actuar en nombre de Cristo, así como los ministros consagrados por el sacramento del Orden sacerdotal, encuentran en estas palabras algunas luces para su actuación y su quehacer cotidiano. También lo que cada uno hace como creyente y como sacerdote debe producir frutos de salvación. No somos simples espectadores o simpatizantes de un Señor que hizo grandes prodigios: como miembros de la Iglesia formamos parte del pueblo de Dios que le al encuentro de todos para anunciar el evangelio de salvación y contagiarla a todo ser humano. Como ministros ordenados cada sacerdote debe actuar en nombre de Cristo, para ser como su Señor causa de salvación; no es un gerente o profesional de lo religioso. Es “Otro Cristo” que actúa configurado Él para la salvación de los hombres.

Tanto el pueblo sacerdotal de la Iglesia como cada ministro sacerdote son constructores de la comunión. Ellos hacen realidad lo que Jesús le pide al Padre en su oración sacerdotal: Que ellos sean uno como Tú y Yo, Padre. Es una comunión que se edifica y se proclama. El Venerable Juan Pablo II nos enseñaba que la Iglesia es continua escuela de comunión. Por eso, la palabra que Jesús dirige a María y a Juan desde la cruz inspira la actuación de cada sacerdote y de todo miembro del pueblo sacerdotal: Mujer, he ahí a tu hijo; hijo, he ahí a tu madre… En esa invitación a Juan a recibir y preocuparse por María, y en ese pedido a María que sea madre de Juan, se sintetiza la acción que edifica comunión eclesial. Cada uno de nosotros debe recibir a tantas “Marías” como madre; y ellas a tantos hijos como Juan. Para eso, se debe fomentar la fraternidad y el encuentro en el diálogo permanente. Así se conseguirá lograr uno de los objetivos del Pastor Bueno: hacer que todos formen una sola grey bajo un solo Pastor. Se trata de una comunión incluyente. Para Dios no hay acepción de personas solían insistir los apóstoles en sus primeros discursos evangelizadores. Tampoco en la cruz hay exclusión: Jesús entregó su vida por la salvación de todos. La Iglesia es sacramento de comunión y salvación. Ambas realidades marchan unidas de las manos. Es función y tarea sacerdotal fomentar, conseguir, sostener y promover la comunión. Es lo que Cristo nos enseñó con su palabra: Mujer, he ahí a tu hijo; hijo, he ahí a tu Madre.

Como parte de ese compromiso de crear y sostener la comunión, la Iglesia ha recibido un ministerio también de corte sacerdotal: como nos lo enseña Pablo en la segunda carta a los Corintios, ha recibido el ministerio de la reconciliación. Dicho ministerio es presentado como la nueva Creación… Para conseguirlo, nos enseña el Apóstol en la carta a los Efesios, hay que hacer como Cristo, derribar el muro de división existente y crear al hombre nuevo a imagen de Jesucristo. Reconciliar implica algo que es fundamental: el perdón. La Iglesia, pueblo sacerdotal, y los ministros sacerdotes han recibido esta tarea: salir al encuentro de todos y promover el perdón. No es otra cosa sino la derivación de aquella primera palabra del Crucificado: Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen… No resulta fácil, pues todavía hay quienes siguen pensando que se debe perdonar únicamente hasta siete veces… o que hay que vengar cualquier ofensa… o destruir a quien se considere enemigo. Todo esto es triste consecuencia de no haber superado el “ojo por ojo y diente por diente”, sin haber entendido que con Cristo se ha impuesto la ley del amor. En medio de un mundo que tiene criterios antievangélicos, estando en él pero sin ser de él, los miembros del pueblo sacerdotal deben ser constructores de la paz que viene de Cristo y que pasa por el perdón de todo aquel que sea destructor del bien. La Iglesia tiene que llamar a la conversión y luchar porque se dé. Para ello, sin más condiciones que la del amor fraterno que todo lo puede y reconcilia, debe hacer sentir los efectos de aquella palabra sacerdotal del Crucificado: Padre, perdónales porque no saben lo que hacen…

En esta línea, los sacerdotes y el pueblo de Dios tienen que salir al encuentro de los hermanos para garantizarles que también pueden ser partícipes de la libertad de los hijos de Dios. Con la certeza de lo que creen y viven y al acercarse a todos para brindarles la luz del evangelio, al igual que el pastor bueno va en rescate de la oveja perdida, el pueblo sacerdotal tiene que repetirle a los que van convirtiéndose hoy estarás conmigo en el paraíso… Recordemos que gracias al testimonio y entusiasmo de los primeros cristianos, eran muchos los que se unían al camino de la salvación. En especial, hay que seguir el ejemplo del Maestro quien no dudó en comer con los pecadores y los excluidos. Nunca se negó a ellos y consiguió que muchos dieran el cambio de su vida hacia su seguimiento. De igual manera, hoy más que nunca la Iglesia ha de acercarse a los que están más alejados para anunciarles el camino de la novedad de vida y salvación, y acogerlos con el abrazo amoroso que distinguió al padre de la parábola del hijo pródigo. Es mucha la gente que anhela sentir el amor de Dios mediante el gesto sacerdotal despueblo de Dios: gesto que ofrece la salvación, gesto que rescata a muchos del camino oscuro, gesto que muestra que se actúa en el nombre de Dios. Alos alejados, a los pecadores, a los excluidos por la injusticia o por el desamor, hay que hacerles sentir que ellos también pueden y deben tener un corazón abierto a la misericordia de Dios. Para ellos, la Iglesia, pueblo sacerdotal y sus ministros sacerdotes, debe hacer sentir la fuerza, la energía y la frescura espiritual de aquella palabra de Cristo en la Cruz: hoy estarás conmigo en el paraíso…










5. CONCLUSION.

Hemos meditado las siete palabras de Jesús en la Cruz desde un horizonte peculiar, aprovechando el AÑO SACERDOTAL convocado por el Papa Benedicto XVI. Hemos tenido la oportunidad de recordar que somos pueblo sacerdotal al que pertenecemos por el bautismo. Y, a la vez, que dentro de él hay ministros consagrados que se han configurado a Cristo Sumo y Eterno Sacerdote, para actuar en su nombre. La finalidad del sacerdocio de la nueva alianza es hacer memoria viva de un Dios hecho hombre para darnos la salvación. Esto ha supuesto, como bien lo sabeos, la donación personal de ese sacerdote y víctima a la vez.

Pero esta meditación no debería quedarse sólo en este encuentro sino que nos debe motivar a una toma de conciencia y actitud. Conciencia de nuestra participación activa en el sacerdocio común de los fieles; actitud de ser hostias vivas que nos ofrecemos al Padre para hacer realidad su voluntad de salvación para la humanidad, actuando en nombre de Cristo. Nos corresponde tomar conciencia de la importancia y necesidad del ministerio sacerdotal que se confiere a quienes han sido llamados y consagrados para ello mediante el sacramento del Orden.

Como siempre, la humanidad necesita del ejercicio de ese sacerdocio de Jesucristo, pues sigue requiriendo de su amor generoso que salva. Esto nos obliga a entender que no podemos dejar para más tarde la tarea encomendada. Nuestra gente –y nosotros mismos- está golpeada por las secuelas del pecado del mundo. No pocas veces se quieren imponer los criterios del mundo como si fueran los verdaderos y sanadores. Peor aún, se quiere presentar una nueva ética: si la mayoría lo hace, aunque no concuerde con los principios fundamentales de una conducta sanamente moral, es bueno y aceptable. Es lo que pretenden muchos medios de comunicación social al implementar corrientes de opinión que van en contra de la dignidad humana, o que atentan contra la verdadera moral. No importan los principios fundamentales, pues ellos imponen unos pocos pseudoprincipios… para manipular.

Por eso, vemos como se defienden el aborto, el matrimonio homosexual, la manipulación genética, la discriminación contra los inmigrantes, el desprecio de los que menos tienen… Con esa pseudoética que justifica el “vale todo” como senda para la actuación humana, se justifica la corrupción como algo normal y estructural de la persona humana; se alaba y celebra la caída del miro de Berlín, pero se justifica sin más el levantamiento de otros muros contra inmigrantes (que son seres humanos) o contra pueblos que luchan por su legítima supervivencia. Por esa pseudoética crece un mal concepto de sociedad del bienestar dominada por el consumismo, el revanchismo económico, el desprecio del otro y la búsqueda desaforada del poder opresor… La descomposición social se describe como destape y se pretende entender como algo normal de una sociedad que avanza a un modernismo. Más aún, a la Iglesia y a quienes deciden ir por la vía de los principios, se les acusa de anti-modernos, desfasados y perdidos en el espacio.

Frente a este mundo que mantiene vivos sus deseos de alejar de Dios a la humanidad, se presenta Jesús como la respuesta a todas las interrogantes. No sólo por su enseñanza, sino sobre todo por su Persona. El no sólo enseñó, sino que dio la vida para destruir la oscuridad; no sólo hizo el bien, sino propuso la ley del amor fraterno… y dio el ejemplo supremo al hacer la ofrenda sacerdotal de su existencia para darnos la salvación. Como enseña Pablo, para esto nos dio la liberación Jesús, para ser libres.

Las siete palabras de Cristo en la Cruz nos ayudan a descubrir muchos caminos para alcanzar y contagiar la libertad de los hijos de Dios conseguida por el Sacerdote y Víctima. Meditarlas no debe quedarse en un mero ejercicio de retórica o de atenta escucha. Más bien debe animarnos a asumir el desafío de continuar la obra de Cristo. Por eser bautizados, sumergidos en su muerte y resucitados co Él, podemos afirmar con Pablo No soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí (Ga. 2,20). El mundo y la sociedad de hoy esperan nuestro compromiso, nuestro testimonio, nuestra ofrenda en nombre de Cristo. No hay que dejarlo para más tarde… Esas palabras de Cristo en la Cruz no se quedaron allí en El Calvario. Alcanzaron más plenitud con la resurrección de Cristo que rompió la oscuridad e hizo explotar la luz

Así como en la sinagoga de Nazaret, al asumir la tarea que le había encomendado el Padre con la unción del Espíritu, Jesús indicó que en su “hoy” (que se sigue prolongando en el tiempo de la humanidad) se cumplía todo eso. Con su muerte y resurrección ese cumplimiento llegó a la perfección… lo más apasionante es que nos incorporó a El para que fuéramos, a su imagen, testigos fieles del Padre salvador en medio de nuestros hermanos. Nos corresponde la palabra… Ojalá que sea como la de María: Hágase en mí según tu palabra.




VIERNES SANTO






2010
AÑO SACERDOTAL



SEMANA SANTA




+MARIO MORONTA R.
Obispo de San Cristóbal.





VIERNES SANTO

En esta tarde conmemoramos el acto supremo de Jesús. Abriendo sus brazos realiza la entrega al Padre por la salvación de la humanidad. Ya no hay vuelta a tras. Ha caminado los caminos de su pueblo, ha hecho el bien, ha hablado palabras de vida eterna… ahora está solo ante la muerte cercana. Y aunque reclama que su Padre lo ha abandonado, sabe que está allí junto a él, recibiendo su ofrenda de amor.

El momento es más que solemne. No hace caso de los insultos, ni siquiera del desprecio cuando en vez de agua le dan una pócima amarga. Siente el dolor de la madre traspasada por una espada en su corazón maternal, pero aún así no la deja sola, pues la entrega al discípulo amado. Es el momento supremo en el que se ofrece como víctima para alcanzar la redención y hacer la nueva creación.

Por eso, la Liturgia de la Iglesia lo reconoce en este día como lo que es: Jesús, el Hijo de Dios, es nuestro sumo sacerdote, que ha entrado en el cielo. El autor de la Carta a los Hebreos, nos lo recuerda. De manera sencilla nos indica que es el sumo sacerdote que se ha identificado de tal manera con nosotros, que ha pasado por las mismas pruebas que nosotros, excepto el pecado. En la Cruz es donde Jesús aparece más humano que nunca: está compartiendo ese difícil trance que nos toca pasar a cada uno de nosotros. Con la diferencia de que lo está haciendo como víctima que se ofrece por nuestra salvación.

Es un hombre que fue tomado de entre nosotros mismos para cumplir con una misión; darnos la plenitud de vida, como hijos del Padre Dios. Hoy, podemos contemplar en la cruz al sacerdote que ofrece la víctima propiciatoria al Padre; que es, a la vez, Él mismo. Podemos contemplar como esa víctima es ofrecida de manera radical, con toda su sangre y con todo su ser. Podemos contemplar, como esa acción sacerdotal que une al sacerdote con la víctima, sencillamente cumple con la voluntad del Padre Dios.

Ayer recordábamos la institución de la Eucaristía, memorial de su entrega pascual; y del sacerdocio, por medio del cual quienes han de ser elegidos para ejercerlo, hacen memoria viva de su Pascua salvadora. Hoy, ante la Cruz redentora, podemos hacer un profundo acto de fe que nos permite reconocer lo que nos quiere enseñar Jesús: que aprendió a obedecer padeciendo, y llegado a su perfección, se convirtió en la causa de la salvación eterna para todos los que lo obedecen. Es el ejercicio de su sacerdocio la causa de salvación para la humanidad. De allí que todo aquel que es configurado a El por el sacramento del Orden, se convierte también en causa de salvación para los hombres de todos los tiempos. La fe con la que nos acercamos hoy al Cristo redentor, es la misma fe con la que tenemos que verlo a Él en el ejercicio ministerial de todo sacerdote consagrado para el servicio del pueblo de Dios.

Y esa fe, nos ha de impulsar a manifestar una comunión plena con el Señor. Así nos lo enseña el autor sagrado: Acerquémonos, por lo tanto, con plena confianza al trono de la gracia, para recibir misericordia, hallar la gracia y obtener ayuda en el momento oportuno.

La conmemoración de este Viernes santo en el Año Sacerdotal nos debe motivar a contemplar, desde el misterio de la Cruz, la persona de Cristo sacerdote presente en cada uno de los ministros de la Iglesia… para así dar gracias al Padre, porque podemos alcanzar la comunión con Él a través de Cristo que actúa por intermedio de los sacerdotes de la Iglesia. También ellos se encuentran reflejados en la donación de Cristo en la Cruz.



JUEVES SAANTO



2010
AÑO SACERDOTAL



SEMANA SANTA




+MARIO MORONTA R.
Obispo de San Cristóbal.





JUEVES SANTO

Siempre se ha considerado con una gran devoción que esta del jueves santo es una tarde donde se manifiesta el cariñoso amor de Dios. Podríamos indicar también que es el momento en el cual Cristo aparece dando una especial demostración de ternura hacia los suyos. No sólo se había preocupado por preparar adecuadamente la Cena Pascual, sino que en ella vertió todo el amor de su corazón: así no sólo lo instituyó como mandato fundamental para todo discípulo, sino que también dio muestra de ello al lavar los pies de sus discípulos.

Al hacerlo, les pidió a sus discípulos que lo imitaran. Entonces, se identificarían con el Maestro que fue capaz de dar esa muestra de amor. Por algo, en el evangelio de Juan también se nos recuerda que el amor de Dios Padre fue tan grande que llegó al extremo de darnos a su Hijo para la salvación de la humanidad. Si un Maestro de la talla de Jesús podía hacer ese gesto humilde de amor con sus discípulos, significaba que ciertamente era capaz de hacer algo más por ellos. En efecto, se había desprendido de todo protocolo humano y lavó los pies; es decir no tuvo reparos en rebajarse para manifestarse como siervo y servidor de todos.

Ese gesto de amor era, a la vez, un anuncio profético del evento que transformaría la historia de la humanidad. El Maestro que se despojaba de su condición para lavar los pies es el mismo que se despoja de las prerrogativas de la divinidad para entregar su vida y morir por la humanidad. Es lo que de verdad hace radical el amor del Padre y el del Hijo: pocas horas después el anuncio de su donación se hace realidad cuando en la cruz, el Señor ofrece como sacerdote la víctima, que es, ni más ni menos, su propia vida.

Previendo lo que vendría después, para que la humanidad en el tiempo futuro pudiera participar y enriquecerse de esa ofrenda sacerdotal, esa misma noche el Señor deja otra prueba de su amor. Instituye el sacramento de la nueva alianza, mediante el cual se hace memoria viva de su Pascua. Con la eucaristía, los discípulos podrán reconocer a lo largo de los siglos que la fuerza redentora de Jesús no tiene límites en el tiempo: desde el momento de su entrega pascual, se sigue haciendo presente, para que todos puedan seguir recibiendo de manera directa y sacramental las consecuencias de su amor redentor.

El mismo cuerpo que es entregado, la misma sangre que es derramada y con la que se sella la nueva alianza, se convierten en alimento de vida para los discípulos. Al celebrarse la eucaristía, los discípulos podrán seguir reconociendo al Señor como los amigos de Emaús. Al celebrarse la eucaristía, se repite el gesto sacerdotal de Jesús hasta que se llegue a la plenitud definitiva del Reino de Dios. Y la eucaristía la instituye Jesús, no como un simple recuerdo de algo importante, sino como una comida pascual: por eso, el alimento eucarístico del cuerpo y la sangre de Jesús, además de alimentar espiritualmente al creyente, cumple con un objetivo de la mediación sacerdotal: la comunión entre Dios y los creyentes.

Ese regalo de Dios a los creyentes se ha transmitido como una tradición de generación en generación desde entonces. Para ello, el mismo Jesús hace que algunos de los discípulos, por el sacramento del Orden, puedan hacer realidad la eucaristía y, a la vez, hacer memoria viva de la Palabra y de la salvación. Esos discípulos, marcados con la fuerza y el sello del Espíritu actúan en nombre de Jesús y son configurados a Él. Desde entonces y hasta ahora, en camino a la plenitud, los ministros ordenados hacen realidad sacramental el cuerpo de Cristo, siguen perdonando los pecados y continúan el servicio del Pastor bueno, Jesús, para guiar a las ovejas al redil seguro.

Fruto del amor de Dios: eso es lo que conmemoramos en esta tarde-noche del jueves santo. El mismo mandamiento del amor es fruto del ejemplo de Jesús; con él, se aseguró ante la humanidad que su entrega era sacerdotal y se ofrecía un sacrificio para realizar la nueva creación. El lavatorio de los pies era el preludio de lo que sucedería en la cruz, horas más tarde; pero, a la vez era el prólogo de un ministerio sacerdotal que, en el tiempo, haría memoria viva de la pascua de Jesús y haría realidad el sacramento de la eucaristía.

Inspirados en los textos bíblicos y alentados por las reflexiones que en este AÑO SACERDOTAL nos van permitiendo conocer mucho más acerca del sacerdocio de Jesús y de sus ministros, podemos en esta tarde hacer un ejercicio de contemplación y de gratitud. De gratitud a Dios que nos sigue regalando su eucaristía mediante el ministerio de nuestros sacerdotes. De contemplación, al admirar nuevamente con el asombro de nuestra fe las maravillas que sigue produciendo el amor de Dios: el que con el sacerdocio se pueda continuar haciendo la memoria viva de la Pascua redentora de Jesús y de su Palabra de vida eterna, el que con el sacerdocio podamos seguir sintiendo la fuerza de la entrega pascual del Pastor Bueno, el que con el sacerdocio podamos convidarnos a repetir el lavatorio de los pies para reconocer que somos hermanos y somos capaces de seguir e imitar al Maestro en ese gesto de caridad plena.

Esta celebración vespertina de hoy, celebrada con intensidad, pero fijándonos en la ternura del amor de Dios nos permitirá reafirmar que
Somos herederos de una tradición, que la podemos seguir transmitiendo… y todo por el amor misericordioso y radical de Dios.






martes, 30 de marzo de 2010

MIÉRCOLES SANTO



2010
AÑO SACERDOTAL



SEMANA SANTA




+MARIO MORONTA R.
Obispo de San Cristóbal.





MIERCOLES SANTO

Año tras año, en la semana mayor, cada miércoles santo en Venezuela contemplamos a Jesús, el Nazareno, con su cruz a cuestas camino del Calvario. A Él acuden presurosos tantos hombres y mujeres para encontrar un consuelo, para conseguir un favor o una gracia especial y junto a ello para manifestar su adhesión de fe y amor. ¿Qué viene a contemplar nuestra gente en la figura del Nazareno?

No viene por un simple recuerdo histórico. Viene porque sabe que en esa figura se recuerda al Salvador que ha cargado con la cruz para darnos la salvación. En él se cumple lo anunciado por el profeta: que es capaz de consolar, dar fuerza al abatido, al pobre, al necesitado. A la vez, luego de haber superado la angustia del huerto de Getsemaní, -donde incluso llegó a pedirle al Padre que si era posible le quitara el cáliz que iba a beber- Jesús manifiesta que cuenta con la ayuda de su Padre.

Ha sido traicionado por uno de los suyos, como nos cuenta el evangelio que acabamos de leer hace poco. Ha sufrido el suplicio y hasta ha sido rebajado en su dignidad por el martirio recibido. Sin embargo, allí está: caminando firme hacia el Calvario, a pesar de su debilidad, que le viene por no haber comido en las horas anteriores, por los maltratos y por la angustia ante la condena a muerte… Pero, la gente se puede identificar con Él porque su camino al Calvario es una profecía: es la seguridad para los que se han decidido a seguirlo como discípulos.

Camino al Calvario, va el que ha sido despreciado pera para hacer el acto más sublime de la historia de la humanidad: la salvación. Lo hará quien es Sacerdote de verdad: como Isaac cuando iba hacia el sacrificio, Él mismo iba llevando el leño donde iba a ser crucificado. Como Melquisedec, Sacerdote, Él estaba llevando la víctima para el sacrificio, el nuevo pan de su cuerpo y el nuevo vino de su sangre. Jesús camina hacia el Calvario como sacerdote que ofrece y víctima que se ofrece.

La fe de nuestro pueblo va descubriendo en la figura del Nazareno al Salvador, al sacerdote que ofrece el Sacrificio y que, a la vez, hace de mediador. Por eso, con sencillez pero con fe, se le acompaña, se le contempla y se siente su fuerza. Ante Él, acuden muchos a pedir lo que hemos cantado en el salmo responsorial: Por tu bondad, Señor, socórrenos”. Y, a la vez, sentirán los efectos de su acto sacerdotal y pascual, como lo dice el salmista: Se alegrarán al verlo los que sufren, quienes buscan a Dios tendrán más ánimo, porque el Señor jamás desoye al pobre, no olvida al que se encuentra encadenado.

La razón de todo esto se encuentra en la misma persona de Jesús. Es el Buen Pastor que está demostrando que da la vida por sus ovejas… para salvarlas, para conducirlas al redil seguro… para convertirlas en hijas de Dios. Es el fruto de su acción sacerdotal que se realiza en la Pascua y abre caminos de novedad al sellar la nueva alianza entre Dios y los seres humanos.











sábado, 27 de marzo de 2010




2010
AÑO SACERDOTAL



SEMANA SANTA




+MARIO MORONTA R.Obispo de San Cristóbal





DOMINGO DE RAMOS

Con la celebración del Domingo de Ramos comenzamos de manera directa la Semana Santa. En ella, conmemoramos el misterio de la Pascua, es decir de la entrega e inmolación pascual del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Como tal, es la celebración de un hecho eminentemente sacerdotal. Es así, pues conmemoramos al Sumo y Eterno Sacerdote que se hizo víctima propiciatoria, para alcanzar la comunión de Dios y la humanidad, rota por el pecado de los primeros padres.

La entrada a Jerusalén no fue entendida por los jefes de los judíos. No era la entrada de un Rey cualquiera, sino de aquel que iba a inaugurar con su entrega sacerdotal el nuevo Reino. La gente sencilla, la única que puede entender las maravillas de Dios, sí co prende lo que está sucediendo. Por eso aclaman al Señor: Bendito el que viene en el nombre del Señor.

Luego de un peregrinar haciendo el bien y anunciando el Reino, con enseñanzas y acciones y signos prodigiosos, Jerusalén entra en la ciudad sacerdotal por excelencia. Es allí donde va a ofrecer el verdadero y auténtico sacrificio: la donación de su vida. Con ello, no sólo logrará restablecer la comunión con Dios, sino que inaugurará la nueva Alianza.

Con su llegada a Jerusalén, se va a cumplir la profecía, pues con la entrega sacerdotal de Jesús, se podrá confortar al abatido. Ya lo había hecho con sus palabras de vida. Ahora lo va a hacer ofreciendo su espalda y su mejilla ante quienes le van a herir y torturar. Así, por otra parte, el Redentor va a demostrar que se hizo el más pobre de todos para enriquecer a cada uno. Por eso, se hizo semejante a los hombres. Se humilló hasta aceptar la muerte de cruz. Así demostró la obediencia a la voluntad del Padre Dios.

En su acto redentor, Jesús es exaltado sobre todas las cosas. A partir de entonces, es reconocido como el Señor. Ante Él se doblará toda rodilla. Con su entrega pascual y sacerdotal, Jesús consigue la salvación y manifiesta de manera radical y decidida el poder salvador de Dios.

Nosotros, al conmemorar la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén, tenemos la oportunidad hermosa de renovar nuestra fe y nuestra comunión, con Aquel que, por otra parte, nos consiguió la comunión con el Padre Dios; tanto que nos convirtió en hijos del Padre. Al escuchar su Palabra y contemplar su entrega, podemos no sólo sentir la fuerza de la salvación, sino también el empuje de su gracia. Con ella no sólo reconocemos en Él al Salvador, sino que lo anunciamos con nuestros labios y por medio de nuestro testimonio. Es lo que tenemos que hacer en el marco de la misión evangelizadora de la Iglesia que hemos recibido como tarea. Así, junto con nosotros, los que reciban nuestro testimonio, también podrán cantar hoy y siempre Bendito el que viene en el nombre del Señor.




¿Qué es para mí el teatro?






¿Qué es para mí el teatro?
Pablo Mora


En el Día Mundial del Teatro

Al preguntárselo Jean Louis Barrault, actor y director francés, uno de los máximos exponentes del teatro del siglo XX, se respondía: Es sobre todo amor y, su contrario, muerte; es, por definición, poesía, puesto que sólo existe en el momento del acto creador. Como el amor es cita, emoción, ofrenda, elevación, don de sí, intercambio, comprensión, comunión; en fin, goce, aleluya, sacrificio, regocijo, orgía. Es a la vez místico y profano, hay en él santos y prostituidos. Va de la catedral al burdel y viceversa.
Aparece en las ceremonias mágicas de los bosques primitivos, así como en las celebraciones religiosas de la antigüedad. Aparece en el atrio de nuestras iglesias, y aparece en el acto sexual más bestial. Con acceso a lo visible y lo invisible, lo natural y lo sobrenatural, al equilibrio y la desmesura, a la carne y al espíritu, a la luz y a la sombra, es el arte más abierto y, por consiguiente, sólo puede servir a la Justicia, a la Justicia Universal.
Nada tiene que ver ni con la moral, ni con el catecismo, ni con la ley, ni con la interdicción, ni con el bien que oprime, ni con el mal que acepta, ni con posiciones tomadas, ni con el partidismo, ni con la propaganda y su explotación política. Debe mantenerse abierto a todos, testimonio o denunciador de todo aquello que estrecha, substrae, disminuye, sofoca: De todas las imposturas.
Es el Ser desnudo, la Vida pura. Desemboca en la soledad y la angustia, y trata de reconvertirlas en amor y felicidad. Entonces, se lanza en busca del hombre; por eso es nómade y misionero. Con una corona de cartón en la cabeza, una capa de brocado sobre los hombros, un fondo de color en las mejillas, una valija en la mano, vive del hombre, por el hombre y para el hombre. Recuperada su virginidad todas las mañanas, empieza a amar, a entusiasmarse por todo, a darle alma a todas las cosas y a asombrarse cuando le dan golpes. Es el único momento en que ya no entiende nada: Es todo menos adulto. Es la Vida: Eterna y efímera.
Es y debe seguir siendo a la vez el más religioso de los oficios y la más desordenada de las profesiones. Socialmente, el teatro es olvido, muerte, sueño y justicia; individualmente, es don de sí, arte de la voluntad; estéticamente, es el arte del presente, es decir, el arte carnal, magnético, por excelencia. No sólo se dirige a la vista y al oído, sino también al sentido mágico, divino: Al sentido del tacto; con sus centros emisores y sus radares. Es el Arte hechicero.
Fuera de eso, no se sirve al Teatro, sino que se sirven o nos servimos del teatro. No está hecho para acentuar aquello que separa a los hombres, sino al contrario, para volverlos a unir. No está hecho para la división, sino para la unión. No está hecho para sustentar los odios, sino para facilitar el intercambio y la comprensión.
Es necesario ante todo, que uno mismo desaparezca, dándose todo entero, se desintegre, se funda en los demás, aceptando todo, dirigiendo todo, para que al final de esa zambullida pueda reaparecer asumiendo, entonces, a los demás. Esa es, bajo formas profanas, la vocación del teatro: el don total de sí para poder asumir a los demás.
Esta, la profesión apasionada, la delirante definición del teatro que nos dejara uno de los mejores actores de todos los tiempos, el gran hombre de teatro, el actor Sol, Jean-Louis Barrault, a modo de visión de vida, de concepción del mundo, de weltanshauung, a partir de su experiencia escénica, donde yendo de lo interior individual a lo interior colectivo , la dignidad humana se debate entre deseos, desechos, rechazos, complejos, impulsos, egoísmos, salud, asombros, vicios, vida, insomnios, muerte.
En fin, -repitámoslo comprendió como hemos de comprenderlo perfectamente que el teatro es sobre todo amor y, su contrario, muerte. Es cita, emoción, ofrenda, elevación, don de sí. Intercambio, comprensión, goce, comunión. Regocijo, orgía. El ser desnudo. La Vida pura. Olvido, muerte, sueño y justicia. Comprendió que es necesario que uno mismo desaparezca, dándose todo entero, se desintegre, se funda en los demás, aceptando todo, dirigiendo todo, para que al final de esa zambullida pueda reaparecer asumiendo, entonces, a los demás. Comprendió que la vocación del teatro es el don de sí para poder asumir a los demás.


Fuente: Adorno, Theodor W. et alii: El teatro y su crisis actual . Caracas, Monte Ávila Editores, 1979, pp. 79-89.


MISA CRISMAL






2010
AÑO SACERDOTAL



SEMANA
SANTA




+MARIO MORONTA R.
Obispo de San Cristóbal.




PRESENTACION.

La hermosa oportunidad de celebrar el AÑO SACERDOTAL, convocado por el Santo Padre Benedicto XVI, enriquece, sin duda alguna, la meditación y la predicación a lo largo de la Semana Santa. Como todos los años, presentamos una propuesta de homilías y de meditación de las Siete Palabras de Cristo en la Cruz, teniendo como punto de partida la figura de Cristo Sumo y Eterno Sacerdote. El es el centro de atención de este Año Sacerdotal. Además, es su acción sacerdotal y pascual la que celebramos en estos días.

Meditar y predicar en estos días santos inspirándonos en el misterio del Sacerdocio de Jesucristo, que se realiza sacramentalmente en los ministros ordenados, nos permite a todos profundizar en esa dimensión de ofrenda viva y de donación como sacerdote y víctima que alcanza la salvación de la humanidad. No en vano, el autor de la Carta a los Hebreos subraya que es causa de la salvación de todos (Cf. Heb 5,9).

El misterio del sacerdocio de Cristo se manifiesta de manera especial en la Cruz, donde como sacerdote y víctima, se entrega al Padre para conseguir la salvación de toda la humanidad. Y luego, con la Resurrección, se completa la acción pascual y liberadora de ese sacerdote: consigue, como fruto de su muerte y resurrección, que todos los seres humanos puedan llegar a ser hijos de Dios Padre (cf. Jn 1,12).

Ofrecemos esta modesta contribución que pretende ser un subsidio y una ayuda que permitan al lector, en especial a los ministros sacerdotes, seguir profundizando en el misterio del sacerdocio en la perspectiva de la Pascua del señor Jesús. El es nuestro Sumo y Eterno Sacerdote en quien se cumple la promesa de salvación del Padre Dios mediante el ministerio con el cual “es mediador de una alianza superior y fundada en promesas mejores” (Heb 8,6)… “porque ha venido como sumo sacerdote de los bienes definitivos” (Heb 9,11).

Con la intercesión del Santo Cura de Ars y de la Madre de los sacerdotes, María Santísima, podremos meditar y vivir en nuestras celebraciones y en nuestra cotidianeidad la fuerza vital y transformadora del sacerdocio de Jesucristo, realizador de la Nueva Creación.

+Mario Moronta R., Obispo de San Cristóbal.


MISA CRISMAL

En este AÑO SACERDOTAL, siguiendo las directrices de la Iglesia, nos volvemos a reunir en torno a nuestro presbiterio para celebrar el día del sacerdocio y la consagración de los óleos santos. Como lo hemos venido haciendo desde siempre, es una hermosa oportunidad para reafirmar nuestro amor y apoyo a todos los miembros de nuestro presbiterio, quienes dentro de algunos minutos, delante de todo el pueblo de Dios acá congregado renovarán sus compromisos sacerdotales. Les invito a contemplar el misterio del sacerdocio, con el cual cada uno de nosotros es beneficiado para conseguir la gracia de Dios y continuar en el camino a la plenitud.

1.
Con la encarnación del Hijo de Dios, pero sobre todo con su entrega pascual, comprobamos la presencia de un nuevo sacerdocio: el de Jesucristo, el Salvador. Con Él, se abre un nuevo sacerdocio, el de la nueva alianza. Ciertamente ha sido prefigurado en el Antiguo Testamento, pero es nuevo y diverso. Mientras en los tiempos antiguos se pertenecía a una familia sacerdotal, con Jesús cambia la situación. Se introduce un cambio radical que hay que tener en consideración.

Jesús realiza la salvación de la humanidad con su entrega redentora, que vamos a celebrar de manera especial en el triduo pascual. Así estaremos ante una realidad única e inédita: Cristo se presenta como el Sacerdote que hace de mediador entre la humanidad y Dios. Y lo hace, siendo Dios y hombre. Como Dios está en plena comunión con el Padre; como hombre, está en comunión con la humanidad. Viene a cumplir la voluntad del Padre, que es la de salvar a todos los seres humanos.

Además de lo novedoso, por el prodigio de la encarnación, Jesús es sacerdote que ofrece una víctima propiciatoria especial: su propia vida. Así se ofrece para conseguir el perdón de los pecados, para quitar el pecado del mundo con el cual se había introducido la ruptura de la humanidad con Dios. El es el sacerdote que se ofrece como víctima para conseguir la salvación de todos. Sacerdote y víctima. Con su sangre, a la vez, se sella una nueva alianza que permite conseguir una especial comunión entre Dios y la humanidad, pues como nos enseña el evangelista Juan, todos los seres humanos hemos adquirido la posibilidad de ser hijos de Dios.

Este hecho maravilloso que Pablo denomina la nueva creación permite que todo seguidor de Jesús se asocie a Él y pueda actuar en su nombre. Como discípulos, los miembros de la nueva alianza en el también nuevo pueblo de Dios, participan de su enseñanza, de su Palabra y de su Vida, por lo cual reciben una misión especial: seguir anunciando el Reino y edificando el Reino de Dios.

2.
Cristo inaugura, con su triunfo pascual, el pueblo de la nueva alianza. Lo incorpora a su acción redentora y así cumple todos los anuncios del antiguo testamento: es el pueblo sacerdotal por excelencia. Cada uno de sus miembros, por el bautismo y la confirmación, se van identificando a Él. Así, se convierten en hostias vivas, ofrendas agradables a Dios, que actúan, con su testimonio, a favor de la misma humanidad a la que pertenecen.

El nuevo pueblo, adquirido por la sangre del Cordero Pascual –sacerdote y víctima-, hereda la condición sacerdotal anunciada en la antigua alianza. A través de sus miembros y en plena comunión con el Señor, actúa de manera sacerdotal: no sólo porque ofrece el sacrificio de la nueva alianza, mediante la acción de sus ministros, sino también porque recibe la misión de ser el puente entre toda la humanidad y Dios. Es pueblo mediador: y por él, Dios salvador se va dando a conocer y va entregando el fruto de comunión que consiguió Jesús en el altar de la Cruz: la salvación.

Con ese pueblo, ya los seres humanos se pueden acercar a Dios y adorarlo en espíritu y verdad desde cualquier parte. Gracias al testimonio decidido de los mismos cristianos, son muchos los que pueden acceder a la condición de hombres nuevos, mujeres nuevas. Es el pueblo sacerdotal –la Iglesia- que tiene en sí la inmensa tarea de ir preparando el banquete del Reino, atrayendo hacia Dios a todos aquellos que aceptan responder a la llamada divina.

3.
Para poder realizar todo esto, dentro de ese pueblo sacerdotal, hay algunos que son elegidos, no para recibir algún privilegio mundano, sino para actuar más directa y sacramentalmente en nombre de Cristo. Ellos reciben el sacramento del Orden Sacerdotal y así son configurados a Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Esto marca para siempre su existencia y así se convierten en servidores del pueblo de Dios para hacer memoria viva de Cristo y su acción redentora. Ellos salen del mismo pueblo sacerdotal al cual son destinados a servir. Por eso, San Agustín llega a afirmar que los sacerdotes son pastores de las ovejas, sin dejar de ser ovejas del Pastor Bueno, Jesús.

Los sacerdotes, configurados a Cristo, reciben las tres funciones propias del sacerdocio de Jesús: son profetas y maestros, por lo que proclaman la Palabra a tiempo y a destiempo; son Pastores, por lo que guían a su grey, conociendo a las ovejas y dejándose conocer por ellas, y, además, poniendo su propia vida como garantía ante ellas; son santificadores para hacer que todos puedan alcanzar la salvación, para ello son ministros de la Liturgia, en especial de los sacramentos y particularmente de la Eucaristía.

Como ministros ordenados están directamente al servicio del pueblo de Dios. No son profesionales de lo religioso ni gerentes de la pastoral. En los sacerdotes se aplica de una manera especial lo que Pablo afirma que debe vivir todo cristiano bautizado: “No soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20). Por el bautismo ya lo es, pero por ser configurado a Cristo Sacerdote, quien recibe el sacramento del Orden debe manifestarlo en todo momento y en todo lugar: su preocupación es la grey, su interés es la salvación de la humanidad, su riqueza es el tesoro que llevan en los vasos de barro de sus propias personas, su gloria radica en ser capaces de dar la propia vida por sus ovejas…

El sacramento del Orden, por la imposición de las manos del Obispo, les da también un poder… pero no al estilo del mundo. El sacerdote no es un hombre de poderes mundanos, ni de puestos de relevancia, ni de privilegios excluyentes… Está en el mundo pero no es del mundo: por ello, configurado a Cristo, actúa en su nombre y recibe el poder de perdonar, de reconciliar, de edificar la comunión, de ser profeta que proclama e interpreta la Palabra. Ese poder sacerdotal se resume en una cualidad propia de todo aquel que es consagrado como sacerdote: es testigo.

Como tal actúa en el nombre de Jesús. No es extraño que también se le considere “otro Cristo”. Lo da a conocer y, con el entusiasmo y la decisión de su testimonio, guía a su pueblo, sale en busca de la oveja perdida, no tiene reparo de comer con los pobres y los pecadores, tiende la mano a quien lo necesita, sana y cura a los corazones afligidos y desgarrados por el dolor… Pero, ante todo, es el Pontífice, que construye puentes entre Dios y la humanidad, los cuida y vigila y hace que muchos peregrinen por él hasta el encuentro vivo con Jesús y su Padre.

4.
Ahora bien, todo esto es posible gracias a la acción del Espíritu Santo. El es el Consolador, es decir quien da fuerza y alienta tanto la vida cristiana, como el servicio de quienes son llamados para el ministerio sacerdotal. El Espíritu Santo es la tercera persona de la Trinidad Santa que actúa en plena comunión con las otras dos personas. Es Él quien sella la vida del sacerdote por medio de la imposición de manos del Obispo, sencillo instrumento del Señor.

Lo que realiza el Espíritu Santo en cada sacerdote, en cada cristiano, es lo que conocemos como la unción. Aunque pueda ser acompañada del signo externo del aceite bendecido para ello, la unción del Espíritu no es otra cosa sino la dedicación y la consagración para un fin, para una misión. El fin es la salvación, la misión es la evangelización, de la cual es el primer protagonista. El Espíritu actúa internamente en la persona del que es ungido. Y la unción no es para un momento o para una coyuntura determinada: es para siempre. Por eso, otorga unos dones, con los que el ungido y consagrado actúa, amén de otros carismas que regala y ofrece en beneficio no de unos pocos sino de todo el pueblo de Dios. Actúa internamente para manifestarse en la conducta y testimonio del consagrado. Por eso, como lo hemos aprendido en el catecismo, quien se deja guiar por el Espíritu produce unos frutos especiales, que reafirman la tarea de discípulos y testigos del Señor.

5.
En el caso de los sacerdotes (diáconos y obispos), luego de la imposición de las manos del Obispo, por la oración consecratoria, ellos reciben el don del Espíritu Santo. Es un don permanente, para siempre: por eso se indica que el sacramento del Orden imprime carácter. Es decir, sella para siempre la vida y ministerio de quien lo recibe: no es otra cosa sino la configuración a Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote.

Para poder actuar en nombre de Cristo y también de la Iglesia, el sacerdote cuenta con la fuerza del Espíritu Santo que lo guía, lo anima y le da el poder ejercer el ministerio a favor del pueblo de Dios. El Espíritu Santo es quien realiza la transformación interna del sacerdote –la dignatio divina de la que nos hablaban los Padres de la Iglesia-. Así, cuando el sacerdote ejerce las funciones que le son propias, lo hace bajo la guía, inspiración y fuerza del Espíritu.

Entonces, como profeta y maestro, no enseñará su doctrina, sino la Palabra de vida: y lo hará de tal manera que cumplirá lo que enseña la escritura, pues tendrá siempre la Palabra en su corazón y en sus labios… más aún, lo que predique se cumplirá, pues hará que sus interlocutores puedan acceder al seguimiento de Jesús por el camino de la novedad de vida, o mejor dicho la salvación.

Como pastor, sin duda, el sacerdote podrá cumplir con su oficio de amor o caridad pastoral, porque quien le inflama ese amor por la grey es precisamente el Espíritu. Todo sacerdote que sea consciente de esta realidad entenderá que su preocupación por el rebaño de Dios no es una mera profesión, sino la realización de un misterio; es decir, de una presencia actuante de Dios a través suyo.

Por ser santificador, el Espíritu de Santidad que se recibe en la Ordenación no sólo ayudará a que el sacerdote sea santo de verdad, sino que permitirá que santifique al pueblo de Dios. En el ministerio santificador, el sacerdote no actúa por simple rutina o por mero rubricismo. No. Es guiado por el Espíritu del Señor. Cuando perdona los pecados lo hace por la fuerza que le da el Espíritu; cuando bautiza y hace nacer nuevos hijos de Dios, lo hace por inspiración del Espíritu; cuando celebra la Eucaristía, es el Espíritu quien se vale del sacerdote para transformar el pan y el vino en el Cuerpo de Jesús… Así como el Espíritu es quien hace que cada creyente pueda llamar a Dios Padre, asimismo el Espíritu es quien hace que cada sacerdote reconozca que esté configurado a Cristo Sumo y Eterno Sacerdote, Buen Pastor, y como Él, sea causa de salvación para todos (cf. Heb 5,9).

6.
Con la ayuda de sus sacerdotes, también el pueblo de Dios ejerce su vocación sacerdotal con la luz y gracia del Espíritu. Desde el día del bautismo cada creyente está convocado a una vida según el Espíritu. En esa experiencia continua, alimentada por el ministerio de los sacerdotes, cada creyente y todo el pueblo de Dios no sólo viven la espiritualidad que le es propia, sino también cumplen con la tarea de ser puente, camino y casa de comunión entre Dios y la humanidad. Lo hacen desde su pertenencia a la Iglesia, llamada ser servidora de la humanidad.

La misión de este pueblo sacerdotal es invitar y ayudar a todo ser humano a que alcance la salvación. Para ello, además de ofrecerse a Dios como hostias vivas, sus miembros se convierten en lugar de encuentro y en puentes para que la humanidad conozca al Salvador y opte por seguirlo. Es la tarea de siempre de la Iglesia. En esta línea, es importante tener en cuenta que todo ello es posible porque quien es el protagonista auténtico de la misión de la Iglesia es el Espíritu Santo.

Es Él quien va suscitando los diversos carismas dentro de ese pueblo sacerdotal, para que cada quien pueda cumplir con la misión de la Iglesia. Es Él quien actúa e inspira la acción de los laicos en el mundo para transformarlo en un cielo nuevo y en una tierra nueva. Es Él quien va haciendo que el compromiso por la justicia, la paz, la reconciliación, la solidaridad, la fraternidad… sea cierto y eficaz Es ese Espíritu quien conduce a la Iglesia para que sea Luz de las naciones, para que los creyentes sean luz del mundo y sal de la tierra… para que, en el fondo, con su entrega y su responsabilidad apostólica, los creyentes entusiasmen de verdad a los demás por las cosas de Dios.

7.
Cristo, el Sacerdote Eterno nos ha dado el ejemplo y nos ha enseñado el camino. En la Sinagoga de Nazaret reconoció que desde su encarnación se estaba cumpliendo en Él lo anunciado por el Espíritu. También Él se hizo presente en el mundo por obra y gracia del Espíritu, para cumplir con la promesa de salvación. Pero lo hizo como Sacerdote eterno, ungido por el Espíritu: así no sólo anunció la libertad a los cautivos y dio la vista a los ciegos, sino que también anunció el evangelio a los pobres y dio la liberación a los oprimidos… pero sobre todo, inauguró el tiempo de gracia, es decir de la salvación.

Cumplía así la voluntad del Padre, quien en varias oportunidades según nos relata el Evangelio, habló para invitar a que escucharan a su Hijo, el predilecto. Y lo hacía en plena comunión con el Espíritu de Dios, el cual concedió a sus discípulos y con el que marcó a quienes había elegido.

Queridos hermanos sacerdotes:

Dentro de algunos instantes renovaremos las promesas sacerdotales delante del pueblo, que es testigo ante Dios de lo que haremos. En este Año Sacerdotal es importante y necesario que centremos nuestros pensamientos en el ser que nos identifica. Al hacerlo, no sólo reafirmaremos lo que somos y le daremos una garantía a nuestra gente; también podremos hacer realidad lo que Pablo le decía a Timoteo, de reavivar continuamente el don recibido por la imposición de las manos.

Les invito a que, de verdad, dejemos que sea el Espíritu quien guíe y dirija nuestro ministerio. El ha sellado en nosotros nuestra propia identidad al configurarnos a Cristo Sacerdote Eterno de la nueva alianza. El nos da su carisma y otros tantos dones para que seamos auténticos servidores del pueblo de Dios. El fortalece nuestra debilidad y nuestra fragilidad, al hacernos imagen del Pastor bueno; esto es, íconos vivientes del amor redentor del Señor Jesús.

Queridos Hijos e Hijas:

Quiero agradecerles el cariño que profesan a sus sacerdotes. Ellos están al servicio de todos ustedes. Ustedes los necesitan: por eso les exigen santidad, dedicación y generosa disponibilidad. Ellos también necesitan de ustedes: no sólo de su aprecio y reconocimiento, sino sobre todo de su oración y su acompañamiento. Estamos llamados a ser un pueblo de comunión, que realice la ofrenda sacerdotal de cada una de nuestras vidas por la salvación del mundo. Ustedes no lo podrían realizar sin ellos; ellos han sido consagrados para realizarlo en la comunión del servicio con ustedes.

En esta hora que vive el mundo, desde este rincón tachirense, renovemos nuestra fe en el sacerdocio de Jesús, en la actuación del Espíritu en cada uno de nosotros y en nuestros sacerdotes. Hemos venido en peregrinación a esta celebración para acompañarlos, para ser testigos de la renovación de sus promesas… y también para comprometernos con la Iglesia y con Dios a vivir como ovejas que se dejan guiar por cada uno de ellos hacia los pastos seguros de la salvación.

Como expresión de esa fe en el sacerdocio de Cristo, presente en nosotros como pueblo sacerdotal y, de manera particular en cada uno de ellos, les invito a hacer un signo, muy humano y cristiano a la vez: de pie con al mirada puesta en ellos que reflejan al Pastor Bueno y Sacerdote Eterno, brindémosle el más cálido y sonoro aplauso de reconocimiento, comunión y amor.