sábado, 10 de abril de 2010

ABRILERÍAS







ABRILERÍAS


Fantasía de una nota de abril


¿Sevilla?... ¿Granada?... La noche de luna. Angosta la calle, revuelta y moruna, de blancas paredes y obscuras ventanas. Cerrados postigos, corridas persianas... El cielo vestía su gasa de abril. Un vino risueño me dijo el camino. Yo escucho los áureos consejos del vino, que el vino es a veces escala de ensueño. Abril y la noche y el vino risueño cantaron en coro su salmo de amor. La calle copiaba, con sombra en el muro, el paso fantasma y el sueño maduro de apuesto embozado, galán caballero: espada tendida, calado sombrero... La luna vertía su blanco soñar. Como un laberinto mi sueño torcía de calle en calleja. Mi sombra seguía de aquel laberinto la sierpe encantada, en pos de una oculta plazuela cerrada. La luna lloraba su dulce blancor. La casa y la clara ventana florida, de blancos jazmines y nardos prendida, más blancos que el blanco soñar de la luna... —Señora, la hora, tal vez importuna... ¿Que espere? (La dueña se lleva el candil). Ya sé que sería quimera, señora, mi sombra galante buscando a la aurora en noches de estrellas y luna, si fuera mentira la blanca nocturna quimera que usurpa a la luna su trono de luz. ¡Oh dulce señora, más cándida y bella que la solitaria matutina estrella tan clara en el cielo! ¿Por qué silenciosa oís mi nocturna querella amorosa? ¿Quién hizo, señora, cristal vuestra voz?... La blanca quimera parece que sueña. Acecha en la obscura estancia la dueña. —Señora, si acaso otra sombra, emboscada teméis, en la sombra, fiad en mi espada... Mi espada se ha visto a la luna brillar. ¿Acaso os parece mi gesto anacrónico? El vuestro es, señora, sobrado lacónico. ¿Acaso os asombra mi sombra embozada, de espada tendida y toca plumada?... ¿Seréis la cautiva del moro Gazul? Dijéraislo, y pronto mi amor os diría el son de mi guzla y la algarabía más dulce que oyera ventana moruna. Mi guzla os dijera la noche de luna, la noche de cándida luna de abril. Dijera la clara cantiga de plata del patio moruno, y la serenata que lleva el aroma de floridas preces a los miradores y a los ajimeces, los salmos de un blanco fantasma lunar. Dijera las danzas de trenzas lascivas, las muelles cadencias de ensueños, las vivas centellas de lánguidos rostros velados, los tibios perfumes, los huertos cerrados; dijera el aroma letal del harén. Yo guardo, señora, en viejo salterio también una copla de blanco misterio, la copla más suave, más dulce y más sabia que evoca las claras estrellas de Arabia y aromas de un moro jardín andaluz. Silencio... En la noche la paz de la luna alumbra la blanca ventana moruna. Silencio... Es el musgo que brota, y la hiedra que lenta desgarra la tapia de piedra... El llanto que vierte la luna de abril. —Si sois una sombra de la primavera blanca entre jazmines, o antigua quimera soñada en las trovas de dulces cantores, yo soy una sombra de viejos cantares, y el signo de un álgebra vieja de amores. Los gayos, lascivos decires mejores, los árabes albos nocturnos soñares, las coplas mundanas, los salmos talares, poned en mis labios; yo soy una sombra también del amor. Ya muerta la luna, mi sueño volvía por la retorcida, moruna calleja. El sol en Oriente reía su risa más vieja.


Antonio Machado




Abril florecía


Abril florecía frente a mi ventana. Entre los jazmines y las rosas blancas de un balcón florido, vi las dos hermanas. La menor cosía, la mayor hilaba ... Entre los jazmines y las rosas blancas, la más pequeñita, risueña y rosada —su aguja en el aire—, miró a mi ventana. La mayor seguía silenciosa y pálida, el huso en su rueca que el lino enroscaba. Abril florecía frente a mi ventana. Una clara tarde la mayor lloraba, entre los jazmines y las rosas blancas, y ante el blanco lino que en su rueca hilaba. —¿Qué tienes —le dije— silenciosa pálida? Señaló el vestido que empezó la hermana. En la negra túnica la aguja brillaba; sobre el velo blanco, el dedal de plata. Señaló a la tarde de abril que soñaba, mientras que se oía tañer de campanas. Y en la clara tarde me enseñó sus lágrimas... Abril florecía frente a mi ventana. Fue otro abril alegre y otra tarde plácida. El balcón florido solitario estaba... Ni la pequeñita risueña y rosada, ni la hermana triste, silenciosa y pálida, ni la negra túnica, ni la toca blanca... Tan sólo en el huso el lino giraba por mano invisible, y en la oscura sala la luna del limpio espejo brillaba... Entre los jazmines y las rosas blancas del balcón florido, me miré en la clara luna del espejo que lejos soñaba... Abril florecía frente a mi ventana.


Antonio Machado





PRIMAVERA


Abril, sin tu asistencia clara, fuera invierno de caídos esplendores; mas aunque abril no te abra a ti sus flores, tú siempre exaltarás la primavera.
Eres la primavera verdadera; rosa de los caminos interiores, brisa de los secretos corredores, lumbre de la recóndita ladera.
¡Qué paz, cuando en la tarde misteriosa, abrazados los dos, sea tu risa el surtidor de nuestra sola fuente!
Mi corazón recojerá tu rosa, sobre mis ojos se echará tu brisa, tu luz se dormirá sobre mi frente...

Juan Ramón Jiménez






Abrilerías


En abril la tarde
tiene sabor
a gajitos de agua
escribiendo su canto
sobre los aleros
¿será que en las alas
de los aguaceritos
vuelan los sueños?

En abril la noche
derrama sus luceros
sobre la tierra
en movimiento
¿será que en los huertos
azules del cielo
recoge su dulzor
la pomarrosa?

No hablan nunca de muerte las pomarrosas. Ni los aguaceros de abril cobijan ausencias. En primavera, los jueves tienen sabor a miércoles. Y los cafetales, los limoneros, los inventarios y los insomnios no son otra cosa que rituales en los que la vida borda sus más hermosos designios. Si algún día hemos de marcharnos, se irá nuestra sombra, no el rayo solar que se posa en el corazón de las rosas. Y los paisajes, lejos de entristecerse, sonreirán para darnos la bienvenida al solar de su reino florecido. Lo dice el abril que nos pertenece.

En abril las pomarrosas deletrean sobre los árboles gajitos de eternidad las chicharras con su silbo iluminan el largo túnel de donde vienen los sapitos dibujan sobre los charcos una infinita canción de amor las siemprevivas se encienden como linternitas de la mañana los caminitos de agua hacen alianza con los guijarros para escribir un diálogo con el río las arbolas se ponen su floreado traje de primavera para transmutar los inviernos en el verde infinito de la vida que no cesa… abril es el andén solar donde la lluvia fabrica arco iris las hojas se orillan en las ramas las semillas consagran su travesía hacia el azucarado confite de las frutas tiempo azul de azulejos territorio en vuelo de mariposas almácigo de sepias y jazmín quien arriba al continente de la vida desde sus abrilerías queda poblado por siempre entre sus hierbas aromado de amanecer y eternidad

Mery Sananes




ABRIL

Aire de abril para mi luz andina
para mi cafetal para mi aldea
florida de tristeza y conticinio
de soledad de musgo y de vereda
Abril amor para el tejado azul
para el zaguán también adormecido
de esperar tu presencia azulmarina
y las fugas de amor en primavera
Desde niño anhelaba tu color
el de mi cerro y mi colina azul
cabalgando risueño por el cielo
Aire de abril amor para la lluvia
trenzada de neblina aquí en mi aldea
Abril por fin para nacer contigo

Voy en abril, seguro de que existo
desde que un viento largo allá en mi aldea
—sin saber la colina de mi sombra—
dejó mi sueño andando por la vida
Creo en abril en su reinado eterno
en su ancho pedestal de sombra verde
en la audacia taurina de su cielo
en su leve y dulcífera armonía
Abril contigo va mi corazón
mi sueño mi dolor y mi tardanza
contigo abril me alcanzará la aurora
cuando lejano ya de aquella aldea
te encuentre abril en plena primavera
durmiendo el corazón a alguna rosa

Me moriré en abril con aguacero
un día que la lluvia ya recuerda
aunque nunca escuchemos las campanas
irán aquella tarde a nuestro entierro
Seguro un jueves como es hoy de abril
un día de este siglo que amanece
seguramente un día a la intemperie
o sábado o domingo un día de estos
Pablo ha muerto dirán las pomarrosas
la aldea lo sabrá sus cafetales
el limonero y el amor ardiente
También los cangilones y Vallejo
almácigos insomnios aspavientos
la soledad la lluvia los caminos...


Pablo Mora








viernes, 9 de abril de 2010








Palabra insomne
Pablo Mora
Profesor Titular, JubiladoUNET San Cristóbal, Táchira, Venezuela

pablumbre@hotmail.com

Resumen: Aproximación a los intríngulis de la palabra, fundadora universal del ser y del humano encuentro.Palabras clave: Fundación, esencia, develación, goce, enigma insomne.



Toda palabra es como el hilo de un telar
que a cada quien toca enhebrar
para que no se detenga el oficio de tejedor
y por eso en esta alta hora del dolor humano
hay que organizar las tinturas que nos regalan
las flores para dibujar las ramas de los árboles
el ropaje de la noche y la luz girasol de los mediodías
con el violetamor de un amanecer humanecido

mery sananes



larga sombra de cópula y prodigio

rosa del mar al pie de la tormenta en la rosada desnudez del alba en las manos del mar silencio alado la engendra el mar la arena su oleaje la sombra primigenia de la luna los zumbidos del alba la interrogan la tarde el sol la lluvia las albadas la insomne playa el cielo la locura la piedra junto al mar de queja asombra cavila el mar como la ola empina de pronto al mar cobija y oye al mar camino de las alas de la noche en ella cabe el mar en piedra viva en noche en cielo en tierra en sueño en sombra

claridades de sombra opalescente sueño desenterrado lacerado flor reseca enroscada retorcida personificación reflejo altivo jadeo de mujer sobre la arena benigna resistencia de las cosas implacable sonrojo de las venas la perenne cuestión de los modales profunda y antiquísima visión soplo oleaje vela azul tormenta azul enrojecido amoratado el gris vagando en las colinas pardas los colores los sueños visionarios aconteceres del alucinado
un pedazo de pan para los pájaros un alarido entre la guerra la imagen vegetal de la lechuga un alpargata recibiendo sol gota de lluvia roedura ajada la sílaba final del viento errabundaje vuelo trashumancia mientras murmura alrededor la noche en la punta del tiempo navegando justa medida del asombro humano sed de viento de pan de sombra y huella manera de sentir junto a los otros para sacar la flor de las cenizas la eternidad en sol andando raza que canta en la tormenta yunque espiritual en la refriega vino legítimo del sueño en armas lumbre fulgor verdad nostalgia cósmica un eco colectivo corregido ágora del delirio y la tragedia secreto en flor lugar del alumbraje
la fundación universal del ser el hombre ante el espejo de su sombra retrato del mundo y sus costumbres algo visión fidelidad relámpago milagro de la vida compartida íngrima huella hembra deslumbrante no le conocemos longitud altura ciclo molecular peso específico mas le conocemos su sabor exacto es un sabor a trigo a leche y miel a rosas a durazno que como un corazón recién nacido palpita entre los dedos de las hojas por su sola dulzura sostenido
rasgón terrazgo espada triza cópula ramaje ramazón o ramalazo las palabras compiten y complotan capaces de recuperar al hombre o de inventar al sol o al propio vino se levantan temprano con el alba
mantiene abierta la beldad del hombre cabalga que cabalga en las tinieblas relumbra vela brilla resplandece para que el canto siempre permanezca viene del fondo de los siglos sigue vuelve como la aurora y el ocaso sabe de noche sabe de alborada del sagrado silencio de las piedras del lugar en que el grito nos religa las cosas no sabrán cuando ella parta
el modo en que amanecen hombre y agua la imagen intrincada de los sueños manera de llevar a pelo el día sed de sal sol de abrazo noche vuelo desnuda yegua para amanecerla hasta la última siembra última lumbre hasta la última lucha última milla hasta el último jadeo segundo esperanza de fe plenificada furiosa tempestad de noche y día es la arena enredada entre las olas el mar que se desborda sobre el risco feliz morada del soñar antiguo sobre el azul espejo de las aguas es la mirada de la noche en vela el paso de los duendes sobre el mar el relente susurro de los árboles la sal la espuma el sol la madrugada
breve lechuza ardiente lujuriosa sorpresivamente alada reciamente atuendo oscuramente lumbre súbitamente viva humanamente cierta airadamente tierna nocturnamente yendo desnuda levedad a ras de suelo
jaula de cristal hembra jadeante jirón de prado nube pura sol y casa y universo y clarinada jovial esencia hendiduras configuración del inacabamiento ruptura momentánea fluir inagotable del murmullo fraternas potestades del asombro
contra la sed y el hambre sobre el puente contra todo forma de vida asombro deshojado sueño de la piedra piedra de los sueños fecunda entraña de la luz andadura pasturanza festín de sombra y llama plato de aromada miel idilio diosa aparejada milagro del insomnio desatado en la nochumbre a vista del rocío amanecido blanca palomica en soledad herida en uno de los ojos de pronto reclinada flujo y reflujo en comunión altiva relámpago la sombra del designio desangrado crepúsculo del ocio
lejana silenciosa larga sombra alta vigilia rastro de la tierra bramido sordo de la parda luz ventanas goznes muros quemaduras clamor del hambre grito poderoso infinita orilla aire detenido sagrada apuesta vengativa luz paloma caracol y compraventa feraz gloriosa repentina ilesa íntima soledad amenazada la línea precisa del abismo para llegar a tientas a la nada desde el morir al no morir viviendo del otro lado de la sombra en luz
se detiene estremece sube baja viene del sueño viene de la nada toca tierra lleva sonidos de metales de sangre de hambre guerra horror pavura conoce el canto de las aves el silencio del paraguas la melancolía del guanábano el sitio del silencio las alas de la noche y de la lluvia el gemido de las nieves las voces de la sangre honda navegación paso del día el regreso del sueño el rastro del celaje su grito de cigarra la navega en la muerte y se cuida de lo vivo ronda entre soledad por muchas albas sale de su envoltura puro asombro querer apoderarse de los sueños de las cosas las luces y los pájaros larga sombra de cópula y prodigio
alba engrifada cielo animal prado en manos del sol que se despierta virilmente el hombre en cósmica entrega permanente sigue al arroyo en su silencio lúgubre a la intemperie al descubierto el más airado grito de la tierra el más largo suspiro de la fronda el más verde silencio iluminado
lenta alucinación de estrellas rotas planicie en llamas jubiloso asombro jungla de sueños jaspes arrojados cóndores en parejas blanquecinas agua ajada cascadas jadeantes sed de mitos en sombra de alborada mística sorprendente hipnótica única nave estrellada soledosa mágica selénica arenisca del desierto paraje azul retamas y algarrobos tótem tensado en fuego arrasador ocre perenne enloquecido abrazo alzado cabizbajo valle erguido en la antigua quebrada de la noche
Y vino la palabra
Y la palabra fue. Tal vez de un tiempo móvil, volátil y espiralado, el que quizás nunca tuvo aurora. De no se sabe qué alba. O qué noche, qué incendio o llamarada. Ya se podrá saber qué antorcha la ha encendido. Y desde entonces anda con el hombre. Sabe de su llanto, su alegría. De su pena, su gloria y su desmayo. Sabe cada paso de los hombres, pero nada de su espera, de su intento, su inocencia. Con el hombre, la palabra va a la huerta, a la vereda, al mercado, a la alacena, al griterío. Con la mujer va al parto, amamanta, acuna y llora, reza y canta, cantilena, centinela, cantío y dulzura de cielos arrullados. La palabra siempre, siempre en rebeldía, bandera enarbolada en el balcón embravecido. La mujer, brava hembra de dichas y quebrantos, enhebrada en la esencia de la nostalgia, teje que teje cielos realmente nada celestiales. La vida se encabrita hasta llegar al nochero bravío de los cantos del sol oscurecido. Desde un principio fue la verba creadora de la ciela y de la tierra. Aliento, impulso, asomo, asombro. La que anima, infunde vida. Madre gaia que estás en todas las instancias de la vida y de la muerte. La que combate el frío de la muerte. Da vida, resucita, alumbra. La que inspira y brinda sueño. Y en la trinchera, vigila y combate con el hombre. La que enciende la luz en las ventanas de la oscuridad. La partera del renacimiento diario. La mujer, la vida, la dadora de vida, la del niño resurrecto, la de la visión, la libertad, el canto; la señora, la hija, la nieta, hermana, la amiga, la abuela del multiverso. Emancipadora, combatiente, anima, se asoma al horizonte, resplandece, descifra enigma, enfado, encono, enredo, entuerto, mientras camina junto al hombre. Muy honda, la palabra anduvo y anda. Lugar común para llegar al hombre. Al pie del hombre siempre.
Siempre madre, siempre verba del viento, del carrillón que suena en sus entrañas hasta dejarla exhausta, del hijo que late hasta vivir en un azul de tiempo inexplorado. Encrespada la violencia, en oleada siniestra, vence, sobrevive. Cuando la muerte acecha, acurrucada, la palabra afronta el sueño, horada el muro, lanza el grito, salta, auxilia, corre, va, revela, adivina, cavila, tienta, intenta, arriesga, profundiza, infine, se devuelve, convoca, increpa, aviva. Y la palabra levantó su voz y clamó herida, se arrodilló ante lo eterno, bebió la copa de lo efímero y el hombre, necio, de mentiras se embriagó. La palabra asedió los campos y sembró promesas en la arena del desierto, cavó tumbas y arremetió contra los muertos, fantasmas indiferentes que se pasean por las calles malditas y les dejó en la boca la huella del beso. La palabra se calló y lloró ante la lengua infame de los días, quiso redimir los labios al tiempo; bohemia, viajó desnuda ante la incredulidad del silencio, se hizo sombra y viento enfurecido con milenarias historias desde el principio hasta el fin de las edades y los días.
Pero también la palabra se vuelve honda y disparo, grieta y sepultura, muro y barrera, pozo hondo y oscuro que dibuja distancias y linderos. Un día, sin saberlo, se quebró en tantos pedazos como hombres aventó a la tierra. Diáspora, desprendimiento, fractura y lejanía. Hay que ir por ella, para reconstruir las sonoridades infinitas de su vuelo, trazando elipses de amor sobre los cielos de la vida de los hombres.
Se desgarró en relámpagos, en fogonazos. Alzó su llama hacia las estrellas. Palabra en mano, el hombre junto al muro. Callada, espesa sombra tardecida. Sombra insomne. Del lado acá del canto. Del lado allá del vuelo. Del lado acá del tiempo.
Nos dejaron las palabras“Todo lo que usted quiera, sí señor, pero son las palabras las que cantan, las que suben y bajan... Me prosterno ante ellas... Las amo, las adhiero, las persigo, las muerdo, las derrito... Amo tanto las palabras... Las inesperadas... Las que glotonamente se esperan, se acechan, hasta que de pronto caen... Vocablos amados... Brillan como piedras de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío... Persigo algunas palabras... Son tan hermosas que las quiero poner todas en mi poema... Las agarro al vuelo, cuando van zumbando, y las atrapo, las limpio, las pelo, me preparo frente al plato, las siento cristalinas, vibrantes, ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas... Y entonces las revuelvo, las agito, me las bebo, me las zampo, las trituro, las emperejilo, las liberto... Las dejo como estalactitas en mi poema, como pedacitos de madera bruñida, como carbón, como restos de naufragio, regalos de la ola... Todo está en la palabra... Una idea entera se cambia porque una palabra se trasladó de sitio, o porque otra se sentó como una reinita adentro de una frase que no la esperaba y que le obedeció...Tienen sombra, transparencia, peso, plumas, pelos, tienen de todo lo que se les fue agregando de tanto rodar por el río, de tanto transmigrar de patria, de tanto ser raíces... Son antiquísimas y recientísimas... Viven en el féretro escondido y en la flor apenas comenzada... Qué buen idioma el mío, qué buena lengua heredamos de los conquistadores torvos... Estos andaban a zancadas por las tremendas cordilleras, por las Américas encrespadas, buscando patatas, butifarras, frijolitos, tabaco negro, oro, maíz, huevos fritos, con aquel apetito voraz que nunca más se ha visto en el mundo... Todo se lo tragaban, con religiones, pirámides, tribus, idolatrías iguales a las que ellos traían en sus grandes bolsas... Por donde pasaban quedaba arrasada la tierra... Pero a los bárbaros se les caían de las botas, de las barbas, de los yelmos, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes... el idioma. Salimos perdiendo... Salimos ganando... Se llevaron el oro y nos dejaron el oro... Se lo llevaron todo y nos lo dejaron todo... Nos dejaron las palabras.” (Pablo Neruda, Confieso que he vivido).
“El poeta nos ofrenda, así en tan poquitas palabras, todo el universo, a través del sonido de una flauta, afinada con la ley de los pájaros, de las alas, del viento, de todo lo que se extiende desde el ojo hasta el universo que lo ve, con la marea que roza, labio a labio, la vida… ¿Juego de palabras? El poeta juega con las palabras porque está apostando a darles vida, a convertirlas en mágicos talismanes que le devuelvan al ojo su capacidad para ver y al corazón la hondura para escuchar el código de los pájaros, afinando las flautas del universo. El poeta siempre quiere ser un alquimista. Porque al hombre le han arrebatado su capacidad de ser creador, de ser un engranaje único en la estructura infinita del universo. El poeta se la quiere devolver, o señalar, o advertir, para que tenga una silla para mirar el universo a través de si mismo.” (Mery Sananes, De la palabra, la cultura y el conocimiento).
Potestades del hombre
Poseso de su angustia, va, calcula, se sostiene, adelanta, se defiende. Cavila debajo de la noche y la tormenta. Desangra en las cinco parcelas de la Tierra. Cabalga con toda la tristumbre de los montes. Desenfunda la paz contra la guerra. Enarbola los sueños de los árboles, la lluvia seminal de su plantío, el centro genital de su coraje, el canto forestal de sus costumbres. Camina noche, albada, sueño, vida. Amanece en horizonte, desplegado. Estrena atajo, madrugada, aliento, desde la playa de su antigua pena. Frente al largo espesor de su quejido, se reconoce, salta, se levanta. Sorprende, vivifica, sonreído. Relumbra, se decide, se esperanza. Finca en sus potestades la alegría, en los goznes del tiempo sus oídos. Arde de furia en la trinchera ardida, esconde sus consejas mal herido, quitándole la cara al fuego, al miedo.
Dialoga desde lo alto con las horas. Canta, se desborda, multiplica, de nuevo cuenta. Ofrece cuerpo, vida, alma y suerte. Aloja luminosa su rabia en las ojeras. Sostiene la mirada de los árboles. Bendice los salmos de las sombras, los imponentes secretos de la niebla, la silenciosa castidad de los cordones, mientras avienta duro el corazón del sueño. En furia cordial se descontenta ante la tarde, el fragor, el desespero, asido a su hermana gota jornalera, al pan que se esconde en los aleros. Lluvia tras lluvia, el suburbio se subleva. Llueve la grieta, la pobreza, el adobe llueve. Hambrientas, se arrinconan las miradas, se arropan furentes las tristezas; se persignan a gritos los silencios. Se desata la lluvia entre los sueños y arrasa, intensa, choza, caserío, vereda, ahorro, juerga, sementera.
Transita en tempestades mundanal miseria. Maldice las horrendas torturas del hermano. Consagra la levadura eterna de los panes. Conoce los pasos permanentes de la sombra. Despliega temores, ramalazos y portentos. Se agita en el fuego bravío de la mar. Se afinca en la locura en lucha con su pena. Mendiga la lumbre de la gota en el alambre. Quisiera recuperar el curricán perdido. Tritura las indómitas fieras que lo acosan. Renace de entre la podredumbre de la fosa. Se entrega en las redes de un tiempo submarino. Violenta volcánico la luz de otras estrellas. Arremete contra la infancia alada de las rosas. Se enrumba delirante al acecho de otra aurora. Se astilla ante el antiguo malecón del puerto. Desgarra el alma fulgurante de la flor. Se aferra a las entrañas de su viejo pan. Desguaza furente el huracán en alta mar. Desgaja las indomables fauces de la sombra. Se eterniza sepultado en la fragua de la guerra. Nos acusa, nos grita, nos reclama.
Respira la celeste mirada de su sol. Consume la agónica tristeza de las hojas. Interpreta la silenciosa huracandad del tiempo. Perpetúa el camino, lo consiente, antes de que el instante eterno sea: presente sea, espejismo sea. Como el mar no se arruga, cambia, pasa, ensaya continuas eternidades, arroja penas, activa aguas puras. De nuevo existe, canta, sueña, cree. Desde los manantiales del olivo, por obra y gracia del asombro el hombre, el hombre, rayo que arde en la tormenta, alarido crispado, verbo, cosmos, el hombre a punta de hombre y tempestad, el hombre, simplemente el hombre, yendo, en paz consigo, con su pena al hombro. El hombre en ventanuras del azul, sobre los fogonazos de sus huesos, delirante, al acecho de otra aurora, sobre las polvaredas de los sueños, entre borrasca, grito y alborada, locura al cinto, en lucha con su pena, andando, andando, andando, andando, andando.
La calificación de las palabras
Palabra por palabra, entre el bufido de nuestra montaña, decir lo que pensamos, con la seguridad del sabio, la transparencia del niño o el alarido de los locos. Reconocernos al encontrarnos con la palabra. Sacarla del baúl de nuestras vidas para empezar a compartirla, adulta, fraternal, con el soldado, la patria y la arboleda. Pronunciar, con aptitud juiciosa o en aras del escándalo, la palabra decisiva que la vida y la historia nos fueron enseñando. Envueltos en subversiones y versiones, marchas y contramarchas, dar con la palabra necesaria, para ir nuestro destino arreando. Decidirnos por la libertad de la palabra; hasta hacerla timón en nuestras manos, frente al vendaval, la noche y los dioses que nos cruzan, confusos y ominosos. Enseñar la palabra al hombre que llora, hambriento, cabizbajo, en su bravura. Lugar por excelencia de lo humano, en la palabra vivimos, nos movemos y somos. Como la patria, en desdicha, en hechura o en deshonra, en ella gime, vive o sobrevive. Hacer buena la palabra. Hacerla voz, viveza, arado; lengua, paz y pueblo; combate, libertad, salario; amor, vida y arte. Arte subversivo. Violación de límites y paciencia represiva. Rebasar lo permisible. Transgredir lo decible. Asumir la razón poética, en creación, asombro y maravilla. Concebir la magia de la patria, su visión real, irreductible, ineludiblemente misteriosa, amarga, mortal o vengativa. Palabra en alto. Y la victoria crecerá despacio como siempre han crecido las victorias. Videntes, alucinados, intermediar la fuerza oculta. Jugar a la paz con el soldado o con el niño que nos reta, vagabundo. Recobrar la palabra –antes que la pólvora–, su encanto germinal, su magma, su hermosura, su historia, su legendaria esquina, donde espera, acurrucada, el hambre, en miseria cobijada. Asistir al combatiente, en cárcel, en rincón, enfurecido. Hacerle conciencia conflictiva, desgarrada. Empuñarla, fulgurante, solar y duradera. A favor de la apuesta, el combate, la batalla y la final victoria. Lejos Palabra en mano, volear la pródiga semilla sobre el campo, el hermano y la pradera, en sincera alianza, tras un despuntar de claras madrugadas, de gracia, paz y vida nueva. Palabras y más palabras, cataratas de palabras. En la distancia del futuro, el vuelo de las palabras, rebeldes en el tiempo y al olvido refractarias. Cuesta arriba, cuesta abajo, las cosechas de palabras, buidas y aceradas, por las sendas urticantes. ¿Hasta cuándo la calificación de las palabras? Alma arriba, alma abajo, meridiano esclarecido de nuestras ansias fulgurantes. Lejos de tantas patochadas; lejos de perlas, monjes, molinos o castillos; de confundir caballo y hombre, pueblo y pólvora; lejos de diferenciar fusil de patria, vino, oficio, trago y trigo; vida, misterio, alma y poesía; lejos de comernos las palabras, dar palabra, corazón y mano; empeñarlos, cruzarlos con el hombre, sus asuntos y sus sueños; manteniéndolos en pie de guerra por la paz o el pan que hagan falta, palabra por palabra. Frente a una palabra enmascarada, fantasiosa; una clave, articulada, lujuriosa, pertinente; una palabra activa, digna, apasionada, certera, cruda, furente, fehaciente, empuñada, insomne, verdadera. Una palabra que golpee al mundo y acompañe al hombre. Urgida, llameante, inextinguible. Adecuada al enigma universal y al majestuoso corazón del hombre. ¡A pulso de vinagre, vino y júbilo! El corazón, los ojos de los hombres se llenaron de letras, de mensajes, de palabras. Letras que caminaron y encendieron, que navegaron y vencieron, que despertaron y subieron, letras que libertaron, letras en forma de paloma que volaron. Y el hombre fue otro y otra fue su palabra. El canto, el himno ardiente que reúne a los pueblos de una letra agregada a otra letra y a otra de pueblo a pueblo fue sobrellevando su autoridad sonora y creció en la garganta de los hombres hasta imponer la claridad del canto. La palabra sólo es. Tenemos que fluir con ella. Entregarnos al momento. Dejar que como el vino ocurra. Para aprender el tiempo. Para aprender la vida. Para aprender la muerte. Para leer la luna con el alma mientras canjea el puesto con la muerte. Para empeñar la guerra. Para empuñar la Paz. ¡Y si después de tántas palabras, no sobrevive la palabra! Entonces... ¡Claro!... Entonces... ¡ni palabra!
¿Para qué sirven?
“Son del viento? ¿Son de la Poesía? ¿Nacen de las hondas concavidades de la tierra? ¿Quién inventa las palabras? Tal vez sean de la lengua, Valentina. O la lengua se deba a ellas; a sus misterios. A su noche oscura, a su luminoso amanecer; quizá a los sonidos fundacionales del pájaro, al ruido de las hojas al caer; tal vez al fuego, a la chispa del primer frotar de piedras en la caverna. Quién sabe si al roce de los cuerpos descubriéndose en la cálida desnudez de sus asombros; en el rotundo gemido de un vientre que prende brasas y arde como yesca en otro vientre.
Qué difícil decirte acerca de las palabras, de su nacimiento; de su tránsito por tantos y este pequeño, reducido, universo que aparentamos. A poco de andar en su posesión, si acabamos de comprender que son ellas las que nos llevan por sus territorios interiores, por el vértigo de sus desfiladeros y promontorios; por la escarpada falda por la que sube Sísifo con su piedra inmortal.
¿Y en donde se encuentran las palabras? Si no le tienes miedo a la materia, si no te asusta la esencia que la mueve y la hace ágil, en la calle; a la vuelta de las esquinas, en los ventorrillos de pueblos, en las plazas de mercado; en los funerales de los muertos pobres y en el dolido llanto de sus almas vivas que quedan por aquí penando de soledad y desamparo.
Otras veces son ellas las que se abalanzan sobre ti, te dan coletazos en el rostro; te acarician como a este tu abuelo que casi ya revienta por decir palabras que aún no lo presienten. Ni saben de él ni se interesan por su larga ausencia de voces.
La palabra es lo que es; eso que tú tocas, tiras, maltratas y vuelves a mimar; a dejar que habite tu aposento, que calce tus zapatos y vista tus vestidos; que suba y que baje y se vuelva a trepar por las ramas de tus brazos, que se escurra como pez y se zambulla sin ahogarse en las aguas invisibles de la memoria; en el río desbordado de las emociones.
Si se ponen donde no deben ir; si se dicen cuando no deben decirse; sino dicen lo que deben decir; sino aparentan algo más que la realidad de las formas, las palabras se malgastan, se vuelven toscas y matreras; se resisten a decir y a significar y a simbolizar. Se asustan, casi no quieren contar lo que saben ni cantar lo que inventan.
¿Para que sirven las palabras? Para limpiar la sangre de los muertos, para encomendarles su alma a cualquier dios, para apagar la sed, para incendiar los matorrales, para proclamar el infierno redentor, para ejecutar a los culpables, para exorcizar los demonios, para proclamar la salvación en la carne, para despertar a los dormidos, para saltar la cerca, para imprecar contra el mar, para bañarme todas las veces en el mismo río.
¿De quién son las palabras del cerrajero de Lisboa? ¿Y las del alucinado Blake? ¿Y las de Carlos Fuentes ¿ De qué sustancia están hechas, con cuál pegamento las soldaron, qué viento las lleva, qué sol las orea, qué oídos las oyen? ¿Qué manos las escriben?” Al menos éstas, lector amigo, son de Cristo Rafael García Tapia, caminante en la palabra, en la mitad del camino.
Silencio iluminado ¿Acaso seria del cielo silencioso de inviernode quien aprendí los largos silencios iluminados? Federico NietzscheAl silencio se le oye gritar en la montaña. Basta con saber de la naturaleza alpina o haber pulsado el diapasón del Ande, para corroborar el reino del silencio, su hospedaje, fundos, predios, enigmas, solarajes. El señuelo de la poesía se funda en el silencio a modo de pensar oculto, secreto, escondido en el más alto sueño. Espectáculo enervante, entre nosotros, como en cualquier rincón alpino, oír el amanecer camino del Zumbador. Palpar la hora en la que el verdoso silencio se despierta, en la que, desperezada, el alba levanta los susurros al viento. El silencio mordido por las ranas semeja garzas pintadas de lunitas verdes. Engrifado el prado, se erizan cielo y animal en manos del sol que se despierta. Entonces el silencio iluminado comienza a platicar. De par en par en manos de la luz, el hombre inicia su trajín. Frío, silencio, altura, en reto permanente, ante la dulzura musical que alcor, presagio, empeño, alumbra.
En esa hora matinal, desprendida de la paz albada, pareciera que el hombre tomase el pulso al mundo. En silenciosa ligereza alada, donde la suprema levedad oficia, en vuelo el hombre, confiado, retorna, se apresura, se dispone, se entrega, se eterniza. La suerte de la tierra virilmente recae en el hombre. Profundamente altos, los Alpes y los Andes de codo con el hombre fraguan el azul en cósmica entrega permanente. Entonces, el hombre se abre a la palabra, la levanta, la enarbola entre su huerta. Blandiendo diapasones subversivos, la lleva hasta la cima, la despliega, asegurando la militancia plena por la belleza y la verdad del sueño. Hombre y suelo en aspas transformados, cimientan la esperanza, en oronda libertad fundada.
Apoyada sobre el hombre, de pie, proveniente de la larga noche insomne, la palabra, forma de vida, asombro deshojado, pasa a ser compromiso, riesgo, santo y seña; desafío, soplo, aire, poder de creación; rayo, sol, susurro de semilla, fluir inagotable del murmullo; génesis, memoria vegetal, larga sombra de cópula y prodigio; el vientre de las flores anunciando el suspiro de los soles; el silencio hospedado en la cascada o el anafre. Palabra y poesía y silencio. Al principio fue el silencio. El mismo aliento que al principio fue. Silencio del silencio del silencio.
Empieza por abrir la soledad. Por escuchar el día y sus afanes. Sigamos al arroyo en su silencio. Convéncete del viaje hacia la sombra. Que vuelvan los caminos a encontrarse. Vayamos al misterio como el río. Fijemos a los sueños su mirada a lomo de coraje y de esperanza. Zumbe el silencio mientras hombre viva. Ilumine el silencio todo sueño.
Sobre la polvareda de los sueños, entre borrasca, grito y alborada, locura al cinto, en lucha con su pena, andando, andando, andando, andando, andando, por obra y gracia del asombro el hombre, resistiendo en la tierra de la noche como un árbol al pie de la tormenta, silencio a la intemperie, al descubierto, insomne, terminal, asombro insomne. El más airado grito de la tierra. El más largo silencio iluminado.
Noticias enigmáticas
Casa de los pájaros, casa de los vientos: el aire. Cerdo del oleaje: la ballena. Bosque de la quijada: la barba. Asamblea de espadas, tempestad de espadas, encuentro de las fuentes, vuelo de lanzas, canción de lanzas, fiesta de águilas, tormenta de hierro, encuentro de las fuentes, juego de los filos, borrachera de las espadas, lluvia de los escudos rojos: la batalla. Fuerza del arco: el brazo. Sacudidor del freno: el caballo. Peñasco de los hombros, castillo del cuerpo: la cabeza. Fragua del canto: la cabeza del poeta. Ola del cuerno, marea de la copa: la cerveza. Yelmo del aire, tierra de las estrellas, camino de la luna, taza de los vientos: el cielo. Manzana del pecho, dura bellota del pensamiento: el corazón. Riscos de las palabras: los dientes. Luna de los piratas, techo del combate, nubarrón del combate: el escudo. Hielo de la pelea, vara de la ira, espina de la batalla, pez de la batalla, perro de cadáveres, remo de la sangre, lobo de las heridas, rama de las heridas: la espada.
Granizo de las cuerdas de los arcos, gansos de la batalla: las flechas. Sol de las casas, perdición de los árboles, lobo de los templos: el fuego. Delicia de los cuervos, alegrador del águila, señor de la pelea, árbol de la espada, teñidor de espadas: el guerrero. Negro rocío del hogar: el hollín. Árbol de los lobos, caballo de madera: la horca. Rocío de la pena: las lágrimas. Serpiente de la guerra, dragón de los cadáveres, serpientes del escudo: la lanza. Espada de la boca, remo de la boca: la lengua. Asiento del halcón, país de los anillos de oro: la mano. Techo de la ballena, tierra del cisne, camino de las velas, prado de la gaviota, cadena de las islas: el mar. Árbol de los cuervos, avena de águilas, trigo de los lobos: el muerto. Lobo de las mareas, caballo del pirata, ciervo de mar, patín de agua, potro de la ola, carro arador del mar, halcón de la ribera: la nave.
Piedras de la cara, lunas de la frente, joyas de la cabeza: los ojos. Fuego del mar, lecho de la serpiente, resplandor de la mano, tesoro del dragón, bronce de las discordias: el oro. Reposo de las lanzas: la paz. Casa del aliento, nave del corazón, base del alma, asiento de las carcajadas: el pecho. Tesoro del pecho: el pensamiento. Nieve de la cartera, hielo de los crisoles, rocío de la balanza: la plata. Señor de anillos, distribuidor de espadas y tesoros: el rey. Tejedora de la paz: la reina.
Sangre de los peñascos, tierra de las redes: el río. Riacho de los lobos, marea de la matanza, rocío del muerto y de las armas, agua de la espada, sudor de la guerra, cerveza de los cuervos, ola de la espada: la sangre. Hermano de la luna, fuego del aire: el sol. Mar de los animales, piso de las tormentas, caballo de la neblina: la tierra. Yelmo del aire: la neblina. Yelmo de la noche: la sombra. Crecimiento de hombres, animación de las víboras: el verano. Hermano del fuego, daño de los bosques, lobo de los cordajes: el viento. Bosque de la guerra: el ejército. (J. L. Borges: La poesía de los escaldos).
Saliva de las estrellas: el rocío. Guarapo de los ojos: las lágrimas. Semilla del vientre: el corazón. El sol del pecho: el alma. Mi otro corazón: amigo. Madre: tierra. Ternura: madre. Entrega: ternura. Perdonar: olvidar. (Gustavo Pereira: Sobre salvajes).
Labra nuestra paz
Fundidos entre palabras, vamos presagiando el tiempo sin saber si existe de veras el camino. Cuando el aire nos devuelve, nos vamos a la orilla. Es el tiempo que nos llama. Pendientes de la huella de la vida, no sabemos si estamos de regreso o si somos apenas caminantes. Hay horas fugaces por doquier. Las arenas del lunes nunca son las del domingo. Asidos del presente fugitivo, oteamos nuestro ayer, una estela de horas nos saluda. La soledad en acecho remansada nos ciñe de repente entre sus sienes, tiene una larga cara de mujer. Si supiéramos nosotros cuántas cosas no sabe la noche. Menos mal que existe el mediodía. Los hombres solamente somos los puntos suspensivos de la más vieja carta de la historia. Hay quien nos interpreta y quien nos deja de leer. A veces somos sólo interjección.
Palabra surcadora entre los siglos sin fecha de nacimiento, entre todas las fronteras libre. Palabra mariposa, labradora, volarás y surcarás, de tus sembrados tornarás alegre. Quédate aquí, palabra, a flor de labios, adorna nuestro amor, brinda con nosotros tu triunfo. Única amazona ríe de tu hazaña. Palabra victoriosa, veterana, legendaria, marinera, la misma que una mañana acampara en nuestras sienes. Muchas coronas faltan todavía, mil riberas esperan tu llegada. Quédate cerca de nosotros, únenos, destruye las fronteras, traspásalas, labra nuestra paz. Palabra surcadora, femenina voluptuosa, mensajera, tristemente entorpeciendo tu esencia, ensayamos tu discurso, te soltamos como si fuéramos tus dueños, siendo tú sola dueña de nosotros. De vez en cuando vas de mano con el hombre. Acompáñalo por siglos. Palabra enarbolada en el jardín de los espacios, déjate sembrar lejos, cerca, en todos los rincones. Florece siempre. Ayuda a florecer al hombre. Siempre habrá mar para estrechar las tierras. Siempre habrá amor para hermanar los hombres. El verbo siempre abonará la tierra. Palabra sola labra nuestra paz. Ordena el espesor de la tardanza. Amartilla tú sola nuestra espera. Sacando cuentas y después de todo, tú sola y para siempre la palabra.




ADENDA
La primera maravilla
“La palabra, “oficio de resonancia” nos arma y desarma, “viva todavía en el sufrimiento humano del hombre de la civilización”, nos permite enfrentar la “astucia de la razón”. Tropiezan el sueño y la palabra. La palabra es la primera maravilla del mundo que no cesa de traernos y llevarnos a palabras nuevas. Ella en sí es un mandamiento que interpela, que no pasa impune. Que habla siempre.
Nace una palabra que habla por mí, que me nombra, que me reconoce, que me identifica, esto es un tú hacia otro tú que se atienen a las consecuencias. El humano hizo de la palabra: voz, imagen y principio; destrucción y creación. Dice Hurt Koffka: “El hombre olvidó el lenguaje de los pájaros y de las piedras.” Se desnudó de inocencia la palabra. La palabra nos define como ser humano. Nos aniquila cuando la convertimos en arma. Oficio humano del sonido, mundo sonoro de la ocupación habitual. Nos duele en el cuerpo toda su ignorancia y sapiencia. La palabra desafía, rompe tabú, protocolos y estados inútiles. Su voz es un orificio donde nace lo hermoso, donde se concibe el sueño, donde reposa y se impulsa el deseo hacia donde habita su origen humano a pesar de la contienda con lo inhumano.
Ella es el principio de la vida eslabonando la eternidad en el paso por la muerte. Ella: la imperfecta creación de la belleza pura. Luego imagen de un diálogo perfecto, cogito oral del logos y de la existencia. Hay que restituir a la palabra su poder de evocación. Es la obertura del ser, su cauce es un movimiento de conquistas de espacios.
La memoria de la humanidad la hacemos todos. Cada sujeto humano es un eterno agricultor, jardinero y cultivador del lenguaje. Hay que trabajar por una reforma agraria de palabras, actos y obras suscitando aportes, trasformaciones y posibles ajustes para erradicar la explotación y esclavitud humana. La palabra es un sujeto, un recién nacido, una pareja, una familia, una colectividad: es un tú y un yo. Es un conjunto de lugares, de lotes, de parcelas, de cuadras, en fin de espacios para aprender a: leer, callar, escuchar, hablar, gozar del silencio, para que esa otra voz: la interior surja sin recriminaciones, sin resentimientos, sin obligaciones, sin presiones, sin sufrimientos, sin zancadillas, sin vergüenza, sin prejuicios, sin castigos, sin temores, sin imposiciones, sin calificaciones, sin chantajes, sin forzamientos.
La palabra es la patria desalineada y la tierra sin estado, ella, cada uno de nosotros, nos inserta desde el nacimiento, nos encarna y encuentra. Protegerla es aprender a rebelarnos para darle cabida. Devela la vida, no la encubre entre malezas ideológicas, la despeja con la hoz, el azadón, el machete de la sabiduría y del sentido común. Su consigna: no morir así no más. Encuentra la punta del hilo oportunamente para que agarres, zurzas o hagas puntadas de lecturas nuevas, para que te conmuevas, motives, a seguirla. La palabra es vida vivida, viviéndose, leyéndose, contándose. Habitándose. Posesionándose. Inscribiéndose. Registrándose. Certificándose. La palabra “un goce inédito” (J. C. Milner) de la lengua.
(Extracto de “La primera maravilla del mundo: la palabra”. Ensayo de Carmen Váscones).






viernes, 2 de abril de 2010

ABRIL










ABRIL

Aire de abril para mi luz andina
para mi cafetal para mi aldea
florida de tristeza y conticinio
de soledad de musgo y de vereda
Abril amor para el tejado azul
para el zaguán también adormecido
de esperar tu presencia azulmarina
y las fugas de amor en primavera
Desde niño anhelaba tu color
el de mi cerro y mi colina azul
cabalgando risueño por el cielo
Aire de abril amor para la lluvia
trenzada de neblina aquí en mi aldea
Abril por fin para nacer contigo

Voy en abril, seguro de que existo
desde que un viento largo allá en mi aldea
—sin saber la colina de mi sombra—
dejó mi sueño andando por la vida
Creo en abril en su reinado eterno
en su ancho pedestal de sombra verde
en la audacia taurina de su cielo
en su leve y dulcífera armonía
Abril contigo va mi corazón
mi sueño mi dolor y mi tardanza
contigo abril me alcanzará la aurora
cuando lejano ya de aquella aldea
te encuentre abril en plena primavera
durmiendo el corazón a alguna rosa

Me moriré en abril con aguacero
un día que la lluvia ya recuerda
aunque nunca escuchemos las campanas
irán aquella tarde a nuestro entierro
Seguro un jueves como es hoy de abril
un día de este siglo que amanece
seguramente un día a la intemperie
o sábado o domingo un día de estos
Pablo ha muerto dirán las pomarrosas
la aldea lo sabrá sus cafetales
el limonero y el amor ardiente
También los cangilones y Vallejo
almácigos insomnios aspavientos
la soledad la lluvia los caminos...


Pablo Mora







LA PIEDAD






LA PIEDAD


Al fin Roma cayó en mis manos
Gigante en las ansias de un niño
Columnaje en inmortal grandeza
Lo moderno lo antiguo en ejemplar
abrazo
Las eras grabadas en los muros

Roma de mañana cubierta de neblina
Imponente Señora de su gloria
Muchacho apenas acaricié tus formas
Tus costados alcores tus colinas

De entre la selva aquella majestuosa
La Piedad de Miguel Ángel
Desde un ángulo parece que decía
Vente luego a conversar conmigo

Fui aquí y allá y me detuve a conversar con ella
Y me entretuvo
Ya la luz habíase ido
Sólo unos reflectores resaltaban la armonía

Sensación indescifrable de Piedad
Esa joven carnalísima —así me pareció—
Inconsciente del hombre que sostiene
Entre sus brazos

Espléndida mujer
Madre Joven con su hijo en su regazo
Que no parece madre sino novia

Todo lo domina
Todo lo evalúa
Todo lo fulgura

Con su mano delicada al aire
No señala nada y lo señala todo


Roma perenne pasajera colosal
Amazona cabalgando entre sus ruinas
Cuántos te pretenden manceba vestal
Cuántos envidian tus portentos
Tú siempre a ras de siglos la fugaz


Entre el fuego supremo de la vida
Veré reír en Roma eternamente
A esa niña desnudamente tierna
Que arrulla entre sus alas su Jesús


Roma, 1967



La Piedad, Pablo Mora
www.slideshare.net
Poema de Pablo Mora, escrito en Roma, 1967


http://www.slideshare.net/pablomora/la-piedad-pablo-mora




La Pieta de Robert Hupka : Gallerie - Section : photorama
www.la-pieta.org
les admirables photographies de Robert HupkaLe catalogue : 150 photographies réunies par Robert Hupka dans un livre magiqueLe portefolio : 12 des plus belles reproductions tirées sur planches libres






SÁBADO SANTO







2010
AÑO SACERDOTAL



SEMANA SANTA




+MARIO MORONTA R.
Obispo de San Cristóbal.










SABADO SANTO

Todos estos días hemos ido conmemorando y meditando las diversas facetas del acto redentor de Cristo. Y hemos podido comprobar, a la luz del año sacerdotal, que quien lo ha hecho ha sido el Sumo y Eterno Sacerdote, Jesucristo. Todo sacerdote ofrece sacrificios a Dios para hacer de mediador y conseguir la comunión entre Él y la humanidad.

Lo mismo sucede con Cristo. Se ha ofrecido al Padre, ha entregado su vida para conseguir la redención, la salvación. Pero ésta no es algo etéreo o superficial, sino una realidad que produce un efecto transformador en el ser humano. Dios hace que la ofrenda recibida se regrese como gracia a la humanidad.

Ya el profeta Ezequiel, como lo leíamos durante la Vigilia Pascual que celebramos, lo advertía: Les daré un corazón nuevo y les infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de ustedes el corazón de piedra y les daré un corazón de carne… Habitarán en la tierra que di a sus padres; ustedes serán mi pueblo y yo seré su Dios…

San Pablo nos indica que la profecía se ha cumplido. Hemos sido asumidos por el Sacerdote y la Víctima, y con su acción pascual-sacerdotal, hemos sido salvados, transformados, cambiados… de tal manera que somos hijos del Padre Dios. Ahora, por el bautismo, podemos disfrutar de lo que hizo Jesús. Por eso, somos identificados a Él, sepultados en su muerte y resucitados con Él. Ha cambiado radicalmente nuestra existencia y nos ha introducido en un camino que conduce hacia la plenitud. Ese camino es el de la novedad (salvación) de vida.

El fruto de la entrega sacerdotal para nosotros es el que nos podemos unir a Él por su muerte y su resurrección. Si morimos con Él, si resucitamos con Él… entonces viviremos con Él. Y al vivir con Él, vivimos en comunión con el Padre, para ir caminando hacia la plenitud de la salvación. En esta noche de alegría cantamos gozosos el triunfo del que entregó su vida: ¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros! ¡Qué incomparable ternura y caridad! ¡Para rescatar al esclavo entregaste al Hijo! Ese canto es una nueva profesión de fe en el Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote que nos dio la vida nueva de hijos salvados.

Gracias a la resurrección, de la que somos testigos, todo lo que hacemos adquiere un mayor sentido. Gracias a la salvación el sacerdocio de Jesucristo se sigue manifestando en cada uno de los ministros de la Iglesia, que hacen memoria viva de esa pascua redentora. En cada sacerdote, al ejercer su ministerio y particularmente al proclamar la Palabra y celebrar la eucaristía, sentimos la fuerza del Señor que sigue actuando y salvando en la historia de la humanidad.

Es la noche santa, la del cumplimiento de la promesa divina, la de la victoria de la luz sobre la oscuridad, la del triunfo de la vida sobre la muerte…Hoy es el día más grande que hizo el Señor, porque se hizo realidad lo que el autor de la Carta a los Hebreos nos recordaba el pasado viernes santo: hoy se cumple la misericordia de Dios, hoy encontramos la gracia, hoy es el tiempo de la salvación. Así es como podemos cantar: su misericordia es eterna…






jueves, 1 de abril de 2010

MEDITACIÓN DE LAS SIETE PALABRAS







2010
AÑO SACERDOTAL



SEMANA SANTA




+MARIO MORONTA R.
Obispo de San Cristóbal.








MEDITACION DE LAS SIETE PALABRAS

1. INTRODUCCIÓN.

En la Cruz se realizó la mayor ofrenda sacerdotal de la historia. Allí, con sus brazos clavados pero abiertos en un gran abrazo a la humanidad, el Sumo Sacerdote de la Nueva Alianza estaba ofreciéndose, a la vez, como víctima propiciatoria. Con su sangre derramada hasta la última gota, cual Cordero Pascual, estaba sellando la nueva alianza: esa que transformaba el corazón de piedra en el corazón de carne, donde se escribiría la ley definitiva, la del amor y de la salvación de cada ser humano.

El sacerdocio sumo y eterno de Cristo, nos enseña la carta a los Hebreos, es causa de nuestra salvación. El pecado y la muerte son derrotados. Surge así la victoria de la nueva creación, que con la resurrección, tres días después, hará explosión de luz y de vida para siempre. Horas antes, en el cenáculo, el ahora Crucificado instituyó el sacramento de la nueva alianza, el de su cuerpo y de su sangre, vínculo de unidad y de amor. Con él, en tradición transmitida de generación en generación, el pueblo de la nueva alianza podría seguir haciendo memoria viva del evento pascual. Para ello, como lo hemos meditado el pasado jueves santo, también el Señor instituye el sacramento del orden sacerdotal. Así se aseguraba en el tiempo de la humanidad y de la Iglesia que todos pudieran celebrar y participar del banquete del amor eucarístico.

El que había sido reconocido como profeta y maestro por excelencia, que además se había auto presentado como la Palabra reveladora del Padre Dios, ahora cumplía todo lo que se había anunciado en el antiguo testamento. Por eso será siempre reconocido como el verdadero profeta, pues su Palabra se cumplió de verdad al realizar la voluntad salvífica de su Padre Dios. Y lo hace ejerciendo el Sacerdocio definitivo: el que ofrecía una víctima especial –su propia vida- para conseguir la salvación de la humanidad.

Quien se había dado a conocer como el Pastor Bueno, ahora estaba demostrando que su amor era auténtico y sin límites, al dar la vida por sus ovejas. Es el pastor que no huye ante el enemigo, ya que no era un mercenario: es el pastor herido de muerte para que todos puedan tener vida en abundancia. Es el pastor que ofrece, como Abel, lo mejor que tiene, para rendir el mayor culto de alabanza a Dios.

Es el Crucificado, quien actuaba como un verdadero santificador de los suyos: fruto de su entrega es precisamente conseguir que los seres humanos pudieran ser de verdad santificados. De allí que con su entrega redentora lograra convertir a los seres humanos en hijos del Padre Dios. El mismo que había pedido al Padre horas antes que consagrara a los suyos en la verdad, derribaba el muro de división creado por el diablo, para hacer de los seres humanos auténticos hombres nuevos.

En la Cruz, Cristo se muestra verdadero sacerdote. No es un episodio anecdótico de un gran hombre. Es la prueba final y radical del amor del pastor-profeta-santificador que cumple con la misión redentora que ha recibido del Padre. En la Cruz, Cristo se manifiesta como el testigo fiel del Padre Dios: delante del Padre entrega junto con su vida a toda la humanidad, para que empiece a disfrutar del fruto de la salvación. Delante de la humanidad, Cristo aparece como el mediador que consigue derribar muros para convertirse en el Pontífice que tiende el puente de su mediación; con él logra restablecer la comunión de la humanidad con el Padre.

Desde la Cruz, Jesús se nos muestra como el verdadero servidor: no el que vino a servir, sino a dar la vida por todos. Es el siervo sufriente que consigue la consolación de la humanidad… Y todo por amor. Es su amor de sacerdote, de pastor bueno, de maestro de la verdad, el que se impone… Y lo hace como ofrenda sacerdotal.

En la Cruz, Jesús pronuncia pocas palabras. En parte, debido al cansancio y el dolor… en parte porque tiene pocos oyentes… en parte porque ya está llegando al fin… en parte porque es su mismo sacrificio la mejor predicación como profeta. Pero son palabras que nos pueden y deben inspirar luces para el camino a seguir. En este AÑO SACERDOTAL, convocado por el Papa Benedicto XVI, les invito a que las meditemos precisamente en clave sacerdotal: son palabras sacerdotales pronunciadas por quien se mostró en la Cruz como el Sacerdote de la nueva alianza. Son palabras para ser escuchadas con sencillez y fe. Son palabras del Señor en la Cruz…















2. PALABRAS DE ENTREGA SACERDOTAL.

A.
Todas las palabras de Cristo en la Cruz son importantes. Pero las más definitorias de su misión son las últimas. Con ellas se sellaba el cumplimiento de la voluntad salvífica del Padre y la realización de las promesas ofrecidas desde antiguo. Son palabras de donación plena. Por eso, son palabras de entrega sacerdotal. Era el momento supremo, el de la donación de la propia vida como el pastor bueno por sus ovejas, toda la humanidad.

En un gesto final, el moribundo de la Cruz coloca en las manos del Padre la víctima que ofrece el Sumo y Eterno Sacerdote: su propia vida por la salvación del mundo. Son las palabras de quien confía que la donación será recibida por el Padre Dios: En tus manos, Padre, encomiendo mi espíritu.

Cualquiera podría afirmar que se trata de unas palabras que finalizan una historia como buscando no quedar en el olvido. Sin embargo, son las palabras de quien ha realizado el ofertorio más importante como sacerdote; la víctima propiciatoria que es su propia vida. Lo más hermoso es que el Padre, ante el cual había sentido la soledad y el abandono, recibe en sus manos amorosas, las manos creadoras del universo, la ofrenda sacerdotal que busca ser una mediación para salvar y rescatar a la humanidad. Aquellas manos creadoras del Padre reciben la vida de su Hijo para comenzar la nueva creación. El fruto de esa donación se empezará a comprobar: con la sangre que está derramando desde la Cruz se sella la nueva alianza, y los seres humanos pueden llegar a ser hijos de Dios.

En tus manos encomiendo mi espíritu… Son palabras que sintetizan toda una existencia terrena del Hijo de Dios. Vienen a recordar el amor extremo del Padre quien lo envió para que pudiera salvar a todos los seres humanos. A lo largo de su existencia y ministerio terreno, el Hijo fue preparando este momento. Por eso, fue llamando a quienes estaban con Él, por eso se fue acercando a los más pequeños y pecadores, por eso fue dando a conocer al Padre, por eso está ahora en la Cruz. Aparentemente vencido, pero definitivamente vencedor ante el pecado, el mal y el maligno.

En tus manos encomiendo mi espíritu… El espíritu es la Persona misma de Cristo. De allí que está poniendo en las manos del Padre, representada en la ofrenda sacerdotal, en la víctima del sacrificio, la historia y la vida de toda la humanidad. Ya no hay necesidad de otros mediadores. El auténtico Sacerdote, Jesucristo, pone en las manos del Padre a todos los hombres y mujeres para que sean revestidos de una nueva condición recuperando así la condición perdida por el pecado. En esas palabras también se siente la fuerza de la encarnación del Hijo de Dios: se hizo hombre igual a todos menos en el pecado, para ofrecerse por todos y representarlos en su entrega sacerdotal de la cruz.

Es el momento decisivo para Él y para la humanidad. Por eso, cuando aparentemente ya no hay más nada qué hacer, exclama: Todo está cumplido, todo está consumado. En la entrega de la ofrenda se consigue de una vez el fruto esperado que permite la comunión más estrecha del oferente –la humanidad representada en el hombre Dios- con Dios. Es el momento en que se cumple definitivamente la promesa de los inicios de la historia de salvación. A partir de este instante, no se necesitan más promesas de salvación, pues todo está cumplido, todo está consumado…

Sí, todo está cumplido… entonces, como nos enseña el autor de la carta a los Hebreos, el sumo sacerdote por excelencia se convierte en la causa de la salvación de la humanidad. El que es perfecto nos introduce en el camino de la perfección. Así se nos abre el camino de la novedad de vida que, con la fuerza del Espíritu, la humanidad ha de transitar si quiere alcanzar la plenitud.

Sí, todo está cumplido… a partir de ese instante redentor, cada uno de nosotros ha podido convertirse en el hombre nuevo –mujer nueva- identificado con Cristo. Así adquirimos una nueva condición, la de los hijos de Dios y ciudadanos del cielo. Como nos enseña Pablo, nos sumergimos en su muerte para luego resucitar con Él y así participar de la plenitud de la misericordia del Padre Dios.

Sí, todo está cumplido… para eso ha venido el Salvador al mundo. Para eso, la esperanza alentada por los profetas del antiguo testamento iluminaba el camino del pueblo de Dios… sencillamente para disfrutar de ese cumplimiento por parte del sacerdote eterno, Jesucristo. En su ofrenda y entrega sacerdotal, esta Palabra viene a indicarnos que ya se dio, de una vez por todas, la salvación de la humanidad. Incluso se ha recibido el fruto de esa mediación y entrega sacerdotal.

El todo está cumplido… se consigue con la entrega de Cristo al Padre… De allí que esta palabra de Cristo en la Cruz se conjugue con la otra en tus manos encomiendo mi espíritu. Cumplimiento en la entrega de las manos del Padre que recibe generosamente la víctima sacrificada y cuya sangre sella la nueva alianza.

B.
Al darnos la nueva vida, gracias a su entrega sacerdotal, comenzamos a participar de una realidad también nueva: formamos parte del pueblo de Dios, pueblo sacerdotal. Este pueblo se identifica con el sumo y eterno sacerdote, y sus miembros, gracias al bautismo, se convierten en hostias vivas, sacrificio agradable a Dios. Cada uno de los creyentes discípulos de Jesús son miembros de la Iglesia, que ha recibido de su Señor la misión de evangelizar y realizar el verdadero culto en espíritu y verdad.

En esta línea, al pueblo sacerdotal de la nueva alianza le ha correspondido no sólo anunciar, sino también conmemorar en la cotidianidad de la vida la ofrenda sacerdotal de Jesús, así como los frutos de l dicha entrega sacerdotal. No en vano, el Concilio Vaticano II identificó a la Iglesia como sacramento de salvación. Todo lo que hace la Iglesia es proyección de la acción pascual de Cristo, y como pueblo sacerdotal celebra y proclama con entusiasmo los frutos de la acción sacerdotal de Cristo en la Cruz y con la resurrección.

Por medio del testimonio decidido y entusiasta de los discípulos de Jesús, es posible que muchos comiencen a decidirse por la salvación. Como hostias vivas que se ofrecen continuamente al Padre, los cristianos logran que también tanto ellos como los destinatarios de su misión gocen de los beneficios de la redención. Para ello, por supuesto cuentan con la gracia y el don del Espíritu Santo.

En todas partes y en todo momento, por el compromiso bautismal, los discípulos de Jesús tienen el deber evangelizador de anunciar que todo está cumplido… Y, a la vez, con su decisión y valentía en el testimonio, ayudan a no pocos a conseguir que entren en las sendas de la plenitud, fruto de ese cumplimiento aclamado por Cristo en la Cruz. Es por la caridad y la acción apostólica de los cristianos en comunión dentro de la Iglesia como se va extendiendo las consecuencias del todo está cumplido…

Son muchas las formas de hacerlo, son muchos los métodos que se pueden emplear, pero es con la acción del Espíritu como se logrará todo ello. Por ser fieles a Cristo que los ha asociado a Sí y los ha incorporado en el pueblo sacerdotal, los cristianos cooperan de manera variada para que se siga haciendo sentir la Nueva Creación en el mundo contemporáneo a ellos. El compromiso por la justicia y la paz, así como la continua renovación moral de la sociedad y la promoción de un desarrollo integral, son expresiones de la acción sacerdotal del pueblo de Dios. Pues no sólo permiten que se siga ofreciendo a Dios el fruto de la tierra y del trabajo de los hombres, sino que también se hace sentir en ellos los frutos conseguidos mediante el Sacerdocio de Cristo Redentor. Es una manera concreta de hacer partícipes a toda la humanidad del todo está cumplido.

Por otra parte, en el ejercicio del sacerdocio común de los fieles, como miembros del pueblo de Dios, les corresponde a los creyentes y discípulos de Jesús seguir encomendando y poniendo en las manos del Padre a toda la humanidad. La identificación con Cristo es tal, que los creyentes encomiendan su espíritu al Padre Dios, y así llevan a las manos misericordiosas de Dios las angustias, las esperanzas, los dolores, los anhelos, las dificultades de los seres humanos. Y puestas en las manos de Dios, se afina más y mejor el compromiso de los miembros del pueblo sacerdotal con aquellos más necesitados, los pequeños, los pobres y excluidos, los oprimidos por el pecado del mundo. No es otra cosa sino una consecuencia de aquella palabra de Cristo en la cruz: en tus manos encomiendo mi espíritu.

Por otra parte, así se pone en práctica aquello anunciado por los profetas y asumido por Jesús: misericordia quiero y no sacrificios… Es con el amor actuante de los cristianos, con el que se identifican a Cristo, como se ejerce el sacerdocio del pueblo de Dios. Y hoy, de manera particular, ésta es una asignatura pendiente en la sociedad. Ante el egoísmo y la exclusión de tantísimas personas, frente a la descomposición moral existente y que conduce a muchos a la degradación personal, y que se manifiesta en cantidad de hechos contrarios al designio de Dios, la acción de los cristianos debe ser la misma que el Señor asumió en la sinagoga de Nazaret: dar vista a los ciegos, liberar a los oprimidos, dar libertad a los cautivos, anunciar el evangelio a los pobres y, sobre todo, hacer sentir que vivimos en el tiempo de la gracia, en el tiempo de la salvación.

Para eso, los creyentes se identifican con Jesús y, como hostias vivas que se ofrecen al Padre, encomiendan a sus divinas manos a todos aquellos que buscan la salvación; los que quieren vivir con el ideal de las bienaventuranzas, los que se saben necesitados del perdón y de la misericordia, los que como Zaqueo han conseguido que la salvación llegue a sus vidas y a sus casas, los que como la pecadora arrepentida se deciden a no pecar más… Para ellos y muchos más, el pueblo sacerdotal les ofrece caminos que conducen a las manos amorosas del Padre. Así se cumplen hoy las palabras de Cristo en la cruz: en tus manos encomiendo mi espíritu.

Hoy somos testigos de aquel cumplimiento de la misión y entrega sacerdotal de Cristo en la cruz. Más aún, Él nos ha encomendado la misión de hacerlo sentir en todo momento y lugar. Por eso, para nosotros, como para los cristianos de siempre, cual pueblo sacerdotal que formamos, esas palabras encierran parte de nuestra identidad como discípulos de Jesús. Por medio de nosotros, por nuestro trabajo evangelizador, hacemos sentir al mundo que todo está cumplido… y encomendamos el espíritu de la humanidad en las manos del Padre Dios.




3. PALABRAS DE COMPASION SACERDOTAL.

Por ser mediador entre Dios y los hombres, y por actuar como Pastor bueno que conoce y se identifica con sus ovejas, el Sumo Sacerdote asume los riesgos y las dificultades propias de la humanidad. El Sacerdote, si se identifica con los suyos, conoce no sólo por su nombre a las ovejas, sino que también sabe de sus angustias y esperanzas, de sus dolores y regocijos…

En el momento supremo y sacerdotal de la Cruz, Jesús siente el dolor, fruto del pecado, como nos lo atestigua el libro del Génesis. Dos de sus palabras sintetizan ese dolor que siente el agonizante de la cruz, fuertemente golpeado por sus torturadores y abandonado por los suyos: siente sed de todo lo que pueda darle un consuelo; y experimenta la angustia y el vacío de la soledad. Son palabras que podríamos definir como de compasión sacerdotal: no sólo expresan un sentimiento humano de quien está en la Cruz, sino también muestran su solidaridad con tantos sufrientes de todos los tiempos… precisamente por quienes está entregando su vida.

Tengo sed, exclama el Redentor. Se han acabado sus fuerzas. Ha perdido mucha sangre. No ha comido desde que salió del Cenáculo y el sol es fuerte a esa hora… Pide un poco de agua para tener un poco más de fuerza y soportar mejor el dolor de la cruz. La respuesta no se hace esperar. Pero en vez de agua le dan una pócima amarga, más bien para quemar su garganta y para que no vuelva a pedir nada más…

Tengo sed, exclama quien convirtiera el agua en vino para mantener la alegría de aquellos esposos de Caná. Ahora no hay nadie que le pueda dar unas gotas para calmar sus dolores. Pareciera que es el premio de parte de aquellos que nunca entendieron lo que Él había venido a realizar. Pareciera que es la cuota que debe pagar por atreverse a hacer el bien nen medio de los suyos.

Tengo sed, exclama aquel que le habló del agua que salta hasta la vida eterna a la samaritana. Ahora no la tiene cerca para que le saque agua del pozo. ¿Quién sabe dónde estará? Minutos más tarde, luego de que el soldado romano le hunda la lanza en su costado, manará lo poco que le queda de sangre y agua en su cuerpo: de allí nacerán los sacramentos y la misma Iglesia a la que pertenecemos… Lo curioso es que quien pide agua, dará el agua necesaria para alcanzar la salvación.

Desde el sentimiento profundo de su cuerpo que pide se le calme la sed, el Redentor experimenta otro sentimiento no menos fuerte: la soledad. Ha sido abandonado. Los suyos huyeron, por miedo o por vergüenza. Solo quedan algunas mujeres en torno a la Madre y el consecuente Juan. La soledad es tan grande que le llega a reclamar a su Padre ante quien siente también abandono: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Mucha gente lo siguió porque era capaz de multiplicar los panes, o porque disfrutaban oyéndolo en sus enseñanzas… mucha gente lo buscó para que les sanara o les diera un consuelo. En todo momento, el mismo Maestro les hablaba de su Padre… incluso llegó a decir que verlo a Él era ver a su Padre, con quien formaba una misma cosa… Ahora está solo ante la muerte que le acosa. Aquellos que lo seguían y buscaban no estaban allí. Y diera la impresión que el Padre Dios también se olvidó de Él. Por eso exclama: Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?

Sin embargo, a pesar de la extrema soledad, como la de todo moribundo a minutos de su paso a la eternidad, el Padre no lo ha abandonado. La angustia que le había sobrecogido en el huerto de los Olivos parecía volver ante Él… Y aunque se sienta solo, sabe que está cumpliendo la voluntad del Padre Dios, es decir la salvación de la humanidad. El sabe bien que debe entregarse como víctima; Él bien sabe que su Padre la está recibiendo en sus manos; Él sabe bien que allí está entregando en soledad y pobreza de ese momento su propia vida para salvar a la humanidad; Él bien sabe que está llegando al momento más supremo de su vida terrena, precisamente rebajándose y perdiendo todo privilegio, para enriquecer con su entrega la pobreza de una humanidad necesitada de redención… al experimentar todo esto le recuerda al Padre que toda su vida la entrega para cumplir su voluntad. Es lo que quiere decir cuando exclama Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?

Sed y soledad son, para Jesús, unos sentimientos con los que puede experimentar la compasión con los suyos. En esas palabras y en esos sentimientos, asocia la sed, el hambre, los dolores y la soledad de tantos hombres y mujeres que sufren o experimentan los embates del mal y del pecado. Jesús se hace solidario y aún en medio de la soledad, se identifica con todos al pedir sed y al reclamarle a su Padre que no lo abandone…

B.
Tanto los miembros del pueblo sacerdotal como los que han sido elegidos para el ministerio sacerdotal dentro de la Iglesia, al identificarse con Cristo hacen suyas estas palabras de compasión sacerdotal. Por eso, cada sacerdote y cada creyente debe exclamar tengo sed. Sí, hay una sed inmensa de justicia. No hay sino que ver a nuestro alrededor todo lo que sucede: presos sin sentencias, asesinatos por encargo, pobreza moral que crece, niños y jóvenes atrapados en las redes de la droga y del vicio… Es la sed de justicia que reclama tanto nuestra sociedad, ante la cual se le dan pócimas amargas que lejos de calmar alargan la necesidad de atención.

Frente a todo esto, amplios sectores de la humanidad, quizás muchos de ellos cercanos a nosotros, se sienten solos. Quizás obnubilados por las candilejas del consumismo o del materialismo, o por la propuesta de falsos paraísos… Hay una soledad por todo lo alto. No valen los medios de comunicación social que, lejos de unirnos, llegan a dividirnos por criterios y opiniones, por propuestas de violencia e inmoralidad en sus programaciones… Todo sacerdote y todo miembro del pueblo sacerdotal, si de verdad está identificado con la gente a la que está llamada a ofrecer sus propias vidas como hostias agradables a Dios, sencillamente tiene que sentir el clamor de todos los que dicen Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?

Tengo sed, exclaman los niños abandonados por sus padres, las madres que ven perderse a sus hijos en la droga, el sicariato y la violencia, los jóvenes que pierden la ilusión de un futuro próspero, los ciudadanos golpeados por una delincuencia sin freno… Lo mismo exclaman tantos hombres y mujeres honestos que no encuentran respuesta cierta a sus esperanzas, sencillamente porque predomina el deseo de venganza y de odio, o la corrupción que se hace presente en todos los ámbitos públicos y privados… Lo mismo exclaman los hijos que no logran nacer porque son abortados; los que son secuestrados y vendidos al mejor postor; o los que son corrompidos envenenados por propuestas inmorales que conducen a la prostitución a la homosexualidad y a la descomposición moral…

Todos ellos deben encontrar en la Iglesia, pueblo sacerdotal, el eco de sus clamores. Y aunque sientan abandono y soledad, debe recibir la caricia de la solidaridad y de la compasión para que puedan levantar su cara con dignidad. En los momentos difíciles que atraviesa la humanidad, sencillamente, la Iglesia y los sacerdotes, dentro de ella, deben ser como luces que iluminan el camino. Con su compromiso de comunión y con su responsabilidad evangelizadora, deben hacer sentir la fuerza del amor misericordioso de Dios… así podrán exclamar con la certeza de tener a Dos cerca Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?

El pueblo sacerdotal –identificado a Cristo Sumo y Eterno sacerdote- y en él, los ministros del Señor, deben tener los mismos sentimientos de Cristo. De estas palabras en la Cruz han de aprender que se debe tener compasión sacerdotal. Tener compasión no es sentir lástima. Esta no es una actitud ni humana ni cristiana. Tener compasión es compartir el sufrimiento, el dolor… pero no como si se soportara una carga inútil. Todo lo contrario, más bien con el sentido de fuerza que da el actuar en el nombre del Señor. Tener compasión es compartir el dolor, pero para superarlo. Es asumir las soledades de los demás, pero para convertirlas en comunión y en solidaridad.

Entonces, cuando la gente exclame tengo sed, ese pueblo sacerdotal hace suya la sed… para saciarla y no con vinagre, sino con el agua que salta hasta la vida eterna. Entonces, cuando la gente siente la soledad y no encuentra a Dios por ninguna parte, ese pueblo sacerdotal hace suya la exclamación Dios míos, Dios mío ¿por qué me has abandonado? no para hundirnos en la desesperanza, sino para buscar juntos al Dios de la vida y del amor que todo lo puede y que es capaz de seguir liberando a su pueblo del yugo del egoísmo y del pecado del mundo.

Tengo sed… Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?... lejos de ser un quejido, constituyen el proyecto de vida de todo sacerdote y del pueblo sacerdotal: el del Buen Pastor que salió en la búsqueda de la oveja perdida y cansada… para conducirla a los pastos seguros de la salvación… Constituyen el desafío de estar comprometidos con la construcción de la comunión entre los hombres y, particularmente la Iglesia… así podremos afirmar lo que decían los primeros cristianos: que nadie pasaba necesidad pues todo lo tenían en común… Ambas palabras, de compasión sacerdotal, nos retan… La garantía que poseemos para asumir ese reto ha sido el triunfo sacerdotal de Cristo en la Cruz.

























4. PALABRAS CON FRUTOS SACERDOTALES.

No se es sacerdote para cumplir con un oficio secular o una profesión, aunque pueda tener caracteres religiosos. Se es sacerdote para cumplir con lo que ello significa: ser profeta-pastor-santificador. Desde esta perspectiva, entonces, el sacerdote ejerce un ministerio con unas consecuencias muy concretas. El autor de la carta a los Hebreos habla del Sumo Sacerdote que se dedica a las cosas de Dios en medio de los suyos y para ser causa de salvación. En esto último se sintetiza la acción sacerdotal.

Desde la Cruz, el Señor ejerce la mayor muestra de su ser sacerdotal: como mediador entre Dios y la humanidad, ofreciendo una Víctima especial, que es su propia persona; para así, obtener un fruto: la salvación-liberación de los seres humanos. En la Cruz, algunas de las palabras que pronuncia el Señor hacen referencia a esos frutos sacerdotales que tienen que ver con la misma salvación. Son palabras sacerdotales, como las otras que pronuncia.

De hecho, la primera palabra que pronuncia Jesús en la Cruz habla de uno de los fines de la redención y ya indica el primer fruto de su misión sacerdotal: Padre, perdónales porque no saben lo que hacen… Frente a quienes le han acusado y torturado y que en ese momento lo retan porque está clavado en la cruz indefenso e inmovilizado, el Señor no manifiesta ni odio ni rencor; todo lo contrario, pues pide perdón de parte del Padre. Y hasta los justifica: porque no saben lo que hacen… Quien predicó el perdón y el amor incluso a los enemigos no podía hacer menos. Por otra parte una de las consecuencias de su ejercicio sacerdotal de Buen Pastor era precisamente conseguir el perdón de los pecados. No en vano el Bautista lo presentó como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Al cumplir la voluntad del Padre, a su vez, estaba consiguiendo lo que el Padre había prometido desde antiguo: la reconciliación con la humanidad. Desde la Cruz, el sacerote y Víctima estaba consiguiendo uno de los frutos de su ministerio, expresado en esas palabras llenas de amor y compasión: Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen…

Minutos más tarde, enfrenta el reto de uno de sus compañeros de suplicio, quien le increpa pidiéndole que haga venir sus huestes para liberarlo a Él y a ellos. Pero el otro compañero, a quien conocemos como el buen ladrón, le dice otra cosa. Quizás porque ha descubierto quién era aquel extraño compañero que estaba crucificado junto con ellos… entonces le hace una petición muy precisa: Acuérdate de mí cuando estés en tu Reino. La respuesta no se hizo esperar y está en sintonía con la primera palabra de perdón: es la palabra del premio, para lo cual se ha ofrecido como víctima suprema en el sacrificio de la Cruz. Son palabras sacerdotales que hablan de una consecuencia clara y directa: Hoy estarás conmigo en el Paraíso… Palabras que hablan de la consecuencia y del fruto de la entrega de Jesús. Todo sacrificio sacerdotal, que es un acto de mediación, quiere conseguir un fruto, una consecuencia. En sintonía con la promesa de Dios Padre, con lo que había anunciado Jesús, esta palabra está indicándonos que es cierto todo eso ofrecido por Jesús. El se había presentado como el Camino y la Verdad que conducen a la vida eterna, como la Palabra de vida eterna y el Pan también de vida eterna… No hay que esperar mucho más: en el hoy de la cruz se le ofrece al ladrón bueno y arrepentido que entrará en el paraíso, es decir en la vida eterna. Para cada uno de nosotros, esa palabra es una garantía. Jesús no tuvo que esperar siglos para que se diera lo que había ofrecido y presentado como meta. No, sino que en el mismo momento de su entrega se cumplía todo y se hacía realidad la voluntad del Padre que quería la salvación de todos. Así lo subraya la palabra sacerdotal de Cristo en la Cruz: Hoy estarás conmigo en el Paraíso…

La otra palabra de Cristo, llena de inmensa ternura y de la cual podemos sacar muchísimas reflexiones, nos habla de otro fruto sacerdotal. Jesús ve a su madre y la entrega al cuidado de Juan, el discípulo amado; y a Juan lo entrega como hijo de la Madre. Entre muchas consecuencias, esta palabra nos habla de la preocupación de Jesús por la humanidad y por eso crea un vínculo de comunión. La entrega de María a Juan como Madre y del discípulo como hijo habla de comunión en el amor. Es una figura de la comunión eclesial. La Iglesia, misterio de comunión, es fruto de la víctima sacerdotal al Padre Dios. Es lo que encierran esas palabras sacerdotales y hermosas: Mujer, he ahí a tu hijo; hijo he ahí a tu madre. Un fruto cierto de la mediación sacerdotal e la comunión entre Dios y la humanidad. Pero, en la visión de Cristo, que cambia toda perspectiva antigua, no se puede dar comunión con Dios si no hay una comunión efectiva entre los seguidores del Señor, y de ellos con los demás, seres humanos. No en vano, Jesús nos consigue la gracia de ser hijos de Dios… y como tales, somos hermanos nacidos de la Cruz. Al pedirle a Juan que cuide de su Madre, y a su Madre que lo reciba como hijo, además de todo lo que ello significa humanamente, está abriendo la nueva dimensión de la vida de los creyentes. La comunión entre todos es fruto de ese sacerdocio supremo que en la Cruz nos dio la vida nueva. Nos lo indican esas palabras pronunciadas sacerdotalmente: Mujer, he ahí a tu hijo; hijo, he ahí a tu madre.

B.
El pueblo sacerdotal que ha sido convocado para actuar en nombre de Cristo, así como los ministros consagrados por el sacramento del Orden sacerdotal, encuentran en estas palabras algunas luces para su actuación y su quehacer cotidiano. También lo que cada uno hace como creyente y como sacerdote debe producir frutos de salvación. No somos simples espectadores o simpatizantes de un Señor que hizo grandes prodigios: como miembros de la Iglesia formamos parte del pueblo de Dios que le al encuentro de todos para anunciar el evangelio de salvación y contagiarla a todo ser humano. Como ministros ordenados cada sacerdote debe actuar en nombre de Cristo, para ser como su Señor causa de salvación; no es un gerente o profesional de lo religioso. Es “Otro Cristo” que actúa configurado Él para la salvación de los hombres.

Tanto el pueblo sacerdotal de la Iglesia como cada ministro sacerdote son constructores de la comunión. Ellos hacen realidad lo que Jesús le pide al Padre en su oración sacerdotal: Que ellos sean uno como Tú y Yo, Padre. Es una comunión que se edifica y se proclama. El Venerable Juan Pablo II nos enseñaba que la Iglesia es continua escuela de comunión. Por eso, la palabra que Jesús dirige a María y a Juan desde la cruz inspira la actuación de cada sacerdote y de todo miembro del pueblo sacerdotal: Mujer, he ahí a tu hijo; hijo, he ahí a tu madre… En esa invitación a Juan a recibir y preocuparse por María, y en ese pedido a María que sea madre de Juan, se sintetiza la acción que edifica comunión eclesial. Cada uno de nosotros debe recibir a tantas “Marías” como madre; y ellas a tantos hijos como Juan. Para eso, se debe fomentar la fraternidad y el encuentro en el diálogo permanente. Así se conseguirá lograr uno de los objetivos del Pastor Bueno: hacer que todos formen una sola grey bajo un solo Pastor. Se trata de una comunión incluyente. Para Dios no hay acepción de personas solían insistir los apóstoles en sus primeros discursos evangelizadores. Tampoco en la cruz hay exclusión: Jesús entregó su vida por la salvación de todos. La Iglesia es sacramento de comunión y salvación. Ambas realidades marchan unidas de las manos. Es función y tarea sacerdotal fomentar, conseguir, sostener y promover la comunión. Es lo que Cristo nos enseñó con su palabra: Mujer, he ahí a tu hijo; hijo, he ahí a tu Madre.

Como parte de ese compromiso de crear y sostener la comunión, la Iglesia ha recibido un ministerio también de corte sacerdotal: como nos lo enseña Pablo en la segunda carta a los Corintios, ha recibido el ministerio de la reconciliación. Dicho ministerio es presentado como la nueva Creación… Para conseguirlo, nos enseña el Apóstol en la carta a los Efesios, hay que hacer como Cristo, derribar el muro de división existente y crear al hombre nuevo a imagen de Jesucristo. Reconciliar implica algo que es fundamental: el perdón. La Iglesia, pueblo sacerdotal, y los ministros sacerdotes han recibido esta tarea: salir al encuentro de todos y promover el perdón. No es otra cosa sino la derivación de aquella primera palabra del Crucificado: Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen… No resulta fácil, pues todavía hay quienes siguen pensando que se debe perdonar únicamente hasta siete veces… o que hay que vengar cualquier ofensa… o destruir a quien se considere enemigo. Todo esto es triste consecuencia de no haber superado el “ojo por ojo y diente por diente”, sin haber entendido que con Cristo se ha impuesto la ley del amor. En medio de un mundo que tiene criterios antievangélicos, estando en él pero sin ser de él, los miembros del pueblo sacerdotal deben ser constructores de la paz que viene de Cristo y que pasa por el perdón de todo aquel que sea destructor del bien. La Iglesia tiene que llamar a la conversión y luchar porque se dé. Para ello, sin más condiciones que la del amor fraterno que todo lo puede y reconcilia, debe hacer sentir los efectos de aquella palabra sacerdotal del Crucificado: Padre, perdónales porque no saben lo que hacen…

En esta línea, los sacerdotes y el pueblo de Dios tienen que salir al encuentro de los hermanos para garantizarles que también pueden ser partícipes de la libertad de los hijos de Dios. Con la certeza de lo que creen y viven y al acercarse a todos para brindarles la luz del evangelio, al igual que el pastor bueno va en rescate de la oveja perdida, el pueblo sacerdotal tiene que repetirle a los que van convirtiéndose hoy estarás conmigo en el paraíso… Recordemos que gracias al testimonio y entusiasmo de los primeros cristianos, eran muchos los que se unían al camino de la salvación. En especial, hay que seguir el ejemplo del Maestro quien no dudó en comer con los pecadores y los excluidos. Nunca se negó a ellos y consiguió que muchos dieran el cambio de su vida hacia su seguimiento. De igual manera, hoy más que nunca la Iglesia ha de acercarse a los que están más alejados para anunciarles el camino de la novedad de vida y salvación, y acogerlos con el abrazo amoroso que distinguió al padre de la parábola del hijo pródigo. Es mucha la gente que anhela sentir el amor de Dios mediante el gesto sacerdotal despueblo de Dios: gesto que ofrece la salvación, gesto que rescata a muchos del camino oscuro, gesto que muestra que se actúa en el nombre de Dios. Alos alejados, a los pecadores, a los excluidos por la injusticia o por el desamor, hay que hacerles sentir que ellos también pueden y deben tener un corazón abierto a la misericordia de Dios. Para ellos, la Iglesia, pueblo sacerdotal y sus ministros sacerdotes, debe hacer sentir la fuerza, la energía y la frescura espiritual de aquella palabra de Cristo en la Cruz: hoy estarás conmigo en el paraíso…










5. CONCLUSION.

Hemos meditado las siete palabras de Jesús en la Cruz desde un horizonte peculiar, aprovechando el AÑO SACERDOTAL convocado por el Papa Benedicto XVI. Hemos tenido la oportunidad de recordar que somos pueblo sacerdotal al que pertenecemos por el bautismo. Y, a la vez, que dentro de él hay ministros consagrados que se han configurado a Cristo Sumo y Eterno Sacerdote, para actuar en su nombre. La finalidad del sacerdocio de la nueva alianza es hacer memoria viva de un Dios hecho hombre para darnos la salvación. Esto ha supuesto, como bien lo sabeos, la donación personal de ese sacerdote y víctima a la vez.

Pero esta meditación no debería quedarse sólo en este encuentro sino que nos debe motivar a una toma de conciencia y actitud. Conciencia de nuestra participación activa en el sacerdocio común de los fieles; actitud de ser hostias vivas que nos ofrecemos al Padre para hacer realidad su voluntad de salvación para la humanidad, actuando en nombre de Cristo. Nos corresponde tomar conciencia de la importancia y necesidad del ministerio sacerdotal que se confiere a quienes han sido llamados y consagrados para ello mediante el sacramento del Orden.

Como siempre, la humanidad necesita del ejercicio de ese sacerdocio de Jesucristo, pues sigue requiriendo de su amor generoso que salva. Esto nos obliga a entender que no podemos dejar para más tarde la tarea encomendada. Nuestra gente –y nosotros mismos- está golpeada por las secuelas del pecado del mundo. No pocas veces se quieren imponer los criterios del mundo como si fueran los verdaderos y sanadores. Peor aún, se quiere presentar una nueva ética: si la mayoría lo hace, aunque no concuerde con los principios fundamentales de una conducta sanamente moral, es bueno y aceptable. Es lo que pretenden muchos medios de comunicación social al implementar corrientes de opinión que van en contra de la dignidad humana, o que atentan contra la verdadera moral. No importan los principios fundamentales, pues ellos imponen unos pocos pseudoprincipios… para manipular.

Por eso, vemos como se defienden el aborto, el matrimonio homosexual, la manipulación genética, la discriminación contra los inmigrantes, el desprecio de los que menos tienen… Con esa pseudoética que justifica el “vale todo” como senda para la actuación humana, se justifica la corrupción como algo normal y estructural de la persona humana; se alaba y celebra la caída del miro de Berlín, pero se justifica sin más el levantamiento de otros muros contra inmigrantes (que son seres humanos) o contra pueblos que luchan por su legítima supervivencia. Por esa pseudoética crece un mal concepto de sociedad del bienestar dominada por el consumismo, el revanchismo económico, el desprecio del otro y la búsqueda desaforada del poder opresor… La descomposición social se describe como destape y se pretende entender como algo normal de una sociedad que avanza a un modernismo. Más aún, a la Iglesia y a quienes deciden ir por la vía de los principios, se les acusa de anti-modernos, desfasados y perdidos en el espacio.

Frente a este mundo que mantiene vivos sus deseos de alejar de Dios a la humanidad, se presenta Jesús como la respuesta a todas las interrogantes. No sólo por su enseñanza, sino sobre todo por su Persona. El no sólo enseñó, sino que dio la vida para destruir la oscuridad; no sólo hizo el bien, sino propuso la ley del amor fraterno… y dio el ejemplo supremo al hacer la ofrenda sacerdotal de su existencia para darnos la salvación. Como enseña Pablo, para esto nos dio la liberación Jesús, para ser libres.

Las siete palabras de Cristo en la Cruz nos ayudan a descubrir muchos caminos para alcanzar y contagiar la libertad de los hijos de Dios conseguida por el Sacerdote y Víctima. Meditarlas no debe quedarse en un mero ejercicio de retórica o de atenta escucha. Más bien debe animarnos a asumir el desafío de continuar la obra de Cristo. Por eser bautizados, sumergidos en su muerte y resucitados co Él, podemos afirmar con Pablo No soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí (Ga. 2,20). El mundo y la sociedad de hoy esperan nuestro compromiso, nuestro testimonio, nuestra ofrenda en nombre de Cristo. No hay que dejarlo para más tarde… Esas palabras de Cristo en la Cruz no se quedaron allí en El Calvario. Alcanzaron más plenitud con la resurrección de Cristo que rompió la oscuridad e hizo explotar la luz

Así como en la sinagoga de Nazaret, al asumir la tarea que le había encomendado el Padre con la unción del Espíritu, Jesús indicó que en su “hoy” (que se sigue prolongando en el tiempo de la humanidad) se cumplía todo eso. Con su muerte y resurrección ese cumplimiento llegó a la perfección… lo más apasionante es que nos incorporó a El para que fuéramos, a su imagen, testigos fieles del Padre salvador en medio de nuestros hermanos. Nos corresponde la palabra… Ojalá que sea como la de María: Hágase en mí según tu palabra.




VIERNES SANTO






2010
AÑO SACERDOTAL



SEMANA SANTA




+MARIO MORONTA R.
Obispo de San Cristóbal.





VIERNES SANTO

En esta tarde conmemoramos el acto supremo de Jesús. Abriendo sus brazos realiza la entrega al Padre por la salvación de la humanidad. Ya no hay vuelta a tras. Ha caminado los caminos de su pueblo, ha hecho el bien, ha hablado palabras de vida eterna… ahora está solo ante la muerte cercana. Y aunque reclama que su Padre lo ha abandonado, sabe que está allí junto a él, recibiendo su ofrenda de amor.

El momento es más que solemne. No hace caso de los insultos, ni siquiera del desprecio cuando en vez de agua le dan una pócima amarga. Siente el dolor de la madre traspasada por una espada en su corazón maternal, pero aún así no la deja sola, pues la entrega al discípulo amado. Es el momento supremo en el que se ofrece como víctima para alcanzar la redención y hacer la nueva creación.

Por eso, la Liturgia de la Iglesia lo reconoce en este día como lo que es: Jesús, el Hijo de Dios, es nuestro sumo sacerdote, que ha entrado en el cielo. El autor de la Carta a los Hebreos, nos lo recuerda. De manera sencilla nos indica que es el sumo sacerdote que se ha identificado de tal manera con nosotros, que ha pasado por las mismas pruebas que nosotros, excepto el pecado. En la Cruz es donde Jesús aparece más humano que nunca: está compartiendo ese difícil trance que nos toca pasar a cada uno de nosotros. Con la diferencia de que lo está haciendo como víctima que se ofrece por nuestra salvación.

Es un hombre que fue tomado de entre nosotros mismos para cumplir con una misión; darnos la plenitud de vida, como hijos del Padre Dios. Hoy, podemos contemplar en la cruz al sacerdote que ofrece la víctima propiciatoria al Padre; que es, a la vez, Él mismo. Podemos contemplar como esa víctima es ofrecida de manera radical, con toda su sangre y con todo su ser. Podemos contemplar, como esa acción sacerdotal que une al sacerdote con la víctima, sencillamente cumple con la voluntad del Padre Dios.

Ayer recordábamos la institución de la Eucaristía, memorial de su entrega pascual; y del sacerdocio, por medio del cual quienes han de ser elegidos para ejercerlo, hacen memoria viva de su Pascua salvadora. Hoy, ante la Cruz redentora, podemos hacer un profundo acto de fe que nos permite reconocer lo que nos quiere enseñar Jesús: que aprendió a obedecer padeciendo, y llegado a su perfección, se convirtió en la causa de la salvación eterna para todos los que lo obedecen. Es el ejercicio de su sacerdocio la causa de salvación para la humanidad. De allí que todo aquel que es configurado a El por el sacramento del Orden, se convierte también en causa de salvación para los hombres de todos los tiempos. La fe con la que nos acercamos hoy al Cristo redentor, es la misma fe con la que tenemos que verlo a Él en el ejercicio ministerial de todo sacerdote consagrado para el servicio del pueblo de Dios.

Y esa fe, nos ha de impulsar a manifestar una comunión plena con el Señor. Así nos lo enseña el autor sagrado: Acerquémonos, por lo tanto, con plena confianza al trono de la gracia, para recibir misericordia, hallar la gracia y obtener ayuda en el momento oportuno.

La conmemoración de este Viernes santo en el Año Sacerdotal nos debe motivar a contemplar, desde el misterio de la Cruz, la persona de Cristo sacerdote presente en cada uno de los ministros de la Iglesia… para así dar gracias al Padre, porque podemos alcanzar la comunión con Él a través de Cristo que actúa por intermedio de los sacerdotes de la Iglesia. También ellos se encuentran reflejados en la donación de Cristo en la Cruz.