sábado, 28 de mayo de 2011

PALABRA INSOMNE






PALABRA INSOMNE

Pablo Mora

Jirón de prado, nube pura, sol perfecto, casa y universo y clarinada. Jungla de sueños, jaspes arrojados. Jaula de cristal, hembra jadeante. Juego de garza, junco en la alborada. Jovial esencia. Jubiloso asombro. Hurganza sintiendo el chasquido de los pasos. Insomne noche rebelada. Magma imaginario. Alarido. Angustia, crispación y grito. Vacío pleno de inminencias, intersticios. Filos y fisuras del mundo y del lenguaje, hendiduras. Configuración del inacabamiento, ruptura momentánea, pasajera pregunta, ligereza de sílabas girando. Conjuro de la selva, compromiso, riesgo, desafío, soplo de aire, poder de creación. Agua clara, rayo, ciego asombro, sol, susurro de semilla, fluir inagotable del murmullo. Génesis, memoria vegetal, larga sombra de cópula y prodigio, fraternas potestades del insomnio. Apoyada sobre el puente, sola y de pie, en la larga noche insomne. Forma de vida, asombro deshojado, algún día oficio de los hombres. Bandera del milagro, borde de la luz, torre de paz, lágrima del mar, espuma de la noche, temblor de espuma, piel de sol enfurecido, piedra de los dioses, sueño de la piedra, piedra de los sueños, fecunda entraña de la luz. Vasto rumor de plumas, adentro en la espesura. Andadura, pasturanza, festín de sombra y llama. Plato de aromada miel. Idilio, diosa aparejada, milagro del insomnio, azul tormenta desatada, en la nochumbre, a vista del rocío amanecido. Blanca palomica en soledad herida, en uno de los ojos de pronto reclinada. Flujo y reflujo en comunión altiva. Relámpagos de sombra, adelantándose a los designios. Crepúsculos desangrados al borde del ocio.

Hondas navegaciones. Larga quemadura, pávida voz, diadema planetaria, hecha toda de cólera y ternura. Gira, sube, baja, se detiene; estremece, vuela y vuelve. Viene de la nada. Viene del sueño. Toca tierra. Lleva sonidos de metales, de sangre, amor, huesos, nervios; de hambre, guerra, horror, pavura. Conoce el canto de las aves, el silencio del paraguas. La melancolía del guanábano. El sitio del silencio. Las alas de la noche y de la lluvia. El gemido de las nieves. Las voces de la sangre. El paso de los días. El regreso del sueño. El rastro del celaje. Sabe el tamaño exacto de la pena. Conoce el lado oscuro de la rosa y la terrible majestad del pan. Su grito de cigarra navega en la muerte y se cuida de lo vivo. Ronda en soledad por muchas albas. Sale de su envoltura para asombrarnos. Un querer apoderarse de los sueños de las cosas, de las luces de los pájaros. Rebelarse contra la muerte bochornosa. Poner las cosas en su lugar, los signos en su lugar, las pausas en el suyo. Asombrarse de tanto ayuntamiento cósmico entre los seres, objetos y conceptos. Ir tras la polvareda del aire, las voces de la luna o de la lluvia, la flora del variado enigma. Llegar al interior del hombre, a la mejilla curtida de la tarde. Cambiar la historia. Amar la tierra y amar al hombre. Alumbrar los montes por las noches, alumbrar los montones de hambre a la intemperie. Preguntar por la alegría. Seguir preguntando. Rescatar todas las preguntas de los otros. Preguntar por la rosa sin subvertir la rosa. Preguntar por los juegos, por los niños, por sus risas.

Salvar las preguntas de los niños para que el hombre no pierda jamás su asombro. Nombrar la libertad. Inventar la vida en lo alto de los árboles para salvar los pájaros de la tierra. Encender el fuego. Morir cantando. Vencer la muerte. Sacudir asombros. Esparcir los altos sueños, la fuerza de los ríos, el color de los pájaros, las canciones, las hierbas de las tardes. Devolverle vida a la tierra, color al arco iris, alegría bullanguera a la lluvia. Andar rompiendo cercas y levantar en su lugar enredaderas de jazmines que convoquen el aliento del hombre hacia su destino cósmico y vegetal. Dar con nuevos alumbrajes. Participar en la fiesta de la vida. Preparar un manjar que alcance para todos. Ver morir a la gacela bajo los tamarindos. Vaticinar, profetizar, bucear en las tinieblas de los tiempos. Clamar contra la impiedad, la opresión, la codicia, la crueldad. Arrullar, despertar, mecer, golpear, gritar, empujar. Medir, valorar. Saber bien dónde hay barro, en qué lugar hay sangre, dónde queda la razón y dónde la justicia o la injusticia. Invitar al sol. Encender la luz. Profetizar contra los explotadores, los embaucadores. Interpretar los remolinos. Expresar al pueblo. Avivar el fuego. Sumar la voz al coro. Fundir los versos en acero. Amarrar el viento viejo. Construir la nueva levadura, el nuevo pan: la paz, el lauro, la memoria. Con la primavera, caminar al mercado entre panaderías y palomas. Dar socorro a nuestros sueños, más allá de cruces, lenguas, misterios, milagros o lejuras.

Despertar la nueva madrugada. Entre dioses, manglares, árboles y piedras, con las enredaderas, los torrentes, las cerbatanas y todos los azules y caminos, agregarle estrellas a los cielos, despiertos con el despertar del viento, a libertad por todos los caminos. Enterrar la muerte. Inventar la sombra. Abrirle los postigos a la noche. Cerrar los ojos a la luna. Dar con el árbol del primer camino. Con la vereda que nos vio salir. Tomarle el pulso al hambre. Saber del diapasón del pobre. De las creencias de Dios y sus costumbres. De los rituales del viento y sus cofrades. De la imagen horrenda del futuro. De la luciérnaga y su antiguo enigma. Saber de la escritura de las piedras. De la alta transparencia de los mudos. Del colosal silencio de los grillos. Tantearle a los sueños sus luceros. Conocer las entrañas de las hojas. El corazón del bosque y sus vitrales. El páramo, sus cuitas y plegarias. Desenterrar el misterio de la rosa. Ahuyentar la sombra y sus reveses. Escapar del ladrido de la calle. Del hosco muñón del peregrino. Del puñal que en la acera nos espera. O del barco que acecha nuestras costas. Dar con el ámbar del primer arroyo. Traspapelar la terquedad del lunes. Aullar juntos delante de los cielos. Escucharle al pobre su alarido. Compartir esperanzas con el árbol. Expulsar el despojo mutilado. Ser libres así el fuego nos cercene. Quitar algunas comas al crepúsculo. Ver la noche sin que nadie contradiga. Eludir la risa ensangrentada. Dar con una migaja de soledad marina. Atravesar, siempre a la intemperie, incertidumbres, agonías, interrogantes y tragedias.

Dar forma al vacío de modo que éste sea posible; ojos al poema para que pueda cruzar la calle; alas a Dios para que pueda llegar al hombre. Robarle sin que sepa una sonrisa al sol en la arboleda. Cruzar, no la aurora, sino el alma en que ampara su soñar. Ventilar, aupar, asolear la eternidad cada día. Verse en el cielo gris, en la trémula víspera del júbilo. Escuchar a la soledad y dirigirle la palabra. Llegar con los ojos abiertos a la mirada final. Contar con la vigilia para el día. Con porvenir para fraguar enigmas. Pedirle a la luz que nos espere. Reprocharle al alba su tardanza. Correr el peligro de la vida. Abrazar el asombro de la muerte. Cantar, arder, huir, como un campanario en las manos de un loco. Sentir el golpe de agua dura y recogerlo en una taza eterna. Hablar consigo sin saber con quién, deshojando el silencio de la altura. De alguna manera decidir dónde plantar los árboles, de nuevo. Recibir en el alma las manos temblorosas de la lluvia a plena luz, camino de la sombra. Defender la luz del mundo. Ver los árboles. Oír los pájaros. Caminar entre la gente y saludar al sol profundo que brilla en el corazón de los humildes. Mirar el llanto oscuro que hay al fondo de todos los rincones. Verse en el que tiene más de mil años de pedir pan y sueño, en el que no tiene camino que seguir, en ese corazón asomado al espejo de sus enigmas. Detenerse a la orilla sangrante de una lágrima. Acercarse a los que sueñan o sollozan, o tienen hambre y sed bajo el cielo. Adentro de las pequeñas casas de cartón, escuchar el sonido de las lágrimas.

Dar con la definitiva claridad del hombre. Saber cuándo, con qué fuerza, de qué modo asumir nuestro destino. Irse noche abajo perdido entre las piedras y las flores, entre las sombras y las nubes. Limpiar el poder cuando corrompa. Vigilar mientras todos duermen. Unir lo posible con lo imposible. Mantener abierta la palabra. Sacar la flor de las cenizas. Llevar el infinito a cuestas. Salirle al paso a la mirada. Alentar todas las formas. Alumbrar la maravilla. Encender relámpagos. Asombrar al tiempo. Descubrir el secreto. Sentir las sombras. Fundar los sueños. Salvar al hombre. Amar al viento. Decir verdad. Seguir puntualmente al sol. Sentarse en el lugar del hambre. Acordarse del viaje hacia la sombra. Despertar a latigazos el silencio. Mantenerse como un latido. Llevar a peso las palabras. Reinar sobre la muerte. Revivir cada día. Salvarse juntos. Festejar la vida. Cambiar la vida. Transformar la vida. Hacer más vivo el vivir. Llegar vivos a la muerte. Dar con la antigua trocha de la paz. Salvaguardar al hombre que florece, la lumbre lubricante de la piedra, la huella que nos lleve. Sentir la muerte girando en los talones. Sentirla girando en los Guantánamos. Sentirla cagando en los hambrones. Hacernos solidarios. Morir de asombros. Descargar nuestros almácigos. Dar con los sueños que inventamos. Vivir mientras el alma nos suene. Morir cuando la hora nos llegue. Ver regresar la primavera. Pasar a tiempo la palabra. Rebelarse contra la muerte. Florecer sobre la tumba. Querer hacer corpórea la nada —estupor encarnado, relámpago que te ladra y se apaga, furiosa pasión por lo tangible—. Ser a través del otro. Partirse y abrirse para el otro. Desgarrarse con y para el otro, ser. Hundirse, hurgarse, ser, sentirse, serse.

Recoger la palabra. Reverenciar el silencio. Convocar la palabra del otro. Una palabra liberada, purificada, primordial, esencial, resolutiva, signo del ser, una palabra-ser. Indagar, buscar, inventarle explosiones a la palabra. Darle rienda suelta a la palabra. Que la palabra revele el porvenir. Palabra por palabra, decir lo que pensamos, con la seguridad del sabio, la transparencia del niño o el alarido de los locos. Reconocernos al encontrarnos con la palabra. Sacarla del baúl de nuestras vidas para empezar a compartirla, adulta, fraternal, con el soldado, la patria y la arboleda. Rasgón, terrazgo, espada, triza, tajo; cópula, ramazón o ramalazo; las palabras compiten, competen y complotan. Únicas capaces de recuperar al hombre, aventar la noche, inventar el sol o convocar al vino. A pesar de la miseria o la grandeza humanas, cañas pensantes todavía, crédulos o incrédulos, tímidos o temerarios, ángeles o bestias, antes que confesar nuestra impotencia, hablar de una vez para mañana. Pronunciar la palabra decisiva que la vida y la historia nos vayan enseñando. Envueltos en subversiones y versiones, marchas y contramarchas, dar con la palabra necesaria. Confirmar que la civilización no es más que una injusticia armada. Que la poesía es una insurrección. Que el poeta no se ofende porque le llaman subversivo, cuando le dicen insurgente. Decidirnos por la libertad de la palabra, hasta hacerla timón en nuestras manos, frente al vendaval, la noche y los dioses que nos cruzan, confusos y ominosos. Enseñar la palabra al hombre que llora, hambriento, cabizbajo, en su bravura.

Lugar por excelencia de lo humano, en la palabra vivimos, nos movemos y somos. Como la patria, en desdicha, en hechura o en deshonra, en ella gime, vive o sobrevive. Hacer buena la palabra. Hacerla voz, viveza, arado; lengua, paz y pueblo; combate, libertad, salario; amor, vida y arte. Arte subversivo. Violación de límites y paciencia represiva. Rebasar lo permisible. Transgredir lo decible. Asumir la razón poética, en creación, asombro y maravilla. Concebir la magia de la estirpe o raza, su visión real, irreductible, ineludiblemente misteriosa, amarga, mortal o vengativa. Palabra en alto. Y la victoria crecerá despacio como siempre han crecido las victorias. Videntes, alucinados, intermediar la fuerza oculta. Jugar a la paz con el soldado o con el niño que nos reta, vagabundo. Recobrar, antes que la pólvora, la palabra, su encanto germinal, su magma, su hermosura, su historia, su legendaria esquina, donde espera, acurrucada, el hambre, en miseria cobijada. Asistir al combatiente, en cárcel, en rincón, enfurecido. Hacerle conciencia conflictiva, desgarrada. Empuñarla, fulgurante, solar y duradera. A favor de la apuesta, la batalla y la final victoria. Palabra en mano, volear la pródiga semilla sobre el campo, el hermano y la pradera, en sincera alianza, tras un despuntar de claras madrugadas, de gracia, paz y vida nueva. Palabras y más palabras, cataratas de palabras. En la distancia del futuro, el vuelo de las palabras, rebeldes en el tiempo y al olvido refractarias. Cuesta arriba, cuesta abajo, las cosechas de palabras, buidas y aceradas, por las sendas urticantes. ¿Hasta cuándo la calificación de las palabras?

Alma arriba, alma abajo, meridiano esclarecido de nuestras ansias refulgentes. Lejos de tantas patochadas; lejos de perlas, monjes, molinos o castillos; de confundir caballo y hombre, pueblo y pólvora; lejos de diferenciar fusil de patria, vino, oficio, trago y trigo; vida, misterio, alma y poesía; dar palabra, corazón y mano; empeñarlos, cruzarlos con el hombre, sus asuntos y sus sueños, manteniéndolos en pie de guerra por la paz o el pan que hagan falta. Frente a una palabra enmascarada, fantasiosa, una clave, articulada, lujuriosa, pertinente; una palabra activa, digna, apasionada, certera, cruda, furente, fehaciente, empuñada, insomne, verdadera. Una palabra que golpee al mundo y acompañe al hombre. Urgida, llameante, inextinguible. Adecuada al enigma universal y al majestuoso corazón del hombre. ¡A pulso de vinagre, vino y júbilo! La palabra sólo es. Tenemos que fluir con ella. Entregarnos al momento. Dejar que como el vino ocurra. Escuchemos los relinchos de la noche, conozcamos las lluvias subterráneas y sepamos para lo que sirve una flor, una hamaca, una colina. Atisbemos un poco la rendija para ver cómo se asoma el hombre. Abramos la trocha que nos lleve al hombre, al mundo, a la muerte o a la vida. A proteger al pueblo con palabras. A presenciar todas las agonías. A ser labriegos de nuestra propia voz. Somos la palabra que está naciendo, la misma que se detiene y volcará como campana su acero y su sonido hacia todas las mañanas. Basta un lucero para que haya noche. Basta un quejido para que haya día. Construyamos el porvenir y el amor telúrico desenfadado y sin banderas. Demos forma a lo invisible. Palabra sola, labra nuestra paz. Ordena el espesor de la tardanza. Amartilla tú sola nuestra espera. Sacando cuentas y después de todo, tú sola y para siempre la palabra.




domingo, 22 de mayo de 2011

Codicia venezolana



Codicia venezolana

Pablo Mora

Mientras disfrutábamos del extraordinario libro “La Nación. Símbolo Tachirense” de Luis Hernández Contreras, nos detuvimos en el capítulo dedicado a Jesús Romero Anselmi, quien, fustigando a los políticos corrompidos, indicando que la anarquía tiene su altar en el dinero, taxativamente llega a afirmar: “El desorden es la locura en que cayó el particular caso venezolano, donde se dio el festín en que bebió y todavía se bebe el licor petrolero, cuya resaca maltratará muchas generaciones inocentes de los disparates genéticos que hemos cometido en este presente con nuestra historia de pueblo y nación”. Y, así, mientras Luis Hernández sostiene que Jesús Romero Anselmi “hizo una carrera como el rey Midas, convirtiendo en oro lo que tocaba”, otro parece ser el desastroso discurso, acontecer nacional.

Generalmente conocemos la primera parte de la leyenda, mas no la segunda. En efecto, Midas recibió de Dionisio el poder de que todo lo que tocase se transformara en oro. Y, así, una mesita, un granito de uva, un poquito de agua, de pan, de carne, un traguito de vino, todo lo que tocaba… hasta su hija Zoe… todo, todo, se le fue convirtiendo en sólida materia de oro. Hasta que suplicó a Dionisio que ya tenía lo que quería, que no quería el oro, que sólo quería abrazar a su hija, sentirla reír, tocar y sentir el perfume de sus rosas, acariciar a su gata y compartir la comida con sus seres queridos. “¡Por favor, quítame esta maldición dorada!” Dionisio le susurró al corazón: “Puedes deshacer el toque de oro y devolverle la vida a las estatuas, pero te costará todo el oro de tu reino” y Midas exclamó: “¡Lo que sea! ¡Quiero a la vida no al oro!” Dionisio entonces le recomendó: “Busca la fuente del río Pactolo y lava tus manos. Esta agua y el cambio en tu corazón devolverán la vida a las cosas que con tu codicia transformaste en oro”. Midas corrió al río y se lavó las manos en la fuente, agradecido por esta oportunidad.

Gran alegría le proporcionó a Midas el observar que la vitalidad había retornado a su jardín y a su corazón. Aprendió a amar el brillo de la vida en lugar del lustre del oro. Esto lo celebró regalando todas sus posesiones y se fue a vivir al bosque junto con su hija en una cabaña. A partir de lo ocurrido, jamás dejó de disfrutar de la auténtica y verdadera felicidad.

Ciertamente, una cosa es transformar todo en oro; otra, atascarse con todo el oro. La leyenda del rey Midas subraya la tragedia inevitable cuando la verdadera felicidad no es reconocida. Por suerte Midas reconoció su error a tiempo y pudo revertir semejante situación. Mutatis mutandis, la codicia venezolana del petróleo, no sólo nos ha llevado a una soberana esclavitud; sino que superada esta era, los tiempos evocarán este oro negro como un ave rapaz que ocultó la lumbre de los árboles, las frondas y las cosas. Como un devorador de sementeras que dejó sin aliento los sueños de los surcos de los bueyes. Como el más avaro de los dioses de barro que por querer trepar el firmamento, consumido por las más fulmíneas hogueras, consiguió el más horrendo alcatrazo de la muerte hasta caer en el abismo de los mares, de donde viene toda vida y a donde va todo sol.





jueves, 19 de mayo de 2011

La vida nos ampara





La vida nos ampara

Pablo Mora

Hoy levanto mi copa por la vida

Gustavo Pereira




La vida tiene su valor sólo cuando hacemos que valga la pena. (Hegel). La vida es tan corta y el oficio de vivir tan difícil, que cuando uno empieza a aprenderlo, ya hay que morirse. (Ernesto Sábato). Se nace siempre Quijote; después la vida nos vuelve poco a poco Sancho Panza, y al final terminamos de Rocinante. (Eugenio Montejo). Los primeros cuarenta años de vida nos dan el texto; los treinta siguientes, el comentario. (Arthur Schopenhauer). La vida es simplemente un mal cuarto de hora formado por momentos exquisitos. (Oscar Wilde): La vida es el arte de sacar conclusiones suficientes a partir de datos insuficientes. (Samuel Butler).

La vida es breve, el arte largo, la ocasión fugaz, el experimento peligroso; el juicio, difícil. (Hipócrates de Quios). Muy pronto en la vida es demasiado tarde. (Marguerite Durás). Y cuando sabemos todas las respuestas, nos cambian las preguntas. (Anónimo).

Fresca pronta alegre cabizbaja a veces agria dura a ratos torpe en fuga pensativa sorpresivamente alada reciamente atuendo oscuramente lumbre siempremente dulceamarga breve lechuza lujuriosa temblor magia pluma misterio serranía alegría música amanecer incandescencia revelación azar buena próxima lejana misterio cercanía ángel vuelo lecho pan hosca difícil comprensiva desnuda levedad a ras de suelo.

La vida nos ampara nos sigue nos consigue nos persigue La vida nos ampara nos acompaña nos maneja nos pelea La vida nos ampara nos cuida nos sostiene nos vigila La vida nos ampara nos encuentra nos sorprende nos remeda La vida nos ampara nos florece nos relumbra nos nostalgia La vida nos ampara aguitarra desespera enlluvia La vida nos ampara se acurruca se enrosca nos consiente
La vida nos ampara nos presiente nos eleva nos hermana La vida nos ampara nos acusa nos grita nos reclama La vida nos ampara nos lleva nos trae nos regresa La vida nos ampara nos despeña enloquece desespera La vida nos ampara nos cabalga nos portenta nos latiga La vida nos ampara nos astilla nos desgarra nos renace.

La vida nos ampara nos llovizna nos despliega nos enrumba La vida nos ampara nos esfuma y eterniza La vida nos ampara nos azula nos encierra nos ventana La vida nos ampara nos transita huracana y desampara La vida nos ampara nos alambra nos violenta nos estrella nos infancia nos acecha nos desalma nos parcela nos borrasca nos destella nos fulgura nos mendiga nos enlucha nos enllanta nos tormenta nos insomnia nos embosca nos desierta nos enselva nos enrama
La vida nos ampara La vida nos remeda nos hamaca enlucha enlluvia enrama enllanta astilla borrasca enselva enrumba nos insomnia nos consiente desgarra y nos ventana nos llovizna nos alma y nos desarma la vida nos ampara y aguitarra acecha estrella encanta y huracana cimienta empalma azula y nos asombra La vida nos ampara nos hala nos mañana nos aurora La vida nos ampara nos acuesta bendice y nos alumbra






sábado, 30 de abril de 2011

ERNESTO SABATO








ERNESTO SABATO

Resistencia, esperanza demencial


Foto: Archivo
Sábato notaría un documento con la muerte

Ernesto Sábato roza los noventa años y ha decidido no rendirse. Su frase de alguna vez, que cuando le llegara la muerte tendrían que obligarlo con la fuerza pública a irse con ella, ha cambiado a una aceptación que ha pactado la rebeldía final, el testamento postrero en el que nos conmina a que nunca es tarde para cambiar esta destartalada sociedad, este descompuesto mundo que cada día fabrica más islas dentro de cada uno de nosotros. Ernesto Sábato ha notariado un documento con la muerte, como aquel Max von Sydow de El séptimo sello, a no terminar de marcharse mientras no finalice de componer sus alegatos, que no son otros que invitarnos a darnos cuenta de que la existencia es más preciada de lo que normalmente sostenemos. Este libelo de demanda a la condición humana, a sus líderes, a eso tan cursilonamente pedante que se llama los constructores de la sociedad (que debiera las más de las veces sustituirse por los destructores de la sociedad) está contenido en su último libro La resistencia (Seix Barral, Buenos Aires, 2000) y enteramente dedicado a urgirnos, a implorarnos, que no sigamos en el loco despropósito de desentendernos.

Que el mundo fue y será una porquería ya lo sé, como compuso Enrique Santos Discepolo en Cambalache, no es una sentencia definitiva, un determinismo insalvable que nos condene a patear la misma piedra una y otra vez. Para el escritor la cuestión de los valores equivocados, de los falsos ídolos a quienes la humanidad les enciende cirios día a día, es la piedra de tranca para ese añorado entendimiento puesto a un lado. El hombre ha renunciado a la tradición, al amor, a la cortesía, refugiándose en el materialismo más cruel. Al parecer el único placer que encuentra la gente es comprar, se dice en el texto, sin mencionar por otro lado a los condenados de la Tierra, aquellos para quienes la prosperidad no es ni siquiera una ilusión sino un cuento mentido y desganado.

Que, así, el hombre mantenga lo que de niño prometió, grita Sábato recordando el verso de Hölderlin. Cuántas veces miramos hacia atrás y contemplamos un puñado de promesas incumplidas, de torceduras del destino, de lo que pudo ser y nunca fue. Sábato nos invita a regresar la vista sobre los propósitos que una vez nos hicimos, no para lamentar lo transcurrido sino para un futuro que se prometa menos pasos en falso. La gran pretensión de Sábato, en síntesis, es que la historia del futuro no sea inexorablemente negadora y cegadora como la que venimos construyendo. Que este desportillado orbe y la sociedad sí tienen redención y tan sólo requerimos esfuerzos para mirarnos mutuamente en el espejo de los demás.

Sábato desconfía de la globalización y del capitalismo salvaje. Habría que apostillar que lo hace de sus efectos perniciosos. En efecto, la globalización puede convertirse en el pez grande devorando al pequeño si el pequeño no defiende su especificidad cultural. Y las reglas del capitalismo para evitar la distorsión deben tener en cuenta algo esencial que la diplomacia siempre ha asumido como su espina dorsal: la reciprocidad. Concebir la globalización y el capitalismo como un espacio exclusivo donde los países poderosos nos reciten nuestra cartilla de obligaciones y (limitados) derechos, genera un mundo dispar, asimétrico, ultimadamente inaceptable y desdichadamente unilateral. Si vamos a ser globales, la equidad tendría que ser la tabla de medición planetaria. De qué sirven todas las declaraciones sobre el libre comercio a la hora que los países subdesarrollados no pueden exportar sus productos por el muro de acero arancelario y protector con que el mundo desarrollado los ha cercado. Qué decir de la polución infecto-contagiosa que el grupo de los siete le vomita al mundo entero. Si asistimos a la fiesta global, que no haya invitados de segunda ni internados en el patio trasero. Entendiendo esas contradicciones y la posibilidad de curarlas significa que el mundo puede dejar de ser aquella porquería.

La convicción de Sábato es la vuelta al humanismo: un humanismo que desvirtúe el individualismo poco solidario que impera en las sociedades y ciudades masificadas de nuestra contemporaneidad. Para desarrollar su libelo Sábato lo divide en cinco cartas y un epílogo: "lo pequeño y lo grande" (Tengo una esperanza demencial de que algo grande pueda consagrarnos a cuidar afanosamente la tierra en la que vivimos); "los antiguos valores" (En otra época aún se mantenían valores que hacían del nacimiento, el amor, la adolescencia, la muerte, un ceremonial bello y profundo); "entre el bien y el mal" (Entre lo que deseamos vivir y el intrascendente ajetreo en que sucede la mayor parte de la vida, se abre una cuña en el alma que separa al hombre de la felicidad como al exiliado de su tierra); "los valores de la comunidad" (Esta crisis no es la crisis del sistema capitalista, como muchos imaginan: es la crisis de toda una concepción del mundo y de la vida basada en la idolatría de la técnica y en la explotación del hombre); "la resistencia" (Detesto la resignación que pregonan los conformistas) y el epílogo "la decisión y la muerte" (Creo que lo esencial de la vida es la fidelidad a lo que uno cree su destino, que se revela en esos momentos decisivos, esos cruces de camino que son difíciles de soportar pero que nos abren a las grandes opciones).

Hay una inmensa gratitud que nos deja la lectura de esta buena batalla de vida convertida en libro. En primer lugar las gracias por la no resignación. Hasta el último momento el autor demuestra que su lucha (y por consiguiente toda lucha) es del tamaño de su esperanza. Decir que todos deberíamos visitar sus páginas es cándidamente creer que los libros pueden cambiar algo. Pero aun así, confirmando la simpática engañifa, quienes decidan encarar sus líneas podrán salir convencidos de que no está del todo mal creer que la bandera de los ideales aún puede ser enarbolada en este planeta donde todo parece que da lo mismo. Y quizás al menos propondrá un lúcido momento de reflexión sobre el hombre y su destino. Este libro no está hecho para conformistas ni para buenas conciencias: su invitación a resistir los haría bostezar en su muerte cotidiana que rezongan con debilidad. Recomendar su lectura podría parecerme un deber y probablemente una aspiración: más que eso lo creo un ejercicio de optimismo.

Karl Krispin. Ensayista

http://www.eluniversal.com/verbigracia/memoria/N138/libros.htm





viernes, 29 de abril de 2011

Fotoarquitectura








Fotoarquitectura

Pablo Mora


El día jueves 18 de diciembre de 2003 en la Dirección de Cultura y Bellas Artes del estado Táchira, se inauguraba una Exposición de Fotoarquitectura. A través de su lente, el joven valor tachirense Luis Arturo Mora exhibía 23 obras que lo situaban a la vanguardia de este estilo fotográfico, donde obra y cámara dialogaban, se acrisolaban e iluminaban de cara al porvenir. Arquitectura y Fotografía: dos formas artísticas de ver, hacer y rehacer el mundo. Expresión visual a la orden del perceptor ávido de nuevos horizontes. Creatividad, acción, formas y colores, apropiación en orden al goce inesperado. “Entre viaje, testimonio y éxtasis, Luis Arturo se colocaba en la vanguardia de la Fotoarquitectura”, según Julio Romero Anselmi.

En agosto de 2010, DORAL News lo presenta bajo el titular: “Miami Beach tiene su fotógrafo: Luis Arturo Mora”. Justamente, en el año 2006 se radica en Estados Unidos para trabajar como arquitecto, pero a su vez continúa con su pasión por la fotografía. Ha recibido premios del American Institute of Architects Miami Chapter durante el año 2006 como finalista de las mejores veinte imágenes del concurso, y para el año 2008 como Best in Show (Mejor de la Exhibición). En el año 2009 participó en el Sleepless Night Photomarathon Miami, donde obtuvo el primer lugar. Participó como invitado al Festival Anual de Arte de Miami Beach 2010, uno de los más importantes eventos del sur de los Estados Unidos, donde presentó su serie de trabajos. En el año 2010 obtuvo Mención Honorífica en el sexto Maratón de Fotografías de South Beach, y fue elegido por la revista más importante de arquitectura de Venezuela, Entre Rayas, para su portada de la edición marzo-abril. Su más reciente proyecto fotográfico, titulado NO LIFEGUARD ON DUTY, ha sido exhibido en varias galerías y Salas de Exposición. Su más reciente aparición fue durante la semana del Art Basel en Miami, en una feria satélite organizada por MIAMI INDEPENDENT THINKERS.

Sus trabajos han aparecido en varios medios importantes de Miami y Miami Beach, entre los cuales se destacan Doral News, MB MAGAZINE (revista oficial de la ciudad de Miami Beach) y THE LEAD MIAMI BEACH. Parte de su proposición se encuentra también en la galería online Miami Cultural Expressions, proyecto organizado por Fotomission. Actualmente está coordinando varios proyectos fotográficos para futuras exhibiciones y publicaciones. Para conocer más acerca de él pueden visitar su website www.archturo.com; también pueden encontrarlo a través de la red social de Facebook bajo Luis Arturo Mora Photography.

“Tuve la suerte —dice— de estar siempre vinculado con el arte. Mi padre es poeta; de él tengo mucha influencia, y al estudiar primero Humanidades, y luego Arquitectura, pude conocer más a fondo muchos principios de composición. Esta ha sido mi piedra fundamental; ahí radica el origen. Siempre me gusta jugar con ángulos en las imágenes, parto del uso de las formas y la búsqueda de lenguajes en cada concepto que capturo. Para mí la fotografía es importante porque crea un registro de algo que fue un presente y cada presente es un regalo; así que creo que es la mejor manera de guardar regalos, capturándolos para dárselos a los espectadores y, de esta manera, poder mostrar un mundo agradable en la medida de las posibilidades.”


pablumbre@hotmail.com






miércoles, 27 de abril de 2011

Abrilerías




Abrilerías


Abrilerías







Abrilerías

Pablo Mora


Aire de abril para mi luz andina para mi cafetal para mi aldea florida de tristeza y conticinio de soledad de musgo y de vereda Abril amor para el tejado azul para el zaguán también adormecido de esperar tu presencia azul marina y las fugas de amor en primavera Desde niño anhelaba tu color el de mi cerro y mi colina azul cabalgando risueño por el cielo Aire de abril amor para la lluvia trenzada de neblina aquí en mi aldea Abril por fin para nacer contigo

Voy en abril, seguro de que existo desde que un viento largo allá en mi aldea —sin saber la colina de mi sombra— dejó mi sueño andando por la vida Creo en abril en su reinado eterno en su ancho pedestal de sombra verde en la audacia taurina de su cielo en su leve y dulcífera armonía Abril contigo va mi corazón mi sueño mi dolor y mi tardanza contigo abril me alcanzará la aurora cuando lejano ya de aquella aldea te encuentre abril en plena primavera durmiendo el corazón a alguna rosa

Me moriré en abril con aguacero un día que la lluvia ya recuerda aunque nunca escuchemos las campanas irán aquella tarde a nuestro entierro Seguro un jueves como es hoy de abril un día de este siglo que amanece seguramente un día a la intemperie o sábado o domingo un día de estos Pablo ha muerto dirán las pomarrosas la aldea lo sabrá sus cafetales el limonero y el amor ardiente También los cangilones y Vallejo almácigos insomnios aspavientos la soledad la lluvia los caminos...

Con todo, cierto, no hablan nunca de muerte las pomarrosas. Ni los aguaceros de abril cobijan ausencias. En primavera, los jueves tienen sabor a miércoles. Y los cafetales, los limoneros, los inventarios y los insomnios no son otra cosa que rituales en los que la vida borda sus más hermosos designios. Si algún día hemos de marcharnos, se irá nuestra sombra, no el rayo solar que se posa en el corazón de las rosas. Y los paisajes, lejos de entristecerse, sonreirán para darnos la bienvenida al solar de su reino florecido. Lo dice el abril que nos pertenece.

“En abril las pomarrosas deletrean sobre los árboles gajitos de eternidad las chicharras con su silbo iluminan el largo túnel de donde vienen los sapitos dibujan sobre los charcos una infinita canción de amor las siemprevivas se encienden como linternitas de la mañana los caminitos de agua hacen alianza con los guijarros para escribir un diálogo con el río las arbolas se ponen su floreado traje de primavera para transmutar los inviernos en el verde infinito de la vida que no cesa… abril es el andén solar donde la lluvia fabrica arco iris las hojas se orillan en las ramas las semillas consagran su travesía hacia el azucarado confite de las frutas tiempo azul de azulejos territorio en vuelo de mariposas almácigo de sepias y jazmín quien arriba al continente de la vida desde sus abrilerías queda poblado por siempre entre sus hierbas aromado de amanecer y eternidad” (MS).


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