viernes, 4 de mayo de 2012

Voluntad y Alternativa Pablo Mora
Orlando Ramírez enmarca su vida en un hilo conductor, en tres armas que siempre le han acompañado desde su juventud: voluntad, determinación y alternativa –ejes fundamentales para sus decisiones de trascendencia—. De hecho “Voluntad y Alternativa” es el título que da a su libro-biografía encuadrado en el sabio axioma: sembrar, luego abonar y cuidar la planta y después cosechar éxitos. A partir de la formulación de un Plan A, Plan B, Plan C, afronta las horas más duras y decisivas de su peregrinaje vital. El lector encontrará en Voluntad y Alternativa aquello que condujo al autor a lograr sus sueños, tomando sus mejores decisiones. En sus páginas destaca sus aventuras, pasiones, estudios en Europa, anécdotas, viajes por América, así como observaciones sobre la democracia y el marxismo-leninismo. Igualmente se detiene en la descripción de sus amores, su actividad docente y temas como la zulianidad, el béisbol y la familia Ciertamente, la obra de Orlando Ramírez es un compendio de su propia vida, sus propias vivencias, experiencias, aventuras y pasiones, un autorretrato que nos describe minuciosamente su vida, su crecimiento personal. En decir De Camilo Balza Donatti: “Orlando Ramírez ha escrito la biografía de su voluntad y de sus pasos; un itinerario de rutas imprevistas, hermosas y de difícil acceso; dimensiones terrestres, horizontes marinos y espacios para recrear el espíritu y su capacidad de invención y fortaleza.” Ramírez nos afirma: “El desarrollo de Voluntad y Alternativa pasa por gran parte de mis experiencias vividas desde la niñez y adolescencia silvestres hasta la adultez, transitando la tremenda decisión y osadía de viajar a Europa a estudiar sin contar con recursos económicos, ni ayuda de ninguna naturaleza. No es exagerado afirmar que ese periplo europeo fue una fantástica aventura llena de incertidumbre; pero al mismo tiempo, pletórica de motivaciones, emociones y sentimientos”. En su odisea existencial, en su colosal aventura, acompañado de sus ejes fundamentales de vida: voluntad, determinación y alternativa, un día se le ve camino de Europa. Entre amores en alta mar y marineros bromistas cruza la cuenca del Mar Mediterráneo, llega a Génova. Viaja a Yugoslavia. Estudia en Belgrado y Osijek. Visita Bulgaria. Estudia la carrera de Ingeniería de Producción Animal o Ingeniería de Zootecnia en la ciudad de Osijek. Obtiene título otorgado por la Ilustre Universidad de Zagreb, de la República Socialista de Croacia. Entre algunos amores y convicciones del camino, viaja a Suecia, donde vive una grata, aunque dura, agotadora, dolorosa, edificante experiencia laboral en un “rancho agropecuario” siempre con las banderas de su vida: la voluntad y la determinación por encima de toda circunstancia. Finalmente, regresa a Venezuela vía Bruselas, París y Barcelona el mes de septiembre de 1969. “Emociones y sentimientos —dice— me embargaron al pisar de nuevo mi tierra, al encontrarme con mi gente, al oír el peculiar acento del venezolano”. Hasta vérsele convertido en 1976 en docente-investigador a dedicación exclusiva en la Universidad Nacional Experimental del Táchira, donde obtiene la jubilación en 1994. pablumbre@hotmail.com

domingo, 29 de abril de 2012

Hay Pablo Mora
In memoriam: José Saramago Hay un retrato de agua y de quebranto palabras de entre casa y las de cambio un juntar de palabras escondido una cuerda más tensa y resonante la amenaza de muerte o de esperanza hay sombras y luciérnagas hay vida ese olor de mujer que nos persigue o ese clamor de patria que nos reta o con el alma de la patria en ascuas una vena sangrando de pavor la nocturna memoria sofocada el murmullo del día amanecido la jaula de locura enfurecida hay mentiras de más y compromisos la vida inesperada descubierta la promesa escondida en la semilla aguas blancas secretas reunidas lo amargo de las sombras y las penas Hay el grito solar como protesta el infierno el martirio de los hombres un río una promesa el mar dormido un juego de demencia una ventana el íntimo rumor que abre las rosas el camino del perro su pupila señales de estar vivo y en peligro la noche y su recado a la intemperie altos troncos y en lo alto el claro canto la palabra y el llanto y sus hogueras el mar su llamarada sus confines grandes secretos todos escondidos hay un terror de manos en el alba un rechinar de puerta una sospecha un grito que horada como una espada un ojo desorbitado que te espía hay un fragor de fin y de derrumbe un enfermo que rompe una receta hay un niño que llora medio ahogado hay un juramento que nadie acepta una esquina que salta en emboscada un trazo negro un brazo que repele un resto de comida masticada una mujer atada que se acuesta Hay flores que navegan en azul hay la antigua memoria de las aguas un árbol que conozco de memoria hay un hombre velando desatado hay una noche insomne rebelada la lumbre del asombro al descubierto el fondo más lejano de los vasos hay un viento que danza hay una calle un cielo hay unos árboles en fila hay una soledad ciertos recuerdos hay una atmósfera de hollín cargada de asombro de pavor de escarapela hay un viento que danza enloquecido hay un reloj de tiempo detenido hay un reloj paralizado ahora una calle un rencor hay alguien solo hay hambre junta en oleada atroz hay hambre antigua nueva y a montones la miseria el luto otra vez el hambre al hombre lo cobija el hambre antigua en el umbral del tiempo se acurruca sólo comemos soledad y pena seguimos con el hambre todavía en el ruedo del hambre y de la guerra se agiganta la sombra de la muerte la lluvia Dios el hombre tienen hambre Hay un paso dos muros escondidos hay un batir de remo acompasado el silencio que ahoga y amordaza de pie la cuerda tensa del orgasmo la sombra de la muerte que reúne el peso de la noche y el gemido el reverso del trono el rudimento la promesa dormida en la semilla hay el grito solar como protesta el grito la amenaza el perro malo la pena del silencio el sinsentido hay un terror de manos en el alba el aullido del pan acá en la puerta la pólvora y el pueblo y la palabra hay la esquina del tiempo que resurge el destino del hombre su sollozo hay un pobre que llora en el barranco un niño que entre lluvias llanto apaña hay un dolor de huecos por el aire hay una luna canjeada en muerte —miserable torpeza de la noche— hay divinos almácigos en guardia hay un hombre que lucha con su hambre hay mil pruebas mortales que vencer hay que amar con horror para salvarse ¡Hay hermanos muchísimo qué hacer! (PSA). pablumbre@hotmail.com

viernes, 27 de abril de 2012

Catorce lustros Pablo Mora
A catorce lustros de luz, cargo entre mis ojos el primer reverbero, todavía azulando mis insomnios. También el corredor desde donde veía pasar las recuas camino a las haciendas. El camino real donde, pajarito entumecido, escondía mis nervios mientras pasaba el toro desgaritado hacia el matadero. La rueda con que acortaba el tiempo en los mandados. El animalito que espanté en alguna de mis veredas. El tremendo susto cuando salí corriendo por las calles de mi pueblo, creyendo haber contraído enfermedad mortal. El atrio de la Iglesia donde barajaba mi destino entre milicia o sacerdocio. La tarde en que cogí camino con mi madre para nunca más tornar a casa apenas a los doce años. Las locuras, letanías y latines del Seminario. La monjita española que lucía tanto camino del altar. La noche en que me sugirieron colgar los hábitos por muy enamorado. Los doce años bajo el mismo techo descubriéndole a la sombra su abecedario. El Martes Santo, por la Calle 4, cuando de tarde me fui en busca del amor y me encontré el Monumento de la Francia. La estela vespertina, cuando dejé a mi novia y a mi madre camino del mar para alcanzar la nieve. Los dos años en el Alpe, allá en Turín, templándole la cuerda a la esperanza. El grito del Mayo Francés 68 junto a mi puerta. Los dos años nevados en Monza. El encuentro con Teresa de Jesús, haciendo el amor con Dios —o a Dios— gracias a Bernini. María quinceañera, Virgen, haciendo el amor con Jesús —o a Jesús— a los ojos de la tarde, gracias al piadoso Miguel Ángel. Giulio Girardi queriendo encuadrar a creyentes y no creyentes desde una y otra fábrica, haciendo brotar la fe de la praxis revolucionaria. Ernesto, el Che, desfilando como Pedro por su casa en calles italianas. Fidel, “el que encendió la historia y se lanzó de cabeza contra el dolor contra la muerte”. Simón, el tal Bolívar, un nudo más en el alambre de la historia. El burundés, enseñándome que el campo es el rey. El camerunés, que el campo no es de uno solo y el gol, de todos. Un junio sentí pasar el tiempo a ras de piel. Otro día oí que sollozaba mi lamento. Fui amaneciendo en muchos puertos. Lejos de los bajeles de la infancia. En medio de hojarascas y desiertos. Cerca de la tristeza trashumante. Bajo un trémulo sol de cafetales. Oí amanecer el Mediterráneo. Vi gatear al Sol sobre las aguas. Supe de maldad, locura y mezquindad humanas. Con pavor, por cinco lustros, entré y salí de muchas aulas, donde el canibalismo torpedeaba a cada instante; donde incertidumbre, inseguridad, desconcierto, apremio, sumisión, a sus anchas galopaban. Tan sólo en un gracioso, apacible bosque mis morrales, mis versos, escondí por un par de años. Libre ya de ataduras, de horarios, presiones y prisiones, conmigo voy arreando sueños, horas, “pasando el tiempo a la orilla del mundo”. La aldea sigue guindando en mi conciencia como la música del Alpe en mi nochura. Las notas del camino persiguiendo asombros. El amor acurrucado estruja el mediodía que falta. La lluvia sabe mi tristeza. La muerte no ha inventado nada. Sólo marcha la guerra por los lados. Un vaivén de enredos sepulta la victoria. La guerra agazapada reta la esperanza. En grito eterno el hombre implora Paz tras los pálidos ojos de los dioses. Sigo en abril, seguro de que existo. En Sombra Antigua. En Sangre Zurcida. Limito por el norte con mi madre. Por el sur con la luz de mis luceros. Por el oriente azul con mi mujer. Por el oeste con el mundo entero. Y no he podido limitar conmigo. Sólo sé que en cinco formas verbales cabe el trajín del hombre sobre tierra: hundirse, hurgarse, ser, sentirse, serse... más eso de los meses y aquello que regresa de los años. pablumbre@hotmail.com
Catorce lustros
Pablo Mora A doce lustros de luz, cargo entre mis ojos el primer reverbero, todavía azulando mis insomnios. También el corredor desde donde veía pasar las recuas camino a las haciendas. El camino real donde, pajarito entumecido, escondía mis nervios mientras pasaba el toro desgaritado hacia el matadero. La rueda con que acortaba el tiempo en los mandados. El animalito que espanté en alguna de mis veredas. El tremendo susto cuando salí corriendo por las calles de mi pueblo, creyendo haber contraído enfermedad mortal. El atrio de la Iglesia donde barajaba mi destino entre milicia o sacerdocio. La tarde en que cogí camino con mi madre para nunca más tornar a casa apenas a los doce años. Las locuras, letanías y latines del Seminario. La monjita española que lucía tanto camino del altar. La noche en que me sugirieron colgar los hábitos por muy enamorado. Los doce años bajo el mismo techo descubriéndole a la sombra su abecedario. El Martes Santo, por la Calle 4, cuando de tarde me fui en busca del amor y me encontré el Monumento de la Francia. La estela vespertina, cuando dejé a mi novia y a mi madre camino del mar para alcanzar la nieve. Los dos años en el Alpe, allá en Turín, templándole la cuerda a la esperanza. El grito del Mayo Francés 68 junto a mi puerta. Los dos años nevados en Monza. El encuentro con Teresa de Jesús, haciendo el amor con Dios —o a Dios— gracias a Bernini. María quinceañera, Virgen, haciendo el amor con Jesús —o a Jesús— a los ojos de la tarde, gracias al piadoso Miguel Ángel. Giulio Girardi queriendo encuadrar a creyentes y no creyentes desde una y otra fábrica, haciendo brotar la fe de la praxis revolucionaria. Ernesto, el Che, desfilando como Pedro por su casa en calles italianas. Fidel, “el que encendió la historia y se lanzó de cabeza contra el dolor contra la muerte”. Simón, el tal Bolívar, un nudo más en el alambre de la historia. El burundés, enseñándome que el campo es el rey. El camerunés, que el campo no es de uno solo y el gol, de todos. Un junio sentí pasar el tiempo a ras de piel. Otro día oí que sollozaba mi lamento. Fui amaneciendo en muchos puertos. Lejos de los bajeles de la infancia. En medio de hojarascas y desiertos. Cerca de la tristeza trashumante. Bajo un trémulo sol de cafetales. Oí amanecer el Mediterráneo. Vi gatear al Sol sobre las aguas. Supe de maldad, locura y mezquindad humanas. Con pavor, por cinco lustros, entré y salí de muchas aulas, donde el canibalismo torpedeaba a cada instante; donde incertidumbre, inseguridad, desconcierto, apremio, sumisión, a sus anchas galopaban. Tan sólo en un gracioso, apacible bosque mis morrales, mis versos, escondí por un par de años. Libre ya de ataduras, de horarios, presiones y prisiones, conmigo voy arreando sueños, horas, “pasando el tiempo a la orilla del mundo”. La aldea sigue guindando en mi conciencia como la música del Alpe en mi nochura. Las notas del camino persiguiendo asombros. El amor acurrucado estruja el mediodía que falta. La lluvia sabe mi tristeza. La muerte no ha inventado nada. Sólo marcha la guerra por los lados. Un vaivén de enredos sepulta la victoria. La guerra agazapada reta la esperanza. En grito eterno el hombre implora Paz tras los pálidos ojos de los dioses. Sigo en abril, seguro de que existo. En Sombra Antigua. En Sangre Zurcida. Limito por el norte con mi madre. Por el sur con la luz de mis luceros. Por el oriente azul con mi mujer. Por el oeste con el mundo entero. Y no he podido limitar conmigo. Sólo sé que en cinco formas verbales cabe el trajín del hombre sobre tierra: hundirse, hurgarse, ser, sentirse, serse... más eso de los meses y aquello que regresa de los años. pablumbre@hotmail.com pablumbre@hotmail.com
ensayo continuas eternidades P. M.
Abrilerías Pablo Mora Vivos todavía bajo el granado trigal de la noche insomne rumorosa de viento alto y de luceros Aire de abril para mi luz andina para mi cafetal para mi aldea florida de tristeza y conticinio de soledad de musgo y de vereda Abril amor para el tejado azul para el zaguán también adormecido de esperar tu presencia azul marina y las fugas de amor en primavera Desde niño anhelaba tu color el de mi cerro y mi colina azul cabalgando risueño por el cielo Aire de abril amor para la lluvia trenzada de neblina aquí en mi aldea Abril por fin para nacer contigo Voy en abril, seguro de que existo desde que un viento largo allá en mi aldea —sin saber la colina de mi sombra— dejó mi sueño andando por la vida Creo en abril en su reinado eterno en su ancho pedestal de sombra verde en la audacia taurina de su cielo en su leve y dulcífera armonía Abril contigo va mi corazón mi sueño mi dolor y mi tardanza contigo abril me alcanzará la aurora cuando lejano ya de aquella aldea te encuentre abril en plena primavera durmiendo el corazón a alguna rosa Me moriré en abril con aguacero un día que la lluvia ya recuerda aunque nunca escuchemos las campanas irán aquella tarde a nuestro entierro Seguro un viernes como es hoy de abril un día de este siglo que amanece seguramente un día a la intemperie o sábado o domingo un día de estos Pablo ha muerto dirán las pomarrosas la aldea lo sabrá sus cafetales el limonero y el amor ardiente También los cangilones y Vallejo almácigos insomnios aspavientos la soledad la lluvia los caminos... Cierto no hablan nunca de muerte las pomarrosas Ni los aguaceros de abril cobijan ausencias En primavera los jueves tienen sabor a miércoles Y los cafetales los limoneros los inventarios y los insomnios no son otra cosa que rituales en los que la vida borda sus más hermosos designios Si algún día hemos de marcharnos se irá nuestra sombra no el rayo solar que se posa en el corazón de las rosas Y los paisajes lejos de entristecerse sonreirán para darnos la bienvenida al solar de su reino florecido Lo dice el abril que nos pertenece “En abril la tarde tiene sabor a gajitos de agua escribiendo su canto sobre los aleros. En abril las pomarrosas deletrean sobre los árboles gajitos de eternidad las chicharras con su silbo iluminan el largo túnel de donde vienen los sapitos dibujan sobre los charcos una infinita canción de amor las siemprevivas se encienden como linternitas de la mañana los caminitos de agua hacen alianza con los guijarros para escribir un diálogo con el río las arbolas se ponen su floreado traje de primavera para transmutar los inviernos en el verde infinito de la vida que no cesa… abril es el andén solar donde la lluvia fabrica arco iris las hojas se orillan en las ramas las semillas consagran su travesía hacia el azucarado confite de las frutas tiempo azul de azulejos territorio en vuelo de mariposas almácigo de sepias y jazmín quien arriba al continente de la vida desde sus abrilerías queda poblado por siempre entre sus hierbas aromado de amanecer y eternidad” (Mery Sananes).

miércoles, 25 de abril de 2012

rayo Cuando en verdad comiencen nuestras sombras no habrá tiempo para montar un terremoto sobre un rayo de luna pablo mora