sábado, 1 de diciembre de 2012
DICIEMBRE
Diciembre
Pablo Mora
I
Alto para fijar el horizonte, para otear la plenitud del día. Campanada de garza aleteando en la cresta de algún ciprés dormido, en busca del anafre o del camino. Un par de sueños despertando auroras. Un par de ojos descubriendo estrellas. Alma escarbando abrojos, serranías. Dos luceros velando en fogarada. La Luna vigilando, bien despierta, al hombre entretejiendo sus jornadas. Un modo de mirar, mirar despacio las sombras infinitas de los árboles, sus quejas, sus lamentos, sus latidos. Compás para medir la lontananza, la distancia entre el sueño y el olvido.
Hallazgo de la vida, dentro, fuera. Atinar con el próximo jalón. Inventar nuevas rutas, nuevas eras, el viraje que a diario nos aguarda. Hurgarse, hundirse, ser sentirse, serse. Llegar a enero vivos todavía. Dar con la vena justa de la gracia o con el alma de la patria en ascuas. Paso de lluvia en torrencial suspiro mientras la madre su bocado implora. Un niño que en harapos llanto apaña. Una manera de sabernos vivos mientras cruzamos noche, tempestad, neblina, vendaval y cangilón, pena, chaparrón, vida o sobrevida.
Diciembre: villancicos, serenatas, cuando bajan los ángeles a tierra para sentirle al hombre su quejido. Diciembre: lumbre, diapasón y canto. El abrazo temprano a nuestra madre que empieza, que prosigue, que culmina. Diciembre: el timbre con que el viento invita a seguirle los pasos a la vida, envueltos en rastrojos de la muerte. Remanso suspendido en la jornada para tomarle el pulso al ventisquero, a la tormenta, al rayo, al huracán.
Sabor a trigo, a leche, a miel, a rosas, a durazno, que como un corazón recién nacido al despuntar el día palpita entre los dedos de las hojas por su sola dulzura sostenido. Himno con que cantamos a la vida en busca de una humanidad en paz tras un amanecer de cara al hombre, de espaldas a la noche que nos cruza. Tras un amanecer que al fin alumbre un día con la noche esclarecida de azul mañana que la fe vislumbre.
II
La luz en lontananza que nos mira. Infinito fulgor acurrucado en nuestros pies, en nuestras vagas sombras. Los árboles, la noche, entre los nidos. Un duendecillo en medio de la fronda. Los hombres tras la tierra prometida. Soplo de brisas, canto, resplandor. Fabuloso recuerdo alborozado. El hombre, tierno niño, desenfunda la alegría escondida entre la infancia. Pasos del viento, chispas de luciérnagas. Paso del Tiempo, paso de la gloria con que engañamos a las propias penas.
El hombre encandilado por sus sueños. El hombre a solas con su propia sombra. Noche de luces, noche iluminada. Para un Dios que ría como un niño. Para un hombre que ría como un Dios. Silencio y soledad, clara ternura, añoranza sutil sin aspaviento, hacia la luz total de nuestras cosas, hacia la luz total de la esperanza.
La dulce sombra del común destino mientras murmura alrededor la noche, arrodillada en los fogones yertos. Oscuridad de noche confundida en medio de la lumbre peregrina, encima del estruendo del misterio. Fragancia matutina, gloria breve. La clara majestad de los caminos. El tiempo fatigado de infinitos, el que a la muerte sin cesar nos lleva.
Una luz, un candil intermitente, soledad de un ligero arrobamiento, sólo de asombros infinitos llena, la vida es una gloria suspendida. Descubrirse, encontrarse, hallarse, abrirse, desencerrar la pauta que nos falta. Vivir sin miedo, en libertad, de veras. Toparnos con el corazón silente que nos oye, nos sigue y nos conoce. Dar con el lagrimón de la vereda, latigazo que a todos atribula.
Gozo, bondad y sobre todo paz para la buena voluntad del hombre. Tras esta oscuridad que nos circunda. La cresta de un lucero que nos mira, por el postigo corazón mirando. Pausa para mejores madrugadas. Una pregunta en pie para los hombres. Para el pobre que nunca tiene nada. Para el triste que llora su amargura.
III
Júbilo, alumbramiento, bienvenida. Ara en fulgor para el altar del tiempo. Luz en la voz y luz en las miradas. Gloria en la luz y en el amor del día. Llamarada de paz para la nave colmada de borrascas en la noche. Algo mejor para el mañana incierto. De nuevo niños con asombro puro.
Aire de claridad en la amargura. Cósmica fuerza sobre el mundo alzada. Los pájaros, los árboles, la tarde, al habla con la brisa y con los hombres. Victoria de la noche de luceros saturada, victoria de la vida. La sangre universal cuando concilia la Tierra con los seres y la Nada.
Dios acicateando resplandores. La ternura del hombre florecida. Paz, goce, amor, en yunta con la vida, para una humanidad en pie de guerra. Latido de corderos y de ángeles anunciando la paz a los pastores. Paso del tiempo, paso de las cosas. Paso del hombre a solas con su sombra.
Estrella en el camino de los magos. Estrella para el hambre de los pobres. Lumbre para escaparnos de la muerte cuando la noche necia nos persigue. Manera de decir que Dios existe sin que nadie conozca sus resabios. Vieja costumbre de jugar a Paz entretanto la tierra se desangra.
Deseo de partir al infinito. De cara hacia el misterio. Para siempre. Luz de la luz, en gozo reverente, deslumbrando los tránsitos finales. Balcón por donde un niño al mundo asombra con sus hombros cargados de juguetes. La noche fulgural donde nacemos cuando a morir apenas comenzamos.
IV
Un niño con nosotros de la mano la puerta del misterio nos descubre. La sombra de la aldea galopando auroras, portachuelos, madrugadas. Definitivamente encandilados frente al día en que el odio no amanezca, seguimos puntualmente el paso al sol, esquivando las garras de la guerra.
Hurgándole el pavor a la jauría, ceñido el hombre de esperanza, sigue hacia la luz fugaz de sus fogones, hacia las cumbres donde duerme en paz. Calienta el pan, la claridad calienta. Apura el vino, la piedad apura. Bendice el fuego, la bondad bendice. Santigua el día, su morral santigua.
De viaje hacia el confín del vuelo, el hombre confía plenamente en su destino, pregunta por la noche al mediodía, al tilín por la suerte de su infancia. Tilín, tilín, tilín, la campanada anuncia la llegada de la aurora, el transparente gozo de la luz, el esplendor triunfal de la alegría.
¡Ay del que viva lejos de su infancia, del que no sepa de ningún lucero, del que ignore el color de las ovejas y del que ausente de su ser delire! ¡Feliz quien con Francisco, atento, asista al canto matinal de los turpiales! ¡Feliz el simple labrador que sueña en ver crecer la flor en sus plantíos!
Diciembre altivo en las fulgentes eras. Diciembre en el fulgor de la alegría. En los ojos azules de los ángeles y en el hambre del pobre y su quebranto. Diciembre, alumbramiento, bienvenida. Diciembre, asombro, arrobo y fogonazo. Diciembre, claridad en la amargura, para el pobre que duerme en el barranco.
Diciembre
Pablo Mora
I
Alto para fijar el horizonte, para otear la plenitud del día. Campanada de garza aleteando en la cresta de algún ciprés dormido, en busca del anafre o del camino. Un par de sueños despertando auroras. Un par de ojos descubriendo estrellas. Alma escarbando abrojos, serranías. Dos luceros velando en fogarada. La Luna vigilando, bien despierta, al hombre entretejiendo sus jornadas. Un modo de mirar, mirar despacio las sombras infinitas de los árboles, sus quejas, sus lamentos, sus latidos. Compás para medir la lontananza, la distancia entre el sueño y el olvido.
Hallazgo de la vida, dentro, fuera. Atinar con el próximo jalón. Inventar nuevas rutas, nuevas eras, el viraje que a diario nos aguarda. Hurgarse, hundirse, ser sentirse, serse. Llegar a enero vivos todavía. Dar con la vena justa de la gracia o con el alma de la patria en ascuas. Paso de lluvia en torrencial suspiro mientras la madre su bocado implora. Un niño que en harapos llanto apaña. Una manera de sabernos vivos mientras cruzamos noche, tempestad, neblina, vendaval y cangilón, pena, chaparrón, vida o sobrevida.
Diciembre: villancicos, serenatas, cuando bajan los ángeles a tierra para sentirle al hombre su quejido. Diciembre: lumbre, diapasón y canto. El abrazo temprano a nuestra madre que empieza, que prosigue, que culmina. Diciembre: el timbre con que el viento invita a seguirle los pasos a la vida, envueltos en rastrojos de la muerte. Remanso suspendido en la jornada para tomarle el pulso al ventisquero, a la tormenta, al rayo, al huracán.
Sabor a trigo, a leche, a miel, a rosas, a durazno, que como un corazón recién nacido al despuntar el día palpita entre los dedos de las hojas por su sola dulzura sostenido. Himno con que cantamos a la vida en busca de una humanidad en paz tras un amanecer de cara al hombre, de espaldas a la noche que nos cruza. Tras un amanecer que al fin alumbre un día con la noche esclarecida de azul mañana que la fe vislumbre.
II
La luz en lontananza que nos mira. Infinito fulgor acurrucado en nuestros pies, en nuestras vagas sombras. Los árboles, la noche, entre los nidos. Un duendecillo en medio de la fronda. Los hombres tras la tierra prometida. Soplo de brisas, canto, resplandor. Fabuloso recuerdo alborozado. El hombre, tierno niño, desenfunda la alegría escondida entre la infancia. Pasos del viento, chispas de luciérnagas. Paso del Tiempo, paso de la gloria con que engañamos a las propias penas.
El hombre encandilado por sus sueños. El hombre a solas con su propia sombra. Noche de luces, noche iluminada. Para un Dios que ría como un niño. Para un hombre que ría como un Dios. Silencio y soledad, clara ternura, añoranza sutil sin aspaviento, hacia la luz total de nuestras cosas, hacia la luz total de la esperanza.
La dulce sombra del común destino mientras murmura alrededor la noche, arrodillada en los fogones yertos. Oscuridad de noche confundida en medio de la lumbre peregrina, encima del estruendo del misterio. Fragancia matutina, gloria breve. La clara majestad de los caminos. El tiempo fatigado de infinitos, el que a la muerte sin cesar nos lleva.
Una luz, un candil intermitente, soledad de un ligero arrobamiento, sólo de asombros infinitos llena, la vida es una gloria suspendida. Descubrirse, encontrarse, hallarse, abrirse, desencerrar la pauta que nos falta. Vivir sin miedo, en libertad, de veras. Toparnos con el corazón silente que nos oye, nos sigue y nos conoce. Dar con el lagrimón de la vereda, latigazo que a todos atribula.
Gozo, bondad y sobre todo paz para la buena voluntad del hombre. Tras esta oscuridad que nos circunda. La cresta de un lucero que nos mira, por el postigo corazón mirando. Pausa para mejores madrugadas. Una pregunta en pie para los hombres. Para el pobre que nunca tiene nada. Para el triste que llora su amargura.
III
Júbilo, alumbramiento, bienvenida. Ara en fulgor para el altar del tiempo. Luz en la voz y luz en las miradas. Gloria en la luz y en el amor del día. Llamarada de paz para la nave colmada de borrascas en la noche. Algo mejor para el mañana incierto. De nuevo niños con asombro puro.
Aire de claridad en la amargura. Cósmica fuerza sobre el mundo alzada. Los pájaros, los árboles, la tarde, al habla con la brisa y con los hombres. Victoria de la noche de luceros saturada, victoria de la vida. La sangre universal cuando concilia la Tierra con los seres y la Nada.
Dios acicateando resplandores. La ternura del hombre florecida. Paz, goce, amor, en yunta con la vida, para una humanidad en pie de guerra. Latido de corderos y de ángeles anunciando la paz a los pastores. Paso del tiempo, paso de las cosas. Paso del hombre a solas con su sombra.
Estrella en el camino de los magos. Estrella para el hambre de los pobres. Lumbre para escaparnos de la muerte cuando la noche necia nos persigue. Manera de decir que Dios existe sin que nadie conozca sus resabios. Vieja costumbre de jugar a Paz entretanto la tierra se desangra.
Deseo de partir al infinito. De cara hacia el misterio. Para siempre. Luz de la luz, en gozo reverente, deslumbrando los tránsitos finales. Balcón por donde un niño al mundo asombra con sus hombros cargados de juguetes. La noche fulgural donde nacemos cuando a morir apenas comenzamos.
IV
Un niño con nosotros de la mano la puerta del misterio nos descubre. La sombra de la aldea galopando auroras, portachuelos, madrugadas. Definitivamente encandilados frente al día en que el odio no amanezca, seguimos puntualmente el paso al sol, esquivando las garras de la guerra.
Hurgándole el pavor a la jauría, ceñido el hombre de esperanza, sigue hacia la luz fugaz de sus fogones, hacia las cumbres donde duerme en paz. Calienta el pan, la claridad calienta. Apura el vino, la piedad apura. Bendice el fuego, la bondad bendice. Santigua el día, su morral santigua.
De viaje hacia el confín del vuelo, el hombre confía plenamente en su destino, pregunta por la noche al mediodía, al tilín por la suerte de su infancia. Tilín, tilín, tilín, la campanada anuncia la llegada de la aurora, el transparente gozo de la luz, el esplendor triunfal de la alegría.
¡Ay del que viva lejos de su infancia, del que no sepa de ningún lucero, del que ignore el color de las ovejas y del que ausente de su ser delire! ¡Feliz quien con Francisco, atento, asista al canto matinal de los turpiales! ¡Feliz el simple labrador que sueña en ver crecer la flor en sus plantíos!
Diciembre altivo en las fulgentes eras. Diciembre en el fulgor de la alegría. En los ojos azules de los ángeles y en el hambre del pobre y su quebranto. Diciembre, alumbramiento, bienvenida. Diciembre, asombro, arrobo y fogonazo. Diciembre, claridad en la amargura, para el pobre que duerme en el barranco.
domingo, 11 de noviembre de 2012
A 120 AÑOS DE VALLEJO
A 120 años de Vallejo
Pablo Mora
Canto astillado por su propia quena, llama y prado incendiados en la altura; centinela esculpido en su pavura, valle repleto de esperanza ajena. Recia vertiente de tu antigua vena el autóctono grito de amargura, y el eco de tu raza quemadura en los heraldos negros de la pena. ¡Cómo crepita el múltiple alarido de tus pómulos y húmeros hambrientos! ¡Cómo retumba el íngrimo crujido de tus angustias y tus sufrimientos!
¡Cómo gime el clamor de tu latido en la hondonada gris de tus cimientos!
¿César Vallejo, seguirá parejo el alambre punzante del quebranto o habremos de regar tu propio llanto cual si fuéramos trizas de tu espejo? ¿César Vallejo, cesará el cortejo? ¿César Vallejo, se ahogará tu canto? ¿Sí, César —no el Augusto sino el Santo— César Vallejo, cesará Vallejo? ¡No cesará, Vallejo, tu ternura, tu desnudez es traje de grandeza que escondes en tu propia arquitectura! ¡No cesará, Vallejo, tu firmeza
ya que haces del dolor arboladura sobre el hosco muñón de tu tristeza!
Cementerio de quenas en la entraña lamentación del Ande americano; lazarillo del pobre y de su arcano que las vertientes de su llanto empaña. Estallido de lumbre en tu montaña que es borbotón de queja entre tu mano para advertir al fuero castellano: ¡Cuídate, España, de tu propia España! Tintos de la proclama de tu voz, cuídanse del martillo sin la hoz desde el viejo Alicante a Extremadura. Y, así, desde tu muerte, siempre altivo, amor en mano, el corazón cautivo, vigilas tu rebelde sembradura. (De: Almácigo 2)
Me moriré en abril con aguacero un día que la lluvia ya recuerda; aunque nunca escuchemos las campanas, irán aquella tarde a nuestro entierro. Seguro un jueves como es hoy de abril, un día de este siglo que amanece, seguramente un día a la intemperie o sábado o domingo, un día de estos. Pablo ha muerto dirán las pomarrosas; la aldea lo sabrá, sus cafetales, el limonero y el amor ardiente. También los cangilones y Vallejo, almácigos, insomnios, aspavientos, la soledad, la lluvia, los caminos... De: “Insomnio Terminal”
Así nazcamos para conocerla, nombrarla, repartirla. Así vivamos por la alegría, para la alegría. Así por la alegría muramos. Así deseemos que nunca la tristeza sea unida a nuestro nombre. Así a punta de alegría construyamos nuestros más altos porvenires y aunque en el instante supremo de la muerte queramos sonreír. Lejos de desgastes, agotamientos, llagaduras, destrucciones… ¡Todo está alegre, menos mi alegría y todo, largo, menos mi candor, mi incertidumbre! … mi triste tristumbre se compone de cólera y tristeza y, a su borde arenoso e indoloro, la sensación me arruga, me arrincona… Execrable sistema, clima en nombre del cielo, del bronquio y la quebrada, la cantidad enorme de dinero que cuesta el ser pobre. La tristeza se cuela en el mediodía, se empoza a veces en el corazón, con un sabor a nostalgia. La alegría, ese rumor de los cauces de agua de la infancia, para hacer crecer almácigos de encantamientos y contenturas, hasta ir construyendo en la sonrisa de las estrellas la dulzura de los días vividos y los por vivir. Hagamos el azul o la alegría… (De: Sombra Antigua)
A 120 años de César Vallejo
TRÍPTICO A CÉSAR VALLEJO
"... contra el sol: ¡César Vallejo,
de perfil y de repente".
Elio Jerez Valero
Pablo Mora
I
Canto astillado por su propia quena,
llama y prado incendiados en la altura;
centinela esculpido en su pavura,
valle repleto de esperanza ajena.
Recia vertiente de tu antigua vena
el autóctono grito de amargura,
y el eco de tu raza quemadura
en los heraldos negros de la pena.
Cómo crepita el múltiple alarido
de tus pómulos y húmeros hambrientos!
Cómo retumba el íngrimo crujido
de tus angustias y tus sufrimientos!
Cómo gime el clamor de tu latido
en la hondonada gris de tus cimientos!
II
¿César Vallejo, seguirá parejo
el alambre punzante del quebranto
o habremos de regar tu propio llanto
cual si fuéramos trizas de tu espejo?
¿César Vallejo, cesará el cortejo?
¿César Vallejo, se ahogará tu canto?
¿Sí, César - no el Augusto sino el Santo -
César Vallejo, cesará Vallejo?
¡No cesará, Vallejo, tu ternura,
tu desnudez es traje de grandeza
que escondes en tu propia arquitectura!
¡No cesará, Vallejo, tu firmeza
ya que haces del dolor arboladura
sobre el hosco muñón de tu tristeza!
III
Cementerio de quenas en la entraña
lamentación del Ande americano;
lazarillo del pobre y de su arcano
que las vertientes de su llanto empaña.
Estallido de lumbre en tu montaña
que es borbotón de queja entre tu mano
para advertir al fuero castellano:
¡Cuídate, España, de tu propia España!
Tintos de la proclama de tu voz,
cuídanse del martillo sin la hoz
desde el viejo Alicante a Extramadura.
Y, así, desde tu muerte, siempre altivo,
amor en mano, el corazón cautivo,
vigilas tu rebelde sembradura.
Pablo Mora
De “ALMÁCIGO 2”
sábado, 3 de noviembre de 2012
Manuel Felipe Rugeles
Manuel Felipe Rugeles (* San Cristóbal, Táchira, 30 de agosto de 1903 - † Caracas, 4 de noviembre de 1959) fue un escritor y periodista venezolano, cultivó la poesía y el ensayo.
Cursó educación primaria en el colegio Alemán de su ciudad natal, y el bachillerato en el Liceo Simón Bolívar de esa misma ciudad. Formó parte de los poetas de la llamada Generación de 19181 y fue apresado por el gobierno del general Juan Vicente Gómez en 1929, cuando publicó en el diario marabino Excelsior, artículos que no fueron del agrado del régimen. Posteriormente se exilió en Colombia de donde regresó a la muerte de Gómez en 1936. Ocupó diversos cargos públicos; Secretario del Ministro de Hacienda, diputado a la Asamblea Legislativa del estado Táchira, director de Cultura y Bellas Artes del Ministerio de Educación y director de la Revista Nacional de Cultura. También en el sector privado desarrolló su actividad como director de la revista El Agricultor Venezolano y del diario Crítica. Perteneció al llamado grupo "Viernes", cuya revista fue durante algún tiempo pantalla de presentación artístiva de la vanguardia venezolana.
En 1945 fue galardonado con el premio municipal de poesía y el Premio Nacional de Literatura.
EPÍSTOLA A MANUEL FELIPE RUGELES
I
Manuel Felipe, hermano de la harina,
permanente juglar de nuestra aldea,
testigo fiel de toda la odisea
de esta sufrida tierra campesina.
Manuel Felipe, acaso la neblina
- tu dulce amante - solamente sea
tenue sombra que apenas señorea
en este valle de tristeza andina.
Manuel Felipe, en lumbres jornalero,
apenas si se ven las mariposas,
apenas si se siente el ventisquero.
El oculto presagio de las rosas
nos recuerda tu claro derrotero
hacia la luz total de nuestras cosas.
II
La paz que tú soñaste ya no cuenta.
Los niños hacen guerra apenas nacen.
Las crónicas son todas policiales.
Ya no es nuestro el sabor de nuestra música.
El último poema para niños
ellos lo escriben con sus propios sueños:
es sólo una parábola a la guerra
con todas las metáforas en gris.
Andrés Eloy ya no anda por aquí,
el pobre Aquiles tuvo un accidente
y se nos fue. Ya casi no contamos
con poetas que quieran a los niños.
Manuel Felipe, hermano de las cumbres,
aquí nadie le canta a la neblina.
III
Manuel Felipe, ya nadie apacienta
ningún sueño detrás de los rebaños;
los viejos cántaros nos son extraños
así el crisol del horno los presienta.
La neblina quizás apenas sienta
la ausencia de los sueños aledaños
y en el rojizo almendro de tus años
tal vez ningún turpial ya ni se asienta.
Tal es el precio de la vida, hermano:
echar un barquichuelo en la quebrada,
echarlo de mañana, bien temprano,
luego irse con la tarde alucinada
y estarse con la luna de la mano
para caer en cuenta de la nada.
Pablo Mora
miércoles, 31 de octubre de 2012
ALÍ PRIMERA
En una rebelión de hojas marchitas
que el viento esparcirá por el camino,
en la misma vereda en la que vino
y que golpe tras golpe la transitas.
En el mismo solar donde gravitas,
de este lado implacable del destino,
al borde de los ratos junto al vino
donde fueron a dar todas tus cuitas.
Canoa frente al viento huracanada
buscando enloquecida su corriente,
ráfaga entre tiniebla iluminada
golpeteando el quejido duramente,
quedará tu existencia enarbolada
al pie de los recuerdos dulcemente.
Hermano Alí, el de la Patria Buena,
hecho de sangre, barricada y pueblo.
Hermano de Jesús, el camarada,
pendiente del juguete aquí en la tierra.
Sembraste la justicia a mano llena
disparando en la vida tus canciones
con ronca voz y corazón al vuelo...
las flores hoy palidecieron.
Alí, sabemos que la marcha es lenta
y sigue siendo marcha, camarada,
en cada Nicaragua de la tierra.
La llovizna y el cielo camaradas,
todos los camaradas de la tierra
sembrarán hasta el fondo la alborada.
A partir de tu muerte tempranera
entre la rabia y la ternura tuyas
nuestra vida será la camarada
que puño en alto acortará caminos.
Acortará el camino a la llovizna
para que abone la simiente a tiempo;
acortará el camino a la alborada
para que se abra la mañana en fuego.
A partir de tu muerte, camarada,
sabemos que hacen falta muchos golpes
para matar la muerte y su carnero.
A partir de tu muerte, Alí Primera,
le nacerán pestañas a la aurora
para que llegué al corazón del pueblo.
Pablo Mora
miércoles, 24 de octubre de 2012
¿Valdrá seguir haciendo la palabra?
¿
Valdrá seguir haciendo la palabra?
¿valdrá que nos alumbren las luciérnagas que la rosa siga desnuda que el jueves vaya después del viernes que hablen las estrellas que converse el humo con las nubes que las hojas se suiciden que los martes sean bisiestos que ceniza camine junto al fuego que el encaje se desteja que la noche se desate que el mar se zafe valdrá cambiar los sacos de balas por cuerdas el esplendor de las raíces las uvas negras del destierro que el viento entre y se despoje valdrá impostar la voz el griterío la vecindad del enemigo el enigma de las ollas la estirpe de las horas el reino de la calle que los vientos se amontonen que desfile el pensamiento que la luna sea testigo que sean iguales los espejos que convenzan los poetas saldar la cuenta con los perros despertar el alba poseerla sacar el beso de la espuma oírle la risa a las cascadas oler la locura de las rosas escuchar la soledad dirigirle la palabra cerrar los ojos a la luna liberar la memoria antes que la borren los bribones reinar sobre la muerte mantener despierta la palabra quitarle un minuto a dios para dárselo a los hombres armar a dios al prójimo y al pobre definitivamente armar al hombre valdrá el poema urgente necesario valdrá seguir haciendo la palabra?
Pablo Mora
En "Sangre Zurcida"
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