miércoles, 24 de julio de 2013

RETO BOLIVARIANO

RETO BOLIVARIANO
Pablo Mora Reto_Bolivariano_Pablo_Mora.mp3 Created Dec 21, 2009 by Cesar Omaña http://www.box.net/shared/s6mocy8o67 A 230 años de su Gloria ¡Creo en ti, perenne Hijo de la Gloria! ¡Inmarcesible Rayo de la Guerra! ¡Comandante invencible de Los Andes! ¡Espada vencedora de los Dioses! Creo en el Ávila, fanal primero donde irradió el fulgor de tu existencia. En el vientre que arrulló tu gloria y en el maestro que templó tu mente. En el pueblo que siguió tus pasos y en la nodriza negra de tu infancia. Creo en la Roma en que juraste un día dar tu sangre por nuestra Libertad. En el mar en que acampaste cuando la Patria te confió el primer mandado. En la ternura que le diste a Fanny con el aliento de tu amor a prisa. Creo en la flama de amor de Manuelita, en la fulguración de tus soldados y en la estampida de palomos briosos en busca del Jinete redivivo. Creo en la nívea pila bautismal al fraguarte inmortal Libertador, en la pila sagrada de Los Andes. En el Llano que se fue contigo, erguido fiel por nuestra libertad. En la lealtad del corazón del negro en llamas que inmoló la Patria. Creo en el Mariscal en que creíste y en la desgarradura de Berruecos. Creo en tu arrojo que envidiaste a Piar y en el Piar que tuviera que morir para abrir paso a tu esperanza egregia en medio de la lucha sin cuartel. Creo en Petión, el de la noble mano, al enjugar la lágrima al esclavo. En la furiosa huracandad de Pisba, acicate feroz de tus soldados, en el alumbramiento de la helada, hijo de aquél que se quedó en la cuesta. Creo en la majestad del Chimborazo donde de pie entendiste al viejo Tiempo. En tu rostro desafiando el mar cuando, lejos, clamabas por la Patria. En los ásperos callos de tus manos para el hambre de América harapienta. Creo en tus brazos y en tus puños creo desde la eternidad encabritados. En el samán que te albergara creo, en tus noches, tus selvas, tus caminos. Creo en el tamarindo de Angostura donde amarraras tu esperanza al río. En el entrecejo de tus iras y en el crispado acento de tu verbo. Creo en tu hamaca, compañera fiel en cada escaramuza libertaria. En la orfandad de tus monturas viejas, añorándote a ti, ¡Oh Padre Nuestro! Creo en las plateadas herraduras, hechizos del galope redentor. En tu espada que atizó la gloria, sembrando sobre sombras libertad. Creo en Palomo y su inmortal relincho cuando, gozoso, te sabía campal. También en los secretos que confiabas a tu mula Orejona y obediente. Creo en el tremedal de Casacoima: regazo en el delirio de tus sueños. Creo en Pichincha y creo en Boyacá y en Junín, Carabobo y Ayacucho. Creo en la cruenta imagen que tenías de aquella América rapaz del Norte. En el recio camarada Rooke quien a la noche le ofrendó su brazo. En la Gran Colombia que fundaste y en el sueño de América, la Patria. Creo en tu pensamiento, fulminante hoguera de visiones sempiternas. Creo en Jamaica y creo en Angostura donde fijaste el rumbo a nuestra América. En la América tuya tan dolida, ágora ayer: la comunión del mundo. En Tinjacá y en tu Nevado perro, en tu pobreza y tu camisa rota para la desnudez de Santa Marta. En el fulgurar de tu relámpago perdido en la hondonada del vacío. En el alarido de la noche con la última proclama de la unión. Creo en la redención de nuestro suelo por tus huestes apenas comenzada. En nuestra soledad iluminada por tu ejército ahora clandestino. En la reciedumbre de tu furia amparada en melífera ternura. Creo en tu sangre guaicaipura y éuscara, hermana de la sangre de Lautaro, ¡Oh Fénix trashumante, la esperanza de los partos solares por venir! Creo en la Guerra de Tupac Amaru, la Guerra a Muerte que empuñara el Ande. En Martí cuando corrió a buscarte en la noche sangrienta de tu América y en la montaña que soñó tribuna, entre relámpago y furente rayo, y un manojo de pueblos en tu puño, rendidos los tiranos a tus pies. Creo en el Che, en Camilo y en Sandino para tu valentía encarnaduras. Creo en todos los hijos de la Tierra capaces de fraguar la nueva aurora. En la hospitalidad de estas neblinas creo, remanso de tu luengo insomnio. Definitivamente creo en Ti, ¡Omnipotente Padre de la Patria! Y aunque tú ya una Patria nos dejaste, creo en la Patria que nos falta hacer. Creo en ti, ¡Adalid de Libertad! Desde estos ventisqueros de los Andes, donde una América de pie te espera para salir a libertar más patrias así tengamos que retar a Dios con tal de no seguir arando el mar.

sábado, 20 de julio de 2013

Caguairán

Caguairán por obra y gracia del insomnio el hombre el hombre rayo que arde en la tormenta alarido crispado en huracán por fin él ocupándose del hombre el hombre simplemente el hombre a solas en paz consigo con su pena al hombro al descubierto hermano universal guarango chontaduro cañahuate chaguaramo apamate guayacán samán araguaney o flamboyán universal ceniza en singladura en pulpa en hueso en lluvia en soledad recto duro durable resistente calcáreo frondoso para siempre incorruptible eterno refulgente. Caguairán indomable frente al viento la semilla del hombre germinando quiebra hacha fidel fuego pueblo y tierra el hombre a punta de hombre y tempestad semilla germinal a la intemperie andando andando andando andando andando Pablo Mora

viernes, 12 de julio de 2013

Pablo Neruda

Pablo Neruda (Parral, 12 de julio de 1904 – Santiago, 23 de septiembre de 1973) Pablo Neruda, Padre otoñabundo, Catatumbo de sangre americana, al fin el mundo supo de tu sombra al borde de tus últimos latidos. Vástago de raigambre diluviana, interrogaste al tiempo en cada aurora y frente al mar, clavada tu mirada, velaste con tu propia rebeldía. Fueron tus resistencias permanentes y con todas las buenas intenciones regaste por el orbe tu semilla. Camarada, araucano obligatorio, por el sol de tu sueño planetario tendrás siempre una América en tu mano. Pablo Mora

martes, 9 de julio de 2013

Dios que diga con confianza si se siente a gusto si algo le hace falta que cuente con nosotros que explique bien quién va a hacer al hombre que diga quién lo hizo a Él y se acabó el problema. Pablo Mora: "Sombra Antigua
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sábado, 22 de junio de 2013

A solas

A solas Cada vez nuestra vida suena menos, la aturden los presagios de las horas, la embelesan los ritos de los pájaros, las tardes se la llevan a la noche, Hay un faro, una luz, unos candiles reflejando la rosa presagiosa, un puerto como barca estremecida, unas velas que esperan por el viento. Tres cosas nomás entre los rincones, el sueño ya añorando la partida, un hombre allí abandonado, solo. Cuenta la arena de la sombra yerta de manos del asombro vespertino, un hombre a solas yendo hacia el misterio. Pablo Mora Las Acacias, junio de 2013

jueves, 20 de junio de 2013

Une tu mano

Une tu mano
Pablo Mora El supremo hizo al hombre, igual el hombre a Dios. Por entre enmarañados cortinajes cosió sus sueños. Lentamente todos las veredas fueron nuevas. De las manos hamacas capelladas, pampas y montañas en colosal carrera victoriosa. Monturas, cangilones, ventanuras salieron de las manos. Alforjas, flechas, arcos, garabatos para asir las esperanzas los debemos a las manos. Las jarras, los chorotes, la escoba y el pollero —la mochila—, tambores, furrucos, bandolas, requintos, zambombas, cuatros y guitarras a fuego y sombra van con nuestros sueños que hacen nuestras manos. Nuestra primera vasija fue la mano. Regamos nuestra cara y a andar echamos. Venimos de las manos, con ellas vamos. Sólo nos falta hacer al hombre con las manos. Mancha de sangre zurcida, sombra zurcida de noche, asombro, insomnio zurcidos de sangre, mano a mano, juntamos cantos, telas y palabras, empatamos zurcimos el espacio. Primero fue la aldea, quien nos dio su mano. O la tierna luna que alumbraba. Luego la maestra de la primera plana. Y, así, la de quinto y sexto. Hasta que llegó la amiga con sus tiernos ojos, con sus dulces manos. Ya en la universidad, manos nos sobraron. En los escarceos políticos de nuestra juventud, íbamos de mano de los sabios. Saltamos a la vida, con un titulo en la mano. Fuimos, llegamos, regresamos asidos de alguna mano. Siempre vamos de la mano, con la mano. El hombre es un ángel con una sola ala, que requiere del ala del hermano, madre, padre, amigo, para llegar, para volar, para existir, para ser. Nos lo recuerda el poema “Humanos de un ala” de Oscar René Mendoza Vizcaíno, quien nos insiste en que todos aprenderemos a respetarnos y a no quebrar la otra ala, la de la otra persona, porque podemos estar acabando con nuestra oportunidad de volar. Ciertamente, nadie es nadie ni hace nada por cuenta propia. Una como fuerza, tentación, llamada, nos lleva a hacer lo que hacemos. Convencidos de que todo lleva directamente al encuentro humano, la solidaridad humana, la comunión humana, el diálogo humano, concluimos en que el amor —la fraternidad— es, indudablemente, la clave del existir, de la existencia: sin el otro, nada seríamos. Y hasta cabe preguntarse si el “ala” tachirense de nuestra conversación, la expresión que se usa como apelativo cariñoso para dirigirse a alguien, entre nosotros, nos lleve a pensar que el hombre no sea más que ala. Un ala para acompañar al otro. Y así cuando nos saludamos, por ejemplo: ¡Qué tal, ala! o cuando nos despedimos: ¡Nos vemos, ala! no estemos sino haciendo honor al ala que somos o a la que necesitamos mientras existimos. Uno no es más que la suma de eslabones surgidos en el camino de la vida. Todo nos remonta al poema “Revolución” de Gonzalo Arango: Una mano / más una mano / no son dos manos / Son manos unidas / Une tu mano / a nuestras manos / para que el mundo / no esté en pocas manos / sino en todas las manos

Cuando haya que recordarla

Cuando haya que recordarla Pablo Mora Cuando haya que recordar el limonero henchido de recuerdos de la primera casa perdida entre la fronda. La tristeza de las piedras que hospedaron las leguas de las mulas. La aldea, la siempreviva, el amor ardiente, los caminos, las veredas. Los borbollones del río crecido en la cintura de los sueños. La calle donde la vida se quebrara en dos, de viaje hacia la nieve. Las locuras mayores de la infancia. Las golondrinas, arrendajos, gonzalitos y turpiales. El primer barquito echado en la quebrada. Las cinco de la tarde, cuando nos guindamos de una estrella. La sopa de frijoles o el piquillo de pescado. Cuando haya que recordar el primer llanto anudado en la garganta. El latido emergiendo del postigo. La lluvia, la floresta, la neblina. La orfandad, la sombra, los zarzales. El fogón tiznado del olvido. Los místicos rebaños. Los riscos, los soles, las madejas, los regresos. El abrazo bañado por la luz del candelabro. La soledad de nuestro sino. La vieja casa, refugio de penas y alegrías. Cuando haya que recordar que fuimos a pesar del mundo y sus caprichos; que entre la noche de la guerra, del hambre y de la muerte, como gota de lluvia deshojada, la sombra de una casa nos aguarda al pie de un árbol encendido en llanto. Cuando haya que recordar su caspiroleta, su risa, su sonrisa y coscorrones. Su ceño donde escondía su gracia y su fiereza niña, la infinita lejura, el horizonte. Su celo para que nadie llegara a contagiarnos. Su usted sí es. Váyase a dormir temprano. Mucho cuidado. Que Dios lo bendiga y lo haga bueno. No regrese tan tarde. Córtese ese pelo, esa barba, esos bigotes. Cuando haya que recordar sus repisas, aderezos y corotos. Sus materos, sus flores, sus almohadas y pañuelos. Su alma, sus besos, su gracia, su alegría y su tristeza. Cuando haya que pulsarle la cuerda a la esperanza. O recordar a la hermana de la lumbre en su ternura, desmoronando la angustia de los hombres, manteniendo su pulso en plena llama ante la dura ramazón del odio. A la camarada de siempre, jornalera. Cuando haya que recordar que se llamó Josefa Teresa sin que casi los jardines la advirtieran. La plana primera con que apostabas con el tiempo tus cabellos; la clineja que arropaba tu garganta niña y el aire despeinando el sueño. Tu ternura, tu donaire y tu sonrisa. Tu mirada en lontananza en busca del lucero. El carriel, las zapatillas y la canastica tricolor, multicolor, guindando oronda en tu cintura. La niña que contigo anduvo, el padre que te compró el primer anillo, los tantos besos que te brindó el Sol, las tantas lágrimas que te largó la vida. El niño que te hizo madre, el pobre que apiadó tu gracia, el lirio que alzaste en tu jardín. El día del pobre, el día del niño, del hombre que gime entre la guerra, que muere en el desierto o tirita en la trinchera; que a tientas busca el pan; que roba entre los hombres, que grita Libertad; que tiene hambre, maldice, se ahoga y se arrepiente; que respira, se abotona y se santigua. El Día del Hombre, del hombre que te trajo para que conocieras a tu madre por la risa. Del niño que estuvo en tu mirada y ahora navega por el mundo vuelto trizas.