miércoles, 10 de junio de 2009

La razón poética

Pablo Mora




Jirón de prado, nube pura, sol perfecto, casa y universo y clarinada. Jungla de sueños, jaspes arrojados. Jaula de cristal, hembra jadeante. Juego de garza, junco en la alborada. Jovial esencia. Jubiloso asombro. Hurganza sintiendo el chasquido de los pasos, el hambre, el pan, la soledad, la pena. Insomne noche rebelada. Magma imaginario. Alarido. Angustia, crispación y grito. Vacío pleno de inminencias, intersticios. Filos y fisuras del mundo y del lenguaje, hendiduras. Configuración del inacabamiento, ruptura momentánea, pasajera pregunta, ligereza de sílabas girando. Júbilo, alumbramiento, bienvenida. Ara en fulgor para el altar del tiempo, para elevarle al corazón sus bríos. Trino con que cantamos a la vida cuando la suerte nos ofrece el huerto para sembrar de estrellas el camino. Conjuro de la selva, compromiso, riesgo, desafío, soplo de aire, poder de creación. Agua clara, rayo, ciego asombro, sol, susurro de semilla, fluir inagotable del murmullo. Génesis, memoria vegetal, larga sombra de cópula y prodigio, fraternas potestades del insomnio. Apoyada sobre el puente, sola y de pie, en la larga noche insomne. Forma de vida, asombro deshojado, algún día oficio de los hombres.
Bandera del milagro, borde de la luz, torre de paz, lágrima del mar, espuma de la noche, temblor de espuma, piel de sol enfurecido, piedra de los dioses, sueño de la piedra, piedra de los sueños, fecunda entraña de la luz. Vasto rumor de plumas, adentro en la espesura. Andadura, pasturanza, festín de sombra y llama. Idilio, diosa aparejada, milagro del insomnio, azul tormenta desatada, en la nochumbre, a vista del rocío amanecido. Blanca palomica en soledad herida, en uno de los ojos de pronto reclinada. Flujo y reflujo en comunión altiva. Relámpagos de sombra, adelantándose a los designios. Crepúsculos desangrados al borde del ocio. Hondas navegaciones. Lumbre de la sombra insomne, brotada de la noche un día que la luna estaba distraída. Larga quemadura, pávida voz, diadema planetaria, hecha toda de cólera y ternura.
Gira, sube, baja, se detiene; estremece, vuela y vuelve. Viene de la nada. Viene del sueño. Toca tierra. Lleva sonidos de metales, de sangre, amor, huesos, nervios; de hambre, guerra, horror, pavura. Conoce el canto de las aves, el silencio del paraguas. La melancolía del guanábano. El sitio del silencio. Las alas de la noche y de la lluvia. El gemido de las nieves. Las voces de la sangre. El paso de los días. El regreso del sueño. El rastro del celaje. Sabe el tamaño exacto de la pena. Conoce el lado oscuro de la rosa y la terrible majestad del pan. Su grito de cigarra navega en la muerte y se cuida de lo vivo. Ronda en soledad por muchas albas. Sale de su envoltura para asombrarnos.
Un querer apoderarse de los sueños de las cosas, de las luces de los pájaros. Rebelarse contra la muerte bochornosa. Poner las cosas en su lugar, los signos en su lugar, las pausas en el suyo. Asombrarse de tanto ayuntamiento cósmico entre los seres, objetos y conceptos. Ir tras la polvareda del aire, las voces de la luna o de la lluvia, la flora del variado enigma. Llegar al interior del hombre, a la mejilla curtida de la tarde. Cambiar la historia. Amar la tierra y amar al hombre. Alumbrar los montes por las noches, alumbrar los montones de hambre a la intemperie. Preguntar por la alegría. Seguir preguntando. Rescatar todas las preguntas de los otros. Preguntar por la rosa sin subvertir la rosa. Preguntar por los juegos, por los niños, por sus risas. Salvar las preguntas de los niños para que el hombre no pierda jamás su asombro. Nombrar la libertad. Inventar la vida en lo alto de los árboles para salvar los pájaros de la tierra. Encender el fuego. Morir cantando. Vencer la muerte. Sacudir asombros. Esparcir los altos sueños, la fuerza de los ríos, el color de los pájaros, las canciones, las hierbas de las tardes.
Devolverle vida a la tierra, color al arcoiris, alegría bullanguera a la lluvia. Andar rompiendo cercas y levantar en su lugar enredaderas de jazmines que convoquen el aliento del hombre hacia su destino cósmico y vegetal. Dar con nuevos alumbrajes. Participar en la fiesta de la vida. Preparar un manjar que alcance para todos.
Ver morir a la gacela bajo los tamarindos. Vaticinar, profetizar, bucear en las tinieblas de los tiempos. Clamar contra la impiedad, la opresión, la codicia, la crueldad. Arrullar, despertar, mecer, golpear, gritar, empujar. Medir, valorar. Saber bien dónde hay barro, en qué lugar hay sangre, dónde queda la razón y dónde la justicia o la injusticia.
Ir al frente. Volver con la victoria. Invitar al sol. Encender la luz. Profetizar contra los explotadores, los bribones, los embaucadores. Interpretar los remolinos. Expresar al pueblo. Reflejar cabalmente los más íntimos, sutiles y misteriosos anhelos del alma. Implorar la clemencia de los cielos. Ir sobre la cresta de las olas. Avivar el fuego. Sumar la voz al coro. Fundir los versos en acero. Amarrar el viento viejo. Seguir al viento nuevo.
Construir la nueva levadura, el nuevo pan: la paz, el lauro, la memoria. Con la primavera, caminar al mercado entre panaderías y palomas. Dar socorro a nuestros sueños, más allá de cruces, lenguas, misterios, milagros o lejuras. Despertar la nueva madrugada. Entre dioses, manglares, árboles y piedras, con las enredaderas, los torrentes, las cerbatanas y todos los azules y caminos, agregarle estrellas a los cielos, añadir, por fin, algo al mundo, despiertos con el despertar del viento, a libertad por todos los caminos.
Expresar asombros y nochuras. Enterrar la muerte. Inventar la sombra. Abrirle los postigos a la noche. Cerrar los ojos a la luna. Dar con el árbol del primer camino. Con la vereda que nos vio salir. Tomarle el pulso al hambre. Saber del diapasón del pobre. De las creencias de Dios y sus costumbres. De los rituales del viento y sus cofrades. De la imagen horrenda del futuro. De la luciérnaga y su antiguo enigma. Saber de la escritura de las piedras. De la alta transparencia de los mudos. Del colosal silencio de los grillos. Tantearle a los sueños sus luceros. Conocer las entrañas de las hojas. El corazón del bosque y sus vitrales. El páramo, sus cuitas y plegarias. Desenterrar el misterio de la rosa. Ahuyentar la sombra y sus reveses. Escapar del ladrido de la calle. Del hosco muñón del peregrino. Del puñal que en la acera nos espera. O del barco que acecha nuestras costas.
Dar con el ámbar del primer arroyo. Traspapelar la terquedad del lunes. Aullar juntos delante de los cielos. Escucharle al pobre su alarido. Compartir esperanzas con el árbol. Esperar a que baile el arco iris. Oír todos los suspiros y proteger el pueblo con palabras. Dar la mano y enseñar el camino. Expulsar el despojo mutilado. Ser libres así el fuego nos cercene. Quitar algunas comas al crepúsculo. Ver la noche sin que nadie contradiga. Eludir la risa ensangrentada. Salvar la luz, sin la cual la tierra gemiría de espanto. Dar con una migaja de soledad marina. Capturar las mareas de la guerra. Atravesar, siempre a la intemperie, incertidumbres, agonías, interrogantes y tragedias.
Dar forma al vacío de modo que éste sea posible; ojos al poema para que pueda cruzar la calle; alas a Dios para que pueda llegar al hombre. Robarle sin que sepa una sonrisa al sol en la arboleda. Mirar el cielo solamente en el momento necesario. Cruzar, no la aurora, sino el alma en que ampara su soñar. Ventilar, aupar, asolear la eternidad cada día. Verse en el cielo gris, en la trémula víspera del júbilo. Escuchar a la soledad y dirigirle la palabra. Llegar con los ojos abiertos a la mirada final. Contar con la vigilia para el día. Con porvenir para fraguar enigmas. Defender el milagro de la vida. La fogata que lleve al alumbraje. A tiro limpio, la bondad del hombre.
Acercarnos a la vida, al parentesco que a las costas de la divina antigüedad nos ata. Pedir todo el corazón del mar para la paz. Pedirle a la luz que nos espere. Reprocharle al alba su tardanza. Correr el peligro de la vida. Abrazar el asombro de la muerte. Cantar, arder, huir, como un campanario en las manos de un loco. Sentir el golpe de agua dura y recogerlo en una taza eterna. Hablar consigo sin saber con quién, deshojando el silencio de la altura. De alguna manera decidir dónde plantar los árboles, de nuevo. Recibir en el alma las manos temblorosas de la lluvia a plena luz, camino de la sombra. Preguntar si la palabra sirve, si sirve para algo la alegría, si en el mundo no quieren a los tristes, si creen las espigas en el hombre, si tienen los milagros descendencia, si es cuestión de vivir contra morir.
Defender la luz del mundo. Ver los árboles. Oír los pájaros. Caminar entre la gente y saludar al sol profundo que brilla en el corazón de los humildes. Mirar el llanto oscuro que hay al fondo de todos los rincones. Verse en el que tiene más de mil años de pedir pan y sueño, en el que no tiene camino que seguir, en ese corazón asomado al espejo de sus enigmas. Detenerse a la orilla sangrante de una lágrima. Acercarse a los que sueñan o sollozan, o tienen hambre y sed bajo el cielo. Adentro de las pequeñas casas de cartón, escuchar el sonido de las lágrimas. Dar con la definitiva claridad del hombre. Saber cuándo, con qué fuerza, de qué modo asumir nuestro destino. Irse noche abajo perdido entre las piedras y las flores. entre las sombras y las nubes.
Sentir la muerte girando en los talones. Hacernos solidarios. Morir de asombros. Descargar nuestros almácigos. Dar con los sueños que inventamos. Vivir mientras el alma nos suene. Morir cuando la hora nos llegue. Ver regresar la primavera. Pasar a tiempo la palabra. Rebelarse contra la muerte. Florecer sobre la tumba. Celebrar la soledad, la lluvia, los caminos...
Querer hacer corpórea la nada —estupor encarnado, relámpago que te ladra y se apaga, furiosa pasión por lo tangible—. Ser a través del otro. Partirse y abrirse para el otro. Desgarrarse con y para el otro, ser. Hundirse, hurgarse, ser, sentirse, serse. Recoger la palabra. Reverenciar el silencio. Convocar la palabra del otro. Una palabra liberada, purificada, primordial, esencial, resolutiva, signo del ser, una palabra-ser. Indagar, buscar, inventarle explosiones a la palabra. Darle rienda suelta a la palabra. Que la palabra revele el porvenir.
Palabra por palabra, decir lo que pensamos, con la seguridad del sabio, la transparencia del niño o el alarido de los locos. Reconocernos al encontrarnos con la palabra. Sacarla del baúl de nuestras vidas para empezar a compartirla, adulta, fraternal, con el soldado, la patria y la arboleda. Rasgón, terrazgo, espada, triza, tajo; cópula, ramazón o ramalazo; las palabras compiten, competen y complotan. Únicas capaces de recuperar al hombre, aventar la noche, inventar el sol o convocar al vino.
A pesar de la miseria o la grandeza humanas, cañas pensantes todavía, crédulos o incrédulos, tímidos o temerarios, ángeles o bestias, antes que confesar nuestra impotencia, hablar de una vez para mañana. Pronunciar la palabra decisiva que la vida y la historia nos vayan enseñando. Envueltos en subversiones y versiones, marchas y contramarchas, dar con la palabra necesaria. Confirmar que la civilización no es más que una injusticia armada. Que la poesía es una insurrección. Que el poeta no se ofende porque le llaman subversivo, cuando le dicen insurgente.
Decidirnos por la libertad de la palabra, hasta hacerla timón en nuestras manos, frente al vendaval, la noche y los dioses que nos cruzan, confusos y ominosos. Enseñar la palabra al hombre que llora, hambriento, cabizbajo, en su bravura. Lugar por excelencia de lo humano, en la palabra vivimos, nos movemos y somos. Como la patria, en desdicha, en hechura o en deshonra, en ella gime, vive o sobrevive.
Hacer buena la palabra. Hacerla voz, viveza, arado; lengua, paz y pueblo; combate, libertad, salario; amor, vida y arte. Arte subversivo. Violación de límites y paciencia represiva. Rebasar lo permisible. Transgredir lo decible. Asumir la razón poética, en creación, asombro y maravilla. Concebir la magia de la estirpe o raza, su visión real, irreductible, ineludiblemente misteriosa, amarga, mortal o vengativa. Palabra en alto. Y la victoria crecerá despacio como siempre han crecido las victorias.
Videntes, alucinados, intermediar la fuerza oculta. Jugar a la paz con el soldado o con el niño que nos reta, vagabundo. Recobrar, antes que la pólvora, la palabra, su encanto germinal, su magma, su hermosura, su historia, su legendaria esquina, donde espera, acurrucada, el hambre, en miseria cobijada. Asistir al combatiente, en cárcel, en rincón, enfurecido. Hacerle conciencia conflictiva, desgarrada.
Empuñarla, fulgurante, solar y duradera. A favor de la apuesta, la batalla y la final victoria. Palabra en mano, volear la pródiga semilla sobre el campo, el hermano y la pradera, en sincera alianza, tras un despuntar de claras madrugadas, de gracia, paz y vida nueva. Palabras y más palabras, cataratas de palabras. En la distancia del futuro, el vuelo de las palabras, rebeldes en el tiempo y al olvido refractarias. Cuesta arriba, cuesta abajo, las cosechas de palabras, buidas y aceradas, por las sendas urticantes.
¿Hasta cuándo la calificación de las palabras? Alma arriba, alma abajo, meridiano esclarecido de nuestras ansias refulgentes. Lejos de tantas patochadas; lejos de perlas, monjes, molinos o castillos; de confundir caballo y hombre, pueblo y pólvora; lejos de diferenciar fusil de patria, vino, oficio, trago y trigo; vida, misterio, alma y poesía; dar palabra, corazón y mano; empeñarlos, cruzarlos con el hombre, sus asuntos y sus sueños, manteniéndolos en pie de guerra por la paz o el pan que hagan falta.
Frente a una palabra enmascarada, fantasiosa, una clave, articulada, lujuriosa, pertinente; una palabra activa, digna, apasionada, certera, cruda, furente, fehaciente, empuñada, insomne, verdadera. Una palabra que golpee al mundo y acompañe al hombre. Urgida, llameante, inextinguible. Adecuada al enigma universal y al majestuoso corazón del hombre. ¡A pulso de vinagre, vino y júbilo!
El corazón, los ojos de los hombres se llenaron de letras, de mensajes, de palabras. Letras que caminaron y encendieron, que navegaron y vencieron, que despertaron y subieron, letras que libertaron, letras en forma de paloma que volaron. Y el hombre fue otro y otra fue su palabra. El canto, el himno ardiente que reúne a los pueblos de una letra agregada a otra letra y a otra de pueblo a pueblo fue sobrellevando su autoridad sonora y creció en la garganta de los hombres hasta imponer la claridad del canto.
La palabra sólo es. Tenemos que fluir con ella. Entregarnos al momento. Dejar que como el vino ocurra. Escuchemos los relinchos de la noche, conozcamos las lluvias subterráneas y sepamos para lo que sirve una flor, una hamaca, una colina. Atisbemos un poco la rendija para ver cómo se asoma el hombre. Abramos la trocha que nos lleve al hombre, al mundo, a la muerte o a la vida. A proteger al pueblo con palabras. A presenciar todas las agonías. A ser labriegos de nuestra propia voz.
Somos la palabra que está naciendo, la misma que se detiene y volcará como campana su acero y su sonido hacia todas las mañanas. Basta un lucero para que haya noche. Basta un quejido para que haya día. Construyamos el porvenir y el amor telúrico desenfadado y sin banderas. Demos forma a lo invisible. Palabra sola, labra nuestra paz. Ordena el espesor de la tardanza. Amartilla tú sola nuestra espera. Sacando cuentas y después de todo, tú sola y para siempre la palabra. ¡Y si después de tántas palabras, no sobrevive la palabra! Entonces... ¡Claro!... Entonces... ¡ni palabra!

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